De Mallorca a Berlín. Siendo granaína Capítulo 13 — LEA
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Capítulo 13 — LEA

Llamé a Lola en cuanto entré por la puerta de casa, todavía con los zapatos puestos y el corazón a un ritmo que no tenía nada de razonable para las doce y media de la noche. O la llamaba o reventaba.

—Lola. Lola, despierta, tengo que contarte una cosa.

—Son las doce y media, Lea, más te vale que sea un incendio o una boda sorpresa.

—Nos hemos besado.

Se hizo un silencio tan largo al otro lado de la línea que llegué a pensar que se había cortado la llamada.

—¿LOLA?

—Estoy procesando —dijo por fin, con una voz que había pasado de dormida a completamente despierta en cuestión de un segundo—. A ver. Repite eso. Despacio. Con detalles. Todos los detalles, Lea, no me hagas sacártelos con sacacorchos como la última vez.

—Me llevó a una cervecería con salchichas rarísimas que estaban buenísimas, hablamos durante horas, me contó cosas de su infancia que no le cuenta a nadie, yo le hablé de mí, de Granada, de todo… y cuando me dejó en el portal me preguntó si podía besarme.

—¿TE PREGUNTÓ?

—Sí.

—Lea. LEA. Un multimillonario alemán te ha pedido permiso para besarte en la puerta de tu casa como un caballero de novela de las de antes. —Escuché de fondo cómo se incorporaba en la cama, con el móvil chocando contra algo—. Yo me desmayo. En serio. Ahora mismo, del sofá al suelo.

—No exageres.

—No exagero nada, esto es digno de análisis forense. ¿Y qué tal besa? Porque a veces los tíos serios besan fatal, muy tiesos, como si estuvieran firmando un contrato.

—Lola.

—Es un detalle que debo de saber. Ya.

—Besa genial, ¿vale? Sí. Besa muy bien. De hecho, más que bien. ¿Contenta?

—Contentísima. —Se rio, esa risa suya tan reconocible que me hizo sonreír aunque no pudiera verla—.

Madre mía, Lea, te vas a Berlín cuatro semanas y vuelves con un novio multimillonario que pide permiso para besar.

Yo aquí sigo esquivando abuelos más arrugados que el ombligo de una pasa en la clase de aquagym.

—No es mi novio.

—Todavía —dijo, con un tono tan seguro que no supe si reírme o preocuparme—. Dame una semana. Dos, como mucho.

Colgamos entre risas, ya de madrugada, y me metí en la cama con esa sensación tan particular de haber compartido algo importante con la persona correcta, la que llevaba conmigo desde los cuatro años y que me conocía mejor que nadie.

Pasé los tres días siguientes al beso funcionando en un estado que solo puedo describir como flotante, sonriendo sin motivo aparente en mitad de reuniones, tarareando canciones que no sabía ni de dónde me venían, y escribiendo el nombre de una pieza tres veces mal en el catálogo porque tenía la cabeza en otro sitio completamente distinto.

—Vale, esto ya es preocupante —dijo Petra, el miércoles, quitándome de las manos el informe que llevaba veinte minutos intentando redactar sin conseguir pasar del segundo párrafo—.

Llevas toda la semana con esa cara. O me cuentas qué te pasa, o llamo a un médico, porque esto no es normal en una persona que sabe leer.

—No me pasa nada.

—Lea, has escrito "Renacimiento" con dos "c". Dos.

Me reí, incapaz de defenderme, y acabé contándole, entre susurros y con la puerta del despacho cerrada, la versión resumida de la cita en la cervecería, aunque me guardé el detalle del beso para mí sola, todavía demasiado nuevo y demasiado mío como para compartirlo incluso con alguien que ya empezaba a considerar una amiga de verdad.

—Damian Reinhardt —repitió Petra, con los ojos como platos—. Lea. Ese hombre es prácticamente una leyenda urbana en este sector. Nadie lo ve nunca en fiestas, nadie sabe con quién sale, y de repente apareces tú y resulta que te lleva a comer salchichas.

—Currywurst.

—Da igual. El caso es que eso, viniendo de él, es un acontecimiento sísmico.

No supe qué contestar a eso, así que me limité a sonreír como una tonta, otra vez, y volver a mi informe con el "Renacimiento" ya corregido.

El mensaje de Damian llegó el jueves por la mañana, mientras me tomaba el café antes de entrar a trabajar, y por su formato entendí enseguida que era distinto a los mensajes rápidos que nos habíamos estado mandando desde la cita en plan «Me apetecía mandarte un beso de buenas noches» o «Espero que hayas pasado hoy un buen día», mensajes cortos que escondían más intimidad de lo que de primeras parecían.

