Capítulo 4 — LEA
—¿Lea Cortés? —dijo una voz de mujer al otro lado, en un español impecable aunque con un ligero deje que no supe ubicar del todo—.
Soy Ingrid Baumann, directora de la Galería Falk, en Berlín.
Perdone que la llame así, sin previo aviso, pero quería hablar con usted personalmente antes de que fuera demasiado tarde.
—Hola. Sí, soy yo. Perdone, ¿demasiado tarde para qué?
—Para hacerle una propuesta. Hemos visto su trabajo, su formación, sus resultados en Subastas Ferrer, y creemos que encaja exactamente con lo que estamos buscando.
Me quedé mirando la pared de mi despacho, un póster descolorido de una exposición de joyería antigua que llevaba ahí desde antes de que yo empezara a trabajar, intentando procesar lo que acababa de escuchar.
Mi primer pensamiento, sincero, fue que aquello tenía que ser una broma, o algo peor, una estafa de esas que salen en las noticias donde alguien acaba entregando sus datos bancarios a un desconocido con acento convincente.
—Perdone que sea directa —dije, con toda la educación que fui capaz de reunir—, pero ¿cómo han llegado hasta mí? No tengo currículum circulando por ninguna galería de Berlín, que yo sepa.
—Su nombre nos llegó a través de contactos del sector. Estamos ampliando nuestro departamento de arte y joyería española, y necesitamos a alguien con conocimiento real del mercado, no solo teoría de manual. Sus resultados de los últimos dos años hablan por sí mismos.
Sonaba bien. Sonaba, de hecho, demasiado bien, y eso era precisamente lo que me hacía sospechar.
Tomé nota del nombre de la galería, del teléfono de contacto, de todo lo que Ingrid Baumann me fue explicando durante los siguientes diez minutos, quedamos que hablaríamos en un par de días, y colgué con la sensación de estar flotando y con los pies clavados en el suelo al mismo tiempo, dos cosas que no deberían poder pasar a la vez pero que aquella tarde me pasaron.
Lo primero que hice fue llamar a Lola.
—A ver, repíteme eso despacio, porque creo que no lo he entendido bien —dijo, con la voz de quien acaba de dejar a un abuelo a medio estirar en la clase de gimnasia de mantenimiento—. ¿Te llama una galería de Berlín de la nada, sin que hayas mandado tú nada a nadie, para ofrecerte un curro?
—Eso es.
—Lea, eso es literalmente el argumento de una película en la que luego resulta que la protagonista acaba metida en una red de trata de blancas.
—Gracias, Lola. Justo lo que necesitaba escuchar.
—No, en serio, cielo, tienes que investigar bien antes de ilusionarte. Que luego te conozco, y ya te veo comprando billete de avión con lagrimones de emoción.
Tenía razón, como casi siempre. Colgué con Lola y me pasé el resto de la tarde haciendo lo que mejor sabía hacer: investigar.
Busqué la Galería Falk en todos los registros que se me ocurrieron, revisé su historial de ventas públicas, encontré menciones en publicaciones especializadas de arte que databan de más de treinta años atrás, artículos sobre exposiciones que habían organizado, hasta una entrevista antigua a su fundador en una revista alemana que tuve que traducir a trozos con el traductor del móvil.
Por último llamé desde mi móvil personal preguntando por la Sra.Baumann, para ver si era cierto que existía una persona allí con ese nombre, por supuesto colgué justo en el momento en el que me iban a transferir.
Todo parecía legítimo. Más que legítimo, parecía serio, sólido, del tipo de casa que llevaba generaciones construyendo una reputación que no se inventaba de la noche a la mañana.
En la pausa del café, se lo conté a Marc, el único compañero de Subastas Ferrer con el que de verdad tenía confianza, un chico de Inca que llevaba en el gremio casi el doble de años que yo y que conocía el mundillo europeo mejor que nadie de la oficina.
—¿Galería Falk? —Levantó las cejas, sorprendido—. Uf, Lea, eso es palabras mayores. Es de las casas más respetadas de Berlín en su categoría. Si te están llamando a ti, es que algo bueno han visto.
—¿No te parece raro que me llamen así, sin más?
—Un poco, sí, la verdad. Normalmente estas cosas van por currículum, por recomendación directa de alguien del sector, no por llamada sorpresa un jueves cualquiera.
Pero bueno, el mundo del arte funciona así a veces.
Alguien te ve trabajar, le gusta lo que ve, y mueve algún hilo. No sería la primera vez.
Esa noche no dormí bien. Le daba vueltas a la conversación, al tono seguro de Ingrid Baumann, a la cifra que me había mencionado de pasada como quien no quiere la cosa (poco más del doble de lo que ganaba en Subastas Ferrer, más ayuda con el alojamiento durante los primeros meses), y a esa vocecita interior, la misma que llevaba dos años puliéndose el acento y la actitud para encajar en un mundo que no era el suyo, que me decía que quizá, solo quizá, aquello fuera la primera puerta de verdad que se abría sin que yo tuviera que empujarla con las dos manos.
Llamé a mis padres el sábado, aprovechando que mi madre siempre cocinaba potaje los fines de semana y que a esas horas los pillaría a los dos en la cocina, discutiendo sobre si el pimentón era de La Vera o no, como cada semana desde que yo tenía memoria.
—¿Berlín? —repitió mi madre, con esa voz que usaba cuando algo le parecía tan lejano que ni siquiera conseguía imaginárselo del todo—. Hija, si tú no has salido de España más que para la Erasmus.
—Ya, mamá, por eso te llamo, para pensarlo en voz alta contigo.
—¿Y qué se te ha perdido a ti en Alemania, con el frío que hace allí? Aquí en Granada, con el sol que tenemos, y tú te quieres ir a un sitio donde llueve ocho meses al año.
Mi padre, de fondo, dijo algo que no llegué a entender del todo, y mi madre se apartó el teléfono para contestarle antes de volver a mí.
—Tu padre dice que si te pagan bien y es un trabajo serio, que para adelante, que ya volverás si no te gusta. Y así haces mundo y ganas experiencia. Que la vida es para vivirla, no para quedarse siempre en el mismo sitio por miedo.
Sonreí, sola en mi cocina, mirando ese triángulo de mar que ya empezaba a formar parte de mi paisaje habitual y que en unas semanas quizá cambiaría por completo.
—Gracias, papá —dije, aunque él no pudiera oírme.
—Eso sí —añadió mi madre, bajando la voz como si fuera a contarme un secreto—, tú llévate la acuarela de la bisabuela. Que donde vayas tú, que vaya ella también. No la dejes aquí cogiendo polvo.
Ese fue, creo, el momento exacto en el que dejé de preguntarme si debía aceptar y empecé a preguntarme cómo iba a hacerlo.
El lunes llamé a Ingrid Baumann.
—He decidido aceptar —dije, con la voz más firme de lo que sentía por dentro.
—Excelente noticia, Lea. Se va a encontrar como en casa, se lo prometo.
Colgué el teléfono y me quedé un rato mirando la pantalla en negro, preguntándome por qué esa última frase, "se va a encontrar como en casa", pronunciada con tanta naturalidad por alguien que ni siquiera me conocía, se me había quedado grabada de una forma que no supe explicarme del todo.
No tenía manera de saber, en aquel momento, cuánta razón tenía Ingrid Baumann. Ni cuánto tenía que ver con ello un hombre alto, de ojos de mar nublado, al que yo había llamado pajarito delante de su abogado y al que estaba convencida de no volver a ver en mi vida.