Capítulo 24 — LEA
No dormí esa noche, o si lo hice, fue a ratos tan cortos que ni siquiera los sentí como descanso, con la mirada clavada en el techo de mi habitación y la misma frase repitiéndose en bucle, cada vez con un peso distinto: no había ninguna vacante publicada. Nunca.
Cuando por fin llegó la hora de que Damian apareciera para la cena que teníamos planeada, me encontré a mí misma en un estado extraño, mitad rota, mitad extrañamente calmada, como si la parte de mí acostumbrada a negociar piezas de valor incalculable hubiera tomado el control, decidida a reunir toda la información posible antes de sacar ninguna conclusión definitiva.
Quería estar segura. Quería que fuera él quien me lo contara, no una búsqueda en internet a las tantas de la noche.
Llegó con una sonrisa y una botella de vino, sin sospechar absolutamente nada, y me besó en la puerta con esa naturalidad cariñosa que hacía apenas veinticuatro horas me habría derretido por completo y que aquella noche, en cambio, se me clavó como un pequeño puñal.
—¿Estás bien? —preguntó, notando algo en mi expresión que no conseguí disimular del todo—. Te veo rara.
—Estoy cansada. El viaje, la vuelta al trabajo, todo junto.
No era del todo mentira, aunque tampoco era, ni de lejos, la verdad completa.
Cenamos con una conversación fluida por su parte y forzada por la mía, con Damian contándome anécdotas de su día en la empresa, ajeno por completo a la tormenta que se me estaba gestando por dentro, mientras yo esperaba el momento adecuado, el hueco perfecto, para dejar caer la pregunta que llevaba todo el día ensayando en mi cabeza sin encontrar todavía la forma exacta de plantearla.
—Por cierto —dije, por fin, cuando ya recogíamos los platos, intentando que sonara casual, aunque el corazón me latía con una fuerza que temía que se me notara en la voz—, hoy Ingrid mencionó algo curioso. Que la llamaste hace meses, para hablarle de mí.
Vi cómo algo le cambiaba en la cara, una fracción de segundo apenas, un parpadeo casi imperceptible que a cualquiera le habría pasado desapercibido, pero que yo, entrenada durante años en leer las expresiones de compradores intentando disimular su interés real, capté al instante.
—Sí —contestó, con una calma que sonaba, por primera vez desde que lo conocía, ligeramente fabricada—. Le comenté que conocía a alguien con talento.
—¿Cuándo exactamente?
—No recuerdo la fecha exacta.
—Yo sí la recuerdo, Damian. Porque estuve buscando anoche la vacante de mi puesto, para ver cuándo se había publicado.
—Me quedé callada un segundo, notando cómo se me quebraba un poco la voz a pesar de mis esfuerzos por mantenerla firme—.
No existe ninguna vacante publicada. En ningún sitio. Nunca.
El silencio que siguió a aquella frase se estiró durante lo que me pareció una eternidad, con Damian quieto, con un plato todavía en las manos, mirándome con una expresión que ya no intentaba disimular nada, porque sabía, tan bien como yo, que ya no había ninguna forma de seguir escondiéndolo.
—Lea...
—Dime que me equivoco. Dime que hay una explicación sencilla para todo esto y que me estoy montando una película de la nada.
Dejó el plato sobre la mesa, despacio, con un cuidado que en ese momento me pareció casi insultante, como si todavía pudiera medir cada gesto en un momento que ya se había roto por completo.
—No hay ninguna vacante publicada porque no hacía falta —dijo, por fin, con una voz baja que apenas reconocí como suya—.
Hablé con Ingrid poco después de conocerte en Mallorca.
Le dije que había una persona con mucho talento que encajaría perfectamente en el departamento español que llevaban tiempo queriendo reforzar.
Y era verdad, Lea. Cada palabra que le dije de ti era verdad.
—Pero tú lo empezaste.
—Sí.
Aquella única sílaba, tan corta, tan definitiva, me golpeó con más fuerza que cualquier discurso largo que hubiera podido darme.
—¿Cuándo pensabas contármelo? —pregunté, con la voz ya completamente rota, incapaz de seguir manteniendo la calma que había intentado sostener durante toda la cena—.
Porque llevamos meses juntos, Damian. Meses.
Me has visto celebrar cada logro aquí, cada operación cerrada, cada elogio de Ingrid, sabiendo todo el tiempo que había algo detrás que yo desconocía por completo.
—Quería contártelo. Llevo semanas queriendo contártelo, buscando el momento adecuado, y cada vez que estaba a punto de hacerlo, me daba miedo cómo ibas a reaccionar, y lo posponía, y...
—¿Y decidiste que era mejor dejarme vivir engañada?
—No fue así.
—¿Ah, no? Porque desde aquí, Damian, se parece muchísimo a eso.
Se pasó una mano por el pelo, con un gesto de frustración que no le había visto nunca hasta entonces, buscando desesperadamente las palabras que pudieran arreglar algo que, por la forma en que se me estaba desmoronando el pecho por dentro, empezaba a sospechar que ya no tenía arreglo posible.
—Lea, por favor, siéntate. Déjame explicártelo bien, desde el principio, sin que ninguno de los dos esté de pie en mitad de la cocina.
Me quedé mirándolo, con una mezcla de dolor y rabia que no sabía muy bien hacia dónde dirigir primero, si hacia él, por haberlo hecho, o hacia mí misma, por no haber sospechado nada durante todos estos meses, por haber sido tan ingenua como para pensar que mi suerte repentina había sido, simplemente, suerte.
—No sé si quiero escuchar la explicación ahora mismo —dije, por fin, con una calma helada que me sorprendió a mí misma—. Necesito... necesito un momento. Para pensar. Para entender qué es lo que siento exactamente antes de decir algo de lo que me pueda arrepentir.
—Lea, por favor.
—Vete, Damian.
Las palabras me salieron más duras de lo que había planeado, aunque en aquel momento no encontré ninguna otra forma de decirlas que no sonara igual de rota.
—No quiero irme dejándote así.
—Y yo no quiero que te quedes. —Me crucé de brazos, intentando sostenerme entera aunque por dentro sintiera que me estaba desmoronando pieza a pieza—. Por favor.
Se quedó un momento más, con esa expresión de quien está midiendo si insistir serviría de algo o si solo empeoraría todavía más una situación que ya estaba, de por sí, completamente rota, y al final, sin decir nada más, cogió su chaqueta y salió de mi piso con un portazo suave, cuidadoso incluso en aquello, que sin embargo resonó en mis oídos como el golpe más fuerte que había escuchado en mucho tiempo.
Me quedé sola en mitad de la cocina, con los platos de la cena a medio recoger y una sensación de vacío que no sabía muy bien cómo llenar, pensando en todos los momentos de los últimos meses que ahora, con esta nueva información, se me presentaban bajo una luz completamente distinta: la llamada de Berlín que me había parecido un milagro inexplicable, el piso que la galería me había ayudado a conseguir sin que nadie me explicara bien por qué, cada elogio de Ingrid, cada palmadita en la espalda, todo teñido ahora de una duda que no sabía si algún día conseguiría disolver del todo.
Me senté en el suelo de la cocina, con la espalda apoyada contra la nevera, y por primera vez desde que había llegado a Berlín, lloré con una intensidad que llevaba meses sin permitirme, sin saber todavía si aquellas lágrimas eran de rabia, de pena, o de la mezcla imposible de las dos cosas a la vez.