De Mallorca a Berlín. Siendo granaína Capítulo 18 — LEA
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Capítulo 18 — LEA

Reconocí a Lola en la terminal de llegadas antes incluso de que ella me viera a mí, arrastrando una maleta el doble de grande de lo necesario para cuatro días, con el pelo alborotado del vuelo y esa forma de caminar que ocupaba más espacio del que en realidad ocupaba su cuerpo.

—¡LEAAAA! —gritó, en cuanto me localizó, atrayendo la atención de media terminal con una naturalidad que solo ella podía permitirse, y se lanzó a abrazarme con tanta fuerza que casi perdimos el equilibrio las dos.

—Has traído media casa, por lo que veo.

—Nunca se sabe qué necesita una para triunfar en los Alpes. Y para triunfar con un austriaco guapo, según me has contado.

—Yo no he dicho que sea guapo.

—No hacía falta, se te nota en la voz cuando lo mencionas. —Me cogió del brazo, arrastrándome hacia la salida con la maleta traqueteando detrás—. Venga, enséñame tu vida berlinesa. Quiero verlo todo.

Le enseñé el piso esa misma tarde, con Lola paseándose por los treinta metros cuadrados con la misma reverencia con la que otros visitarían un palacio, revisó todo, hasta lo que había dentro de los cajones del mueble del aseo, y deteniéndose especialmente delante de la acuarela de mi bisabuela, colgada ahora en un lugar de honor sobre mi cama.

—Es que la imagen es una pasada, Lea. Verla ahí, con tanto arte, y pensar que era tu bisabuela, se me eriza hasta la piel. Se la ve tan bien, tal feliz—dijo, con una ternura que no era habitual en ella—. Como si le gustara Berlín tanto como a ti.

Cenamos esa noche en el piso, sentadas en mi diminuta mesa, entre risas y una botella de vino que Lola había insistido en traer desde Granada "porque el vino alemán, con perdón, no es lo mismo", y me pidió un repaso exhaustivo de todo lo que se había perdido en las últimas semanas, con especial interés en cualquier detalle sobre Frederic que yo pudiera aportar, por mínimo que fuera.

—¿Y cómo es? Físicamente, quiero decir. Necesito prepararme mentalmente.

—Alto. Atlético. Rubio, pero no como Damian, más dorado, más desenfadado, corta barba muy cuiada. No sé… a ver, diría que le tiene un aire a Charlie Hunnan en la peli Triple Frontera. Y tiene una sonrisa que no para nunca y habla sin parar de anécdotas de esquí, paracaidismo, ese tipo de cosas.

—¿QUÉ ME ESTÁS CONTANDO? ¿CHARLIE HUNNAN EN TRIPLE FRONTERA? —exclamó con los ojos bien abiertos. Esa peli la habíamos visto varias veces porque nos volvían locas los protagonistas—. Vale, es oficial, me declaro ya totalmente enamorada de Frederic.

—Ya veremos si el sentimiento es mutuo —contesté riendo.

—Por supuesto que lo será —dijo, con esa seguridad suya tan característica—. Siempre lo es.

A la mañana siguiente, temprano, un todoterreno espacioso aparcó justo debajo de mi ventana, y en cuanto Lola se asomó a mirar quién había llegado, soltó un gritito que me hizo salir corriendo hacia el balcón.

—Lea. LEA. Ha bajado del coche un rubio que parece sacado de un anuncio de colonia. Tiene que ser Charlie Hunnan. Como no sea, me da algo.

Bajamos con las maletas justo cuando Damian y Frederic terminaban de acomodar el equipaje en el maletero, y en cuanto Frederic vio a Lola, esbozó una sonrisa que reconocí de inmediato, la misma expresión de quien acaba de encontrar exactamente lo que esperaba y algo más.

—Tú debes de ser la famosa Lola —dijo, tendiéndole la mano con esa energía suya que no parecía apagarse nunca y un español muy alemán—. Damian me ha hablado de ti.

—Qué casualidad, yo también he oído hablar de ti. —Lola le estrechó la mano con una sonrisa que reconocí de inmediato de, dame unas horas, cielo, que voy a hacer que, en unas horas acabes ácima de mí—. Espero que las historias sean ciertas.

—Depende de cuáles hayas escuchado.

—Todas, de momento.

