De Mallorca a Berlín. Siendo granaína Capítulo 9 — LEA
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Capítulo 9 — LEA

—Deja que te presente a alguien —dijo Damian, con esa tranquilidad suya que empezaba a sospechar que era puro teatro, porque nadie está tan tranquilo de verdad todo el tiempo, y me llevó con una mano apenas rozándome la espalda hacia un grupo de gente que reía a carcajadas al fondo del salón.

El hombre que se giró al vernos llegar tenía la clase de sonrisa que uno reconoce a kilómetros de distancia, ancha, sin filtros, el tipo de persona que probablemente no había pasado un solo día de su vida preocupándose de si caía bien o no, porque siempre caía bien, sin esfuerzo, sin plantearse siquiera la posibilidad contraria.

—Frederic —dijo Damian—, te presento a Lea Cortés. Trabaja en la Galería Falk.

—Ah, la famosa Lea. —Frederic me tendió la mano, sujetándomela un segundo más de lo estrictamente necesario, mientras me repasaba de arriba abajo con un descaro tan evidente que resultaba casi cómico en vez de incómodo—. Damian me ha hablado de ti.

—¿Ah, sí? —Miré a Damian, que de repente parecía sumamente interesado en su copa de champán—. Qué interesante. Porque él a mí no me ha contado nada de ti.

—Típico de él. Se guarda todo lo bueno para sí mismo.

—Frederic soltó una carcajada que resonó por encima de la música, sin importarle en absoluto llamar la atención—.

Dime, Lea, ¿de verdad eres de esas pocas personas que le ha hecho tirar el café de la sorpresa?

Porque llevo semanas escuchando la historia y necesito saber si la versión que me han contado tiene algo de verdad o si Damian la ha embellecido para quedar como un romántico torpe en vez de como el desastre andante que es en realidad.

—Frederic —dijo Damian, con un tono de advertencia que no consiguió sonar del todo serio.

—Es completamente cierto —confirmé, disfrutando muchísimo del apuro de Damian—. Aunque yo diría que fue culpa suya por caminar sin mirar.

—Me encanta ella —anunció Frederic, dirigiéndose a Damian como si yo no estuviera delante, con una naturalidad que me hizo reír de verdad por primera vez en toda la noche—. Quédatela. En serio. No la dejes escapar.

Pasamos los siguientes veinte minutos charlando los tres, con Frederic llevando la conversación con esa energía que parecía no tener fondo, contando anécdotas de su universidad con Damian, de un viaje de esquí que había acabado con los dos perdidos en una ladera equivocada durante horas, de un intento fallido de aprender a hacer paracaidismo en el que Damian se había negado en redondo a saltar y Frederic había acabado saltando solo mientras su amigo lo grababa desde tierra "por si acaso salía algo interesante para el funeral".

—Tú también deberías probarlo —me dijo Frederic, en algún momento, con esa mirada suya que volvió a bajar y subir con un descaro casi entrañable—. Tienes pinta de ser de las que se lanzan a las cosas sin pensárselo mucho.

—Depende de la cosa.

—Eso espero —dijo, con una sonrisa que dejaba muy claro a qué se refería, y por primera vez en la conversación fui yo quien tuvo que disimular una risa.

Pensé, casi sin poder evitarlo, en Lola.

En que si aquel hombre pisara Granada delante de ella, mi mejor amiga tardaría exactamente cero segundos en olvidarse de cualquier propósito de comportarse con recato.

Frederic tenía ese tipo de energía desbordante, esa risa fácil, esa manera de hablar sin parar que en Lola habría encontrado su reflejo exacto.

Este es para Lola , pensé, casi divertida conmigo misma por hacer de casamentera mentalmente en mitad de una fiesta.

La música cambió, más animada, y Frederic desapareció hacia la barra reclamado por alguien que le hacía señas desde lejos, dejándonos, casi sin transición, solos a Damian y a mí en un rincón algo apartado del bullicio principal, cerca de un ventanal enorme desde el que se veía la ciudad iluminada.

—Frederic me cae genial —dije, apoyándome en el marco del ventanal, sintiendo el cristal frío contra el brazo desnudo.

—A todo el mundo le cae genial Frederic. Es su superpoder.

—¿Y cuál es el tuyo?

Damian se lo pensó un segundo, con esa seriedad que ponía cuando algo le interesaba de verdad.

—Todavía no lo sé —dijo—. Estoy trabajando en descubrirlo.

Nos quedamos en silencio un momento, mirando la ciudad, tan cerca el uno del otro que noté cómo su brazo rozaba el mío cada vez que alguno de los dos se movía un poco, un roce mínimo, casi accidental, que sin embargo se me quedaba registrado en la piel con una intensidad completamente desproporcionada para lo que en realidad era.

—Sal a cenar conmigo —dijo, de repente, sin rodeos, mirándome con esa intensidad directa que ya empezaba a reconocer como marca de la casa.

Se me aceleró el pulso, y por un segundo, solo un segundo, estuve a punto de decir que sí sin pensármelo más.

—No puedo —dije en cambio, obligándome a apartar la vista de él.

—¿Por qué no?

—Porque eres inversor de la galería donde trabajo, Damian. Llevo dos semanas aquí. Si alguien nos viera cenando juntos, empezarían a pensar cosas, y lo último que necesito ahora mismo es que crean que he conseguido este puesto por otra razón que no sea mi trabajo.

Vi cómo algo le cruzaba la cara, algo que no supe leer del todo, quizá culpa, quizá simplemente decepción, antes de que volviera a recomponer esa expresión tranquila suya.

—Es una razón razonable —admitió.

—Lo es.

—No significa que vaya a rendirme.

—No esperaba que lo hicieras.

Se rio, una risa breve y genuina que le cambió completamente la cara, y por un momento me pareció mucho más joven, mucho menos ese hombre serio de la web corporativa que había visto en internet días atrás.

—Entonces esperaré —dijo—. Pero no pienses ni por un segundo que esto ha terminado, Lea Cortés.

—No lo pensaba —contesté, y era verdad, aunque no supiera muy bien si aquello me daba miedo o me hacía ilusión, o las dos cosas a la vez, mezcladas de una forma que todavía no había aprendido a distinguir del todo.

Frederic volvió unos minutos después, con dos copas de champán nuevas y una anécdota a medio contar sobre alguien que acababa de conocer en la barra.

La noche continuó entre risas y música y ese runrún constante de fondo que tienen las fiestas cuando funcionan de verdad.

Pero durante el resto de la velada, cada vez que mis ojos se cruzaban con los de Damian desde el otro lado del salón, sentía ese mismo cosquilleo insistente, esa sensación de que, dijera lo que dijera con la boca, en el fondo ya había tomado una decisión completamente distinta.