De Mallorca a Berlín. Siendo granaína Capítulo 10 — LEA
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Capítulo 10 — LEA

Pasé el lunes entero en la galería con la cabeza a medio camino entre el catálogo de piezas que tenía que revisar y la fiesta del fin de semana, reproduciendo en bucle, sin poder evitarlo, la sensación exacta del brazo de Damian rozando el mío junto al ventanal.

—Estás en la luna —me dijo Petra, a la hora de comer, mientras yo removía la ensalada sin comérmela con la atención puesta en cualquier sitio menos en el plato—. ¿Ha pasado algo en esa fiesta que no me has contado?

—Nada que valga la pena contar.

—Ya. Por eso llevas toda la mañana suspirando cada dos minutos como si estuvieras en una película.

No le conté nada más, no porque no confiara en ella, sino porque todavía no sabía muy bien cómo explicar, ni siquiera a mí misma, lo que sentía cada vez que pensaba en Damian sin haberlo buscado a propósito.

A quien sí se lo conté, con todo lujo de detalles, fue a Lola, en cuanto llegué a casa esa noche.

—A ver, repite eso de que un tío buenísimo te dijo "me encanta ella, quédatela" delante de ti, como si fueras un mueble —dijo Lola, tumbada en su cama en Granada, con la cámara del móvil enfocando el techo mientras se reía—. Necesito los detalles exactos, Lea. Palabra por palabra.

—Se llama Frederic. Es el mejor amigo de Damian. Tiene una energía que no sé ni cómo explicarte, como si hubiera bebido quince cafés y encima le sentaran bien.

—Me está gustando mucho este Frederic sin conocerlo todavía.

—Es justo tu tipo. Deportista, gracioso, sin filtro ninguno. —Me reí, recordando la mirada descarada de arriba abajo que me había echado sin ningún pudor—. Pensé en ti en cuanto lo conocí. Te lo juro.

—La próxima vez que lo veas, le haces una foto y me la mandas. Necesito hacer una valoración con conocimiento de causa, no puedo confiar solo en tu criterio, que a ti ahora mismo se te ha averiado con el alemán del yate.

—No se me ha averiado nada.

—Lea, llevas cinco minutos hablándome de Frederic para no tener que hablarme de Damian, y las dos lo sabemos.

Me quedé callada un segundo, sorprendida, como siempre, de lo bien que Lola me conocía incluso a través de una pantalla de móvil.

—Me pidió salir a cenar —admití, por fin—. Y le dije que no.

—¿QUÉ?

—Lola, es inversor de la galería donde trabajo. Llevo dos semanas aquí. No puedo permitirme que la gente empiece a pensar que he conseguido este puesto por algo que no sea mi trabajo.

—Ya, ya, entiendo el razonamiento y hasta me parece maduro y sensato. —Hizo una pausa dramática—. Pero también me parece una lástima. Yo… yo sí quedaría, Lea. Pero, tú decides.

Aquella misma noche, mientras cenaba algo rápido en la cocina, llamé a mi madre, porque llevaba dos días sin hacerlo y sabía que si tardaba mucho más empezaría a preocuparse y a plantearse comprar un billete de avión sin avisar, algo de lo que la creía perfectamente capaz.

—¿Qué tal todo, hija?

—Muy bien, mamá. El trabajo genial, la gente encantadora, la ciudad cada día me gusta más.

—¿Y comes bien? Porque esa comida alemana tiene mucha salchicha y poca verdura, que yo he visto documentales.

—Como bien, mamá, tranquila.

—¿Y has conocido a alguien? —preguntó, con ese tono de casualidad tan poco casual que solo las madres saben fingir.

—He conocido a mucha gente, mamá. Trabajo en una galería, es lo que se supone que debe pasar.

—Ya sabes a lo que me refiero, Lea.

