Capítulo 6 — LEA
Llegué a Berlín con la maleta de mano abrazada contra el pecho como si dentro llevara un bebé en vez de una acuarela de los años cuarenta, y con la sensación clarísima de que acababa de aterrizar en otro planeta.
No era el frío, aunque hacía mucho más fresco del que hace en Mallorca en agosto, y sí, mi madre tenía razón, tuve que sacar una chaqueta que había cogido por si acaso, de la maleta en el mismo aeropuerto.
Era otra cosa. Era el silencio ordenado de la gente haciendo cola, nadie hablando por encima de nadie, nadie gesticulando como si estuviera a punto de despegar; era el metro llegando exactamente al minuto que decía el panel, ni uno más ni uno menos, algo que en Palma me habría parecido un milagro digno de canonización.
Finalmente me dio pavor perderme por las líneas de metro, así que opté por subirme a un taxi.
El piso que me había conseguido la galería estaba en un barrio que se llamaba Prenzlauer Berg, un nombre que tardé tres días enteros en aprender a pronunciar sin trabarme, en un edificio antiguo de fachada gris con balcones diminutos y una escalera que olía a cera y a portal centenario.
Arrastré las dos maletas escalera arriba porque el ascensor, un armatoste diminuto del tamaño de una cabina telefónica, decidió no llegar nunca, y para cuando conseguí llegar al tercer piso ya sudaba como si acabara de correr una maratón en pleno agosto mallorquín.
Fue entonces cuando conocí a Hans.
Era el portero del edificio, un hombre de unos sesenta años con bigote gris y cara de pocos amigos que me observó arrastrar las maletas por el rellano con una expresión que no supe descifrar hasta que abrió la boca.
Iba hablando sola, echando la maldición a la maleta grande porque una de las ruedas se había empeñado en darse la vuelta una y otra vez y era imposible llevarla en línea recta, con lo que pesaba.
—¿Necesita ayuda? —preguntó, en un español sorprendentemente bueno, aunque con ese acento marcado que ya empezaba a sonarme familiar.
—¿Cómo sabe que soy española? —pregunté sorprendida.
—A ver… te he oído maldecir desde antes de entrar.
Sentí un poco de vergüenza.
—Ah, vale. Sí, perdona. Es que soy un poco escandalosa. Y, ¿cómo es eso que habla español?
—Bueno, más o menos. Estuve seis años en Marbella, antes de volver aquí. —Se encogió de hombros, como restándole importancia—. Aprendí más de fútbol que de gramática, pero me defiendo.
Que Hans supiera hablar español fue, sin exagerar, lo mejor que me había pasado en las últimas doce horas.
Me ayudó a subir la maleta más pesada, me explicó dónde estaba el supermercado más cercano, cuál de los dos bares de la esquina tenía mejor cerveza y cuál mejor comida, y me advirtió, muy serio, de que los vecinos del segundo se quejaban si hacía ruido después de las diez de la noche, "y lo dicen en serio, aquí no es como en España, que uno se queja pero luego no pasa nada".
—Aquí sí que pasa algo —añadió, con un guiño—. Aquí llaman a la policía por un portazo.
El piso en sí era pequeño pero luminoso, con un ventanal que daba a un patio interior lleno de plantas que otros vecinos habían ido colocando a lo largo de los años, formando una especie de jardín vertical improvisado.
Tenía un salón y una pequeña cocina office y un aseo pequeño.
Estaba muy ordenado, tenía de todo y respiraba una calma que me gustó desde el primer minuto.
Deshice la maleta despacio, colgué la acuarela de mi bisabuela en la pared frente a la cama, en el primer sitio donde pudiera verla al despertarme, y me senté en el sofá del salón, sintiendo esa mezcla extraña de euforia y desamparo que solo se siente cuando estás exactamente donde querías estar y no tienes ni idea de qué hacer a continuación.
Le mandé una foto a Lola del ventanal, con el mensaje: "Esto es precioso, pero échame de menos, please."
