EPÍLOGO
Un año exacto después de que Idalia Casademunt me llamara a las diez y cuarenta y dos de la mañana del jueves catorce de mayo de dos mil veintiséis para pedir una extracción urgente, el reloj del consultorio marca la misma hora: diez y cuarenta y dos.
Hoy es viernes catorce de mayo de dos mil veintisiete.
Idalia sigue en Miami con sus muelas intactas, y el edificio luce ahora una ventana interior de setenta centímetros por cincuenta que comunica mi mundo con el de Iván Montoya.
Hoy, esa ventana está adornada con un ramito de arrayán. Don Gilberto lo dejó temprano en el antepecho con una nota en su letra temblorosa: "Doctora, por el año".
La paciente en el sillón es Ernestina Borges, pero hoy no viene por ella. Trae a Alejandrito, su hijo de seis meses y tres semanas. El niño, nacido justo después del huracán Celia, se ha convertido en el paciente favorito de Teresa, aun sin tener dentadura.
—Doctora —dice Ernestina—, el niño lleva una semana con la boca abierta.
—Déjeme ver, Alejandrito.
Le abro la boca con suavidad. Allí, en la encía inferior, brilla un punto blanco diminuto.
—Ernestina, es el primer diente. Un incisivo central inferior.
—¡Doctora, el primer diente! —exclama ella emocionada.
—Está saliendo perfecto. Le va a molestar unos días; dele algo frío para morder y, si llora mucho, le firmo una receta de paracetamol infantil.
Salimos a la recepción. Teresa, al verlos, deja el rosario sobre el mantel y extiende los brazos. Alejandrito se lanza hacia ella con una risa sin dientes.
—¡Mi rey, sacaste diente! —grita Teresa besándolo.
A través del ventanuco abierto, veo a Iván sonreír. Ha escuchado todo.
—Iván —le digo—, Alejandrito te va a necesitar en unos años.
—¿Para qué, Daniela?
—Para cuando Teresa decida que tu estudio es la nueva sala de espera pediátrica oficial.
Iván ríe con los hombros. A las once, Ernestina se despide y la consulta recupera su calma. El Vedado de mayo tiene esa luz clara de los viernes que prometen algo grande. Y ese "algo" empieza a las dos de la tarde.
A la una, Teresa se marcha y Nelson ya ha cerrado el estudio.
Iván y yo nos quedamos solos terminando de asegurar el edificio.
Bajamos a la calle con dos bolsas de ropa limpia; mañana es el cumpleaños setenta y uno de mi padre y habrá almuerzo oficial con la cadena de la familia, pero antes tenemos una cita privada.
Tomamos un taxi.
—Avenida del Puerto, señor. Registro Civil —le indico al chófer.
Iván me aprieta la mano durante el trayecto.
—¿Nervios, Daniela?
—Los justos. ¿Y tú?
—Seguro desde aquel diez de junio junto a las tintas. Lo sabes.
—Lo sé.
Llegamos a las dos menos cuarto. En la acera nos espera nuestro pequeño ejército: mi padre con su guayabera blanca y la cadena de mi tío Raimundo en una cajita; mi madre con un vestido azul y sombrero de paja; Bárbara y Alberto; Manolita con su bastón nuevo; Regla con su pañuelo granate; Chuchi impecable y Hortensia Zayas con Mayra.
—Ya estamos en mayo, Ermenegildo —le dice Iván a mi padre.
—Ya estamos, hijo —responde él con un gesto solemne.
Subimos a la tercera planta. Hortensia del brazo de Mayra, mi padre con su paso de cirujano y Regla desafiando su dolor de rodilla. En el despacho nos recibe Yolanda Campos, una oficial de la vieja escuela administrativa que tiene los papeles listos desde abril.
La ceremonia dura catorce minutos exactos. Sin música ni dramas innecesarios. Iván dice "sí" con voz limpia. Yo digo "sí" con la misma firmeza. Mi padre y Regla firman como testigos. Yolanda sella el acta y nos la entrega con una sonrisa profesional.
—Enhorabuena, señora Montoya Sotolongo. Señor Montoya Navarrete.
Al salir al pasillo, Hortensia levanta su bastón.
