De Mallorca a Berlín. Siendo granaína Capítulo 3 — DAMIAN
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Capítulo 3 — DAMIAN

Mientras Klaus conducía, en los asientos traseros, Ferran mi abogado de toda la vida en los asuntos de Mallorca y el resto de España, se mantenía en silencio y yo se lo agradecía, porque necesitaba esos diez minutos de trayecto hasta el puerto para pensar en lo que acababa de pasarme.

—¿Vas a decir algo, o prefieres que finja que no ha ocurrido nada? —preguntó por fin, sin apartar los ojos de la carretera.

—No sé de qué hablas.

—Claro que no. —Se rio, con esa risa seca de abogado que llevaba doce años aguantándome y que solo sacaba cuando algo le divertía de verdad—.

Damian, casi te acaban de echar del salón de una casa de subastas una mujer de metro sesenta y cinco con zapatos de tacón que ni siquiera había cumplido treinta años, y tú te has quedado ahí plantado como un adolescente.

He tenido que fingir que miraba la tablet para no partirme de risa delante de ella y del dueño de la casa.

No contesté enseguida. Miraba por la ventanilla las calles estrechas de Palma, los turistas en bañador comprando helados a las siete de la tarde como si el tiempo no existiera en esa isla, y pensaba en la cara de esa mujer, Lea había dicho que se llamaba, cuando se dio cuenta de lo que había dicho.

El cambio exacto de expresión, de la furia sincera a la vergüenza contenida, en menos de dos segundos.

—No me ha echado de ningún sitio —dije al fin.

—Te ha dicho que no se iba a subir a tu barco por muy bonitos que tuvieras los ojos y luego se ha marchado dejándote con la palabra en la boca. Yo a eso lo llamo un desalojo con estilo.

Tenía razón, por supuesto. Ferran casi siempre la tenía, era parte de por qué lo había contratado hacía años y por qué seguía a mi lado, aunque a veces me hiciera arrepentirme de haberlo hecho.

Había ido a esa subasta por un motivo que ahora mismo me parecía casi ridículo.

Mi asesor financiero llevaba meses insistiendo en que diversificara, que metiera parte del capital en arte y joyería, activos tangibles, algo que no dependiera de ningún mercado bursátil.

Yo, que llevaba veinte años invirtiendo únicamente en lo que entendía (maquinaria, componentes, sistemas de producción, cosas que se podían medir con precisión de micras), había accedido casi por curiosidad más que por convicción.

Ayer por la tarde me había hecho una llamada y había vuelto a insistirme con el tema, animándome a visitar alguna casa de subastas ya que estaba unos días en Mallorca desconectando de Berlín.

Pedí que me averiguaran si había alguna cerca y me comunicaron que esa misma tarde había una.

Estaba aburriéndome en el yate, sin nada mejor que hacer, así que me pareció un buen sitio para empezar.

Llamé a Ferran para que me acompañara, antes comimos en el barco y después nos fuimos a la dichosa subasta.

No esperaba comprar nada. Y mucho menos esperaba que la compra viniera acompañada de una discusión con la mujer más directa que había conocido en años.

—¿Vas a contarme por qué has pujado por ese collar? —preguntó Ferran—. Porque hasta hace media hora no sabías distinguir una esmeralda de un cristal verde.

—Me apeteció.

—Ya. Claro. Y también te apeteció quedarte mirándola como si fuera la primera vez que veías a una mujer.

No respondí. Porque, si era honesto conmigo mismo, tampoco tenía una respuesta mejor que esa. Pasamos por su despacho y Ferran se despidió, no sin antes volver a hacerme la broma fácil con lo de aquella chica.

—Avísame cuando vuelvas. Si quieres, volvemos a alguna otra subasta. La verdad, ha estado más que entretenida.

—Adiós Ferran. Cuídate. Nos vemos en mi próxima visita.