«Ya te echo de menos, tonta. ¿Qué tal el portero? ¿Guapo?»
"Tiene sesenta años y bigote de morsa, Lola."
«Bueno, algo es algo. Cuéntame todo mañana, que ahora tengo clase de aquagym con los abuelos y como llegue tarde me montan un motín."
Sonreí al teléfono, guardé el móvil, y me quedé mirando el techo un rato largo, escuchando los ruidos nuevos de un piso nuevo en una ciudad nueva: el eco distinto de mis propios pasos, el zumbido lejano de una obra, alguna conversación en alemán que se colaba por la ventana entreabierta sin que yo entendiera ni una sola palabra.
Me costó pero me animé, bajé hasta la calle, di un paseo corto hasta el supermercado que Hans me había indicado y compré algunas cosas que iba a necesitar, así como algo para cenar.
Volví al piso, cené y antes de acostarme estuve empapándome datos sobre la Galería Falk hasta que me quedé dormida.
Al día siguiente, con menos horas de sueño de las recomendables y el jersey gordo puesto por si acaso, me presenté en la Galería Falk quince minutos antes de mi hora, porque llegar tarde el primer día me parecía el tipo de error que en España se perdona con una sonrisa y en Alemania, sospechaba, te condenaba de por vida.
El edificio era imponente, de fachada clásica con grandes escaparates protegidos por cristal antibalas, en pleno centro, rodeado de galerías vecinas de aspecto igualmente serio. Me quedé un segundo en la puerta, respirando hondo, antes de entrar.
—¡Lea! —Ingrid Baumann salió a recibirme personalmente, con una sonrisa mucho más cálida de la que había imaginado por teléfono, vestida con un traje impecable que hacía que el mío, cuidadosamente elegido la noche anterior, me pareciera de pronto sacado de las rebajas—.
Qué alegría tenerla aquí por fin. Venga, venga, le presento al equipo.
El equipo resultó ser un grupo de ocho personas de edades y procedencias distintas, todos amabilísimos, todos hablando un inglés perfecto que me hizo sentir, por primera vez en mucho tiempo, verdaderamente insegura con mi propio nivel.
Había estudiado inglés en el instituto, lo había reforzado un poco en la universidad, lo usaba lo justo y necesario para defenderme con turistas en Subastas Ferrer, pero aquello, aquel nivel de fluidez natural con el que saltaban del inglés al alemán y de vuelta sin pestañear, era otra liga completamente distinta.
—No se preocupe por el idioma —me dijo Ingrid, notando probablemente mi cara de circunstancias—. Aquí valoramos mucho más el ojo que tiene para las piezas que la gramática. Eso se aprende. Lo otro, no.
Pasé la mañana entera recorriendo la galería, viendo piezas que jamás había tenido oportunidad de tocar en Mallorca, algunas con un valor que me daba vértigo solo de calcularlo mentalmente, y sintiendo, por primera vez en mucho tiempo, esa emoción pura que me había hecho estudiar Historia del Arte hacía ya tantos años, antes de que la vida adulta y las facturas la convirtieran en algo más parecido a un trabajo y menos parecido a una pasión.
No me lo puedo creer , pensé, mientras Ingrid me enseñaba el catálogo de la próxima colección, de verdad estoy aquí.
Fue esa misma tarde, saliendo de la galería encantada, pero con la cabeza todavía dándome vueltas de toda la información nueva, cuando choqué literalmente contra un hombre que salía de un despacho al fondo del pasillo, con tan mala suerte, o tan buena, según se mire después, que el café que llevaba en la mano me acabó salpicando la manga de la chaqueta.
—Perdona, no te había... —empecé a decir, en español, por pura costumbre, antes de levantar la vista y quedarme completamente muda.
Porque el hombre que tenía delante, con la misma expresión de sorpresa absoluta que debía de tener yo, con una taza de café ahora medio vacía en la mano y los ojos de mar nublado clavados en los míos como si acabara de ver un fantasma, era Damian Reinhardt.