Capítulo 19 — LEA
Los días que quedaron de viaje en los Alpes fueron, sin exagerar ni un poco, de los mejores que recordaba en mucho tiempo.
Damian y Frederic nos enseñaron, con una paciencia que no esperaba de dos hombres acostumbrados a bajar las pistas más difíciles sin despeinarse y, para cuando llegó el último día, tanto Lola como yo habíamos pasado de caer cada dos minutos a mantenernos en pie con una dignidad razonable durante trayectos enteros.
—Vais a acabar mejor que nosotros si seguís así —bromeó Frederic, el penúltimo día, viéndonos bajar una pista azul sin ninguna caída digna de mención.
—Bueno, nunca se sabe. Eso sí, no me preocupa mucho, creo hay otras cosas que se me dan mejor —contestó Lola guiñándole el ojo.
Me encantó ver la cara de sorpresa de Frederik al escucharlo. O eran cosas mías, o el juego entre estos dos iba en aumento, directo al precipicio.
El último día, animados por el buen ambiente y varias copas de vino de la noche anterior, decidimos atrevernos incluso con el snowboard, algo que Damian y Frederic dominaban casi con la misma facilidad insultante que el esquí, y que a Lola y a mí nos convirtió, en cuestión de minutos, en un espectáculo lamentable de caídas encadenadas que tuvo a los cuatro llorando de risa durante horas.
No conseguimos mantenernos en pie más de diez segundos seguidos en ningún momento, pero el desastre fue tan absoluto y tan compartido que se convirtió, sin proponérnoslo, en el recuerdo favorito de todo el viaje.
La despedida entre Lola y Frederic ocurrió la última noche, en el chalet, cuando Damian y yo nos retiramos pronto con la excusa, no del todo falsa, del cansancio acumulado, dejándolos a los dos junto a la chimenea con la última copa de vino de la semana.
No supe exactamente qué pasó entre ellos aquella noche, porque ninguno de los dos contó gran cosa al día siguiente, pero por la sonrisa que Lola llevaba pegada a la cara durante todo el desayuno, las miraditas poco sutiles que me echaba y por lo callado que se mantuvo Frederic, tan poco habitual en él, entendí que algo importante había pasado.
Fuimos Damian y yo quienes llevamos a Lola al aeropuerto de Berlín dos días después, ya de vuelta de los Alpes, con Frederic despidiéndose de ella esa misma mañana en la ciudad, antes de que él tuviera que salir hacia Austria por unos asuntos de la empresa familiar.
Frederic y Lola se dieron un abrazo que se alargó lo suficiente como para que Damian y yo tuviéramos que fingir un interés repentino por el tráfico de la calle.
—Espero verte pronto —dijo él, por fin, separándose.
—Lo mismo digo.
No hubo ninguna otro comentario, pero para mí, las miradas hablaron por sí solas. Ya hablaría con Lola horas más tarde, para que me contara con todo lujo de detalles qué es lo que había pasado entre los dos.
En el aeropuerto, ya en la puerta de embarque, Lola me abrazó con esa fuerza suya tan característica.
—Ha sido la mejor semana de mi vida, sin exagerar demasiado.
—Un poco sí que exageras.
—Un poco, vale. Pero solo un poco. —Se giró hacia Damian, y para mi sorpresa, también lo abrazó a él, con una naturalidad que hacía apenas unas semanas habría sido impensable—. Cuídamela bien, alemán.
—Lo intento cada día.
—Que lo intentes no es suficiente. Que lo consigas, eso es lo que quiero.
Se marchó hacia el control de seguridad mirando atrás al menos tres veces, y de vuelta en Berlín, la rutina me recibió con una intensidad que casi agradecí después de todos esos días de vacaciones, nieve y champán.
La operación del broche de Ronda había entrado en su fase más delicada justo mientras yo estaba fuera, y en cuanto puse un pie en la galería el lunes, Ingrid me esperaba con una expresión que mezclaba nerviosismo profesional y una emoción que no intentaba disimular del todo.
—Tenemos un problema pequeño y una oportunidad grande, en ese orden —me anunció, sin más preámbulo, guiándome hacia su despacho con el mismo paso decidido que empleaba para todo—.
