De Mallorca a Berlín. Siendo granaína Capítulo 16 — LEA
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Capítulo 16 — LEA

—Repite eso último —dijo Lola, con una voz que sonaba a punto de estallar en directo—. Porque juraría que has dicho "y luego nos acostamos", así, como quien comenta que ha llovido.

—Eso he dicho.

—LEA CORTÉS.

—¿Qué?

—Que llevas cuatro semanas en Berlín. CUATRO.

Y ya te has acostado con un multimillonario que te ha enseñado su fábrica, te ha llevado a comer a un sitio con la mejor cerveza y salchichas de la ciudad, y encima parece que sabe lo que hace en la cama, porque por tu voz de boba no me estás contando que fue un desastre.

—No fue un desastre —admití, sonriendo sola en la cocina mientras me preparaba un café, todavía con esa sensación flotante que llevaba desde que Damian se había ido, sin abandonarme del todo—. Fue... Lola, fue maravilloso. En serio. No sé ni cómo explicártelo sin sonar ridícula.

—Suena ridícula, cielo, no te preocupes por eso, ya suenas ridícula desde que me contaste lo del beso en el portal.

Nos reímos las dos, y durante los siguientes veinte minutos le conté cada detalle que Lola exigió con su meticulosidad habitual: la fábrica, la comparación de las piezas de precisión con el engaste de las joyas, el pueblo con la señora que lo abrazaba, el Mercedes, la mañana después, la pregunta que le había hecho sobre por qué yo, y su respuesta, que todavía se me erizaba la piel de pensarla.

—Vale, esto ya no es un rollo de verano —sentenció Lola, ya más seria—. Esto es una historia de verdad, Lea. Y me tienes que mantener informada de cada capítulo, ¿entendido? No te me vuelvas una de esas amigas que desaparecen en cuanto tienen novio.

—Nunca haría eso.

—Ya veremos. —Se rio, aunque con un cariño que se le notaba hasta a través del teléfono—. Te quiero, tonta. Me alegro muchísimo por ti.

Colgué con esa sensación cálida que solo Lola conseguía dejarme, y me preparé para ir a trabajar con una energía que llevaba semanas sin sentir del todo, ni siquiera en los mejores días desde que había llegado a Berlín.

En la galería, aquella semana, las cosas se pusieron interesantes de verdad.

Ingrid me encargó localizar el paradero de una pieza concreta, un broche de plata y coral trabajado con técnica granadina del siglo diecinueve, que un coleccionista suizo llevaba meses buscando sin éxito para completar una colección centrada en joyería popular española.

Me pasé días enteros rastreando catálogos antiguos, hablando por teléfono con anticuarios de Sevilla y Madrid, hasta que di con una pista que nadie más había seguido: una casa de subastas pequeña, casi desconocida, en Ronda, que tenía el broche catalogado de forma incorrecta, listado como "bisutería regional sin valor destacado" cuando en realidad, según todos los indicios que fui reuniendo, se trataba exactamente de la pieza que el coleccionista suizo llevaba meses persiguiendo.

—Esto, si se confirma, va a ser un golpe maestro —me dijo Ingrid, revisando mi informe con una expresión de auténtico entusiasmo—. Lea, si consigues cerrar esta operación, vas a dejar muy claro por qué te trajimos aquí.

Aquella frase se me quedó grabada de una forma especial, aunque en aquel momento no tuviera ni idea de cuánto la iba a necesitar recordar más adelante.

El viernes, mientras preparaba la documentación para viajar a Ronda y verificar la pieza en persona, llamé a mi madre para contarle las novedades, aunque, como cada semana, la conversación acabó desviándose hacia terrenos que yo controlaba mucho menos que el mundo de las subastas.

—¿Y qué tal por ahí, hija? Te noto rara.

—No estoy rara, mamá.

—Estás rara. Tienes la voz de cuando tenías dieciséis años y me escondías algo sobre algún chico del instituto.

Suspiré, sabiendo que no tenía sentido intentar disimular con ella, que llevaba veintinueve años detectando mis mentiras con una precisión que ni la mejor tecnología de Damian podría igualar.

—Hay alguien, mamá. Un hombre. Es... es especial.

—¿Alemán?

—Alemán.

Se quedó callada un momento, y pude imaginarme perfectamente su cara, esa mezcla de curiosidad y preocupación que ponía siempre que algo se salía de lo que ella consideraba el orden natural de las cosas.

—Ten cuidado, Lea. No digo que no te lo mereces, que claro que te lo mereces, pero esos hombres de mundo... a veces se acostumbran a tener lo que quieren cuando quieren, y luego se cansan igual de rápido.

—No es así, mamá. De verdad.

—Eso espero, hija. Solo te pido prudencia. Y que no se te olvide de dónde vienes por mucho que ese hombre te lleve a sitios bonitos.

—No se me olvida.

—¿Y cuándo vienes a vernos? Que tu padre ya pregunta si te has olvidado de que tienes familia en Granada.

