Capítulo 15 — DAMIAN
Me desperté antes que ella, mi cuerpo llevaba años programado para funcionar con la precisión de un reloj suizo, solía despertarse a las seis en punto sin necesidad de alarma, y hacía cosas como revisar el correo antes incluso de levantarme de la cama.
Aquella mañana, sin embargo, no tenía ninguna prisa por comprobar nada que no fuera la respiración pausada de Lea, dormida contra mi pecho, con el pelo desparramado sobre la almohada y sobre mí de una forma que me resultaba deliciosa.
La luz entraba tímida por la ventana de su habitación diminuta, iluminando la acuarela que colgaba de la pared frente a la cama, una mujer bailando con los brazos alzados que, según me había contado la noche anterior en el pueblo, llevaba generaciones enteras viajando de mano en mano hasta llegar hasta ella.
Me quedé mirándola un rato, aquella acuarela y aquella mujer dormida, pensando que ambas cosas, de alguna manera, hablaban del mismo tipo de herencia: algo pequeño, guardado con cuidado, que valía infinitamente más de lo que costaba.
Lea se removió entre mis brazos, todavía medio dormida, y le aparté con cuidado un mechón de pelo de la cara antes de besarle la frente, despacio, sin ninguna prisa por que se despertara del todo.
—Mmm —murmuró, abriendo los ojos poco a poco—. ¿Qué hora es?
—No lo sé. No he mirado el móvil.
Se rio, con esa risa ronca de recién despierta que me pareció, sin ninguna exageración, uno de los sonidos más bonitos que había escuchado en mucho tiempo.
—Tú, el hombre más organizado de toda Alemania, sin mirar el móvil al despertarse. Esto sí que es un acontecimiento histórico.
—Hay cosas más interesantes que mirar esta mañana.
Se puso colorada, algo que a esas alturas ya sabía que le pasaba con más frecuencia de la que ella se daba cuenta, y escondió la cara contra mi pecho, aunque no pude evitar notar que sonreía contra mi piel.
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo, después de un rato de silencio cómodo, con la voz amortiguada.
—Lo que quieras.
Se incorporó un poco, apoyándose en un codo para mirarme directamente, con una expresión seria que contrastaba con la ligereza de hacía un momento.
—¿Por qué yo?
—¿Qué quieres decir?
—Me refiero a... —Hizo un gesto vago con la mano, como buscando las palabras exactas—.
Tú podrías estar con cualquiera, Damian.
Modelos, herederas, mujeres que se han criado exactamente en el mismo mundo que tú, que saben qué tenedor usar en cada plato y que no dicen palabrotas cuando se enfadan en una sala de subastas.
Y sin embargo apareciste tú, comprando un collar que no necesitabas, y ahora estás aquí, en mi piso de treinta metros cuadrados que huele a fregasuelos barato, con una acuarela de mi bisabuela mirándonos desde la pared. No le encuentro el sentido.
Me quedé pensando la respuesta un momento, porque quería encontrar las palabras adecuadas, y porque yo mismo llevaba semanas dándole vueltas sin encontrar una explicación que resumiera del todo lo que sentía.
—Porque… creo que eres la primera persona en años que me ha hablado sin calcular antes lo que le convenía decir —dije, por fin—.
Llevo toda la vida rodeado de gente que mide cada palabra pensando en cómo puede beneficiarles.
Exceptuando a Frederik. Inversores, socios, incluso algunas de esas mujeres que mencionas.
Tú me dijiste que te había arruinado la comisión delante de tu jefe sin pensártelo dos veces.
No te importó lo más mínimo quién era yo. Y eso… me gustó. Mucho.
—Me daba igual quién fueras. Me habías fastidiado tres semanas de trabajo.
—Exacto. Eso es lo que me enam… —La palabra se me escapó antes de que pudiera pensarla del todo, y por la forma en que ella se quedó completamente quieta, entendí que a ella también le había pillado por sorpresa—. Perdona. Ha sido pronto para decir eso.
—No —dijo, despacio, con una sonrisa que le iba iluminando la cara poco a poco—. No ha sido pronto. Ha sido… exactamente a tiempo.
