Capítulo 8 — LEA
En cuanto doblé la esquina del pasillo, me apoyé contra la pared más cercana y me llevé una mano al pecho, como si aquello fuera a servir de algo contra un corazón que había decidido, por su cuenta y riesgo, competir en una final olímpica.
No me lo puedo creer. No me lo puedo creer. De todos los inversores de todas las galerías de Berlín, tenía que ser él.
Me quedé así, pegada a la pared, hasta que una compañera, una chica rubia llamada Petra que llevaba el pelo cortado en una melena tan perfecta que parecía diseñada por ordenador, pasó por mi lado y me preguntó si me encontraba bien.
—Sí, sí, perfectamente —contesté, con la voz un poco más aguda de lo normal—. Solo... necesitaba un segundo.
Petra me miró con la típica cara de "aquí pasa algo que no me estás contando" y siguió su camino, educadamente discreta, algo que empezaba a sospechar que era una característica nacional más que personal.
El resto del día lo pasé en una especie de nube, mitad concentrada en aprenderme el sistema de catalogación de la galería, mitad reproduciendo mentalmente, en bucle, la expresión de Damian cuando me vio, ese segundo exacto en el que se le cayó el café antes incluso de reconocerme del todo.
Había algo profundamente satisfactorio en haber provocado esa reacción en un hombre que, según Bernat, podía comprar media isla de Mallorca sin despeinarse.
Salí de la galería esa tarde con una sensación que llevaba meses sin sentir: la de estar exactamente donde debía estar.
Caminé hasta el metro sin prisa, mirando los edificios de fachadas altas y ventanas simétricas, los cafés con terrazas llenas de gente hablando bajito, los ciclistas que circulaban con una disciplina que creía no haber visto nunca, y por primera vez desde que había aterrizado, todo aquello dejó de parecerme extraño y empezó a parecerme, de una forma tímida pero real, mío.
Aquella noche, ya en el piso, con una copa de vino barato comprado en el supermercado de la esquina y el ordenador sobre las rodillas, hice lo que cualquier persona con un mínimo de amor propio habría negado hacer si le preguntaban directamente: busqué a Damian Reinhardt en internet.
No encontré fotos suyas en ningún photocall, ni entrevistas en revistas de sociedad, nada del tipo de material que se espera de alguien tan rico.
Solo artículos técnicos de revistas de ingeniería industrial, alguna mención en listados de empresarios influyentes centroeuropeos, y una foto oficial, muy seria, en la web corporativa de su empresa, con traje gris y una expresión tan formal que casi no lo reconocí, comparada con la que le había visto poner en el pasillo esa misma mañana.
Llamé a Lola por videollamada, incapaz de guardarme aquello para mí sola ni un minuto más.
—A ver, cuéntame ya, que solo me has mandado fotos de comida alemana y ventanales y ni una palabra de si has visto por ahí a algún alemán bueno —dijo Lola, apareciendo en la pantalla con la cara embadurnada de una mascarilla facial color verde, recién salida de la ducha.
—Lola. No te vas a creer lo que me ha pasado hoy.
—¿Qué? —preguntó expectante volviendo rápido hacia la pantalla— ¿Te ha invitado alguien a salir? ¿Ya te has liado con algún compañero de trabajo?
—Peor. Mejor. No sé. —Respiré hondo—. ¿Te acuerdas del multimillonario del yate, el de la subasta?
Lola se quedó completamente inmóvil, con el bote de la mascarilla todavía en la mano.
—No.
—Sí.
—NO.
—SÍ, Lola. Es inversor de la galería. Al que le llamé pajarito. Me lo he encontrado en un pasillo esta mañana y le he tirado el café encima sin querer.
El grito que soltó Lola fue tan agudo que empecé a mirar hacia la puerta por si el volumen estaba tan alto que me iban a mandar a la policía, y durante los siguientes veinte minutos me hizo repetir cada detalle de la escena al menos tres veces, analizando cada frase que nos habíamos dicho y cada movimiento de los dos, con la precisión forense de alguien que llevaba toda la vida viendo comedias románticas.
—Esto es una señal —sentenció, muy seria, al final de todo el interrogatorio—. El universo os está juntando.
—El universo, o su cuenta bancaria, que parece tener presencia en todas partes de esta ciudad.
—No Lea. Créeme.Yo digo que es una señal. Qué pasada, tía. No me lo creo. Esta noche pensaré en que me pasa eso a mí antes de dormir, a ver si tengo un sueño romántico.
Colgamos ya de madrugada, con la promesa de seguir hablando al día siguiente, y me quedé un rato mirando el techo, pensando que llevaba muy poco en Berlín y que, contra todo pronóstico, después de esas primeras horas de incertidumbre, de repente, empezaba a sentirme feliz de verdad, de esa felicidad tonta y física que no tiene nada que ver con el trabajo ni con el sueldo ni con ninguna decisión racional que hubiera tomado, sino con la sensación pura de estar viva en un sitio nuevo, aprendiendo cosas nuevas, y con un hombre de ojos de mar nublado metido en la cabeza sin que hubiera hecho absolutamente nada por invitarlo a entrar.
