Capítulo 22 — LEA
Lola llegó a casa de mis padres justo cuando mi madre terminaba de poner la mesa, con ese aire despreocupado tan suyo que no engañaba a nadie que la conociera de verdad, y en cuanto cruzó la puerta y vio a Frederic allí de pie, la vi racionar el gesto en tiempo récord, pasando de la sorpresa genuina a una compostura perfectamente calculada en menos de un segundo.
—Frederic —dijo, con una naturalidad que a mí, que la conocía desde los cuatro años, me pareció digna de un aplauso.
—Lola.
Se dieron dos besos, formales, casi ceremoniosos, del tipo que cualquiera daría a un conocido cualquiera, y sin embargo, en el segundo exacto en que sus mejillas se rozaron, la tensión entre los dos se hizo tan evidente que hasta mi madre, que no tenía ni idea de lo que había pasado entre ellos en los Alpes, levantó una ceja con curiosidad.
—Bueno, ¿nos sentamos? —dijo mi padre, salvándonos a todos de un silencio que empezaba a resultar demasiado cargado.
La comida fue de las que recordaría durante mucho tiempo.
Mi madre había preparado media casa de comida, como hacía siempre que había invitados que le importaban de verdad, y la mesa se llenó de platos que iban pasando de mano en mano entre risas y comentarios, con Damian probando cada cosa nueva con una curiosidad genuina que a mi madre le encantó desde el primer bocado.
—Esto está buenísimo —dijo, después de probar el guiso de habas con jamón que llevaba media hora cocinándose antes de nuestra llegada—. ¿Cómo se llama?
—Habas con jamón, hijo. Cosa sencilla, de toda la vida.
—Pues sencilla y deliciosa.
—Ya te digo yo que este se queda a comer aquí todos los días que quiera —le dijo mi madre a mi padre, en voz alta, aunque fingiendo que era solo para él, y todos nos reímos, incluido Damian, que ya empezaba a manejarse con soltura en ese tipo de bromas familiares que antes, imaginé, le habrían resultado ajenas.
Le contamos anécdotas de mi infancia, de las verbenas de agosto, de la vez que me había escapado con Lola a los cinco años para ver un espectáculo de flamenco callejero y habíamos tardado dos horas en aparecer, con medio barrio buscándonos.
Frederic, por su parte, contó historias de su familia en Austria con un español cada vez más suelto, mientras Lola lo corregía con esa paciencia burlona que ya conocía tan bien, y en algún momento de la sobremesa, con el café ya servido y las risas todavía flotando en el aire, sentí una felicidad tan completa que me costó reconocerla del todo, esa sensación extraña de tener, por primera vez en mucho tiempo, todas las piezas importantes de mi vida reunidas en la misma mesa.
Por la tarde, Damian y Frederic se marcharon al hotel a dejar el equipaje, y antes de irse, Damian me llevó aparte un momento, con esa expresión suya tan cuidadosa que ya reconocía cuando algo le importaba de verdad.
—He reservado dos habitaciones —me dijo, en voz baja—. Una para mí, otra para Frederic. Por si a Lola le apetece quedarse con él esta noche, que tengan su propio espacio.
—Eres un cielo.
—Y para ti también hay una habitación. La mía, si te apetece venir. Aunque entiendo perfectamente que quieras quedarte aquí, con tus padres. No hace falta que decidas nada ahora. Solo quería que lo supieras.
Me quedé mirándolo, con ese calor que se me instalaba en el pecho cada vez que hacía algo así, pequeño y grande a la vez.
—Me encantaría ir contigo —admití—. Pero también sé que sería raro dormir en un hotel teniendo mi propia cama a cinco minutos. Y creo que mis padres van a agradecer tenerme aquí esta noche, aunque no lo digan en voz alta.
—Lo entiendo. De verdad. —Sonrió, besándome despacio—. Nos vemos luego. Te recojo a las ocho para cenar.
—¿Dónde vamos?
—Sorpresa.
Me reí, empujándolo suavemente hacia la puerta, y me quedé el resto de la tarde con mis padres, ayudando a mi madre a recoger la cocina mientras ella, entre plato y plato, no dejaba de hacerme preguntas sobre Damian con una curiosidad que ya no intentaba disimular.
