Capítulo 5 — LEA
Se lo dije a Bernat un lunes por la mañana, antes de que abriera la sala, porque me pareció que ese tipo de noticias merecían café recién hecho y no el aguachirri que quedaba en la cafetera a media tarde.
—Me marcho a Berlín —dije, sin darle más vueltas, porque si le daba más vueltas seguramente no lo diría nunca.
Bernat dejó la taza a medio camino de la boca y me miró un buen rato antes de contestar.
—¿La galería esa de la que me hablaste hace dos semanas?
—Esa misma.
—Vaya. —Se apoyó en el mostrador, con esa expresión suya que era mitad orgullo y mitad resignación, la misma que ponía cuando alguno de los aprendices se marchaba a montar su propio negocio después de haber aprendido todo lo que sabía en Subastas Ferrer—.
Bueno, ya sabía yo que no ibas a estar aquí para siempre.
Tienes demasiado ojo para quedarte toda la vida en una sala de provincias, aunque esta provincia tenga el mar más bonito de España.
Me emocioné más de lo que esperaba, así que hice lo que hacía siempre que me emocionaba más de lo esperado: cambié de tema.
—¿Me ayudas a redactar bien la carta de renuncia? Se me da fatal sonar profesional cuando estoy nerviosa.
—Te ayudo. Pero antes déjame decirte una cosa.
—Bernat dejó por fin la taza en el mostrador—.
Vas a triunfar allí, Lea. Y cuando triunfes, no se te olvide de dónde has salido.
Aquí, en esta sala destartalada, con la señora Puig que nunca compra nada y con un jefe que grita demasiado los viernes por la tarde.
—No se me va a olvidar.
—Ya veremos. Berlín tiene fama de comerse a la gente con talento y devolverla convertida en otra cosa.
No supe entonces cuánta razón tenía, aunque en aquel momento pensé que solo estaba siendo dramático, como cada vez que alguien se marchaba de la casa.
Las dos semanas siguientes pasaron a una velocidad que no me dio tiempo a procesar del todo.
Firmé el contrato con la Galería Falk, un documento larguísimo en alemán y en inglés que tuve que leer con la ayuda de Marc y de un traductor jurado que me recomendó, por si acaso, aunque todo parecía en orden.
Ingrid Baumann me escribió para contarme que tendría una vivienda disponible.
Tal y como se había firmado, solo tendría que abonar una parte, el resto se encargaban ellos, algo que a mí me pareció un detalle generoso y que a Lola, cuando se lo conté, le pareció "sospechosamente generoso, pero bueno, tú acepta y ya veremos”.
Me pasaron toda la información para llegar al piso e instrucciones para entrar.
Empecé a hacer las maletas un jueves por la noche, con la música puesta y una copa de vino que se me quedó caliente de tanto pararme a mirar cada objeto y preguntarme si merecía sitio en las dos maletas que me llevaba conmigo.
La ropa fue fácil. Lo difícil fue todo lo demás: los libros que no quería dejar atrás, las fotos de mi familia pegadas en el espejo del baño, la taza desportillada que me había traído de Granada el primer día que llegué a Mallorca y que insistía en usar aunque tuviera media docena de tazas nuevas sin estrenar.
Y, por supuesto, la acuarela.
La descolgué de la pared de mi habitación con más cuidado del que había puesto en cualquier otra cosa de ese piso.
Era pequeña, del tamaño de un folio, con el marco de madera oscura que mi abuela había mandado hacer especialmente para protegerla.
En ella, mi bisabuela Encarnación bailaba con los brazos alzados y la falda en pleno vuelo, pintada por un artista de paso que se había alojado en el Sacromonte una temporada, allá por los años cuarenta, y que había quedado tan prendado de su forma de moverse que le pidió posar para él una tarde entera a cambio de unas monedas y un plato de comida caliente.
La familia siempre contaba que Encarnación se reía mientras posaba, que no se tomaba en serio aquello de que alguien quisiera pintarla, y que el pintor tuvo que pedirle varias veces que dejara de hablar para poder terminar el cuadro.
La envolví en dos jerséis y la coloqué en el centro exacto de la maleta, entre la ropa, donde nada pudiera aplastarla ni romperla. En cuanto la vi bien protegida, sentí que ya estaba lista para el viaje, aunque el resto de mis cosas todavía no lo estuvieran.
La noche antes de coger el vuelo, Lola, desde Granada, y yo hicimos una cena por videollamada. Era algo que hacíamos de vez en cuando. Nos conectamos las dos a la vez, cada una con su copa de vino y en mi caso acompañándolo con jamón que comía directamente del paquete.
—No me puedo creer que te vayas —dijo, con la boca llena a través de la pantalla—. ¿Quién me va a mandar audios de veinte minutos contándome sus dramas con clientes rusos ahora?
—Puedo seguir mandándotelos desde Berlín. Ahora será con alemanes babosos.
—No es lo mismo, y lo sabes. —Se quedó callada un momento, algo raro en ella, y luego añadió, más seria de lo que solía ponerse—.
Te va a ir genial, Lea. Lo sabes, ¿verdad?
Llevas toda la vida escondiéndote un poco, puliéndote los bordes para que nadie vea de dónde vienes.
Y ahora te vas a un sitio nuevo, donde nadie te conoce, donde puedes ser quien te dé la gana ser desde el minuto uno.
—O donde puedo esconderme todavía mejor, si me da por ahí.
—O eso —admitió, encogiéndose de hombros—. Pero prefiero pensar que no. Prefiero pensar que te vas a ir a Berlín y vas a dejar que se te note el acento en cada frase, aunque a los alemanes les cueste entenderte.
Brindamos acercando las copas a las pantallas y nos reímos hasta que a Lola se le saltaron las lágrimas de risa por una anécdota vieja que ya nos habíamos contado mil veces pero que seguía haciéndonos gracia igual.
Al día siguiente, en el aeropuerto de Palma, mi madre me llamó justo antes de facturar.
—¿Llevas la acuarela bien protegida?
—Sí, mamá, la llevo en la maleta de mano, no la he facturado.
—Menos mal. Espero que te hayas llevado un jersey gordo, que dicen que en Berlín hace frío hasta en verano.
—Es agosto, mamá.
—Da igual. Deberías haberlo cogido, que luego no digas que no te lo advertí.
—Vale. De acuerdo. Ya me las apañaré.
—Vale, mi niña. Que tengas buen viaje. Llámame cuando aterrices.
—Vale, mamá. Tengo ganas de veros. Espero ir pronto a casa.
—Seguro que sí. Un beso, cielo.
Colgué sonriendo, con ese nudo raro en el pecho que aparece cuando algo termina y algo nuevo empieza al mismo tiempo, y me quedé un rato mirando el tablón de salidas hasta que apareció mi vuelo.
Palma de Mallorca, Berlín. Dos palabras que, hasta hacía tres semanas, no había imaginado que fueran a ir juntas en ninguna frase de mi vida.
Facturé las maletas, con la acuarela bien sujeta contra el pecho en la mochila de mano, y caminé hacia la puerta de embarque pensando que, hiciera lo que hiciera Berlín conmigo, al menos me llevaba lo más importante que tenía.
Mi bisabuela bailando, mi acento sin pulir escondido en algún cajón de la maleta, y las ganas, absolutamente ridículas, de que aquello saliera bien.
No tenía ni idea de lo bien que iba a salir. Ni de cómo iba a ser el momento en el que pisara con el pie ese nuevo país. Ni de todo lo que todavía no sabía.