Capítulo 12 — LEA
Klaus nos dejó en la puerta de un local pequeño, con fachada de madera oscura y un cartel pintado a mano que anunciaba, en un alemán que no entendí del todo, algo relacionado con cerveza artesanal desde no sé qué año del siglo pasado.
—Aquí les recojo a la hora que digan —dijo Klaus, con una sonrisa discreta que me hizo sospechar que sabía perfectamente lo que estaba pasando entre nosotros, aunque tuviera la elegancia de no dejarlo traslucir demasiado.
—Gracias, Klaus —contestó Damian, y el coche se alejó calle abajo dejándonos frente a la puerta del local, con ese ruido de cubiertos y risas que se colaba por las ventanas entreabiertas.
Dentro, el ambiente era exactamente lo contrario de lo que había esperado de un hombre como Damian: mesas de madera desgastadas por el uso, un suelo que crujía con cada paso, camareros con delantales de cuero que gritaban los pedidos en alemán de una mesa a otra sin ningún tipo de formalidad, y un olor a cerveza y a carne asada que me recordó, de una forma inesperada, a las verbenas de mi pueblo en agosto.
—No es lo que esperabas —dijo Damian, notando mi cara mientras nos sentábamos en una mesa junto a la ventana.
—Para nada. Pensaba que ibas a llevarme a algún sitio con manteles de tela y camareros que te llaman "señor" cada dos frases.
—Ya te dije que solo tenían un tenedor de plástico —dije señalando una especie de tarro grande que había en el centro de la mesa lleno de tenedores de plástico a disposición de los clientes.
—Pensé que exagerabas.
—Nunca exagero. —Se recostó en la silla, con esa media sonrisa suya que ya empezaba a resultarme tan familiar como preocupante para mi tranquilidad mental—. Solo tengo información privilegiada sobre buenos sitios.
El camarero llegó enseguida, recitando una lista de cervezas que a mí me sonó a poesía incomprensible, y Damian pidió por los dos con una naturalidad que dejaba claro que conocía bien el mundo y variedades de las cervezas, mientras yo aprovechaba para estudiar el menú, escrito enteramente en alemán, sin ninguna intención real de entenderlo.
—¿Qué es esto? —pregunté, señalando una palabra que me pareció especialmente larga, tan larga que dudé si era una sola palabra o cuatro pegadas por error.
—Currywurst. Salchicha con salsa de curry y kétchup.
—Suena fatal.
—Sabe genial. Confía en mí.
Confié, y en cuanto llegó el primer bocado a la mesa, tuve que admitir, con la boca todavía llena, que Damian tenía toda la razón del mundo.
—Esto está buenísimo —dije, quizá con más entusiasmo del que resultaba elegante, aunque en ese momento me daba exactamente igual la elegancia—. Voy a tener que replantearme muchas cosas sobre la comida alemana.
—Solo hacía falta que alguien te trajera al sitio correcto.
—O que dejaras de intentar impresionarme con collares de setenta y cinco mil euros y empezaras por las salchichas. Te habría costado mucho menos convencerme.
Se rio, una risa de verdad, sin ese control que le había visto mantener en la fiesta, y por un momento me pareció completamente distinto al hombre serio de la web corporativa que había buscado en internet unas noches atrás.
Hablamos durante horas, o eso me pareció.
Le conté de Granada, del Sacromonte, de mi abuela contándome historias de la bisabuela Encarnación que se me habían quedado grabadas a fuego mientras me trenzaba el pelo antes del colegio, del olor a azahar en primavera que todavía echaba de menos incluso en Mallorca, donde el mar compensaba casi todo lo demás.
Le hablé de Lola, de cómo nos conocíamos desde los cuatro años, de las aventuras que habíamos vivido juntas, desde robarle cerezas al vecino hasta planear, con total seriedad, ser bailaoras profesionales antes de darnos cuenta de que ninguna de las dos tenía el más mínimo sentido del ritmo.
—¿Y tus padres? —preguntó Damian, con una atención tan genuina que casi me sorprendió, acostumbrada como estaba a que la gente preguntara por cortesía sin esperar realmente una respuesta larga.
—Mi padre trabaja en el campo, tiene un par de campos en producción y un pequeño olivar heredado de mi abuelo.
Mi madre cose para varias tiendas del barrio, aunque lleva años diciendo que va a jubilarse y nunca lo hace.
Son de los que se preocupan por todo pero no dicen mucho, ¿sabes?
El cariño en mi familia se demuestra con potaje, no con abrazos.
—Suena bien.
—Lo es. Aunque de pequeña me daba un poco de vergüenza, la verdad.
Cuando empecé a moverme en el mundo de las subastas, rodeada de gente que hablaba de sus veranos en Cerdeña, me daba corte contar que mi padre tenía un olivar, al que a veces me tocaba ir para ayudarle, y mi madre cosía para pagar mis estudios.
—¿Y ahora?
Me quedé pensando la respuesta un momento, sorprendida de estar tan cómoda que me permitiera a mi misma ser tan sincera con alguien a quien apenas conocía de unas semanas.