La semana siguiente fue, sin exagerar, de las mejores de mi vida profesional.
Ingrid me asignó tareas cada vez más interesantes, me presentó a coleccionistas importantes con una confianza que no me esperaba tan pronto, y el equipo entero parecía encantado conmigo de una forma que en Mallorca, después de dos años de trabajo constante, todavía no había conseguido del todo.
Petra, la de la melena imposible, resultó ser mucho más divertida de lo que su compostura inicial dejaba entrever, y las dos empezamos a comer juntas casi todos los días, ella practicando su español torpe conmigo, yo intentando pronunciar palabras alemanas que se me atragantaban como si tuvieran espinas.
Fue el viernes de esa semana cuando Ingrid se acercó a mi mesa con una invitación de cartulina gruesa en la mano.
—Lea, esto es para ti. Hay una recepción el sábado en la Galería Hoffmann, una de las más importantes de la ciudad. Vienen coleccionistas, artistas, gente muy relevante del sector. Me encantaría que vinieras, es una excelente oportunidad para que la conozcan.
Miré la invitación como si fuera una reliquia arqueológica, con ese tipo de letra dorada en relieve que solo había visto antes en las bodas de gente muy pero que muy rica.
—Allí estaré —dije, con más aplomo del que sentía por dentro, porque en mi cabeza ya había empezado a sonar la alarma de "no tengo absolutamente nada que ponerme para algo así".
El sábado por la mañana me planté en una tienda del centro que Petra me había recomendado, con la excusa de "algo elegante pero que no grite que te has gastado un sueldo entero en él, porque no te lo has gastado", y después de probarme aproximadamente once vestidos distintos, ninguno de los cuales me convencía del todo, me decidí por uno verde botella, sencillo pero con una línea sexy, que según la dependienta "resaltaba mi color de piel" y que según yo simplemente no me hacía sentir disfrazada, que ya era mucho pedir a esas alturas de la tarde.
Llegué a la Galería Hoffmann esa noche con los nervios agarrados al estómago y a Ingrid esperándome en la entrada, radiante con un traje de chaqueta color champán que parecía cosido a medida sobre ella.
—Estás preciosa —me dijo, cogiéndome del brazo con esa familiaridad que ya empezaba a resultarme entrañable—. Ven, te presento a todo el mundo.
El salón era espectacular, techos altos, arañas de cristal, camareros circulando con bandejas de champán que parecían no tocar el suelo, y una música de fondo tan discreta que casi ni se notaba que estaba ahí.
Me pasé la primera media hora estrechando manos, repitiendo mi nombre, intentando recordar el de todo el mundo mientras rezaba en silencio para no confundir a nadie, y bebiendo champán con más entusiasmo del recomendable para calmar los nervios.
Fue mientras Ingrid me presentaba a un coleccionista suizo con acento imposible de descifrar cuando lo vi al otro lado del salón.
Traje oscuro, impecable como siempre, hablando con un grupo de gente con esa formalidad relajada que ya empezaba a reconocerle, y girándose, como si hubiera notado mi mirada antes incluso de que yo terminara de posarla en él, justo a tiempo para que nuestros ojos se encontraran por encima de las copas de champán y de todo el salón.
Otra vez no , pensé, sintiendo que el corazón me volvía a hacer eso tan molesto de acelerarse sin permiso. ¿Este hombre está en todas partes de Berlín, o es que Berlín ha decidido confabularse conmigo?
Damian se disculpó con su grupo, con esa educación tan suya, y empezó a caminar hacia mí con paso tranquilo, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo por delante, mientras yo, copa de champán en mano y el vestido verde botella pegándose un poco a las piernas con cada paso que daba hacia él, me preparaba mentalmente para lo que fuera que viniera a continuación.
—Lea Cortés —dijo, deteniéndose delante de mí con esa media sonrisa que ya se me estaba haciendo peligrosamente familiar—. Esto empieza a parecer una costumbre.
—Empieza a parecer una persecución —contesté, aunque el tono de broma se me notaba de sobra—. ¿No tienes suficiente con ser inversor de una galería? ¿También te dedicas a aparecer en todas las fiestas de Berlín?
—Solo en las que merecen la pena.
—Qué casualidad que esta lo mereciera.
—Ninguna casualidad —dijo él, y por algo en su mirada, algo que no supe leer del todo bien, tuve la sensación fugaz de que aquello significaba más de lo que sus palabras dejaban ver.
No le di más vueltas. El champán, la música, el vestido nuevo y aquellos ojos de mar nublado mirándome como si yo fuera la única persona interesante de todo el salón se combinaron para que, por esa noche al menos, decidiera dejar de analizarlo todo y simplemente disfrutar de la casualidad, real o fabricada, que me había puesto de nuevo delante de él.