Capítulo 25 — LEA
Damian me escribió a primera hora de la mañana, un mensaje corto pidiéndome vernos, y aunque mi primer impulso fue ignorarlo, pasé el resto del día dándole vueltas hasta que, ya de noche, le contesté que podía venir.
Abrió la puerta de mi piso con una cautela que no le había visto nunca, como quien entra en territorio minado sabiendo que cualquier paso en falso puede hacerlo estallar todo, y se quedó de pie en mitad del salón, sin atreverse a sentarse hasta que yo lo hiciera primero.
—He estado pensando toda la noche en cómo explicártelo bien —empezó, con la voz más serena de lo que yo me sentía capaz de mantener—. Quiero que sepas exactamente cómo pasó todo, sin ocultarte nada más.
—Adelante.
Me contó, entonces, toda la historia completa: la búsqueda en internet después de la subasta, la investigación que había mandado hacer sobre mí, la llamada a Ingrid, el empujón que había dado para acelerar un proceso que, según él, ya estaba en marcha de todas formas.
Lo escuché sin interrumpirlo, con los brazos cruzados y una calma que se sostenía sobre un hilo cada vez más fino, hasta que llegó a la parte que yo ya sabía, pero que necesitaba preguntarle y escuchar de su boca de todas formas.
—¿Y durante todo este tiempo, mientras estábamos juntos, nunca pensaste que merecía saberlo?
—Lo pensé cada día, Lea. Cada día que te veía feliz aquí, que celebrabas algo en el trabajo, sentía la culpa como un peso físico.
Pero cuanto más tiempo pasaba, más difícil se hacía encontrar el momento, porque cada semana que pasaba sin contártelo, más grande se hacía la distancia entre lo que tú creías que había pasado y lo que había pasado de verdad.
—Así que decidiste seguir callando.
—Decidí tener miedo. Que no es lo mismo, aunque el resultado final sea parecido.
Aquella frase, con toda su honestidad, debería haberme ablandado un poco.
Y en cambio, sentí que algo se me rompía todavía más por dentro, porque entendí, con una claridad dolorosa, cuál era exactamente el problema real, el que llevaba desde la noche anterior intentando nombrar sin conseguirlo del todo.
—No es solo lo que hiciste, Damian —dije, con la voz empezando a temblarme—.
Es que llevo toda mi vida adulta luchando para que nadie pueda decir que he llegado a ningún sitio por otra cosa que no sea mi propio mérito.
Escondí mi acento. Escondí de dónde vengo.
Me pasé años puliéndome hasta quedarme irreconocible con tal de que nadie pudiera nunca, jamás, restarme ni un ápice de lo que había conseguido.
Y tú, sin preguntarme, sin que yo tuviera ninguna opción de decidir, me quitaste eso.
Me quitaste la certeza de que lo de aquí, lo de Berlín, era completamente mío.
—Es completamente tuyo, Lea. Yo solo abrí una puerta. Todo lo que has hecho al otro lado ha sido tuyo, solo tuyo.
—¡Eso no lo sabré nunca con seguridad! —La voz se me quebró en un grito que no había planeado, que se me escapó del cuerpo con una fuerza que me sorprendió a mí misma—.
¿No lo entiendes? Cada vez que Ingrid me felicita, cada vez que cierro una operación, siempre, siempre, va a haber una parte de mí preguntándose si de verdad me lo he ganado o si simplemente estoy viviendo la fantasía que tú decidiste construir para mí sin preguntarme.
—Lea...
—Y lo peor —continué, sin poder parar ya, con las lágrimas cayéndome sin control por la cara—, lo peor es Granada.
Me dijiste que me querías en ese mirador, Damian.
Con toda esa belleza detrás, con mi ciudad entera desplegada delante de nosotros, me dijiste que me querías, y en ese momento, mientras yo te entregaba lo más sincero que tengo, tú ya sabías esto. Lo sabías y callaste. Otra vez.
Se quedó en silencio, con una expresión de dolor tan genuino que, en cualquier otro momento, me habría partido el corazón sin remedio, pero que aquella noche solo consiguió confirmarme lo que ya sospechaba.