El yate estaba amarrado en el muelle viejo, blanco, de líneas limpias, ni tan grande como para resultar ostentoso ni tan pequeño como para pasar desapercibido entre el resto de embarcaciones del puerto.

Lo había comprado hacía tres años y apenas lo usaba más de dos semanas al año, algo que mi hermana no dejaba de recordarme cada vez que hablábamos por teléfono, siempre con ese tono de "para qué tienes un barco si vives pegado a un escritorio en Berlín".

Mallorca tenía ese efecto en mí desde niño, cuando mis padres alquilaban una casa en Deià cada agosto y yo aprendía a nadar en calas que todavía no salían en ninguna guía turística.

De ahí venía mi español, aprendido a base de pedir helados y regatear con pescadores en lugar de en ningún aula.

Sonaba todavía algo forzado, según me decían, pero entendía bien y me defendía hablándolo, sobre todo cuando el interlocutor tenía la paciencia de esperar a que encontrara la palabra correcta.

Subí a bordo y Carlos, que llevaba el yate casi tanto tiempo como yo lo tenía, me recibió con la sonrisa de siempre.

—¿Qué tal la subasta, jefe? Klaus me ha comentado que ha sido "interesante".

—He comprado un collar.

—Vaya novedad. —Carlos enarcó una ceja, sirviéndome un vaso de agua con hielo que no había pedido pero que sabía que necesitaba—. Ah, bueno... seguro que es un collar precioso.

Dudé un segundo antes de preguntarlo, consciente de lo absurdo que sonaba.

—Carlos, ¿qué significa que una mujer española te llame "pajarito"?

Carlos se quedó parado con la botella de agua en la mano, procesando la pregunta como si acabara de pedirle que resolviera una ecuación.

—Depende —dijo por fin, apoyándose en la barandilla—. ¿Qué le ha dicho exactamente, antes o después de llamarle así?

Reconstruí la escena mentalmente. La invitación al barco. Su risa corta. Esa ceja levantada.

—Le he propuesto tomar algo aquí, en el yate. Ella ha dicho algo así como "ya sé lo que quieres, pajarito" y se ha ido.

Carlos soltó una carcajada que resonó por toda la cubierta.

—Ah, ya. —Se recompuso, todavía riéndose—. Pues básicamente le estaba diciendo que sabía perfectamente que usted intentaba ligar con ella, y que no se lo estaba poniendo fácil. "Pajarito" es cariñoso, pero con retranca, como diciendo "no me la das a mí con esas". En Andalucía lo usan mucho así.

—¿Es un insulto?

—No, no. Es más bien un desprecio con encanto. Si se lo dice enfadada de verdad, huya. Si se lo dice riéndose, aunque sea a medias, jefe, tiene usted más posibilidades de las que cree.

—¿Y cómo se sabe la diferencia?

Carlos se encogió de hombros, disfrutando claramente de la conversación.

—Eso ya no se lo puedo enseñar yo, jefe. Eso hay que vivirlo. O se le da bien el español, o se le va a dar fatal esta española en concreto, una de las dos cosas.

Me quedé mirando el mar, ese azul que llevaba viendo desde niño y que aquella tarde, por algún motivo que no sabía explicar del todo, me parecía distinto.

Pensé en la sonrisa que había intentado disimular Lea Cortés antes de darse la vuelta, en ese acento tan curioso que se le había escapado a mitad de frase, en la forma en que había defendido su trabajo sin importarle que yo pudiera comprar la casa de subastas entera si me lo proponía.

No solía pensar en nadie más de cinco minutos seguidos.

Los negocios no me lo permitían, o quizá era yo quien no se lo permitía a los negocios.

Tenía reuniones al día siguiente, informes que revisar antes de que amaneciera en Berlín, una vida entera organizada con la misma precisión que las piezas que fabricaba mi empresa.

Aquella noche, sin embargo, dejé el portátil cerrado más tiempo del que llevaba haciéndolo en años, y pensé en ella mucho más de cinco minutos.