Capítulo 21 — LEA
Esperando las maletas en la cinta del aeropuerto de Granada, con Damian a mi lado todavía sujetándome la mano como si temiera que fuera a salir corriendo de la emoción, le escribí un mensaje a Lola antes incluso de que aparecieran nuestras maletas.
"Ya estamos aquí. Ya lo sé todo. GRACIAS por ayudarle a organizarlo, no tengo palabras."
La respuesta llegó casi al instante, con tantos emojis que tardé un rato en distinguir el texto de verdad entre tanto corazón y tanta carita llorando de emoción.
"Lo tenías merecido, tonta. Disfrútalo muchísimo. Y dale un abrazo a mis padres... digo, a los tuyos, que casi los llamo así de tanto que hemos hablado estos días para organizarlo todo sin que sospecharas nada."
Sonreí al teléfono, pensando en lo bien que se le había dado a Lola guardar el secreto durante toda la semana, ella, que normalmente era incapaz de callarse nada más de cinco minutos, y aquello me recordó, sin poder evitarlo, la conversación que habíamos tenido apenas unos días antes, nada más volver yo de los Alpes, cuando por fin conseguí sonsacarle los detalles de lo que había pasado con Frederic aquella última noche junto a la chimenea.
—Vale, cuéntamelo todo, ya no aguanto más el suspense —le había exigido entonces, tirada en mi cama con el teléfono pegado a la oreja, mientras Damian trabajaba desde el salón.
—No hay mucho que contar.
—Lola.
—Vale, vale. —Se había reído, esa risa suya tan reconocible, antes de lanzarse a explicármelo todo con pelos y señales, como hacía siempre—.
La primera noche estuvimos hablando hasta las tantas junto a la chimenea, después de que os fuerais vosotros a la cama.
Y hubo un momento, no sé, muy tenso, muy de "esto va a pasar ahora mismo", y al final no pasó nada.
Nos quedamos ahí, mirándonos como dos tontos, y cada uno se fue a su habitación.
—¿Y la segunda noche?
—La segunda noche no hubo manera de evitarlo. —Se había reído de nuevo, con ese tono pícaro que usaba solo para las mejores anécdotas—. Nos dimos el lote entero, Lea. Como dos adolescentes, en el sofá, delante del fuego, durante horas. Pero no pasó de ahí.
—¿No pasó de ahí? ¿Tú? No me lo creo, ¿por qué?
—Porque decidí que no. —Sonaba orgullosa, casi estratégica, al decirlo—.
Mira, Frederic es de los que están acostumbrados a conseguir todo lo que quieren, cuando lo quieren.
Y yo pensé, si le doy todo de golpe, se acabó el interés en tres días.
Así que decidí frenar justo ahí, en el mejor momento, para que se quedara con ganas.
Por muchas ganas que tenía yo, que…. las tenía.
Joder lo que me costó. Estuve a punto de ir a su habitación después, porque me moría de ganas. Pero aguanté como una campeona.
—Lola, eso es diabólico.
—Es estratégico, que es distinto. —Se había reído otra vez, encantada consigo misma—.
Y te digo una cosa, me está funcionando de maravilla.
Me ha escrito ya varias veces desde que se fue a Austria.
Cada día un poco más, además. A veces me envía una foto tonta de cualquier cosa, con una broma..
y otras me lanza algún piropo. Yo le mando alguna foto de mis abuelos haciendo gimnasia en el agua…
Nos lo pasamos bomba con las bromas. Este hombre no se me quita de encima, Lea, y a mí me encanta.
Aquel recuerdo me hizo sonreír sola, en mitad del aeropuerto de Granada, mientras las maletas empezaban por fin a aparecer en la cinta.
—¿Qué te hace tanta gracia? —preguntó Damian, cargando ya nuestra maleta.
—Nada. Cosas de Lola.
—Siempre son cosas de Lola.
—Es que siempre pasan cosas con Lola.
