De Mallorca a Berlín. Siendo granaína Capítulo 17 — DAMIAN
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Capítulo 17 — DAMIAN

Llevaba dos días sin poder concentrarme del todo en las reuniones, algo que jamás me había pasado en quince años dirigiendo la empresa, y la culpa, si se le podía llamar así a una sensación tan agradable, la tenía por completo Lea Cortés.

No dejaba de pensar en la cena de mi casa, en la cara que había puesto al probar la crema de calabaza, en cómo se había reído sin ninguna piedad cuando confesé lo de la tarta comprada, en la facilidad con la que se había movido por mi salón como si llevara viviendo allí toda la vida en lugar de unas pocas horas.

Había tenido, a lo largo de los años, mi cuota razonable de cenas en esa misma mesa, con mujeres que admiraban la casa, el vino, la vista, todo excepto, sospechaba, a mí mismo.

Lea había mirado la casa una sola vez, con curiosidad genuina pero sin ningún tipo de cálculo, y después se había pasado el resto de la noche mirándome a mí, como si yo fuera lo único de la habitación que mereciera de verdad su atención.

Mi hermana me llamó de nuevo al día siguiente, esta vez sin la excusa de la cena de por medio.

—No puedo creer que me contaras tanto por teléfono —me dijo Greta, sin ni siquiera saludar primero, con esa costumbre suya de entrar directamente en materia—.

Llevas años sin contarme nada de tu vida personal, Damian.

Nada. Ni una cita, ni un nombre, nada. Y de repente me llamas, o te llamo yo, mejor dicho, y sueltas todo un discurso sobre una española encantadora que te ha robado el corazón.

—Exagero cuando estoy de buen humor.

—No exageras nunca, esa es la cuestión. —Se rio, con un cariño que se le notaba incluso a través de la impaciencia—. Quiero conocerla, en serio. Y quiero conocerla pronto, antes de que se te ocurra estropearlo con tu habitual exceso de control sobre todo.

—No voy a estropear nada.

—Eso espero. —Hizo una pausa, más seria—. Se te nota feliz, Damian. De verdad feliz, no esa versión tuya que finge estarlo en las cenas de empresa. No lo eches a perder.

Colgué con esa frase resonando en la cabeza, porque llevaba semanas, si era completamente honesto conmigo mismo, con una sombra de inquietud que no terminaba de disolverse del todo, por mucha felicidad que sintiera cada vez que estaba con Lea.

La organización del viaje a los Alpes ocupó una parte de mi semana, aunque fue el tipo de trabajo que hice con gusto, casi con la misma dedicación que aplicaba a cualquier proyecto de la empresa.

Lea me confirmó que Lola llegaba en una semana exacta, con vuelo desde Granada a Berlín ya reservado, así que llamé a Frederic esa misma tarde para cerrar las fechas.

—¿Los Alpes? Cuenta conmigo, obviamente —dijo Frederic, con esa energía suya que no bajaba nunca de intensidad, ni siquiera por teléfono—.

Aunque más vale que hayas contratado a alguien que sepa preparar bien la pista cerca de tu casa, porque la última vez que estuve por Garmisch la nieve estaba de pena.

—La nieve está bien. Ya lo he comprobado.

—Eso espero, porque como me toque enseñar a esquiar a dos principiantes en una pista mediocre, te vas a enterar.

—Se rio, y le escuché servirse algo, probablemente café, con ese ruido de fondo tan característico de sus llamadas—.

Por cierto, ¿cómo es la amiga de Lea? Solo curiosidad, para saber con quién voy a pasar la semana.

—No la conozco todavía. Solo hablé con ella un rato por teléfono. Parecía divertida.

—Divertida es buena señal.

Frederic era propietario, junto a su hermano mayor, de una cadena de pequeñas estaciones de esquí en Austria, cerca de Kitzbühel, un negocio familiar que llevaban gestionando desde hacía tres generaciones y que Frederic conocía al detalle, aunque aquella semana no fuéramos a pisar ninguna de sus pistas.