—Estoy pensando en ir el mes que viene, unos días. Tengo un viaje de trabajo a Ronda, quizá aproveche y me acerque después.

—Eso me alegra el día entero, hija. Avísanos con tiempo, que tu padre quiere hacer el cordero que tanto te gusta.

Colgamos con la promesa de concretar fechas, y en cuanto guardé el teléfono me di cuenta, con una punzada que no esperaba, de que aquel viaje a Granada significaba, inevitablemente, unos días lejos de Damian.

Era ridículo, apenas llevábamos muy poco viéndonos, y sin embargo la sola idea de no verlo durante días me dejó un poso de tristeza que no supe muy bien cómo justificar racionalmente.

Aquella tristeza, sin embargo, se disolvió por completo esa misma tarde, en cuanto Klaus me dejó frente a la casa de Damian.

No me fascinaba la idea de que enviara el coche cada vez a por mí, por muy bien que me cayera Klaus, pero yo no tenía coche, y si tenía que ir en metro hasta su casa, no tenía mucho sentido protestar.

Su casa no era lo que esperaba, aunque tampoco sabía muy bien qué había esperado exactamente.

Nada de mansión ostentosa con columnas y jardines interminables, sino una casa moderna de líneas limpias, integrada en un barrio residencial tranquilo, con grandes ventanales que dejaban ver, desde fuera, un interior cálido, de madera clara y estanterías repletas de libros que no parecían decorativos, sino que se han leído de verdad.

Damian me abrió la puerta casi antes de que llegara a llamar, descalzo, con un delantal puesto que le quedaba tan absurdamente fuera de lugar que no pude evitar echarme a reír nada más verlo.

—No te rías. Me tomo muy en serio la cocina.

—Ya veo. El multimillonario de la ingeniería de precisión, en delantal.

—La precisión también se aplica a la cocina, para que lo sepas.

Me besó en cuanto crucé el umbral, un beso corto pero cargado de una familiaridad que hacía apenas unas semanas me habría resultado imposible de imaginar, y me guio hacia una cocina abierta donde el olor a algo delicioso ya llenaba toda la casa.

Era una cocina de esas que parecen sacadas de una revista, isla central de mármol sin una sola mancha, ollas de cobre colgadas en perfecta simetría que dudaba mucho que hubieran visto fuego alguna vez antes de esa noche, y ni un solo cacharro fuera de sitio, tan distinta de la mía, con su cajón que no cerraba bien y su único cazo abollado, que estuve a punto de preguntarle si aquello era una cocina de verdad o una maqueta.

—Qué cocina tan bonita… Y, huele increíble. ¿Qué has hecho?

—Nada del otro mundo. Una crema de calabaza para empezar, salmón al horno con verduras de segundo, y de postre...

—Dudó un segundo, con una media sonrisa culpable—.

De postre he hecho trampa. Hay un pastelero cerca de aquí que hace una tarta de queso que no hay manera humana de superar, así que ni lo he intentado.

—O sea que de los tres platos, uno te lo has comprado hecho.

—Los otros dos son completamente míos, para que conste. Y ese es exactamente el tipo de detalle que decidí no mencionarte hasta que ya estuvieras aquí, sin posibilidad de darte la vuelta e irte indignada por el engaño.

—Muy honesto por tu parte.

—Precisión alemana. También sirve para saber cuándo esconder la información hasta el momento oportuno.

Me reí, y aquella confesión, lejos de decepcionarme, me pareció el detalle más entrañable de toda la noche, la prueba de que aquel hombre que dirigía un imperio industrial con mano firme se había pasado la tarde entera nervioso por una crema de calabaza y por si le pillaba el origen de la tarta de queso.

Cenamos en una mesa junto al ventanal, con velas que Damian había encendido con esmero, y una botella de vino que descorchó con la misma concentración que probablemente aplicaba cerrando contratos.

La comida, para su mérito, resultó estar realmente buena, algo que le hice saber con un entusiasmo y que pareció satisfacerle por el beso que me plantó.

Estábamos ya en la tercera copa de vino, con las piernas entrelazadas bajo la mesa, cuando el teléfono de Damian empezó a sonar sobre la encimera.

—Es mi hermana —dijo, mirando la pantalla con una media sonrisa—. ¿Te importa si contesto? Si no lo hago, me va a llamar quince veces seguidas hasta que ceda.

—Adelante.

Contestó en alemán, aunque por el tono y por las miradas que me lanzaba de vez en cuando, no me costó mucho adivinar de qué estaban hablando.

—Quiere saber quién eres —me tradujo, tapando el micrófono con la mano, con una expresión entre divertida y avergonzada—. Le he contado que estoy cenando con alguien, y ahora exige detalles.

—Dile que soy una española encantadora que te ha robado el corazón.

Se rio, y repitió algo parecido en alemán, provocando una exclamación al otro lado de la línea que hasta yo pude reconocer como pura emoción femenina.

