De guardia con mi enemigo TREINTA
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TREINTA

A las ocho menos diez de la mañana del sábado veintiocho de noviembre, seis meses y catorce días después de que tres ladrillos cayeran sobre el suelo de baldosa hidráulica de mi consultorio, estoy entrando al edificio con la llave en la mano.

Iván camina dos pasos por detrás, cargando un termo de café de Chuchi con capacidad para seis personas.

Teresa ya nos espera dentro desde las siete y cuarto; hoy ha estrenado una estampita de San José, patrón de los carpinteros, que preside el mostrador.

Molar ocupa su sitio habitual bajo la silla y Regla aguarda en la acera de enfrente del brazo de Chuchi, quien la ha traído caminando desde La Sorbona con una puntualidad matemática.

Subimos todos. Regla entra al consultorio por primera vez en su vida y se acomoda en el sillón de orejas verde oliva con la dignidad de una mujer que ha esperado sesenta y ocho años para entrar en una consulta del Vedado sin tener que ser paciente.

Chuchi permanece de pie a su lado, como un escolta silencioso.

Teresa, siempre atenta, comienza a servir el café en tacitas pequeñas.

A las ocho en punto, el sonido del portón anuncia la llegada de la cuadrilla.

Cuatro albañiles suben las escaleras con una carretilla, cubos de mortero y dos paneles de cedro curado: los postigos de la ventana interior, cortados y lijados con esmero desde el miércoles.

El capataz, Rosendo Fernández, un hombre de cincuenta y cinco años con un bigote gris que impone respeto, me saluda con un gesto profesional.

—Doctora Sotolongo.

—Rosendo.

—Señor Montoya.

—Rosendo, buenos días.

—¿Listos para cerrar el hueco?

—Listos.

Comienzan el trabajo. Primero limpian el perímetro del boquete irregular que el catorce de mayo nos regaló sin permiso.

Luego sujetan las piezas del marco de madera del ventanuco en la parte central.

Alrededor del marco, los ladrillos macizos van subiendo uno a uno, unidos por mortero fresco y colocados con ese ritmo pausado de los albañiles que todavía entienden que una pared es algo más que una división.

Teresa reza el rosario en un susurro casi inaudible desde el mostrador.

Regla, desde su sillón, la acompaña pasando las cuentas de su propio rosario, uno de color azul oscuro con medalla de plata que yo no le conocía.

Chuchi observa la obra con las manos entrelazadas a la espalda, con la seriedad de quien asiste a un evento único.

Molar duerme. Iván, a mi lado, con las mangas de la camisa gris subidas hasta el codo —hoy ya no hay nada que ocultar—, bebe su café a sorbos cortos.

Yo llevo el pañuelo granate de Regla al cuello y mi moño bajo, sintiendo el roce de la tela contra la piel. Me quedo junto a Iván. Los veinte centímetros que nos separan ya no tienen el peso de la incertidumbre.

Daniela, respira. Simplemente respira, sin llevar la cuenta.

A las diez y cuarto, la estructura ya ha alcanzado dos tercios de su altura total. Rosendo nos invita a subirnos a una banqueta para comprobar el ajuste del marco. Iván se asoma dos veces; yo, tres. Teresa sube una vez, aprueba con la mirada y vuelve a su sitio.

Poco antes de las once, aparecen don Gilberto Palenzuela y don Mauricio Ibáñez.

No estaban invitados, pero el edificio tiene sus propias leyes de convocatoria.

Don Gilberto trae un ramito de arrayán que deposita en mis manos sin mediar palabra.

Don Mauricio llega del brazo de Dulce, quien le entrega a Teresa un mantelito bordado con una reverencia formal.

—Doctora —dice don Gilberto.

—Don Gilberto, qué sorpresa.

—Vinimos a ver el final de la historia.

—Gracias por venir.

—Doctora... no se dan —responde él con un guiño—. Lo aprendí el mes pasado de Iván.

Iván ríe por lo bajo. Don Mauricio me toma de la mano y me comunica una noticia que no esperaba: Dulce y él se casan otra vez el lunes, en el registro civil de Plaza.

Después del susto del huracán Celia, quieren sellar sus cuarenta y dos años juntos con un papel nuevo.

Los felicito de corazón mientras Dulce me abraza cálidamente.