Prefería, cuando podía elegir, esquiar donde nadie lo reconociera como "el de Hoffmann", algo que entendía perfectamente, porque yo mismo llevaba años buscando lo mismo en cada rincón de mi vida que no tuviera relación directa con la empresa.

—No necesitas preocuparte por nada, en cualquier caso. Lola parece encantadora por lo que me contó Lea.

—Eso está bien. En serio, Damian, ¿estás bien con todo esto? Te noto raro. Feliz, pero raro.

Me quedé callado un momento, sorprendido de que Frederic, con toda su aparente ligereza, hubiera notado algo que yo mismo llevaba días intentando ignorar.

—Estoy bien.

—Ya. Claro. —No insistió, porque Frederic, a pesar de las apariencias, sabía exactamente cuándo dejar de presionar—.

Bueno, confirmadme fechas y yo me encargo de organizar las pistas para que no sea un desastre total.

Y avísame si necesitas hablar de lo que sea que te tiene raro, aunque sea feliz-raro.

Colgué, y me quedé un rato de pie junto a la ventana de mi despacho, mirando Berlín extenderse abajo, gris y ordenado como siempre, pensando en la pregunta de Frederic más de lo que me habría gustado admitir.

Porque la verdad, la que no le había contado ni a mi hermana ni a mi mejor amigo, era que llevaba días con un peso instalado en algún lugar del pecho que no conseguía disolver por completo, ni siquiera en los momentos más felices con Lea.

Cada vez que ella se reía de algo que yo había dicho o hecho, cada vez que me contaba con orgullo genuino algún avance de su trabajo en la galería, cada vez que mencionaba, sin darle mayor importancia, la suerte que había tenido de que la llamaran de Berlín justo en el momento adecuado, sentía una punzada helada que me recorría desde la nuca hasta el estómago.

Porque no había sido suerte. Y yo lo sabía perfectamente.

Lea era la persona más orgullosa que había conocido en mi vida, orgullosa de su trabajo, de su apellido, de un origen que se había pasado años puliendo hasta esconderlo del todo, precisamente porque le importaba demasiado que nadie lo usara nunca para restarle mérito.

Y yo, sin que ella lo supiera, había movido los hilos exactos que le habían restado, aunque fuera solo un poco, el mérito que tanto le había costado ganarse.

No sabía cómo reaccionaría si algún día se enteraba. Y esa incertidumbre, cada día que pasaba, cada día que la veía más feliz, más instalada en Berlín, más enamorada de una vida que en parte yo había construido para ella sin pedirle permiso, se me hacía un poco más pesada de cargar en silencio.

Debería contárselo , pensé, no por primera vez, mirando cómo el sol se escondía tras los tejados grises de la ciudad.

Debería sentarme con ella y contárselo todo, antes de que la distancia entre lo que ella cree que pasó y lo que pasó de verdad se vuelva demasiado grande como para cruzarla sin hacerle daño.

Pero cada vez que me imaginaba esa conversación, cada vez que ensayaba mentalmente las palabras exactas para explicárselo, me topaba con la misma pared: no tenía ni idea de cómo reaccionaría.

Y el miedo a perderla, justo cuando por fin había encontrado algo que se parecía, sospechosamente, a la felicidad completa, resultaba, por ahora, más fuerte que la culpa.

Se lo diré , me prometí, sin del todo creérmelo. Pronto. Después de los Alpes. Cuando encuentre el momento adecuado.

Guardé el teléfono, cerré el portátil, y me obligué a concentrarme en los preparativos del viaje, en confirmar con Frederic los horarios de las pistas, en todo lo que pudiera mantenerme ocupado el tiempo suficiente como para no seguir dándole vueltas a una conversación que, tarde o temprano, sabía perfectamente que iba a tener que afrontar.