Capítulo 23 — LEA
—Creo que Lola ha dormido en la habitación de Frederik esta noche —me dijo Damian, a la mañana siguiente, cuando hablaba con él por teléfono, mientras desayunaba en la terraza del hotel.
—¿Sí? Bueno… era de esperar.
—Porque Frederic ha bajado a desayunar con una cara de felicidad que no sé si había visto en él hasta ahora… y porque cuando me estaba preparando para bajar, me ha parecido oírlos por el pasillo con risitas.
Lola acudió esa misma mañana a casa de mis padres, donde había quedado en reunirse conmigo antes de seguir con el resto del día, y en cuanto me vio, me cogió de la mano y me arrastró hacia mi antigua habitación sin darme tiempo ni a saludar como era debido.
—Vale, antes de que digas nada —empezó, cerrando la puerta con una emoción contenida que le brillaba en los ojos—, sí. Pasó. Pasó de verdad, Lea.
—Lo sabía.
—Fue... —Se llevó las manos a la cara, como si necesitara un segundo para procesarlo ella misma antes de contármelo—. Fue increíble. Varias veces increíble, para que te hagas una idea completa.
Nos reímos las dos, tiradas en mi cama como cuando éramos adolescentes contándonos secretos a medianoche.
—Vivimos a miles de kilómetros, Lea. Yo en Granada, él entre Austria y donde le lleve el trabajo. No tiene sentido agobiarnos con preguntas de "qué va a pasar" cuando ni siquiera sabemos cuándo nos vamos a volver a ver. Así que hemos decidido disfrutarlo, sin más. Lo que tenga que ser, será.
—¿Y estás bien con eso?
—Estoy más que bien. —Sonrió, con una tranquilidad que no era fingida—. Por primera vez en mi vida no necesito saber cómo termina la historia para disfrutar del capítulo que estoy viviendo ahora mismo.
Los días que quedaron de escapada por mi tierra transcurrieron con la misma sintonía que la noche anterior.
Lo pasamos los cuatro juntos. Le enseñé a Damian el Mirador de San Nicolás al amanecer, tal como le había prometido, con la Alhambra bañada en esa luz dorada que solo existe a primera hora, y paseamos por el Realejo y la Alcaicería, deteniéndonos en cada puesto de especias y artesanía como dos turistas más, aunque para mí cada rincón llevara pegado un recuerdo de infancia.
Le presenté a algunos vecinos del barrio que llevaban toda la vida conociéndome, a la señora Paqui, que regentaba la mercería de la esquina y que insistió en invitarnos a un café con la excusa de "conocer al forastero", y a un par de amigos de mis padres que se acercaron a saludar durante uno de nuestros paseos, todos ellos encantados de comprobar en persona que aquel alemán del que ya había corrido la voz por el barrio trataba a su Lea con el cariño que se merecía.
El último día llegó demasiado rápido, como siempre pasa con los viajes que salen bien.
Nos despedimos de mis padres en la puerta de casa, con mi madre abrazando a Damian durante tanto rato que él acabó mirándome por encima de su hombro con una expresión entre divertida y sofocada, y mi padre estrechándole la mano con ese mismo apretón evaluador del primer día, aunque esta vez acompañado de un "vuelve cuando quieras, hijo" que a Damian, según me confesó después en el coche, le había emocionado más de lo que esperaba.
En el aeropuerto, la despedida entre Lola y Frederic fue mucho más breve de lo que ambos parecían necesitar, se dieron un abrazo largo y, esta vez sí, un beso en los labios, casi tímido, que a Damian y a mí nos pareció que significaba mucho.
—Nos vemos pronto —dijo Frederic, con una seriedad que no era habitual en él.
—Eso espero —contestó Lola, y por la forma en que se quedó mirándolo mientras caminaba hacia el control de seguridad, entendí que aquello, lo llamaran como lo llamaran, iba mucho más en serio de lo que seguramente reconocerían.
