De Mallorca a Berlín. Siendo granaína
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Capítulo 1 — LEA
De Mallorca a Berlín
siendo una granaína
Llevaba tres semanas enamorada de un collar que no era mío.
—Como no lo vendas esta semana, lo bajamos a la sala de catálogo general —me había dicho Bernat esa misma mañana, con esa media sonrisa suya que nunca sabía si era de ánimo o de amenaza.
—Se va a vender —contesté, con más aplomo del que sentía—. Tengo un comprador interesado. Solo necesito que dé el paso.
El comprador interesado era un ruso de sesenta y tantos que llevaba semanas "pensándoselo" mientras coqueteaba conmigo de una forma que me daba más grima que otra cosa, pero que yo encajaba con una sonrisa profesional perfectamente calibrada.
Esa sonrisa, ni muy cálida ni muy fría, ni muy cercana ni muy distante, era quizá lo que mejor sabía hacer.
La había perfeccionado durante dos años, capa a capa, como cuando lijas un mueble hasta que no queda ni rastro de la madera original.
Porque debajo de esa sonrisa, si alguien rascaba lo suficiente, no había una chica de casas de subastas mallorquina. Había una granadina.
Y no una granadina cualquiera. Una del Sacromonte, de las que crecen escuchando a su abuela contar que la bisabuela Encarnación bailó para media Europa sin salir nunca de las cuevas, con los pies descalzos sobre la tierra roja y el mundo entero mirándola como si fuera lo más importante que había pasado esa noche.
Yo llevaba a Encarnación metida en el cuerpo de una forma que jamás confesaría en Mallorca, en una sala llena de gente que decía "delicioso" en vez de "buenísimo" y que fruncía el ceño con educación en lugar de reírse a carcajadas.
Me ajusté la chaqueta, azul marino, corte impecable y que había pagado en tres plazos, y salí al salón principal.
La subasta de esa tarde no era gran cosa.
Piezas de joyería de mediano nivel, un par de cuadros sin firma reconocible, algo de mobiliario.
El público era el habitual, coleccionistas locales, algún turista con más dinero que criterio y la señora Puig, que llevaba viniendo religiosamente desde que yo trabajaba allí y que jamás pujaba por nada.
Me coloqué junto al atril, revisé por enésima vez que el collar estuviera en su sitio dentro de la vitrina, esmeraldas relucientes bajo la luz cálida, perfectas, esperando a que alguien se enamorara de ellas tanto como yo, y respiré hondo.
Fue entonces cuando entró él.
No hizo ruido. No hacía falta. Había gente que entraba en una sala y la sala entera se reorganizaba a su alrededor sin que nadie supiera muy bien por qué, y este hombre era claramente de esa clase.
Alto, muy alto, con los hombros de quien ha hecho remo o algo parecido durante años, aunque el traje disimulara la mayor parte, rubio oscuro, con una chaqueta que no gritaba dinero pero que, si sabías mirar, y yo sabía mirar, era mi trabajo, susurraba una cifra que a mí me habría dado vértigo solo de pensarla.
Caminaba como si el tiempo fuera suyo y no tuviera ninguna prisa por gastarlo, y a su lado, un tipo con gafas y aspecto de llevar una tablet debajo del brazo incluso mientras dormía, murmuraba algo que el rubio escuchaba a medias.
No le di más de dos segundos de atención. Los turistas ricos entraban y salían de Subastas Ferrer con la misma frecuencia que los barcos entraban y salían del puerto: mucho brillo, poca sustancia, casi nunca compraban.
Me equivoqué.
La subasta avanzó con su ritmo habitual, el mobiliario se vendió por encima de la estimación, los cuadros por debajo, la señora Puig no pujó por nada, como era tradición, hasta que llegó el turno del collar.
—Lote veintitrés —anunció Bernat desde el atril, con esa voz de maestro de ceremonias que se guardaba para las piezas buenas—. Collar de esmeraldas colombianas y platino, circa mil novecientos veinte. Salida: cuarenta mil euros.
Localicé al ruso entre el público. Estaba sentado, con las piernas cruzadas, mirando el catálogo con una atención que yo conocía bien: la atención de quien va a pujar.
Sentí ese cosquilleo particular, la mezcla de nervios y triunfo anticipado que solo entienden quienes viven de vender cosas que no son suyas. Vamos, hombre. Levanta la paleta.
—Cuarenta mil —dijo alguien.
No fue el ruso.
Fue el rubio del traje discreto.
Tardé un segundo de más en procesarlo. El ruso, desconcertado, levantó su paleta también.
—Cuarenta y cinco mil.
—Cincuenta mil.
La sala, que hasta hacía un minuto languidecía con el interés educado de quien mira el reloj, se despertó de golpe. Bernat, que llevaba veinte años en el oficio y sabía oler una puja de verdad a un kilómetro, sonrió como si le hubieran regalado un viernes por sorpresa.
—Setenta y cinco mil —dijo el rubio, sin alzar la voz, sin cambiar el gesto, como si estuviera pidiendo un café.
El salto silenció a media sala. El ruso dudó. Miró el colgante. Me miró a mí, no sé muy bien buscando qué. Y bajó la paleta.
—Setenta y cinco mil a la una... a las dos... vendido —dijo Bernat, y el mazo cayó sobre la mesa con ese golpe seco que yo llevaba dos años deseando escuchar por ese collar en concreto.
Debería haber sentido alegría. Y una parte de mí la sentía, la parte profesional, la que ya estaba calculando cómo contárselo a Bernat con la cara más tranquila del mundo mientras por dentro daba saltos.