—Ahora creo que fue precisamente eso lo que me hizo aprender a mirar cada pieza con cuidado.
Mi madre nunca ha tirado un botón, nunca ha desperdiciado un trozo de tela.
Yo aprendí a valorar las cosas de esa misma forma, aunque tarde en darme cuenta de que era eso lo que me hacía buena en mi trabajo.
Damian me observaba y escuchaba con una concentración que me resultaba, a partes iguales, halagadora e incómoda, como si cada palabra que decía mereciera ese nivel de atención que normalmente solo se reserva para asuntos importantes.
—¿Y tú? —le pregunté, cambiando de tema porque empezaba a sentirme demasiado expuesta—. ¿Cómo es crecer siendo el heredero de un imperio alemán?
—Menos glamuroso de lo que suena. Mucho colegio, muchas normas, mucho "algún día todo esto será tuyo, así que más te vale aprender bien cómo funciona".
—¿Y tú qué querías ser, antes de que decidieran por ti?
Se quedó callado un momento, con una expresión que no le había visto antes, algo parecido a la sorpresa de que alguien le hiciera esa pregunta en concreto.
—Nadie me había preguntado eso nunca —dijo, por fin —. Bueno, no al menos con esas palabras.
—Pues ya era hora.
—No lo sé, la verdad. Quizá arquitecto. Me gustaba dibujar edificios de pequeño, aunque nunca dibujaba nada por dentro, solo fachadas. Mi padre decía que eso era una señal de que estaba destinado a los negocios, porque solo me interesaba lo que se ve desde fuera.
—Qué triste.
—Un poco, sí. —Se encogió de hombros, restándole importancia de una forma que no me pareció del todo sincera—. Pero se me da bien lo que hago. Y he aprendido a que no sea solo fachada.
Pedimos otra ronda de cerveza, y otra más después de esa, y para cuando el camarero empezó a apilar las sillas de las mesas vacías a nuestro alrededor, comprendí que llevábamos allí mucho más tiempo del que ninguno de los dos había planeado.
—Debería llevarte a casa —dijo Damian, aunque su tono no sonaba especialmente convencido de querer hacerlo.
Klaus nos esperaba fuera, tal como había prometido, y el trayecto de vuelta transcurrió gran parte en silencio.
Cruzándonos alguna mirada, para después sonreír de lado.
Como un coqueteo que preparaba la despedida que minutos después iba a suceder, después de esa conexión tan especial que habíamos tenido dentro de aquel local.
Cuando llegamos a mi portal, Damian salió del coche y me acompañó hasta la puerta, algo que no esperaba pero que agradecí, aunque solo fuera por alargar un poco más aquella noche que se me había pasado volando.
—Gracias por las cervezas —dije, ya en el portal, buscando las llaves en el bolso con una torpeza que no tenía nada que ver con el alcohol y mucho con los nervios repentinos que me habían asaltado de golpe.
—Gracias por darle una oportunidad a las salchichas —dijo él con una sonrisa que le costaba controlar y que a mí me estaba empezando a derretir por dentro.
Nos quedamos ahí, en la puerta, con una tensión buena… cuando parece que ambos sabemos exactamente lo que va a pasar y ninguna se atreve a dar el primer paso. Noté como empezó a alternar su mirada entre mis ojos y mis labios, yo me atreví a a hacer lo mismo con él.
—¿Puedo besarte? —preguntó Damian, sin esperármelo, con una seriedad que contrastaba tanto con la pregunta que casi me hizo reír, aunque el corazón me latía demasiado fuerte como para que me saliera la risa entera.
Me mordí los labios. Sabía lo que iba a contestar. Me moría de ganas de hacerlo. Pero disfruté de esos segundos, de su mirada, casi en el borde del precipicio, seguramente nervioso por la respuesta que iba a salir de mis labios. Unos segundos más…
—Sí —dije, en un susurro que apenas reconocí como mío.
Se inclinó despacio, dándome tiempo de sobra para cambiar de opinión, algo que no hice, y cuando por fin sus labios encontraron los míos, sentí que todas las dudas que había estado acumulando durante semanas se disolvían de golpe, sustituidas por una certeza tan simple y tan clara que me pareció ridículo haber tardado tanto en llegar hasta ahí.
Fue un beso breve, cuidadoso, delicado y… precioso. Y cuando se separó, con la frente todavía apoyada suavemente contra la mía, no pude evitar sonreír como una tonta, sin ningún tipo de filtro ni de vergüenza.
—Buenas noches, Lea Cortés —dijo, con la voz un poco más ronca de lo habitual.
—Buenas noches, Damian.
Lo vi alejarse, abrir la puerta del coche, y disfruté de la sonrisa que me dedicó antes de meterse en el interior.
Subí las escaleras hasta mi piso flotando, literalmente flotando, y no fue hasta que ya estaba tumbada en la cama, mirando el techo con una sonrisa que no conseguía borrarme de la cara ni queriendo, cuando me di cuenta de que llevaba semanas prometiéndome a mí misma que no me iba a enamorar en Berlín, y que aquella promesa, esa misma noche, se me había hecho pedazos entre currywurst y una maravilloso beso en la puerta de mi portal.