A las once y cuarenta y cinco, la sala se completa con la llegada de Hortensia Zayas y su nieta Mayra. Hortensia viste su traje de lino marfil y luce sus perlas. Mayra carga una cesta tapada con un paño blanco impecable.

—Señoras, caballeros... —anuncia Hortensia—. Traigo lo necesario para una bendición cubana de urgencia para un ventanuco.

—¿Otra bendición, doña Hortensia? —pregunto sonriendo.

—Hija, las bendiciones se repiten mientras hagan falta. Es una ley de vida.

Saca un rosario de madera para mí —"para que repose en casa de una médica que no reza", dice con sabiduría— y una botella con agua del pozo de su casa. Rosendo y sus hombres aceptan el rito con naturalidad habanera.

A las doce y diez, la pared está terminada. Los postigos de cedro están instalados, engrasados y ajustados. La cuadrilla recoge sus herramientas. Rosendo nos invita a inaugurar la obra.

—Primero, la bendición —ordena Hortensia—. Despejen el área.

Nos apartamos. Hortensia moja sus dedos en el agua del pozo y toca los cuatro lados del marco. Con cada contacto, pronuncia una palabra: Respeto. Cuidado. Paciencia. Ventana. Se retira satisfecha.

Teresa pone la mano en el pestillo del lado del consultorio. Iván cruza al estudio y hace lo mismo desde su lado. Yo me coloco justo detrás de Teresa, conteniendo el aliento.

—Iván —llamo.

—Daniela.

—A la de tres.

Hortensia marca el ritmo con su bastón.

—Una... dos... ¡tres!

Los postigos se abren de par en par. Setenta centímetros por cincuenta de cedro enmarcan ahora nuestra conexión.

El mostrador y la mesa de dibujo quedan alineados a la perfección.

Una luz nueva, cruzada, inunda el espacio: el sol del patio y la claridad del balcón se encuentran en el centro del muro, creando un cubo de luz vibrante.

Miro a Iván a través de la ventana. Sus ojos color miel brillan bajo el sol del mediodía.

—Daniela.

—Iván.

—Hola —dice él.

—Hola —respondo.

Es un saludo que ha esperado seis meses y catorce días. No es un formalismo profesional; es el reconocimiento de dos personas que han aprendido a quererse a través de los escombros.

Teresa se persigna, Regla sonríe desde su sillón y Chuchi aplaude con suavidad. Don Mauricio y Dulce se toman de la mano. Iván me tiende la suya a través de la ventana y yo la recibo sobre el mostrador de cedro. Nos tocamos tres segundos. Los cuento por última vez. Los contamos los dos.

—A trabajar el lunes —dice Iván al soltarnos.

—Con la ventana abierta cuando queramos —añado yo.

—Y cerrada cuando necesitemos silencio.

Hortensia se aclara la garganta.

—Ahora sí tienen lo necesario para lo que sigue. En mayo, cuando se cumpla el año de la caída, esto ya no podrán ser dos locales separados. Tendrán que ponerle un nombre al conjunto. Ustedes sabrán cuál.

A las doce y treinta, los albañiles se marchan. Don Gilberto y don Mauricio se despiden poco después. A la una y cuarto, la sala común queda habitada solo por nuestro círculo íntimo y un Molar recién despierto.

—Te sentó bien el pañuelo, mija —me susurra Regla al oído—. El muchacho me habló de mayo. El aniversario estará redondo. Piensen en ello; mayo es mejor mes que noviembre para las grandes decisiones.

Iván me mira desde el otro lado de la ventana.

No dice nada, pero su mirada lo confirma todo.

A las dos, cerramos el edificio. Teresa y Chuchi se encargan de los últimos detalles mientras Regla se marcha con Hortensia en un taxi.

Iván y yo salimos a la acera. El sol de noviembre es una caricia amable sobre la calle L.

—Iván.

—Daniela.

—¿Mayo?

—Mayo. El catorce.

—¿Aquí mismo?

—Donde empezó todo, Daniela. Con la ventana abierta.

Me toma la mano y empezamos a caminar hacia el Malecón, sin prisa y sin rumbo fijo. El capítulo de las familias está cerrado, el plazo del padre superado y el futuro nos espera al final de la calle. Caminamos juntos. Y eso es todo lo que necesitamos por hoy.