De Mallorca a Berlín. Siendo granaína Capítulo 2 — LEA
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Capítulo 2 — LEA

Bernat me pilló en la trastienda dos minutos después, cuando todavía estaba intentando convencer a mi corazón de que dejara de ir a doscientos por hora.

—¿Se puede saber qué ha sido eso? —preguntó, cerrando la puerta con el pie porque llevaba las dos manos ocupadas con el libro de registro.

—¿El qué?

—Lea. Te acabo de ver discutiendo con Damian Reinhardt en mitad del salón.

Me quedé parada.

—¿Con quién?

—Damian Reinhardt. —Bernat lo dijo como si el nombre debiera significar algo, y al ver mi cara de póker, suspiró, dejó el libro sobre la mesa y se sentó como quien va a explicarle algo muy básico a alguien muy despistado—.

Ingeniería de precisión Reinhardt. Berlín.

Es uno de los mayores proveedores de componentes industriales de toda Europa.

Su empresa fabrica piezas para media industria del automóvil alemana.

No sale en las revistas de cotilleo, pero te aseguro que si buscas su patrimonio en cualquier informe serio, te da vértigo.

—Ah. —Fue lo único que conseguí decir.

—¿"Ah"? Te acaba de comprar el collar por setenta y cinco mil euros sin pestañear y lo primero que se te ocurre es reñirle en público.

—Pero no lo dijo enfadado. Lo dijo con esa mezcla de horror y admiración que solo Bernat sabía combinar tan bien—.

Ha sido lo más divertido que he visto en esta sala en cinco años, para que lo sepas. La cara del abogado no tenía precio.

—No pretendía montar un espectáculo. Además, no le he reñido, ni hemos discutido. Solo hemos... conversado.

—Ya lo sé. Pero ha sido gracioso. —Se levantó, me dio dos palmaditas en el hombro, de esas que en Mallorca sustituían a un abrazo—. Buen trabajo con la venta, de todas formas. Se ha ido treinta y cinco mil por encima de la salida. La casa está contenta.

—¿Y mi comisión?

—Tu comisión es la misma. Se ha vendido, ¿no? Da igual quién haya pujado más fuerte.

Me quedé mirándolo un segundo, procesando.

Tenía razón, claro. Mi comisión no dependía de que el ruso ganara la puja, dependía de que la pieza se vendiera, y se había vendido, y encima por más dinero del esperado.

Lo que se me había esfumado no era el dinero.

Era otra cosa más tonta, más orgullosa, era la satisfacción de haber cerrado yo sola, con mi trabajo, con mis tres semanas de café insufrible con un ruso baboso, una venta redonda delante de Bernat, y así haberme ganado el reconocimiento.

En vez de eso, un extraño con traje caro había entrado, había levantado una paleta dos veces, y se había llevado todo el mérito sin ni siquiera proponérselo.

Era ridículo estar molesta por eso. Y sin embargo lo estaba.

—Anda, vete a casa —me dijo Bernat, ya de vuelta a su despacho—. Buen cierre de semana. Y, Lea...

—¿Qué?

—La próxima vez que le hagas comentarios tan... tan de tu estilo a un multimillonario, procura averiguar antes que sí tiene sentido del humor. Con este has tenido suerte.

—Oído. Buen fin de semana.

Salí de Subastas Ferrer con la chaqueta colgada del brazo y los tacones en la mano, porque después de ocho horas de pie ya me daba absolutamente igual el decoro.

El sol de las siete de la tarde todavía pegaba fuerte, ese sol de julio mallorquín que no perdona ni a la hora de cenar, y el paseo marítimo olía a protector solar y a fritura de pescado del bar de la esquina.

Vivía a quince minutos andando de allí, en Santa Catalina, en un tercero sin ascensor que había elegido precisamente porque desde la ventana de la cocina, y desde el balcón, si te asomabas y estirabas un poco el cuello, se veía un triángulo diminuto de mar entre dos edificios.

No era gran cosa, la verdad, pero a mí me bastaba.

El barrio tenía ese aire de pueblo dentro de la ciudad que tanto me recordaba, de una forma extraña, a Granada: las persianas verdes, la ropa tendida de balcón a balcón, la señora del ultramarinos que sabía mi nombre y me guardaba el pan del día si llegaba tarde.