El problema: la casa de subastas de Ronda ha empezado a sospechar que la pieza vale mucho más de lo que tenían catalogado. Alguien más ha preguntado por ella.
—¿Quién?
—No lo sabemos con seguridad. Pero si es otro comprador serio, podríamos perder la oportunidad de conseguirla al precio que teníamos calculado.
—¿Y la oportunidad grande?
—Que tú eres la única persona que ha identificado correctamente el origen de la pieza, y eso te da ventaja.
Si vas a Ronda esta misma semana, en persona, con la documentación que has reunido, puedes cerrar la operación antes de que nadie más se entere de lo que tienen entre manos.
Y necesito que vuelvas cuanto antes, Lea, en cuanto lo cierres.
No podemos permitirnos que esto se alargue.
Me pasé los siguientes dos días preparando cada detalle del viaje con la meticulosidad de quien sabe que se juega mucho más que una simple comisión: repasé la documentación histórica que había reunido sobre la técnica de granate y coral empleada en el broche, contacté con dos expertos independientes que pudieran confirmar la autenticidad si hacía falta, y memoricé cada cifra que el coleccionista suizo me había facilitado sobre su presupuesto máximo, ajustando mi estrategia de negociación con el mismo cuidado con el que Damian, imaginé, calibraría cualquiera de sus piezas de precisión industrial.
Viajé a Ronda dos días después, sola, con la sensación extraña de estar volviendo a una versión más pequeña de España después de semanas viviendo en la inmensidad ordenada de Berlín.
La casa de subastas resultó ser un local modesto, con un propietario mayor, don Ricardo, que llevaba el negocio prácticamente solo desde que sus hijos se habían marchado a trabajar a otras ciudades, y que me recibió con una mezcla de amabilidad andaluza y cautela profesional que reconocí enseguida, porque yo misma la había practicado durante años en Mallorca.
—Así que usted cree que esto vale mucho más de lo que yo tengo puesto —dijo, sacando el broche de una vitrina con un cuidado que dejaba claro que, aunque no supiera exactamente lo que tenía entre manos, intuía que era algo especial.
Le expliqué, con toda la documentación que había preparado, la técnica específica de granadina del diecinueve que reconocía en el engaste, las similitudes con piezas catalogadas de la misma época en el Museo de Artes Populares de Granada, y el interés concreto que había generado ya entre coleccionistas serios de joyería regional española.
Don Ricardo me escuchó con atención, asintiendo de vez en cuando, hasta que al final soltó una risa breve.
—Mire, señorita, llevo cuarenta años en esto y sé reconocer cuándo alguien me está contando la verdad y cuándo me está intentando timar. Usted no me está timando. Se lo noto en la cara.
Negociamos durante casi tres horas, con un respeto mutuo que hizo que el proceso, lejos de resultar tenso, se pareciera más a una conversación entre dos personas que entendían y valoraban lo mismo.
Cuando por fin cerramos el acuerdo, a un precio justo para ambas partes, sentí una satisfacción tan pura y tan completa que tuve que contener las ganas de llamar a Damian, a Lola y a mis padres al mismo tiempo para contárselo.
Llamé primero a Ingrid.
—Cerrado —le dije, en cuanto descolgó—. El coleccionista suizo va a estar encantado.
—Lea, esto es exactamente el tipo de operación que va a poner tu nombre en boca de todo el sector —me contestó, con una emoción que no era habitual en su tono siempre tan medido—.
Enhorabuena. De verdad. Te lo has ganado tú solita.
Ahora, en cuanto puedas, vuelve. Necesito cerrar el papeleo con el comprador antes de fin de mes.
Aquella última frase, "te lo has ganado tú solita", debería haberme llenado del todo, sin fisuras.
Y en aquel momento, caminando por las calles empedradas de Ronda con el sol de la tarde cayendo sobre los tejados y el puente nuevo recortándose imponente contra el cielo, así fue exactamente como me sentí.
Llamé a Damian nada más colgar con Ingrid, incapaz de esperar ni un minuto más para contárselo.
—Lo he cerrado —le dije, todavía con la voz temblándome un poco de la emoción—. El broche. Es mío. Bueno, del coleccionista suizo, pero lo he conseguido yo.
—Lea, eso es increíble. —Se le notaba la sonrisa hasta por teléfono—. ¿Cómo te sientes?
