Capítulo 14 — LEA
La fábrica apareció al final de una avenida flanqueada por árboles jóvenes, un edificio de líneas limpias, cristal y acero, mucho más parecido a un museo de arte contemporáneo que a lo que yo tenía en la cabeza cuando pensaba en la palabra "fábrica".
Nada de chimeneas, nada de ruido industrial escapándose por las ventanas.
Solo silencio, orden, y ese tipo de arquitectura que se aplica cuando no se necesita impresionar a nadie porque ya lo tiene todo asumido de antemano.
Damian me esperaba en la entrada, sin traje, con una camisa azul claro remangada y unos vaqueros que le sentaban de una forma que no debería ser legal a media mañana de un sábado.
—Bienvenida a Reinhardt Präzision —dijo, con una sonrisa que le cambiaba completamente la cara, esa misma sonrisa desprevenida que le había visto en la cervecería—. Sé que suena aburrido antes de verlo. Todo el mundo piensa eso, hasta que entra.
Tenía razón. En cuanto cruzamos las puertas de seguridad, con Damian saludando a cada trabajador por su nombre, con una familiaridad que me sorprendió en un hombre que dirigía una empresa de ese tamaño, entendí que aquello no tenía nada de aburrido.
—Aquí fabricamos piezas que tienen que ser exactas hasta la millonésima de milímetro —me explicó, mientras caminábamos por una nave enorme, llena de máquinas que parecían sacadas de una película de ciencia ficción, todas trabajando con una precisión silenciosa que resultaba casi hipnótica—.
Piensa en el motor de un coche, o en un avión.
Si una pieza de este tamaño —levantó dos dedos, dejando apenas un centímetro entre ellos — está mal calibrada, todo lo demás falla.
Nosotros nos aseguramos de que eso no pase nunca.
—Es como vosotros con las joyas —añadió, al verme mirar una de las máquinas con una fascinación que no intenté disimular—.
Cada piedra tiene que estar engastada exactamente donde debe, con la tensión justa.
Demasiado floja, se cae. Demasiado apretada, se rompe.
Es el mismo principio, solo que vosotros trabajáis con belleza visible y nosotros con belleza invisible.
Aquella comparación se me quedó grabada de una forma que no esperaba, porque tenía razón, y porque era la primera vez que alguien me explicaba su mundo usando el mío como puente, en vez de esperar que fuera yo quien hiciera todo el esfuerzo de entender el suyo.
Me contó, mientras seguíamos recorriendo la nave, que aquella era la sede principal, pero que tenían plantas más pequeñas en Stuttgart, en el norte de Italia y en Corea del Sur, cada una especializada en un tipo distinto de componente, todas conectadas entre sí como piezas de un mismo reloj gigante.
—¿Y tú vas a todas?
—Menos de lo que debería. Suelo dejar que se dirijan solas la mayor parte del tiempo. Contraté a gente mucho más lista que yo para eso hace años.
—Eso es muy generoso, viniendo de un millonario.
—O muy vago —dijo, con una media sonrisa—. Depende de a quién le preguntes.
Nos cruzamos con un ingeniero mayor, de bata gris y gafas gruesas, que saludó a Damian con un cariño especial, y que después de intercambiar unas frases en alemán que no entendí, me miró a mí con una curiosidad tan evidente que hasta Damian se rio.
—Herr Fischer quiere saber si eres la primera persona a la que traigo aquí un sábado en quince años —tradujo Damian, todavía riéndose—. Le he dicho que sí.
No supe qué contestar a eso, así que me limité a sonreír, aunque por dentro aquella frase se me quedó resonando durante todo el resto de la visita.
Salimos de la fábrica cerca del mediodía, y en lugar del coche con Klaus al volante que ya esperaba encontrarme, Damian me llevó hasta un aparcamiento privado donde nos esperaba un Mercedes deportivo, gris oscuro, elegante sin resultar ostentoso, del tipo de coche que uno conduce porque le gusta conducir y no solo para presumir.
—¿Hoy conduces tú?
—Sí, quería que supieras que sé hacerlo —sonrío guiñándome un ojo—. Hoy quiero llevarte a un sitio al que no suelo llevar a Klaus. —Me abrió la puerta, con ese gesto tan suyo que mezclaba caballerosidad genuina con una pizca de teatralidad divertida—. Sube.
Condujo hacia las afueras, dejando atrás la zona más industrial en la que estábamos, hasta que el paisaje se fue llenando de campos abiertos y bosques que empezaban a teñirse de los primeros colores del final del verano.
Media hora después llegamos a un pueblecito pequeño, de casas con tejados inclinados y una plaza central con una fuente de piedra, tan distinto de Berlín que costaba creer que estuviera tan cerca.
—Aquí venía de niño, con mis padres —me explicó, aparcando junto a un restaurante de fachada sencilla, con manteles de cuadros visibles a través de la ventana—. Y sigo viniendo, cuando necesito desconectar de las reuniones y los informes trimestrales.
Dentro nos recibió una mujer mayor, que al ver a Damian soltó una exclamación en alemán y lo abrazó con una familiaridad que dejaba claro que aquello no era la primera visita, ni mucho menos.
—Frau Weber lleva cuarenta años llevando este restaurante —me explicó, mientras nos sentaban en una mesa junto a la ventana—. Y desde hace veinte, cada vez que vengo, me pregunta cuándo pienso sentar cabeza y traerle nietos que pueda malcriar.
—¿Y qué le dices?
—Que todavía no he encontrado a la persona adecuada. —Me miró un segundo de más, con una intensidad que me hizo bajar la vista hacia el menú, aunque no entendiera ni una palabra de lo que ponía.