—No hay nadie, mamá. —No era del todo mentira. Todavía no había nadie, exactamente, solo la insistencia de alguien, lo cual, decidí que no contaba como mentira.

Colgué con la promesa de llamar el domingo, como cada semana, y me metí en la cama pensando que aquella conversación con Lola sobre Damian se me había quedado dando vueltas de una forma que no me gustaba del todo admitir.

El martes por la mañana, bajando a toda prisa porque se me había hecho tarde después de pelearme con la cafetera nueva del piso, que insistía en escupir el café por todas partes menos por donde debía, me encontré a Hans en el portal, barriendo la entrada con esa parsimonia suya que contrastaba tanto con el ritmo del resto de la ciudad.

—Buenos días, señorita Lea —dijo, apoyándose en la escoba—. Tengo un paquete para ti.

Me tendió un paquete pequeño, envuelto con un cuidado que no parecía propio de una entrega comercial cualquiera.

Dentro había un botellín de cerveza artesanal, de una marca berlinesa que no conocía, con una etiqueta dibujada a mano, y una nota escrita con una letra angulosa y precisa que reconocí sin necesidad de firma.

"Esta es, según fuentes fiables, la mejor cerveza artesanal de Berlín. La fuente fiable soy yo, así que puede que no sea del todo objetiva. Para comprobarlo de verdad, habría que ir al sitio donde la hacen y probarla recién servida, acompañada de las mejores salchichas de la ciudad, que también resultan estar cerca. Yo conozco el sitio. Tú decides si quieres comprobarlo conmigo. D.”

La nota terminaba con su número de teléfono debajo. Supongo que invitándome a escribirle o llamarle. Me quedé mirando la nota tanto rato que Hans, todavía con la escoba en la mano, terminó por preguntar.

—¿Buenas noticias?

—No lo sé todavía —contesté, sonriendo sin poder evitarlo.

—El caballero que lo ha traído era rubio, muy serio, hablaba un español un poco raro. —Hans hizo una pausa, con esa cara de quien está a punto de decir algo que sabe que no debería—. Le he preguntado si era mensajero y me ha mirado como si le hubiera insultado gravemente.

—No es mensajero, no.

—Ya me lo imaginaba, por el traje. Aquí los mensajeros no suelen ir en coche con chófer esperando en doble fila.

Guardé el botellín cuidadosamente en mi bolso, junto con la nota y salí directa hacia el trabajo, riéndome sola por la calle como una tonta, pensando en la cara que debía de haber puesto Damian al verse confundido con un repartidor, él, que probablemente no había hecho una entrega en persona en toda su vida adulta.

Me grabé su número y le mandé un mensaje antes de que me diera tiempo a pensármelo demasiado, algo que en mí, normalmente tan calculadora con estas cosas, era prácticamente un milagro.

"El portero pensaba que eras un mensajero."

La respuesta llegó casi al instante.

"Espero que al menos le haya parecido un mensajero con buen gusto para las cervezas."

"Eso no te lo puedo confirmar todavía. Necesitaría catar la cerveza primero."

"Puedo arreglar eso."

Me quedé mirando la pantalla, con esa sonrisa tonta que llevaba días intentando disimular delante de todo el mundo menos, evidentemente, delante de mi propio teléfono, y por primera vez desde que había rechazado su invitación en la fiesta, me permití reconocer, aunque solo fuera para mis adentros, que aquella insistencia suya, tan discreta y tan tozuda al mismo tiempo, me estaba gustando bastante más de lo que debería.

"Vale" , escribí, por fin. "Pero solo cerveza y salchichas. Nada de restaurantes elegantes donde tenga que fingir que sé qué tenedor usar."

"Trato hecho. El sitio al que voy a llevarte no tiene más que un tenedor de plástico, si acaso."

Sonreí al teléfono. Y cerramos la conversación concretando la cita para la tarde del día después. Él pasaría a recogerme después del trabajo.

No me lo podía creer. Estaba en una nube.