Salimos del aeropuerto y el calor seco de Granada me golpeó de una forma que reconocí de inmediato en el cuerpo, ese aire distinto, ese olor a tierra caliente y a algo indefinible que solo mi ciudad tenía, y que llevaba meses sin sentir del todo, ni siquiera en los mejores días de Mallorca.
—¿Estás bien? —preguntó Damian, notando quizá algo en mi expresión.
—Estoy perfecta. Es solo que... no sé cómo explicártelo. Es como si el cuerpo entero se me relajara solo, de golpe, en cuanto piso esta tierra.
Frederic, cargando su propia maleta detrás de nosotros, silbó por lo bajo mirando las montañas que se recortaban al fondo, ya con Sierra Nevada asomando entre la calima de la tarde.
—Entiendo por qué la echas tanto de menos.
Cogimos un taxi hasta casa de mis padres, con Damian mirando por la ventanilla con una curiosidad genuina que no intentó disimular en ningún momento, absorbiendo cada calle estrecha, cada fachada encalada, cada rincón que a mí me resultaba tan familiar que apenas reparaba ya en su belleza hasta que la veía reflejada en los ojos de otra persona descubriéndola por primera vez.
Mi madre nos esperaba en la puerta, algo que solo podía significar que Lola le había avisado de la hora exacta de llegada, con una expresión que oscilaba entre la emoción y unos nervios que rara vez le veía.
—¡Hija! —Me abrazó con esa fuerza suya tan característica, y por encima de mi hombro, la vi mirar a Damian con una curiosidad tan descarada que casi me dio vergüenza ajena—. Así que tú eres el alemán.
—Damian —se presentó él, tendiéndole la mano, aunque mi madre, ignorando el gesto por completo, lo abrazó también a él con la misma fuerza con la que me había abrazado a mí.
—Aquí no se dan la mano, hijo, aquí se abraza. Ya te irás acostumbrando.
Mi padre salió detrás, más comedido pero con esa sonrisa contenida que solo yo sabía leer del todo, y estrechó la mano de Damian con un apretón que reconocí como su forma particular de evaluar a un hombre desde el primer segundo.
—Bienvenido a Granada —dijo, simplemente, aunque el peso de aquellas dos palabras, viniendo de mi padre, valía más que cualquier discurso largo.
Entramos en casa entre el bullicio habitual de mi madre organizándolo todo a gritos amables, el olor a comida que ya llevaba horas cocinándose, y Frederic mirando cada rincón con la misma fascinación curiosa que Damian, aunque él, con su energía particular, no tardó en ganarse a mi madre haciéndole cumplidos sobre el olor de la cocina en un español cada vez más fluido.
—Bueno, hija, cuéntame —me dijo mi madre, en cuanto conseguimos un segundo a solas en la cocina, mientras Damian y mi padre se quedaban en el salón hablando de algo que, por los gestos, imaginé relacionado con fútbol, ese idioma universal que no necesitaba traducción—.
¿Es bueno contigo? Se le ve buena cara, pero eso no dice nada, que hay mucho lobo con piel de cordero.
—Es bueno conmigo, mamá. De verdad. Este viaje, todo esto, lo ha organizado él solo para compensarme la visita relámpago del otro día.
Mi madre se quedó callada un momento, mirando hacia el salón donde Damian, ajeno a nuestra conversación, se reía de algo que había dicho mi padre.
—Se nota que le importas de verdad —dijo, por fin, con una ternura que no era habitual en ella expresar tan abiertamente—. Ese tipo de detalles no se fingen, hija. Eso se hace porque se quiere de verdad.
Aquella frase se me quedó grabada con una calidez que me llenó por completo, sin ninguna sombra todavía que la empañara, mientras la tarde granadina avanzaba despacio hacia una noche que presentía, sin saber todavía hasta qué punto tenía razón, que iba a ser una de las más bonitas de toda mi vida.