De Mallorca a Berlín. Siendo granaína Capítulo 11 — DAMIAN
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Capítulo 11 — DAMIAN

Llamé a Ingrid el jueves antes de la fiesta con una excusa tan fina que, si se hubiera parado a pensarlo dos segundos, se habría dado cuenta de mis intenciones de inmediato.

—Deberías invitar a la nueva incorporación del departamento español a la recepción de la Hoffmann —le dije, procurando que sonara como una sugerencia profesional cualquiera, del tipo que hacía constantemente como inversor—.

Es importante que empiece a moverse entre los coleccionistas cuanto antes.

Cuanto más rápido la conozcan, más rápido empezará a generar resultados.

—Es un buen consejo —contestó Ingrid, sin sospechar nada, o quizá sospechando bastante más de lo que dejó ver, porque Ingrid llevaba treinta años en ese negocio y muy poco se le escapaba—. Ya había pensado en invitarla, de hecho. Buena idea de todas formas, Damian.

Colgué con la sensación incómoda de estar jugando una partida cuyas reglas iba inventando sobre la marcha, cada vez un poco más comprometido con un plan que había empezado como una llamada de teléfono y que ya se había convertido en algo mucho más elaborado de lo que podría reconocer, ni siquiera ante Frederic.

Aun así, cuando la vi entrar en el salón de la Galería Hoffmann esa noche, con un vestido verde que le sentaba de una forma que era imposible quitarle los ojos de encima, cualquier duda sobre si había hecho bien o mal se disolvió por completo.

Se movía por el salón con una mezcla de nervios disimulados y determinación que reconocí enseguida, porque era la misma actitud que le había visto defender su venta delante de su jefe en Mallorca, solo que ahora aplicada a un entorno que le resultaba mucho más extraño y mucho más intimidante.

—Vas a atragantarte con el hielo del vaso de un momento a otro si sigues mirándola así —me dijo Frederic, apareciendo a mi lado con dos copas de champán, una de las cuales me puso en la mano sin preguntar—. Ve a hablar con ella de una vez.

—Voy a presentarte primero.

—Ah, no, de eso nada. —Frederic sonrió, con esa expresión suya de quien acaba de tener la idea más brillante de la noche—.

Yo me presento solo, gracias. Y de paso averiguo si tiene amigas, porque una chica así no viaja sin refuerzos, y a mí las amigas de las chicas interesantes siempre me han dado buena suerte.

Le presenté a Frederic sabiendo perfectamente lo que iba a pasar, porque llevaba doce años viéndolo desplegar el mismo encanto arrollador con cualquier desconocido que se cruzara en su camino, y no me equivoqué.

En cuestión de minutos, Lea se reía con una naturalidad que no le había visto todavía conmigo, ese tipo de risa completamente desprevenida que se le escapa a la gente cuando deja de medir cada palabra.

—De verdad que me encanta —me dijo Frederic, cuando por fin nos quedamos un momento a solas casi al final de la fiesta, mientras Lea hablaba con alguien más al otro lado del salón—.

En serio, Damian. No la dejes escapar. Y no me refiero solo a que sea guapa, que lo es, sino a que se nota que es de verdad.

Aquí hay demasiada gente fingiendo interés por el arte para impresionar a alguien. Ella no finge nada.

—Lo sé.

—¿Y qué piensas hacer al respecto?

—Ya lo he intentado. El otro día le sugerí una cita, y ni me dejó terminar de hablar y esta noche le he pedido salir a cenar.

—¿Y?

—Ha dicho que no. Por el trabajo. No quiere que piensen que ha llegado hasta aquí por otra razón que no sea su mérito.

Frederic se quedó pensativo un segundo, algo raro en él, que solía hablar más rápido de lo que pensaba la mayoría de las veces.

—Tiene razón, ¿sabes? —dijo, por fin—. Es lista. Sabe que la gente habla, y sabe que las mujeres siempre cargan con más sospechas que los hombres en estas cosas. No es que no quiera, Damian. Es que está siendo inteligente.

