VEINTINUEVE
El almuerzo del domingo ocho en casa de los Sotolongo empieza a la una y media, acaba a las cinco, y se instala, por unanimidad no declarada, en la categoría de las tardes habaneras que uno va a recordar durante años sin necesidad de fotos.
Regla llega a la una y veinte con su vestido azul marino de puntitos, el bolso de nácar y el flan en un recipiente de cristal con tapa hermética.
Lo ha comprado aquella mañana a una vecina de Lawton porque el suyo, según dice, no estaba a la altura de una mesa del Vedado.
Mi madrina, a los sesenta y ocho años, posee esa dignidad habitual de las mujeres cubanas que, cuando salen de visita a una casa de alcurnia, se miden hasta el envase del postre para no desentonar.
Marta Viera la recibe en el descansillo.
Se dan dos besos. Marta le coge el flan con una delicadeza que reconozco como el sello de bienvenida de las señoras del Vedado: no se toma el postre con la mano estirada del ama de casa que confisca un tributo; se recibe con las dos manos y con la mirada bajada medio centímetro.
Es el gesto cubano de aceptar que el invitado ha traído algo importante.
—Regla.
—Marta.
—Pasa, adelante.
Entramos los tres, porque yo cierro la marcha. Daniela ya está dentro, luciendo un vestido ligero de manga corta color hueso que se ha puesto por primera vez desde el almuerzo del cumpleaños de su padre. Lleva el pelo recogido en un moño suelto que le da un aire relajado.
—Regla —saluda Daniela al salir al recibidor.
—Mija.
Daniela, en el primer gesto que no habíamos previsto, le da dos besos a Regla y, acto seguido, un abrazo corto, de esos de tres segundos de verdad.
No la había visto abrazar así a ninguna mujer mayor en todos estos meses.
Regla acepta el contacto con la naturalidad de quien ha recibido muchos abrazos y sabe distinguir el protocolo del afecto. Este es de afecto.
El doctor Sotolongo aparece en el salón.
Hoy ha abandonado la camisa blanca de puños abotonados.
En su lugar, viste una guayabera de lino crema con bolsillo y un pañuelo fino.
Es la primera vez que lo veo con guayabera; a los setenta años, mi suegro potencial se ha permitido, al fin, relajar el uniforme de batalla.
—Señora Peralta —dice con voz profunda.
—Doctor. Ermenegildo.
—Bienvenida a casa.
—Con su permiso.
—Permisos no hacen falta, señora Peralta. Esta casa la preside hoy mi esposa, y ella ha decidido que usted es nuestra invitada de honor.
Regla asiente. Marta le señala el sillón grande y ella se acomoda con elegancia.
Daniela trae agua con limón mientras Bárbara, que ha llegado antes con Alberto, se levanta para saludar.
Alberto, ingeniero de cuarenta y dos años, se comporta con Regla como un hombre cubano educado por una madre del Vedado: con una deferencia medida y silenciosa.
El almuerzo es una coreografía de sabores: arroz con pollo, ensalada de aguacate y tomate, tostones recién hechos y yuca con mojo.
De postre, los dos flanes comparten la mesa sin jerarquías: el de coco de Marta y el de vainilla de Regla.
El doctor, en un gesto que todos registramos, se sirve primero el de Lawton.
—Ermenegildo —dice Regla.
—Dígame, señora Peralta.
—El flan...
—Exquisito. Está hecho con leche fresca, se nota.
—De la vaca que tiene mi vecina en la calle seis —explica ella—. Se llama Camila. La vaca, no la vecina.
El doctor, que rara vez se permite una carcajada, suelta una risa entera por primera vez en el día. Todos lo seguimos. Regla, desde su sitio, mantiene una sonrisa pequeña; no se ríe, pero registra el triunfo de haber conquistado la mesa.
«Tranquilo, Iván. Uno: Regla acaba de ganar este terreno. Dos: llevaba sesenta y ocho años preparándose para esto. Tres: no interrumpas el flujo».
A las cuatro, con el café humeando en las tazas, el doctor me mira directamente.
—Iván.
—Dígame, doctor.
—El edificio. El del consultorio de mi hija. El que tiene una pared caída desde mayo.
—Sí, doctor. ¿Qué ocurre?
—El administrador es Rogelio Argüelles. Lo conozco bien. Me llamó ayer para informarme de que la reparación ya tiene fecha definitiva.
—¿Cuándo empiezan?
