Capítulo 20 — DAMIAN
La confesión de Lea en el aeropuerto, aquella frase suya sobre las dos horas con sus padres y la pena que se les había notado en la cara, se me quedó rondando durante días, hasta convertirse en una idea fija que no me dejaba concentrarme del todo en nada más.
Llamé a Lola esa misma semana, aprovechando el número que había quedado guardado en mi teléfono desde los Alpes, con un plan todavía a medio formar en la cabeza.
—¿Damian? —contestó, con una sorpresa genuina en la voz—. Qué extraño, llamarme tú directamente. ¿Ha pasado algo?
—Nada malo, tranquila. Quería proponerte algo, y necesito tu ayuda para que salga bien.
Le expliqué la idea completa, la visita relámpago de Lea a Granada, la pena en la cara de sus padres, las ganas que yo tenía de conocerlos en persona y de ver, con mis propios ojos, ese mundo del que Lea me hablaba con tanto cariño cada vez que sacaba el tema.
—Quiero llevarla de sorpresa. Unos días, sin prisa, sin que tenga que salir corriendo hacia ningún aeropuerto a media comida.
Lola se quedó callada un segundo, y cuando volvió a hablar, noté un cambio en su voz, una emoción que no intentó disimular.
—Damian, esto es lo más bonito que he escuchado en mucho tiempo. Cuenta conmigo para lo que necesites. ¿Qué tienes pensado?
Organizamos, entre los dos, cada detalle sin que Lea sospechara nada: Lola avisaría discretamente a sus padres para que supieran que íbamos a pasar el fin de semana allí, también reservaría una mesa en algún sitio con encanto para una noche, y me daría pistas sobre los lugares que de verdad le importaban a Lea, más allá de las postales típicas que cualquier guía turística podría ofrecerme.
—Una cosa más —dijo Lola, cuando ya casi habíamos cerrado todos los detalles—. ¿Puedo pedirte un favor un poco egoísta?
—Dime.
—¿Podría ir Frederic también?
Sonreí solo, en mi despacho, ante la pregunta, aunque procuré que no se me notara demasiado en la voz.
—Eso no depende de mí, sino de él. Pero imagino que no le va a costar mucho decir que sí.
—No se lo pidas tú directamente. Se lo pido yo. Prefiero encargarme personalmente de ese asunto.
Me reí, entendiendo perfectamente la intención detrás de aquella petición, y le prometí no interferir, aunque avisé a Frederic esa misma tarde, con la excusa de contarle el plan general, para que no le pillara del todo desprevenido si Lola le llamaba antes de lo esperado.
—¿Vamos a Granada? —preguntó Frederic, cuando se lo conté—. Cuenta conmigo, obviamente. Aunque me sorprende que me invites a una escapada tan romántica con tu chica. No es muy propio de ti compartir esas cosas.
—No te invito yo exactamente.
Se quedó callado un segundo, procesándolo, hasta que soltó una carcajada que casi tuve que apartarme el teléfono de la oreja para soportar.
—Ah. Ya lo entiendo todo. Dile a Lola que sí, obviamente. Dile que sí antes incluso de que termine de preguntármelo.
Pedía a mi asistente que reservara dos habitaciones, al menos para Frederik y para mí, en un hotel confortable lo más cerca de la casa de Lea.
Con todo organizado, hablé con Ingrid para asegurarme de que Lea tuviera libres los días necesarios, algo que resultó sorprendentemente sencillo, porque en cuanto le expliqué el motivo general del viaje, sin entrar en demasiados detalles, Ingrid se mostró encantada de colaborar.
—Es un detalle precioso, Damian. Lea se merece algo así después de lo duro que ha trabajado estas últimas semanas.
Aquel comentario, tan sincero, tan bien intencionado, se me clavó con la misma incomodidad de siempre, ese peso pequeño que llevaba semanas cargando en silencio cada vez que alguien mencionaba el mérito de Lea sin saber toda la historia completa que había detrás de su llegada a Berlín.
Lo aparté, como llevaba haciendo desde hacía tiempo, prometiéndome, una vez más, encontrar el momento adecuado para contárselo todo.
Pronto, me repetí. Después de este viaje. Cuando encuentre las palabras exactas.
El jueves por la noche, con todo ya cerrado y confirmado, fui a casa de Lea después de que ella saliera de trabajar, con una excusa cualquiera sobre cenar juntos, y esperé hasta después de la cena para soltar la noticia, disfrutando por adelantado de la expresión que sabía que se le iba a poner.
—Mañana no vas a trabajar —le dije, mientras recogíamos los platos.
—¿Perdona?
—Ya lo he hablado con Ingrid. Tienes los próximos tres días libres.
Se quedó parada, con un plato todavía en la mano, mirándome con una mezcla de sorpresa y suspicacia que me hizo mucha gracia.
—¿Y eso por qué?
—Porque nos vamos de escapada. Tú y yo. Tres días. Cogemos un vuelo.