Aquello se me quedó rondando toda la noche, mucho después de que la fiesta terminara y Klaus me llevara de vuelta a casa en un silencio que agradecí más de lo habitual.

Frederic tenía razón, como casi siempre que decidía dejar de hacer bromas y hablar en serio.

Lea no me había rechazado porque no le interesara.

Me había rechazado porque era lo suficientemente lista como para proteger algo que le había costado mucho conseguir, algo que yo, sin darme cuenta del todo, había puesto en riesgo con mi propia intervención.

No podía deshacer lo que ya había hecho. Pero sí podía encontrar otra forma de acercarme que no la pusiera en ninguna posición incómoda.

Descarté las flores casi de inmediato. Las flores eran fáciles, previsibles, el tipo de gesto que cualquier hombre con dinero suficiente podía permitirse sin esfuerzo ni imaginación, y sospechaba que Lea, con su ojo agudo para detectar lo genuino de lo fabricado, las habría rechazado sin pensárselo dos veces, o peor, las habría aceptado por educación mientras por dentro me colocaba en la misma categoría que el ruso de la subasta, otro hombre intentando comprar su atención con dinero.

Necesitaba algo distinto. Algo que dijera que la había escuchado de verdad, no solo que tenía capacidad económica para impresionar.

Pensé en algo que fuera sencillo, que pudiera hacer que pasáramos un buen rato sin parecer forzado y que ella no conociera todavía de aquí…

pensé en la cerveza casi por casualidad.

Me informé, de algún sitio sencillo, con personalidad, en el que pudiéramos tomar algo típico y estar tranquilos.

El local que me recomendaron me pareció perfecto precisamente por eso: era pequeño, servían las mejores cervezas y sobre todo, no se parecía en nada a lo que Lea probablemente esperaba de un hombre en mi posición.

Escribí la nota tres veces antes de conformarme con una versión que no sonara ni demasiado formal ni demasiado desesperada, un equilibrio que me costó más esfuerzo del que hubiera imaginado.

Cuando me contestó con ese mensaje sobre Hans confundiéndome con el mensajero, me reí solo en mi despacho de una forma que probablemente habría alarmado a cualquiera que me hubiera visto.

Esa tarde, mientras me vestía para ir a recogerla, cambié de camisa tres veces, algo que no me pasaba desde hacía años, quizá desde antes incluso de convertirme en la persona que dirigía reuniones sin despeinarse ni levantar la voz.

Klaus, esperándome abajo con el coche, no dijo nada cuando bajé, aunque la sonrisa que intentó disimular decía más que cualquier comentario que se hubiera atrevido a hacer.

—A Prenzlauer Berg —le dije, y él arrancó sin necesidad de que le diera más indicaciones, porque ya se sabía la dirección de memoria, algo que tampoco comenté, porque no quería darle el gusto de reconocer lo obvio.

Lea salió del portal justo cuando aparcamos, con un vestido sencillo, azul oscuro, mucho menos formal que el de la fiesta pero de alguna manera igual de devastador, el pelo suelto por primera vez desde que la conocía, cayéndole sobre los hombros de una forma que hizo que me olvidara, por un instante completo, de todo lo que había planeado decir.

—¿Vienes en coche con chófer a buscarme para ir a una cervecería con un solo tenedor de plástico? —preguntó, subiendo al asiento trasero con una ceja levantada, ese gesto suyo que ya reconocía de memoria.

—Me pareció el término medio adecuado.

—No sé si eso existe en tu vocabulario, la verdad.

—Estoy trabajando en ello —dije, repitiendo sin querer las mismas palabras que le había dicho en la fiesta, y ella se rio, esta vez sin ningún esfuerzo por disimularlo.

Klaus arrancó de nuevo, en dirección a la cervecería, y yo me quedé mirándola de reojo todo el trayecto, incapaz de concentrarme en nada que no fuera la forma en que se le iluminaba la cara cada vez que reconocía algo por la ventanilla, un edificio, un cartel, una calle que ya empezaba a resultarle familiar, como si Berlín, poco a poco, sin que ninguno de los dos lo hubiéramos planeado del todo, estuviera empezando a convertirse también en su ciudad.