—Esto ha sido una boda cubana de urgencia —sentencia—. Discreta en el trámite, pero inmensa en el corazón. Desde hoy, son ustedes un matrimonio de los que cuentan.
En el descansillo, mi padre saca la cajita de terciopelo. Contiene una cadena de oro de veintidós quilates de mil novecientos cincuenta y cinco. Me aparto el pelo y él me la coloca con una delicadeza que no conocía en sus manos.
—Raimundo hubiera querido esto —susurra mi padre—. Tu madre me dijo hoy al amanecer que este era el día.
Mi madre se adelanta entonces y le entrega a Iván otra cadena idéntica, la de su propio tío Alfonso, muerto también joven.
—Es tuya, Iván. Acéptala. Ya eres de los nuestros.
Se la pongo yo. El gancho de oro se enreda con la guirnalda de flores blancas tatuada en su cuello. Iván me pone una mano en la cintura y sonreímos.
—¡A comer! —ordena Hortensia.
Bajamos y tomamos dos taxis hacia el consultorio. Hemos decidido que el almuerzo de celebración sea allí, en nuestra sala común, el espacio que compartimos durante doce meses. La cocina la ha dirigido Regla; Chuchi trajo el pan y Mercedes, su mujer, dos flanes de coco de Pinar del Río.
Llegamos a las tres y diez. Teresa nos recibe con copas de cava que consiguió Nelson. Todo está listo: la mesa larga, la música baja y los jarroncitos con flores de tamarindo que Iván y yo recogimos anoche.
A las tres y media, mi padre se pone en pie y levanta su copa. El silencio se hace absoluto.
—Hoy, catorce de mayo, un año después de que cayera esa pared, mi hija Daniela e Iván han firmado su compromiso.
Iván, bienvenido a esta familia. Te has abierto la puerta tú solo con decencia y oficio.
Y a ti, Daniela... solo te digo que estoy orgulloso.
No por la boda, sino porque decidiste por ti misma la vida que querías.
Eso es lo que yo nunca aprendí a hacer a tiempo. Salud.
Nadie aplaude; no es el estilo de mi padre. Pero todos bebemos con una alegría profunda. El almuerzo se alarga hasta las seis y media entre arroz con pollo, cerdo asado y una tarta de guayaba con dos figuritas de azúcar: una bata blanca y una camisa negra tatuada.
A las siete menos cuarto, cuando los invitados se han marchado, quedamos los de siempre. Teresa recoge su rosario y Molar se acurruca satisfecho.
—Doctora... ¿cerramos la ventana? —pregunta Teresa.
—Hoy no, Teresa. Déjala abierta para siempre.
Hortensia se despide con un último aviso:
—Ya no me deben la boda, ahora me deben un nieto en foto antes de que Dios me llame. Cuídenme el jazmín de arriba mientras viajan.
Salen todos. Iván y yo nos quedamos en la acera de la calle L a las siete y veinte de la tarde. Exactamente un año después del desmoronamiento.
—¿Subimos? —pregunta Iván.
—Subimos.
Entramos al consultorio a oscuras. La luz del atardecer cruza el ventanuco de cedro creando un recorrido dorado que antes no existía. Nos quedamos en el centro de la sala, junto al hueco donde cayeron los ladrillos. Iván me toma de las manos.
—Un año, Daniela. ¿Qué aprendimos?
—Dos cosas, Iván. La primera: que las paredes no se caen por error, se caen cuando los que están a ambos lados necesitan que caigan. La segunda: que cuando una pared cae, puedes levantarla igual o puedes dejar una ventana.
Me besa. Es un beso de tres segundos —los últimos que contaré en mi libro—, rodeados por el olor a jazmín y el silencio de la consulta vacía.
Bajamos las escaleras y cerramos el edificio. La calle L huele a tamarindo caliente, igual que hace un año. Caminamos hacia el Malecón, del brazo, dejando atrás dos locales que hoy son uno solo. Una odontóloga del Vedado y un tatuador de Lawton, unidos por una grieta que resultó ser una salida.
Caminamos hacia donde nos lleve el mar. Eso es todo. Y es más que suficiente.