De Mallorca a Berlín. Siendo granaína Capítulo 7 — DAMIAN
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Capítulo 7 — DAMIAN

El café se me cayó de la mano antes de que mi cerebro terminara de procesar lo que estaba viendo.

Lea Cortés. En mi pasillo. En mi galería, aunque técnicamente no fuera mía, sino de Ingrid, aunque yo llevara suficiente dinero invertido en ella como para sentirla, en cierto modo, parte de mi territorio.

Llevaba el pelo recogido de una forma distinta a como lo recordaba, la manga de la chaqueta manchada de café por mi torpeza, y esa misma expresión de furia contenida que ya había visto una vez, en Mallorca, mirándome ahora con una mezcla de sorpresa y algo que no supe identificar del todo.

No debería haber estado allí, en aquel pasillo, a esa hora.

No tenía ninguna reunión programada. Había inventado una excusa sobre revisar unos documentos con Ingrid, algo sobre la financiación de la próxima colección, cuando en realidad lo único que quería era verla el primer día, aunque no tuviera ni idea de qué iba a decirle si me la encontraba.

Ahora que me la había encontrado, no se me ocurría absolutamente nada.

—Tú —dijo ella, con esa capacidad suya para resumir el caos en una sola palabra.

—Yo —repetí, como un idiota, mirando el café desperdigado por el suelo sin hacer ningún esfuerzo por moverme a limpiarlo.

Para entender cómo habíamos llegado hasta ese pasillo, habría que retroceder tres semanas, a la noche en el yate en la que le pregunté a Carlos qué significaba que me llamaran pajarito y me pasé horas sin poder concentrarme en nada más.

Al día siguiente, de vuelta en Berlín, cometí el error, o el acierto, dependiendo de cómo se mire después, de buscar su nombre en internet.

No encontré gran cosa. Un perfil de Instagram privado, una mención en la web de Subastas Ferrer, un artículo antiguo de una feria de arte en la que había participado durante la universidad.

Se lo conté a Frederic esa misma tarde, mientras jugábamos al squash, entre set y set, con la misma naturalidad con la que le habría contado cualquier otra cosa.

—Espera, para el carro. —Frederic bajó la raqueta, mirándome como si acabara de anunciarle que dejaba la empresa—. ¿Me estás diciendo que has buscado a una mujer en Google? ¿Tú? ¿El hombre que ni siquiera se acuerda del cumpleaños de su propia hermana sin que se lo recuerde el calendario?

—No es para tanto.

—Es exactamente para tanto. —Se rio, sirviéndose agua, todavía sin creérselo del todo—. Llámala. O mejor, ve a buscarla. Por una vez en tu vida, haz algo sin planificarlo antes durante tres semanas.

No la llamé, porque no tenía su número, y tampoco fui a buscarla, porque Mallorca quedaba a dos mil kilómetros y una empresa entera esperándome en Berlín.

Lo que hice, en cambio, fue algo mucho más propio de mí, algo que Frederic habría calificado sin duda de excesivo si le hubiera confesado hasta dónde llegué.

Pedí a mi equipo que averiguara quién era exactamente.

No con mala intención, me dije entonces, y sigo pensando que era verdad, solo quería saber si había algo que debiera preocuparme antes de plantearme cualquier cosa.

El informe llegó dos días después: Lea Cortés, veintinueve años, licenciada en Historia del Arte, sin antecedentes de ningún tipo, sin pareja conocida, dos años trabajando en Subastas Ferrer con resultados consistentemente buenos, salario notablemente por debajo de lo que su experiencia debería justificar.

Fue leer esa última línea lo que me hizo actuar.

Llamé a Ingrid esa misma semana, con la excusa perfecta ya preparada, porque llevaba tiempo queriendo que la Galería Falk reforzara su departamento de arte español, y porque, casualmente, conocía a la persona ideal para el puesto.

No mentí en nada de lo que le dije. Lea era buena, de eso no tenía ninguna duda, cualquiera que hubiera visto cómo defendía una venta delante de su jefe lo habría notado.

Lo único que hice fue acelerar un proceso que Ingrid ya tenía en mente desde hacía meses, empujar un poco donde hacía falta empujar, nada que no hiciera constantemente en mi propio negocio con proveedores, con contratos, con decisiones que otros tardaban semanas en tomar y que yo resolvía en una llamada.

Cuando Ingrid me confirmó que Lea había aceptado, sentí una satisfacción que no supe justificar del todo racionalmente, teniendo en cuenta que apenas la conocía, que solo habíamos cruzado media hora de conversación en una sala de subastas mallorquina.

Pero ahí estaba, esa misma sensación estúpida y adolescente que Klaus llevaba semanas acusándome de sentir.

Y ahora, en aquel pasillo, con el café todavía humeando en el suelo entre los dos, esa sensación se multiplicaba por diez.

—¿Qué haces tú aquí? —preguntó ella, cruzándose de brazos, en una postura que ya empezaba a reconocer como su forma de protegerse antes de un ataque.

—Soy inversor de la galería.

Ella parpadeó, procesándolo.

—Claro que lo eres —dijo, con un tono que no supe si era ironía o resignación—. ¿Hay algún sitio en esta ciudad donde no tengas dinero metido?

—Todavía estoy trabajando en ello—. Se le escapó algo parecido a una risa, breve, que intentó disimular casi al instante recomponiendo el gesto—. Pero la pregunta creo que más bien es… ¿qué haces tú aquí, en Berlín?

—Pues… He conseguido un trabajo en esta galería.

—¿Sí? No me lo puedo creer. Qué casualidad. Como decís en España, el mundo es un pañuelo, ¿verdad?

—Si, así es. Muy bien. Te voy a dar un diez en folklore español.

—Gracias. Bueno… pues ya que estás aquí, podíamos…

—Mira, ha sido... interesante volver a verte —dijo interrumpiéndome y agachándose a recoger la taza vacía, evitando mi mirada—. Pero tengo que volver al trabajo. Es mi primer día, y no quiero que la primera anécdota que se cuente de mí en esta galería sea que discutí con un inversor en un pasillo.

—No hemos discutido.

—Todavía no —contestó, ya alejándose por el pasillo, aunque con una media sonrisa que no se molestó del todo en esconder.

Me quedé allí de pie, con la chaqueta manchada de café que nadie iba a limpiar y una sonrisa propia que tampoco intenté disimular, aunque no hubiera nadie delante para verla.

Se iba a resistir a quedar conmigo. Eso estaba claro.

Cada palabra que había pronunciado en ese pasillo llevaba una capa de resistencia deliberada, como si necesitara demostrarse a sí misma que no le afectaba tenerme delante, que podía ser perfectamente profesional aunque yo fuera la razón, aunque ella todavía no lo supiera, de que estuviera allí.

Y por algún motivo, aquella resistencia, en lugar de desanimarme, me gustó más de lo que había esperado.