Pero había otra parte, más pequeña y más terca, que sintió algo parecido a la humillación.
Tres semanas cortejando a un comprador, tres semanas de café y llamadas y fingir interés por su colección de relojes suizos, para que llegara un hombre con traje de domingo y me lo desmontara todo en cuarenta segundos sin ni siquiera mirarlo dos veces de más.
Acabó la subasta y me paseé por la sala.
Haciéndome la discreta, me acerqué a la mesa donde el rubio firmaba el papeleo con su abogado, porque tenía toda la pinta de ser un abogado, con esa tablet bajo el brazo y esa cara de estar calculando riesgos legales incluso en una subasta de fin de semana, y ya hecha la venta… no pude contenerme.
—Enhorabuena —dije, con la sonrisa de escaparate perfectamente en su sitio—. Tiene usted muy buen gusto. O muy poca paciencia. No sé cuál de las dos cosas admirar más.
El rubio levantó la vista del papel que estaba firmando. Tenía los ojos de un gris azulado que no supe a qué comparar hasta que, mucho más tarde, en la cama, se me ocurrió, del color del mar de Mallorca en un día nublado, justo antes de que rompa a llover.
—¿Perdón? —dijo, en un español correcto pero con un acento marcado, de esos que suenan recién aprendido de libro escolar.
—Digo que llevo tres semanas trabajando a ese comprador —empecé, ya despojada de ese filtro que suavizaba mi acento andaluz, señalando con la barbilla al ruso, que se marchaba con cara de pocos amigos—.
Tres semanas convenciéndolo poco a poco, quedando bien delante de mi jefe.
Y usted llega, dice un número, y se acabó la función.
Debe de ser agradable, eso de que el mundo se organice tan rápido a su alrededor.
El abogado, a su lado, había dejado de mirar la tablet por primera vez en toda la tarde. Me observaba con una expresión entre el pánico y la fascinación, como quien presencia un accidente de tráfico a cámara lenta y no puede apartar la mirada.
El rubio, sin embargo, no parecía ofendido. Me miraba con una atención que, por un instante, me resultó incómodamente intensa.
—No sabía que había una carrera de obstáculos antes de poder comprar algo —dijo con ese acento alemán tan marcado—. Si hubiera sabido que le estaba fastidiando el trabajo a alguien, quizá habría esperado.
—Ya, claro. Seguro.
—Es en serio.
—Ya —repetí, cruzándome de brazos—. Dígaselo a mi orgullo, que se acaba de quedar por los suelos delante de mi jefe por culpa de un señor que ni siquiera necesitaba mirar dos veces el precio.
Fue entonces cuando, de repente, me di cuenta de lo que acababa de decir, y a quién se lo había dicho, y en qué tono, en una sala llena de gente, delante de mi jefe y del abogado de un hombre que probablemente ahora mismo se estaba planteando pedir que me despidieran.
La sonrisa de escaparate se me había desmoronado con él, pero al darme cuenta del error, la reconstruí en un segundo.
—Perdone —dije, ya con la voz templada de nuevo—. No debería haber dicho eso. Ha sido una venta estupenda para la casa, y le agradezco su interés en la pieza.
El rubio se me quedó mirando con algo que me costó identificar.
No era molestia. Tampoco era la condescendencia educada con la que solían mirarme los clientes ricos cuando yo me pasaba de la raya sin querer.
Era, si tuviera que ponerle nombre, curiosidad.
Una curiosidad genuina, casi divertida, como si acabara de encontrarse con algo que no esperaba encontrar esa tarde en Mallorca.
—No se disculpe —dijo—. Ha sido lo más honesto que he escuchado en toda la semana.
—Pues no sé si eso dice mucho y bien de la semana que ha tenido.
Algo parecido a una sonrisa le cruzó la cara, breve, casi contenida a la fuerza. El abogado carraspeó, en un intento discreto de recordarle a su jefe que existían horarios y aviones que coger.
—Damian Reinhardt —dijo, tendiéndome la mano.
—Lea Cortés —contesté, estrechándosela, más por costumbre profesional que por ganas.
—¿Le apetecería tomar algo, Lea Cortés? Para compensarle el mal rato.
Me reí, una risa corta y sin ninguna intención de disimular lo que pensaba de la propuesta.
—¿Ahora mismo? ¿Aquí, delante de mi jefe, con el collar todavía caliente?
—Tengo un barco en el puerto. Podríamos ir esta tarde.
Enarqué una ceja.
—Ya claro. Ya sé lo que quieres, pajarito —dije, más para mí que para él, aunque me salió en voz alta, con todo el acento del mundo, sin ningún filtro ya.
Damian frunció el ceño, genuinamente perdido.
—¿Pajarito?
—Nada, nada. Cosas mías. —Carraspeé, recomponiéndome—. Mire, ha sido un placer venderle el collar. De verdad. Pero no, gracias. No me voy a subir a un barco con un desconocido que acaba de dejarme en ridículo, por muy bonitos que tenga los ojos.
Y me di media vuelta antes de que pudiera contestarle alguna otra burrada, antes de que pudiera ver que me había puesto colorada al decir lo de los ojos, antes de darme cuenta de que llevaba media conversación hablando con un cliente multimillonario como si fuera Lola, dejándolo plantado con la palabra en la boca en mitad del salón de Subastas Ferrer.
Detrás de mí, el abogado murmuró algo que sonó sospechosamente a una carcajada mal disimulada.
No me giré a comprobarlo. Entré en la trastienda con la espalda muy recta y los tacones repicando en el suelo de mármol como si llevara toda la vida practicando ese paso, ese exacto grado de dignidad herida.