—Lo que sentí en ese mirador fue real, Lea. Cada palabra. Todo lo que siento por ti es real.
—Lo sé. Y eso es lo que más me duele, precisamente.
Que puede ser todo verdad, lo que sientes por mí, lo que yo siento por ti, y aun así, en el fondo de todo, hay una mentira sostenida durante meses que ya no sé cómo separar de lo demás.
No sé qué parte de esta historia es real y qué parte es una versión que tú construiste con dinero y contactos mientras yo pensaba que estaba viviendo mi propio cuento de hadas por mérito propio.
—Dime qué puedo hacer para arreglarlo.
—No lo sé, Damian. —Me sequé las lágrimas con rabia, con las manos temblándome—. Ahora mismo no lo sé. Necesito tiempo. Necesito alejarme de todo esto, de ti, de la galería, de Berlín entero, y pensar con claridad, sin tenerte delante recordándome que te quiero cada vez que te miro.
—¿Vas a dejar el trabajo?
—No lo sé. No sé nada ahora mismo, salvo que necesito espacio.
Se quedó de pie, con esa expresión de derrota que nunca le había visto, tan distinta del hombre seguro que había conocido en aquella subasta de Mallorca hacía apenas unos meses, y por un instante estuve a punto de ceder, de decirle que nos sentáramos a hablarlo con más calma, que buscáramos juntos una forma de arreglarlo.
Pero el recuerdo de Granada, de aquel "te quiero" pronunciado con un secreto todavía escondido debajo, me sostuvo en mi decisión con una fuerza que no sabía que tenía.
—Voy a volver a España unos días —dije, por fin, con una calma que me costó cada gramo de energía que me quedaba—. Necesito ver a mi familia, hablar con Lola, pensar todo esto lejos de aquí.
—¿Y la galería? ¿Ingrid sabe algo de esto?
—Le diré que necesito unos días personales. No pienso contarle nada más, no todavía. —Lo miré, con los ojos todavía llenos de lágrimas pero con una determinación que se me iba asentando poco a poco—. Necesito que te vayas, Damian. Ahora mismo.
—Lea, por favor, no te vayas así. Dame la oportunidad de...
—No es sobre darte oportunidades ahora mismo. Es sobre lo que yo necesito. Y lo que necesito es que te vayas, y que me dejes averiguar sola qué es real y qué no en toda esta historia.
Se acercó, despacio, y por un segundo pensé que iba a intentar abrazarme, pero se contuvo, con un respeto doloroso que en cualquier otro momento habría valorado mucho más de lo que fui capaz de hacerlo aquella noche.
—Te quiero, Lea. Eso no ha sido nunca mentira, en ningún momento.
—Lo sé —susurré, con la voz rota—. Y por eso duele tanto.
Se marchó sin decir nada más, cerrando la puerta con el mismo cuidado silencioso de la noche anterior, y en cuanto me quedé sola, me dejé caer en el sofá, agotada, vacía, con el teléfono todavía en la mano y una sola idea clara en medio de todo el caos: necesitaba volver a casa.
Reservé el primer vuelo disponible a Granada, para dos días después, y le escribí a Lola un mensaje que apenas conseguí terminar entre lágrimas.
"Lola, necesito ir a casa. Ha pasado algo con Damian. Te cuento todo cuando llegue, pero necesito que estés ahí."
Su respuesta llegó en cuestión de segundos, sin ninguna pregunta de por medio, sin exigir explicaciones antes de tiempo, solo la certeza incondicional que llevaba dándome desde que teníamos cuatro años.
"Aquí estaré. Siempre. Ven cuando puedas."
Escribí también a Ingrid, con las manos todavía temblorosas, pidiendo unos días personales sin dar más detalles, y me pasé el resto de la noche despierta, mirando el techo de mi habitación, con la acuarela de mi bisabuela colgada frente a mí en la oscuridad, preguntándome si Encarnación, en su día, también había tenido que decidir entre quedarse en un sitio que amaba o marcharse para no perderse a sí misma del todo.
Ante la incapacidad de dormir, acabé haciendo las maletas con todo, me lo llevaba todo.
No sabía si volvería, tenía la cabeza hecha un auténtico lío.