—No sé ni cómo explicártelo. Como si por fin hubiera demostrado algo que llevaba queriendo demostrar desde hace años.
—Lo has demostrado, y no "por fin". Lo has hecho tú sola, Lea.
Con tu trabajo, tu ojo, tus horas de documentación.
Nadie te ha regalado nada de esto. —Se quedó callado un segundo, como si quisiera que la frase calara bien antes de seguir—.
Estoy muy orgulloso de ti. De verdad. De todo lo que has conseguido aquí, tú sola, en tan poco tiempo.
Aquella frase, dicha con tanta sinceridad, se me quedó grabada de una forma extraña, casi incómoda, aunque en aquel momento no supe explicarme del todo por qué.
Le di las gracias, le prometí contárselo todo con calma en cuanto volviera, y colgué con una sonrisa que no se me borró en un buen rato, sin darle a aquel comentario suyo más vueltas de las que en apariencia merecía.
Con la urgencia de Ingrid resonándome todavía en la cabeza, y sabiendo que apenas me quedaba una tarde antes de tener que coger el vuelo de vuelta a Berlín, decidí de todas formas acercarme a Granada, aunque solo fuera por unas horas.
Le había prometido a mi madre que pasaría a verlos, y no me perdonaría estar tan cerca sin hacerlo, aunque tuviera que ser una visita relámpago.
Cogí un autobús hasta Granada nada más cerrar el trato, con el tiempo justo para comer con mis padres antes de salir corriendo hacia el aeropuerto.
Mi madre abrió la puerta con esa alegría instantánea que solo ella sabía desplegar, aunque se le notó, casi de inmediato, la decepción al enterarse de que apenas tendría unas horas.
—¿Solo vienes a comer? —preguntó, con esa voz que intentaba sonar comprensiva y no del todo lo conseguía—. Hija, con lo que te echamos de menos, y vienes y te vas como quien pasa por la vecina de al lado.
—Lo sé, mamá, lo siento muchísimo. Mi idea era quedarme, pero el trabajo, esta operación que acabo de cerrar, no me ha dejado más margen esta vez.
—Ya, el trabajo. —Suspiró, aunque me abrazó con la misma fuerza de siempre—. Anda, ven, que tengo el cordero ya casi listo, que menos mal que te avisé pronto.
Comimos deprisa, entre risas cortas y preguntas que no tuve tiempo de contestar del todo, con mi padre mirando el reloj cada poco, más pendiente de que llegara a tiempo al aeropuerto que de disfrutar de la comida, y en menos de dos horas ya estaba despidiéndome de nuevo en la puerta, con mi madre reteniéndome el abrazo un segundo más de lo habitual.
—Vuelve pronto, hija. De verdad. Y que sea para quedarte más de dos horas la próxima vez.
—Lo prometo, mamá.
Me subí al taxi hacia el aeropuerto con un nudo en el pecho que no tenía nada que ver con el cansancio del viaje, viendo por la ventanilla cómo la ciudad de mi infancia se iba quedando atrás otra vez, demasiado rápido, siempre demasiado rápido, y pensando que aquella forma de vivir, a caballo entre dos mundos que amaba con la misma intensidad, tenía un precio que empezaba a pesarme.
Aterricé en Berlín ya de noche, agotada, y Damian me esperaba en el aeropuerto con esa sonrisa que siempre conseguía aligerarme algo por dentro, aunque aquella vez no lo suficiente.
—Ahí está mi negociadora estrella —dijo, abrazándome nada más verme, con ese orgullo todavía fresco de la llamada de la tarde—. ¿Qué tal el resto del día? ¿Has podido ver a tus padres al final?
Me quedé callada un segundo, sintiendo que se me escapaba algo de voz.
—Sí, pero solo dos horas, Damian. Dos horas. Y se les ha notado en la cara la pena de que me fuera tan rápido.
Me abrazó más fuerte, sin decir nada de momento, dejándome apoyar la cabeza en su hombro durante todo el trayecto hasta el coche.
Se me hacía un nudo en la garganta si pensaba en la imagen de mis padres en la puerta, despidiéndose de mí con cara de tristeza, por no haber podido pasar más tiempo conmigo.