—Se le nota que siente algo fuerte de verdad, hija. Ese hombre no ha dejado de mirarte ni un segundo durante toda la comida.
—Lo sé, mamá. Yo también siento algo grande por él.
Fue la primera vez que lo decía en voz alta, aunque solo fuera delante de mi madre, y la frase se me quedó resonando por dentro durante el resto de la tarde, como si hubiera abierto una puerta que probablemente no podría volver a cerrar.
Damian y Frederik pasaron por nuestra casa a buscarnos a las ocho en punto, arreglados los dos con un estilazo innato en ellos y Damian con esa sonrisa que le cambiaba completamente la cara cuando estaba de verdad ilusionado con algo.
Lola acudió un poco después, llevaba un vestido, de aire andaluz pero llevado a calle, en tono crema y escote cuadrado que le sentaba de escándalo.
Con la melena suelta con volumen, un maquillaje natural y con sus carnosos labios en color rojo, estaba, sencillamente espectacular.
No pude evitar fijarme en cómo Frederik le sonreía como un tonto y era incapaz de quitarle los ojos de encima.
Damian había insistido en que mis padres nos acompañaran, así que, los seis dimos un paseo tranquilo hasta llegar al sitio.
Cenamos en un restaurante con terraza en el Albaicín, con la Alhambra iluminada al fondo, tan cerca que parecía que se pudiera tocar con solo estirar la mano, en una mesa que Damian había reservado, incluso teniendo que mover algunos hilos, para asegurarse de que tuviéramos la mejor vista de todo el local.
—Es la primera vez que la veo así, de noche, iluminada —dijo acercándose a mí, mientras el resto charlaba tranquilamente, mirando hacia la fortaleza con una fascinación genuina—. Es todavía más bonita de lo que imaginaba por las fotos que me enseñaste.
—Espera a verla al amanecer. Eso sí que es otra cosa.
—¿Me llevarás mañana?
—Te llevaré.
Cenamos despacio, entre deliciosos platos tradicionales de la zona llevados a un alto nivel gastronómico y que fueron trayendo sin ninguna prisa.
Hablamos de todo un poco, también de lo distinta que se veía Granada cuando la enseñabas a alguien que la miraba por primera vez con ojos completamente nuevos.
Mis padres, cansados del día y de la emoción acumulada, se despidieron pronto hacia casa, dejándonos a las dos parejas solos frente al restaurante, con la noche granadina extendiéndose ante nosotros llena de posibilidades.
Frederic y Lola, de repente, ingeniaron una excusa poco convincente para desaparecer.
Según ellos, querían darnos un poco de intimidad, y, antes casi de darnos cuenta, lo hicieron con una rapidez tan cómica que Damian y yo no pudimos evitar reírnos al verlos escabullirse calle abajo, cogidos de la mano, fingiendo que no se habían dado cuenta de que los estábamos mirando.
—Creo que van a querer disfrutar de Granada a su manera —dije, todavía riéndome.
—Me parece perfecto. Nosotros también tenemos nuestros planes.
Lo llevé hacia el Sacromonte caminando despacio, subiendo por calles empinadas y estrechas que yo conocía de memoria, hasta llegar a una de las cuevas donde todavía se ofrecían espectáculos de flamenco para quien supiera dónde buscarlos, lejos de los circuitos más turísticos, en un local pequeño con paredes encaladas y sillas de madera desgastadas por generaciones enteras de público.
Nos sentamos casi al fondo, y en cuanto empezó el espectáculo, con el guitarrista afinando las últimas cuerdas y la bailaora colocándose en el centro con esa quietud tensa que precede siempre al estallido, sentí que se me erizaba la piel entera.
—Mi bisabuela bailaba así —le susurré a Damian, sin apartar los ojos del escenario—. En una cueva parecida a esta, quizá esta misma, quién sabe. Mi abuela me contaba que cuando Encarnación empezaba a moverse, todo el mundo se quedaba callado, como si el aire mismo esperara a ver qué iba a pasar.
—Cuéntame más.