—Entonces tengo trabajo por delante para estar a la altura.

Damian, mientras tanto, me besó dulce como saludo con una naturalidad que ya no me sorprendía.

—Ehem, Lola —reclamé su atención que estaba con las risitas tontas con Frederik—. Lola… este es Damian, ¿te acuerdas? ¿que iba a presentártelo?

—Ay, Damian, ¡claro! —se acercó a él dándole un par de beso, intentando hacerse un poco más fina de lo que era—. Me alegro mucho de conocerte en persona. Aunque el otro día pudimos hacerlo por teléfono… créeme, vale la pena verte en directo.

—Lola… —comenté echándole una mirada un poco asesina—.

—¡Vale! paro.

Acabamos sonriendo los cuatro a la vez.

—¿Nos vamos ya, o preferís que nos quedemos aquí en la acera? —preguntó Damian, abriéndonos la puerta del coche con ese gesto tan suyo.

Subimos las cuatro maletas y a nosotros mismos al todoterreno, con Frederic al volante y Damian de copiloto, y Lola y yo repartidas en los asientos traseros, y salimos hacia los Alpes con el sol todavía bajo y la ciudad despertándose despacio a nuestro alrededor.

El trayecto duró varias horas, con el paisaje cambiando poco a poco de la ciudad ordenada a colinas verdes, y finalmente a las primeras montañas nevadas que se alzaban al fondo como si alguien las hubiera colocado allí expresamente para una postal.

Lola se pasó buena parte del camino con la nariz pegada al cristal, soltando exclamaciones cada vez que aparecía algo nuevo digno de foto, mientras Frederic, desde el volante, competía con ella para ver quién identificaba antes cada pico que se veía a lo lejos, en un juego improvisado que fue derivando, poco a poco, en pullas cada vez más divertidas.

—Ese de ahí es el más alto de la zona —anunció Frederic, señalando una montaña cualquiera con total seguridad.

—No te lo crees ni tú.

—Claro que me lo creo.

—Te lo estás inventando. Se te nota en la cara, hasta por el retrovisor.

—Tengo cara de decir siempre la verdad.

—Tienes cara de estar mintiendo ahora mismo con muchísimo estilo, que no es lo mismo.

Damian y yo intercambiamos una mirada divertida desde nuestros asientos, sin decir nada, aunque los dos sabíamos perfectamente lo que estaba empezando a cocerse entre ellos.

El trayecto llegó a su fin, tras hacer alguna parada para tomar un café.

La casa apareció al final de un camino privado bordeado de abetos, un chalet de madera oscura y grandes ventanales, con humo saliendo ya de la chimenea y luces cálidas encendidas en cada ventana, como si llevara esperándonos toda la tarde.

Una pareja mayor, los caseros que se encargaban de mantener la casa en perfecto estado durante todo el año, nos recibió en la puerta con las habitaciones ya preparadas.

—Tú te quedas en la habitación azul, al fondo del pasillo —le dijo Damian a Lola, mientras yo notaba, con cierta diversión, cómo mi propia maleta ya había desaparecido en dirección a la habitación principal, la suya, sin que nadie hubiera preguntado nada al respecto.

—¿Y Lea dónde duerme? —preguntó Lola, con una inocencia tan fingida que hasta Frederic soltó una carcajada.

—Lea duerme donde le apetezca —contestó Damian, con total tranquilidad, aunque sus ojos, al encontrarse con los míos, dejaban bastante claro dónde esperaba que fuera esa elección.

—Ya veo —dijo Lola, sonriendo de oreja a oreja—. Qué considerado.

Dejamos las maletas y salimos casi de inmediato hacia las pistas, aprovechando las horas de luz que quedaban, y comimos allí mismo, en un restaurante de altura con vistas espectaculares, algo sencillo pero contundente que necesitábamos después de las primeras horas peleándonos con la nieve.

—Esto no se parece en nada a Sierra Nevada —admití, después de mi tercera caída de la mañana, con la nieve metida hasta en sitios que preferiría no mencionar.

—En Sierra Nevada al menos hay sol de verdad, no este frío que te congela las pestañas —se quejó Lola, todavía sacudiéndose la nieve de encima tras una caída propia.