Este estaba escrito con más cuidado, pensado, algo que me pareció entrañable en un hombre que probablemente cerraba contratos multimillonarios sin pestañear.

"Llevo toda la semana pensando en cómo devolverte la generosidad de contarme tanto de tu mundo la otra noche.

Se me ha ocurrido que quizá te apetecería conocer un poco del mío.

No el de las fiestas ni las galerías, sino el de verdad, el que ocupa la mayor parte de mi tiempo aunque nunca hable de él.

Podríamos pasar el día juntos este sábado, si te apetece.

Empezaríamos por la fábrica principal, y después... ya improvisaríamos. D."

Me quedé mirando el mensaje durante tanto rato que se me enfrió el café por completo, sintiendo esa mezcla de curiosidad y ternura porque alguien que te está empezando a gustar decide enseñarte, de verdad, la parte de su vida que no suele compartir con nadie.

Le contesté que sí antes incluso de dar el primer sorbo del café, ya frío.

Los días hasta el sábado transcurrieron con una lentitud desesperante, miraba el reloj constantemente casi convencida de que el tiempo pasaba más despacio a propósito.

Llamé a Lola de nuevo esa misma noche para contarle lo de la invitación, sentada en el suelo del salón con las piernas cruzadas y una copa de vino que apenas toqué de lo entretenida que estaba hablando.

—A ver, que te lleve a ver su fábrica no suena muy romántico, la verdad —dijo Lola, con esa capacidad suya de aterrizarlo todo—. Suena más a "ven a ver cómo funciona mi trituradora industrial" que a una cita.

—No es una trituradora, Lola, hace componentes de precisión.

—Perdona, señorita ya sabe de ingeniería.

—Es que creo que es importante para él —dije, intentando explicarle algo yo también intentaba entender—.

Es la parte de su vida que nadie ve, ¿sabes?

La fachada la conoce todo el mundo, el dinero, el apellido, los negocios.

Pero lo que hay debajo, lo que de verdad construye, eso no se lo enseña a cualquiera, y...

quiere enseñármelo a mí, él... personalmente.

Lola se quedó callada un segundo, algo raro en ella.

—Vaya —dijo, por fin—. Igual sí que es romántico, después de todo.

Me reí, y seguimos hablando un rato más de tonterías, de cómo iba su trabajo con los abuelos del  aquagym y de gimnasia de mantenimiento, de un chico que le había escrito por Instagram y al que ella había decidido ignorar por "pinta de aburrido", hasta que se hizo tarde y colgamos con la promesa habitual de hablar pronto.

El viernes por la tarde, ya casi a punto de salir de la galería, Ingrid se acercó a mi mesa con una sonrisa que me pareció, por algún motivo, un poco más cómplice de lo habitual.

—¿Tienes planes para el fin de semana, Lea?

—Algo así —contesté, notando cómo se me subían los colores sin poder evitarlo.

—Me alegro. Aquí trabajamos mucho, pero también hay que vivir la ciudad. —Hizo una pausa, mirándome con una expresión que no llegué a entender del todo—. Berlín tiene mucho que ofrecer, cuando uno conoce a la gente adecuada.

No le di más importancia en aquel momento, aunque más tarde, mucho más tarde, recordaría aquella frase con un peso completamente distinto.

El sábado por la mañana me desperté antes de que sonara la alarma, con la energía nerviosa de quien tiene un día importante por delante, y me pasé más tiempo del que tenía decidiendo qué ropa era apropiada para visitar una fábrica de componentes industriales sin parecer que iba a visitar una fábrica de componentes industriales.

Al final me decanté por unos vaqueros claros y una camisa sencilla, cómoda pero cuidada, el tipo de estilo que llevaba dos años perfeccionando en Mallorca cuando quería salir a dar una vuelta e ir cómoda-arreglada.

Klaus me recogió a las diez en punto, puntual como siempre, con esa sonrisa discreta que ya empezaba a resultarme familiar y reconfortante.

—Buenos días, señorita Lea. ¿Lista para el gran tour?

—Todo lo lista que se puede estar sin saber muy bien qué me espera.

—No se preocupe. —Arrancó el coche, mirándome por el retrovisor con un guiño casi imperceptible—. Le va a sorprender. A todo el mundo le sorprende, la primera vez que ve dónde pasa el jefe la mayor parte de su vida.

No supe si aquello era un aviso o una promesa, pero durante todo el trayecto hacia las afueras de Berlín, mientras la ciudad iba dando paso a naves industriales cada vez más grandes y ordenadas, sentí que estaba a punto de conocer a Damian de una forma completamente distinta a como lo había conocido hasta entonces, y esa idea, en lugar de darme miedo, me llenaba de unas ganas que no recordaba haber sentido con nadie más en mucho tiempo.