Nos quedamos mirándonos un momento, diciéndonos mucho con la mirada, hasta que ella se inclinó y me besó, despacio, sin ninguna urgencia esta vez.
—Tengo que confesarte algo —dijo, separándose un poco, todavía con esa sonrisa—. Sigo sin encontrarle el sentido del todo. Pero he decidido que no me importa. Voy a disfrutarlo sin analizarlo demasiado, por una vez en mi vida.
—Me parece la decisión más inteligente que has tomado desde que te conozco.
—No te acostumbres. Suelo analizarlo todo hasta la extenuación.
—Lo sé. Es una de las cosas que más me gustan de ti.
Se rio, empujándome juguetonamente el hombro, y por un rato nos quedamos así, tumbados, hablando de tonterías, riéndonos de cosas que no tenían ninguna gracia especial salvo la de estar dichas en ese momento concreto, hasta que el estómago de Lea sonó con una fuerza tan poco discreta que ambos acabamos partiéndonos de risa.
—Tengo que comer algo —admitió, ya de pie, buscando una camiseta entre la ropa esparcida por el suelo de la habitación—. Y creo que tengo exactamente dos huevos y medio paquete de pan de molde en la nevera, así que no esperes gran cosa.
—Yo cocino mejor que eso.
—¿En serio? ¿El multimillonario también sabe cocinar?
—Sé cocinar exactamente tres platos, pero los tres me salen bastante bien.
—Uhm.., eso suena delicioso…. como tú —dijo guiñándome un ojo.
Me incorporé, apoyándome en el cabecero, mirándola mientras se ponía la camiseta con esa naturalidad despreocupada, que me hacía admirarla, sin ella ser consciente, como algo exótico.
—¿Vendrías a cenar a mi casa mañana?
Se quedó quieta por un segundo, pensando qué contestar. Me sonrió.
—Solo si prometes cocinar de verdad y no llamar a un servicio de catering a escondidas.
—Prometido.
Se acercó de nuevo a la cama, se sentó a mi lado, y me dio un beso corto, casi tímido, muy distinto de todos los que habíamos compartido esa noche, el más parecido al primer beso en el portal que a cualquier otra cosa.
—Y ahora, aunque sería capaz de atarme a esta cama para no salir de ella… tengo que irme, Lea. Creo que mi móvil debe tener como cincuenta llamadas y decenas de correos electrónicos.
Puso cara de tristeza. Y depositó otro suave beso en mis labios.
—Me lo imagino. Bueno… lo dejamos aquí, para continuar en otro momento. Debería a acompañarte a la puerta como una persona civilizada —dijo, aunque no hizo ningún ademán de moverse.
—O podría quedarme cinco minutos más.
—Cinco minutos. O diez…
Nos quedamos casi media hora más, remoloneando entre risas y besos cortos, retrasando cada uno de los pasos necesarios para que el día empezara de verdad, hasta que finalmente, ya vestidos los dos, nos despedimos en la puerta de su piso con la misma torpeza dulce de dos adolescentes que no saben bien cómo terminar una despedida sin que parezca definitiva.
—Hasta mañana —dijo Lea, con las manos todavía entrelazadas con las mías.
—Hasta mañana. Te mandaré la dirección.
—Más te vale que esos tres platos sean buenos, Reinhardt. Me he criado con una madre que cocina como los ángeles. Tengo el listón muy alto.
—Acepto el reto.
Bajé las escaleras de su edificio con una sonrisa que no conseguí borrarme en todo el camino hasta mi casa. Me duché, me cambié y volví a subir en el coche con Klaus.
—Buenos días, jefe. ¿Qué tal la noche?
—Mejor conduce, Klaus.
—Como usted diga. —Sonrió y siguió conduciendo con una discreción que le agradecí en silencio—. Solo digo que hacía mucho tiempo que no le veía salir tan tarde sin dar explicaciones.
No contesté, pero durante todo el trayecto hacía las oficinas, mientras Berlín se iba despertando lentamente a nuestro alrededor, no pude dejar de pensar en la pregunta de Lea, en su "¿por qué yo?", y en lo sencilla que había sido, al final, la respuesta.