—Dice que quiere conocerte pronto. Que ya iba siendo hora de que me viera con alguien que le hiciera sonreír así por teléfono.

Aquella frase, traducida de segunda mano desde el otro lado de una llamada familiar, se me quedó grabada con un cariño que no esperaba sentir tan pronto por una mujer a la que ni siquiera conocía todavía.

Cuando por fin colgó, ya entrada la noche, con las copas casi vacías y esa languidez agradable que da el buen vino compartido con buena compañía, le confesé algo que llevaba días rondándome.

—Echo muchísimo de menos a Lola.

—Deberías invitarla a venir.

—Pues si te digo la verdad… es una idea que me rondaba la mente, pero no sabía cuándo podría organizarlo con ella. ¿Debería de planteárselo ya?. A ti… ¿te gustaría conocerla?

—Claro. Deberías hacerlo. Me encantaría conocerla, después de todo lo que me has contado.

—Se quedó pensativo un momento, con esa expresión suya de estar tramando algo—.

Y se me ocurre algo mejor. Tengo una casa en los Alpes, cerca de Garmisch.

Podríamos ir los cuatro, tú, Lola, Frederic y yo, unos días a esquiar antes de que empiece a apretar el invierno de verdad.

Se me iluminó la cara de una forma que probablemente resultó ridícula.

—¿Lo estás diciendo en serio?

—Eh… claro. ¿Por qué iba a hacerlo en broma?

—¡Ay! ¡Que me da algo! Me parece un plan fabuloso, Damian —dije lanzándome a su cuello para estamparle un beso en los labios.

Sentí que él estaba igual de ilusionado que yo, lo sentí por los ojos de ternura con los que me miraba.

—Llámala ahora. Si quieres. Seguro que se pone contenta.

—¿Ahora? ¡Ay Dios! ¡Qué buena idea!

Y sin pensármelo dos veces, cogí mi teléfono de la mesa y llamé a Lola allí mismo, delante de Damian, incapaz de esperar ni un minuto más para contárselo.

—¡Lola! Escúchame, tengo un plan.

—¿A estas horas? Lea, son las once de la noche, aquí ya me había dormido delante de la tele.

—Vente a Berlín. Y de ahí, a esquiar a los Alpes con Damian y su amigo Frederic.

Se hizo un silencio tan largo que temí que se hubiera dormido de verdad.

—¿Que me venga a QUÉ?

Le pasé el teléfono a Damian, medio en broma, medio en serio, y durante los siguientes diez minutos escuché, entre risas, cómo los dos se presentaban, cómo Lola le hacía a Damian una batería de preguntas dignas de un interrogatorio policial sobre sus intenciones conmigo, y cómo él, con una paciencia y un sentido del humor que no le conocía todavía del todo, respondía a cada una sin perder la compostura, ganándose, según pude adivinar por las risas cada vez más cómplices de Lola, su aprobación oficial en tiempo récord.

—Me cae genial —anunció Lola, cuando por fin recuperé el teléfono—. Reserva las fechas que quieras, Lea, que yo pido los días en el trabajo, sin problemas.

Colgué, todavía riéndome, con una felicidad tan plena que no supe qué hacer con ella salvo lanzarme sobre Damian y besarlo con todas las ganas acumuladas de la noche entera.

—Gracias —dije, contra sus labios—. Por esto. Por todo.

—Todavía no has ido a los Alpes. Espera a darme las gracias hasta que hayas visto lo mal que esquía Frederic.

Me reí, y aquella risa se transformó despacio en algo distinto, más lento, más profundo, mientras nos levantábamos de la mesa sin dejar de besarnos, tropezando de camino a su habitación con la misma torpeza dulce de la primera vez, aunque esta vez sin ninguna de las dudas que nos habían acompañado entonces.

Hicimos el amor despacio, iluminados solo por las luces de la ciudad que se colaban por el ventanal enorme de su habitación, con una calma distinta a la urgencia de la primera noche, como si ambos hubiéramos decidido, sin necesidad de decirlo, que aquello ya no era una novedad frágil sino algo que merecía ser saboreado con tiempo.

Me recreé acariciando sus pectorales, sus brazos, sin dejarme absolutamente nada de ese cuerpo tan maravilloso que Dios le había dado.

Descubrí cuánto me excitaba que Damian se entregara dejando de medir cada gesto, la manera en que susurraba mi nombre contra mi piel como si fuera una suplica, y cuando por fin nos quedamos quietos, agotados y felices, enredados entre sábanas que olían a él, pensé que llevaba toda la vida esperando, sin saberlo, a que alguien me hiciera sentir exactamente así.

—Buenas noches, granaína —murmuró Damian contra mi pelo, ya medio dormido.

—Buenas noches, pajarito —contesté, y lo sentí sonreír contra mi cabeza justo antes de que los dos nos quedáramos dormidos, enredados el uno en el otro, sin ninguna prisa por que llegara la mañana.