—Decía que no bailaba con los pies, sino con todo el cuerpo entero, como si la música le entrara por la planta de los pies y le saliera por las puntas de los dedos.
Que cerraba los ojos y parecía que se iba a otro sitio completamente distinto, que ya no estaba en la cueva, sino en otro tiempo, en otro lugar.
Y que cuando terminaba, se quedaba un segundo entero sin moverse, como si tardara en volver del todo.
Vi cómo Damian me miraba, no al escenario, sino a mí, con una atención tan intensa que sentí que se me cortaba un poco la respiración.
—Te pareces mucho a ella cuando hablas de esto —dijo—. Se te ilumina toda la cara.
—Llevo su fuego dentro, según dice mi madre.
—Se nota.
El espectáculo duró casi una hora, con el cante desgarrándose contra las paredes de piedra y la bailaora entregándose por completo a cada compás, y salimos de allí en silencio, todavía con la piel erizada, caminando sin rumbo fijo por las callejuelas del Sacromonte hasta que lo guié hacia un mirador pequeño, apartado de las rutas más transitadas, desde donde se veía toda la Alhambra recortada contra un cielo cuajado de estrellas.
Al llegar, Damian se colocó detrás de mí, rodeándome con los brazos, y apoyó la barbilla en mi hombro mientras los dos mirábamos, en silencio, aquella vista que quitaba el aliento incluso a quien la había visto cientos de veces antes.
—Gracias por traerme aquí —me dijo, muy bajito, contra mi oído—. Por enseñarme esto. Por enseñarme quién eres de verdad, no la versión pulida de Mallorca, sino esto, la de verdad, la que lleva el Sacromonte metido en la sangre.
—Gracias a ti por querer verla.
Se quedó callado un momento, y cuando volvió a hablar, su voz sonó distinta, más grave, más cargada de algo que no le había escuchado nunca hasta entonces.
—Te quiero, Lea.
Me quedé completamente inmóvil, segura de haber escuchado mal, de que el cante flamenco y las estrellas y toda aquella belleza acumulada me estaban jugando una mala pasada a los oídos.
—¿Qué has dicho? —pregunté casi con un hilo de voz.
—Que te quiero —repitió, girándome despacio para que quedáramos cara a cara, con esa mirada tan seria que solo aparecía cuando algo le importaba de verdad—.
Llevo ya mucho tiempo queriendo decírtelo, y no encontraba el momento adecuado.
Pero aquí, ahora, contigo enseñándome tu ciudad, tu gente, tu historia entera, no he podido callármelo ni un segundo más.
Sentí que los ojos se me cargaban de lágrimas, sin ningún control sobre ellas, y una sonrisa se me escapó antes incluso de que encontrara las palabras exactas para contestarle.
—Yo también te quiero, Damian. Muchísimo.
Nos besamos allí, en aquel mirador diminuto con la Alhambra iluminada de fondo y las estrellas cubriéndolo todo, un beso lento y profundo que nos unió de una manera única, como nunca antes lo había sentido con nadie.
Volvimos al hotel casi sin darnos cuenta de cómo habíamos llegado, entre besos robados en cada esquina y risas bajitas que no conseguíamos contener, y en cuanto cerramos la puerta de su habitación, nos entregamos el uno al otro con una intensidad renovada a todas las veces anteriores.
Hicimos el amor despacio, susurrándonos cosas al oído entre caricias, confirmando a nuestros cuerpos que los dos éramos uno solo.
Ya entrada la madrugada, Damian me acompañó de vuelta a casa de mis padres, caminando despacio por las calles vacías de Granada, con nuestras manos entrelazadas y esa languidez feliz que solo deja una noche perfecta.
—Buenas noches, Lea Cortés —dijo, en la puerta, besándome una última vez.
—Buenas noches, Damian Reinhardt.
Subí las escaleras hasta mi habitación de siempre, la misma que había ocupado desde niña, y me metí en la cama con una sonrisa que no conseguí borrarme de la cara ni queriendo, pensando que llevaba toda la vida esperando, sin saberlo del todo, a que alguien me dijera esas dos palabras exactas en el lugar exacto donde más significaban.