Damian y Frederic, mientras tanto, bajaban las pistas con una facilidad que resultaba casi insultante, deteniéndose de vez en cuando para esperarnos, para darnos consejos que aplicábamos con resultados dispares, y Frederic aprovechaba cada caída de Lola para meterse con ella en un español cada vez mejor, motivado sospechosamente por la ocasión de hacerlo.

—Dobla las rodillas, así, mira —le decía, haciendo una demostración exagerada.

—Ya doblo las rodillas.

—No las doblas nada.

—Que sí las doblo… Parece que lo sabes todo…

Por la tarde, cuando el sol ya empezaba a caer con ese naranja particular de la montaña, Frederic nos llevó a una zona de la estación que yo no había visto en todo el día, una explanada nevada donde ya sonaba música y un DJ pinchaba desde una cabina de madera rodeada de sofás y mesas bajas, con camareros circulando entre la gente con bandejas de champán.

—Bienvenidas a la fiesta de nieve —anunció Frederic, guiándonos hacia una zona acordonada, más reservada, con vistas privilegiadas sobre toda la explanada—. Zona VIP, cortesía de la casa.

—¿Esto también es tuyo? —le pregunté a Damian, sin poder evitar la broma.

—Este trozo de montaña no —bromeó—. Pero conozco a quien lo organiza.

Lola, con una copa de champán ya en la mano, me agarró del brazo con los ojos brillantes de la emoción.

—Lea. Estamos en una fiesta VIP en la nieve, con champán, con un DJ, y con dos hombres guapísimos. Como esto no sea un sueño del que me despierto mañana, no sé qué más puedo pedirle a la vida.

Bailamos las dos, entre risas, con la música retumbando contra las montañas y la nieve reflejando las luces de colores de una forma casi mágica, mientras Damian y Frederic nos observaban desde los sofás con esa expresión mitad divertida, mitad embobada, que solo ponen los hombres cuando ven a las mujeres que les gustan pasárselo bien sin necesitarlos para nada.

En algún momento, Frederic se unió a Lola en la pista improvisada, bailando con un entusiasmo que compensaba de sobra su falta de ritmo, y ella se reía tanto que tuvo que sujetarse a él para no caerse, en un gesto que, aunque inocente, no me pasó desapercibido.

—Tu amiga y mi amigo se lo están pasando muy bien juntos —me dijo Damian, acercándose por detrás, con los brazos rodeándome la cintura mientras observábamos la escena.

—¿Tú crees que...?

—No sé —contestó él suavemente en mi oido, para acabar dándome un beso en el cuello—. Pero desde luego, algo hay.

—Se lo están pasando bien…. pero me da que, algo hay —admití.

Se rio, apoyando la barbilla en mi hombro

—Algo me dice que a este viaje va a ser divertido para los dos.

Volvimos al chalet ya de noche, agotadas del día entero, con las mejillas coloradas por el frío, el baile y el champán, para encontrarnos una cena ya preparada por los caseros, la mesa puesta junto a la chimenea encendida, y una botella de vino esperando a que la abriéramos entre los cuatro.

—Por Sierra Nevada, que nos preparó peor de lo que pensábamos —brindó Lola, levantando su copa con una sonrisa enorme.

—Por los Alpes, que os han dado una lección de humildad merecida —añadió Frederic, chocando su copa con la de ella con un descaro que arrancó una risa general.

La velada se alargó entre risas, anécdotas cruzadas, y ese tipo de conversación fácil de cuatro personas, aunque sean de distintos orígenes, encuentran la manera de encajar sin esfuerzo.

Observé, con una alegría que se me desbordaba por dentro, cómo Lola corregía el español de Frederic con una paciencia burlona que a él, lejos de molestarle, parecía encantarle cada vez más, y cómo Damian, sentado a mi lado con la mano apoyada en mi rodilla bajo la mesa, me miraba de vez en cuando con una expresión que no necesitaba ninguna traducción para entender exactamente lo que significaba.

Aquella noche, ya en la habitación principal, con el fuego de la chimenea todavía crepitando al otro lado de la puerta y el sonido lejano de la risa de Lola colándose por el pasillo, pensé que llevaba mucho tiempo sin sentirme tan completamente feliz, tan exactamente donde debía estar, rodeada de las personas correctas en el lugar correcto, sin ninguna sombra que empañara aquel momento.

No tenía ni idea, todavía, de cuánto se me iba a complicar todo apenas unos días después.