Me gustaba pensar que había elegido bien, que entre todos los barrios de Palma había encontrado el único que se parecía un poco a casa.

Seguí caminando descalza los últimos metros, con las sandalias de tacón colgando de dos dedos y el asfalto quemándome un poco las plantas de los pies, parándome en el mercado del Olivar a comprar cuatro tomates y un poco de queso, como hacía casi todas las tardes de verano, saludando con la cabeza al frutero que ya me conocía y que siempre me decía lo mismo, "hoy hay tomate de verdad, niña, no como el de las grandes superficies", con ese acento mallorquín que a mí, después de dos años, todavía me sonaba a canción aprendida a medias.

Me senté en el balcón con el plato de ensalada de tomate y queso sobre las rodillas, mirando ese triángulo de mar que se iba poniendo naranja, pensando que llevaba dos años viviendo en una isla preciosa que no acababa de sentir del todo mía, aunque cada día se pareciera un poquito más a un hogar.

Le mandé un audio a Lola en cuanto me acomodé.

—Tía, no te lo vas a creer. Hoy en la subasta ha entrado un pibón, con pinta de multimillonario muy aburrido, me ha quitado la venta que llevaba currándome tres semanas con el baboso ruso, y le he soltado de todo delante de mi jefe.

De TODO, Lola. Se me ha ido la pinza, el acento, el filtro, todo.

¡Hasta le he llamado pajarito! —exclamé riendo como una tonta.

La respuesta de Lola llegó antes de que me diera tiempo a morder el segundo trozo de tomate.

«¿QUÉ LE HAS LLAMADO QUÉ»

Seguido de un audio de cuarenta segundos que era básicamente Lola gritando de la risa, intercalado con frases sueltas tipo "eso solo lo dice mi abuela" y "espero que fuera guapísimo, porque si te has pasado cuatro pueblos, al menos que valiera la pena el tío".

Lo era. Guapísimo, quiero decir. Eso no se lo dije a Lola todavía, porque en cuanto lo dijera en voz alta se volvería más real de lo que estaba dispuesta a admitir esa tarde.

Ojos de mar nublado, hombros de los que ocupan sitio en una puerta, ese acento tirante al hablar español que sonaba como si cada palabra le costara un pequeño esfuerzo de concentración.

Y esa forma de mirarme, como si fuera lo más interesante que le había pasado en toda la semana, cuando lo lógico es que yo hubiera sido, como mucho, una anécdota incómoda de media hora en un viaje de negocios.

Se habrá ido a Alemania ya, seguro , pensé, mientras recogía el plato y entraba antes de que los mosquitos de julio decidieran cenar también ellos.

Se habrá subido a su avión privado, o a lo que sea que tengan los ricos de verdad.

Y si no se ha ido estará en la cubierta de su barco tomándose una cava de champagne del que cuesta lo mismo que un coche, mientras tontea con la que al final haya podido arrastrar hasta allí y, para él, esto ya es una anécdota de sobremesa: "hoy conocí a una española con muy mal genio".

No volvería a pensar en él. Estaba segura.

Duré exactamente cuatro días.

El jueves siguiente, mientras rellenaba el catálogo de la próxima subasta y peleaba con un Excel que se negaba a cuadrar las cifras de comisiones del mes, Bernat asomó la cabeza por la puerta de mi despacho con una expresión rara, entre la sorpresa y la diversión.

—Lea. Tienes una llamada. Dicen que es sobre una oferta de trabajo. De Berlín.

Levanté la vista del ordenador tan rápido que me dio un tirón en el cuello.

—¿De Berlín? ¿A mí?

—Eso dicen. —Bernat se encogió de hombros, tan desconcertado como yo—. Una galería. Dicen que quieren hablar contigo sobre un puesto.

Me quedé mirando el teléfono que parpadeaba en espera, con el corazón haciendo ese ruido raro que hace cuando algo demasiado bueno está a punto de pasar, o cuando estás a punto de caer en la trampa más elaborada de tu vida. No tenía ni idea de cuál de las dos cosas iba a ser.

Descolgué.