El vuelo de vuelta a Berlín transcurrió en un silencio muy cómodo, con mi cabeza apoyada en el hombro de Damian durante casi todo el trayecto, agotada de días enteros de emoción acumulada pero feliz de una forma que no recordaba haber sentido nunca antes con tanta plenitud.
Me dejó en mi piso ya de noche, con un beso largo en la puerta y la promesa de vernos al día siguiente después del trabajo, y me quedé dormida casi antes de terminar de quitarme los zapatos, todavía con la sonrisa puesta.
Volví a la galería el lunes con esa energía extraña de quien regresa de unas vacaciones perfectas, medio flotando, medio abrumada por la cantidad de trabajo acumulado que me esperaba después de días fuera.
Ingrid me recibió con un abrazo, algo poco habitual en ella, y con una sonrisa que dejaba claro que estaba al tanto, aunque fuera por encima, de que el viaje había sido especial.
—Se te ve distinta, Lea. Radiante.
—Ha sido un viaje precioso.
—Me alegro muchísimo. Te lo merecías. —Se quedó un momento pensativa, revisando algo en su tablet, antes de añadir, casi de pasada, sin ningún tipo de intención especial en la voz—.
La verdad, desde que Damian me llamó insistiendo tanto en que te diéramos la oportunidad, sabía que ibas a encajar bien aquí. Y no me equivoqué.
Me quedé completamente quieta, con la taza de café a medio camino de la boca, sintiendo cómo aquella frase se me quedaba flotando en el aire, extraña, fuera de lugar, como una nota discordante en mitad de una melodía que hasta entonces había sonado perfecta.
—¿Perdona? —conseguí decir, después de un segundo que se me hizo eterno—. ¿Damian te llamó?
Ingrid levantó la vista de la tablet, y por primera vez desde que la conocía, la vi dudar, como si acabara de darse cuenta de que había dicho algo que quizá no debería haber mencionado con tanta ligereza.
—Bueno... sí, hace meses, cuando estábamos valorando reforzar el departamento español.
Me dijo que conocía a alguien con mucho talento en Mallorca.
—Se rio, con una risa que sonó un poco forzada, intentando recomponer la naturalidad de la conversación—.
Aunque imagino que eso ya lo sabías, ¿no?
Con lo bien que os lleváis ahora, seguro que os lo habéis contado todo.
—Claro —contesté, con una voz que no me sonó del todo mía—. Claro que lo sabía.
Mentí sin pensarlo, por puro instinto, porque algo en mi interior, todavía confuso, todavía sin querer creer del todo lo que acababa de escuchar, necesitaba un segundo para procesarlo antes de admitir delante de Ingrid que en realidad no tenía ni idea de lo que me estaba contando.
Ingrid siguió hablando de algo relacionado con la próxima colección, ajena por completo a la tormenta que se me acababa de desatar por dentro, y yo asentí en los momentos adecuados, sonreí cuando parecía que tocaba sonreír, y funcioné el resto de la mañana en una especie de autómata mientras mi cabeza no dejaba de darle vueltas a la misma pregunta, una y otra vez, sin encontrar todavía ninguna respuesta que me tranquilizara del todo.
¿Por qué Damian nunca me había contado que había hablado con Ingrid sobre mí, antes incluso de que a mí me llamaran para el puesto?
Me dije a mí misma que probablemente no era nada. Que quizá simplemente se le había olvidado mencionarlo, que había pasado tanto tiempo desde entonces que ni él mismo le daba importancia, que estaba montándome una película de la nada por culpa de una frase suelta de una conversación de pasillo.
Pero aquella noche, ya en mi piso, mientras esperaba a que Damian llegara para cenar juntos como habíamos quedado, no pude evitar abrir el ordenador y buscar, con manos que no estaban del todo firmes, la fecha exacta en la que la Galería Falk había publicado la vacante para el puesto que ahora ocupaba.
La búsqueda no tardó en darme una respuesta que no esperaba encontrar tan rápido, y que se me quedó clavada en el pecho con un peso que no supe, todavía, cómo iba a quitarme de encima.
No había ninguna vacante publicada. En ningún sitio. Nunca.