Le brillaron los ojos de una forma que no le había visto todavía, ni siquiera en los momentos más felices que habíamos compartido hasta entonces, y empezó a moverse por la cocina con una energía nerviosa que resultaba adorable de ver.
—¿A dónde? Dime a dónde. No, mejor no me lo digas, quiero que sea sorpresa de verdad. Pero dame una pista. Por favor. Una pequeña.
—No hay pistas.
—¿Es París? Dime que es París. O espera, no, mejor, ¿es Viena? Siempre he querido ir a la ópera de Viena, como en Pretty Woman…
—No hay pistas —repetí, riéndome de su entusiasmo, aunque por dentro sentía una punzada al saber exactamente lo lejos que estaban sus suposiciones de la realidad, y lo mucho que significaría, esperaba, cuando descubriera hacia dónde íbamos de verdad.
—Vale, vale. Me rindo. Sorpresa total. —Se acercó y me besó, con una alegría desbordante que se le notaba hasta en la forma de besar—. Gracias por esto, Damian. Sea lo que sea.
A la mañana siguiente, temprano, aparqué frente a su portal con Frederic ya esperando en el asiento trasero, algo que Lea no esperaba en absoluto cuando abrió la puerta y lo vio ahí sentado, con su sonrisa habitual y una maleta pequeña a su lado.
—¿Frederic? —Se quedó parada en la acera, mirándonos alternativamente a los dos—. Pensaba que era una escapada romántica solo nosotros dos.
—Y lo es, en gran parte —dijo Frederic, bajando la ventanilla con una expresión de fingida seriedad—. Yo solo vengo de carabina. Alguien tiene que asegurarse de que os comportáis, que sois muy jóvenes y muy impulsivos para andar solos por ahí.
—Damian tiene treinta y cuatro… yo creo que puede hacer manitas perfectamente, ¿no te parece?
—No es tan fácil. Aun así, mi labor de supervisión es fundamental.
Lea se rio, subiendo al coche con la maleta que ya tenía preparada desde la noche anterior, aunque le noté cierta insistencia en sonsacarnos más información durante todo el trayecto hacia el aeropuerto.
—Vale, en serio, ¿a dónde vamos? Frederic, tú no sabes disimular nada, seguro que se te escapa algo.
—Se me da fenomenal disimular.
—Se te da fatal.
—Eso es cierto —admitió él, encogiéndose de hombros—, pero esta vez no pienso decir nada, porque Lola me ha amenazado con cosas que prefiero no repetir en voz alta si le chivo el destino.
—¿LOLA LO SABE?
—Lola lo organizó prácticamente todo —confesé, ya sin poder aguantar más aquel dato, sabiendo que se acercaba el momento en que descubriría el resto de todas formas.
Se quedó mirándome, con una expresión que fue pasando de la sorpresa a algo mucho más blando, mucho más emocionado, aunque todavía no tuviera ni idea de hacia dónde nos dirigíamos exactamente.
En el aeropuerto, mientras yo gestionaba el equipaje en el mostrador y Frederic se entretenía comprando café para los tres, vi cómo Lea se acercaba distraídamente al panel de salidas, buscando quizá alguna pista entre los destinos listados, y observé, con el corazón acelerado, el momento exacto en que sus ojos se detuvieron en la línea correcta.
Berlín - Granada. Puerta B14.
Se quedó completamente inmóvil un segundo entero, releyendo aquellas palabras como si no terminara de creérselas, y cuando se giró hacia mí, tenía los ojos brillantes de una forma que no tenía nada que ver con la sorpresa de un destino cualquiera.
—Granada —susurró, con la voz quebrada—. Me llevas a Granada.
—Pensé que después de esa visita relámpago, te merecías una de verdad. Con tiempo. Sin ningún reloj pendiente del vuelo.
Se le escapó una lágrima que se secó rápido con el dorso de la mano, casi avergonzada, aunque no hizo ningún esfuerzo real por ocultar la emoción que le desbordaba la cara entera.
—Eres... —Se quedó sin palabras, algo que no le pasaba casi nunca—. No sé ni qué decir, Damian. Esto es lo más bonito que nadie ha hecho nunca por mí.
Frederic, que había vuelto justo a tiempo para presenciar la escena, con los tres cafés todavía en una bandeja, carraspeó con una sonrisa que intentaba disimular su propia emoción contenida.
—Bueno, ya que estamos todos llorando en un aeropuerto un jueves por la mañana, ¿alguien quiere su café antes de que se enfríe del todo?
Nos reímos los tres, rompiendo la tensión emocional del momento, y mientras caminábamos hacia la puerta de embarque, con Lea todavía secándose alguna lágrima suelta y sujetándome la mano con una fuerza que no me soltó en todo el trayecto, sentí una felicidad tan completa que, por un rato, conseguí olvidarme por completo de la sombra que llevaba semanas cargando en silencio.