Comimos algo que Damian pidió por mí, un plato de carne estofada con una salsa que sabía a los que hacían en casa, aunque fuera la primera vez que la probaba, y hablamos de todo y de nada, de su infancia veraneando en Mallorca, de la mía correteando por el Sacromonte, de lo raro que resultaba que dos vidas tan distintas hubieran acabado cruzándose en una sala de subastas por culpa de un collar de esmeraldas.
Después de comer, paseamos por el pueblo sin ningún destino concreto, deteniéndonos en cada rincón que nos llamaba la atención, comprando un helado en una heladería diminuta a pesar del frío que ya empezaba a notarse, y en algún momento, sin que ninguno de los dos lo planeara, nuestras manos se rozaron para acabar entrelazadas, como si se hubieran atrapado por casualidad.
Lo hicimos con naturalidad, fue cómodo, bonito… especial.
Ya caía la tarde cuando volvimos a Berlín, y Damian condujo hasta mi portal con esa lentitud deliberada, evidenciando que no tenía ninguna prisa por que terminara el día.
—Gracias por hoy —dije, ya frente a mi edificio, sin muchas ganas de bajarme del coche—. De verdad. Ha sido... muy especial.
—Todavía no ha terminado, si tú no quieres que termine.
Me quedé mirándolo, con el corazón latiéndome de una forma que no tenía nada que ver con los nervios de las primeras semanas y mucho que ver con un deseo por él que llevaba días acumulándose.
—¿Quieres subir? —pregunté timidamente, antes de que la parte racional de mi cerebro pudiera intervenir con ninguna de sus objeciones habituales.
Subimos en silencio, cruzándonos miradas cómplices.
Eran las miradas cargadas de dos personas que saben exactamente hacia dónde levaba ese ascensor.
En cuanto cerré la puerta de mi piso, Damian entró y se quedó parado en mitad del salón, mirándome con una intensidad que me dejó sin aliento. Eché mi bolso en sobre el sofá.
—Lea.
—¿Qué?
—Si esto va demasiado rápido, dímelo. No quiero que hagas nada de lo que después...
—Damian —lo corté, acercándome despacio—. Cállate.
Se rio, esa risa que le salía tan poco y que a mí me encantaba arrancarle. Busqué su boca, y cuando sus labios encontraron los míos, no hubo nada de la cautela de aquel primer beso anterior, ninguna pregunta previa, solo la necesidad de uno por el otro.
Nos movimos hacia mi habitación entre besos que se hacían cada vez más urgentes, tropezando con muebles que no vi ni me importó no ver, hasta que la parte de atrás de mis rodillas encontró el borde de la cama y me dejé caer sobre ella, con Damian siguiéndome, apoyado sobre los antebrazos para no aplastarme del todo, mirándome como si tuviera todo el tiempo del mundo aunque su respiración dijera exactamente lo contrario.
—¿Estás segura? —preguntó, apartándome un mechón de pelo de la cara con ternura.
—Nunca he estado tan segura de nada.
Aquello pareció ser lo único que necesitaba escuchar.
Me embistió con un beso, y yo le respondí, desabrochó la camisa despacio, con esos mismos dedos que había visto manejar componentes microscópicos con precisión absoluta esa misma mañana, ahora dedicados enteramente a memorizar cada centímetro de mi piel como si fuera lo más importante que hubiera tocado nunca.
Le quité la camisa yo también, descubriendo por fin lo que el traje siempre había dejado adivinar, y durante un rato, ninguno de los dos dijo nada que no fuera un nombre susurrado entre la oscuridad de la habitación, entrecortado por la respiración del otro.
Hicimos el amor despacio al principio, casi con una solemnidad curiosa, como si ambos supiéramos que aquel momento merecía ser recordado con detalle, y después con una urgencia que borró cualquier resto de cautela, entre risas ahogadas cuando algo no salía exactamente como esperábamos y silencios densos cuando sí.
Descubrí que Damian, tan medido en todo lo demás, perdía por completo el control en la intimidad, que su respiración se volvía entrecortada contra mi cuello, que decía mi nombre como si fuera la única palabra que conociera.
Y descubrí también, con una sorpresa que no esperaba, lo bien que sabía escuchar mi cuerpo, estaba atento a cada gesto mío, a cada suspiro y gemido que salía de mis labios.
Me fijé en cómo sus ojos recorrían mi rostro y mi cuerpo, me observaba con deseo, y me acariciaba con dulzura, besaba mis pechos con la máxima dedicación, como si aprender a complacerme fuera, para él, otro tipo distinto de precisión que dominar.
Me volvía loca viendo cómo se deleitaba conmigo, hasta que el orgasmo me inundó y él acabó acompañándome.
Cuando por fin nos quedamos quietos, enredados entre las sábanas revueltas, con su brazo rodeándome y mi cabeza apoyada sobre su pecho, escuchando cómo su corazón iba recuperando poco a poco un ritmo normal, sentí una paz tan completa que casi me dio miedo reconocerla.
—Esto no me lo esperaba, cuando compré un collar en una subasta de Mallorca —dijo Damian, en voz baja, casi para sí mismo, jugando distraídamente con un mechón de mi pelo.
—Yo tampoco. Aunque debo admitir que la venta me sigue pareciendo un robo.
Se rio, sentí vibrar su pecho bajo mi mejilla, y me besó la coronilla con una ternura que no tenía nada que ver con la urgencia de hacía un rato.
—Quédate despierto un poco más —le pedí, aunque los párpados ya me pesaban de una forma que no dejaba mucho margen para negociar.
—No pienso ir a ningún sitio —contestó, y aquella frase, tan sencilla, se me quedó grabada.
Sentí como una suave corriente recorría mi pecho. Tumbados en la oscuridad de mi habitación ambos sabíamos exactamente lo que esas palabras significaban.