—El sábado veintiocho de noviembre. En tres semanas exactamente.
Miro a Daniela. Ella evita mi mirada y se concentra en su taza de café.
«Tranquilo, Iván. Uno: la pared se cierra en tres semanas. Dos: llevamos seis meses y medio con el hueco. Tres: la reparación no significa hoy lo mismo que significaba en junio. Cuatro: ella ha bajado la vista. Cinco: este no es el lugar para hablarlo».
—Gracias por el aviso, doctor.
—No se dan.
El almuerzo termina a las cinco. Regla y yo regresamos a Lawton en un taxi. Durante diez minutos, ella guarda un silencio absoluto. Al minuto once, me mira.
—Mijo.
—Dime, Regla.
—Esa mujer, Marta... es de las buenas.
—Lo sé.
—A las mujeres de esa generación les han robado mucha risa, mijo. Hoy Marta se ha reído cuatro veces. Las he contado. Eso es una devolución de vida.
—Gracias por venir, Regla.
—A ti por llevarme. Pero que conste que el flan era mío.
La semana siguiente transcurre con normalidad.
El lunes llego al edificio y encuentro a Teresa con San Antonio y la Caridad en el mostrador.
Santa Bárbara ha vuelto al cajón; la tormenta de Celia es ya un recuerdo.
Daniela entra, saluda e intercambiamos nombres de pila delante de todos.
Ya no nos cuesta. Los pacientes habituales, como don Gilberto, se alegran por nosotros con esa complicidad de quien ha sido testigo del proceso.
El miércoles, compartimos el café de Chuchi en el pasillo. Tres meses de rutina y no nos cansamos de esos noventa centímetros de espacio compartido. Sin embargo, el jueves por la tarde, Nelson me llama desde la sala común.
—Hermano, el administrador está aquí con Teresa.
Salgo al encuentro de Rogelio Argüelles. Es un hombre de sesenta y cuatro años, calvo y eficiente, que lleva doce años gestionando el edificio.
—Iván, la pared —dice Rogelio—. Sábado veintiocho. Cuadrilla de cuatro hombres. El lunes treinta estará todo como antes. Medianera de ladrillo macizo, revoco y pintura blanca. Recuperación idéntica.
Me quedo en silencio. «Tranquilo, Iván. Uno: la pared se cierra. Dos: el hueco desaparece. Tres: el estudio vuelve a ser una isla. Cuatro: el consultorio también. Cinco: respira».
Daniela sale en ese momento de su despacho.
—Rogelio, buenas tardes.
—Buenas tardes, doctora. Le comentaba al señor Montoya lo de la obra.
—Tengo una pregunta, Rogelio —interviene ella con firmeza—. ¿El reglamento permite que dos inquilinos colindantes acuerden dejar un hueco en la medianera si ambos firman un consentimiento?
Rogelio parpadea, sorprendido. Mira a uno, luego al otro.
—¿Me pregunta por el reglamento o por un caso concreto, doctora?
—Por el reglamento, primero.
—El artículo quince punto tres lo permite, siempre que se respete la carga estructural y la aseguradora no se oponga.
Daniela me mira. Yo le sostengo la mirada. Teresa, en su silla, parece haber dejado de respirar.
—Rogelio —digo yo—. Es un caso concreto.
—¿Y qué forma tendría ese hueco?
—Daniela —le pregunto—. ¿Qué forma quieres tú?
Ella se queda quieta diez segundos. Observa el hueco actual, el pasillo, a Teresa. Luego se gira hacia mí.
—Una ventana interior, Iván. A la altura del mostrador, con postigos de madera de cedro. Que se abra y se cierre cuando queramos. Ni el hueco total de ahora, ni una pared ciega. Una ventana de setenta por cincuenta.
Rogelio asiente despacio, calculando mentalmente.
—Es factible. La estructura lo soporta. Hará falta burlete para el aislamiento sonoro si buscan intimidad profesional. Si firman mañana, yo levanto el acta.
—Iván, ¿firmamos? —pregunta Daniela.
—Firmamos.
Teresa se levanta de su silla y se acerca a nosotros, pasando una cuenta de su rosario.
—Una ventana... —susurra—. Eso lo apunto yo en el libro de la consulta como la decisión más cubana que se ha tomado aquí en ocho años.
La tarde del jueves y el viernes son un torbellino de trámites administrativos que resolvemos con solvencia. El viernes trece llega la confirmación sellada: ventana interior de cedro para el sábado veintiocho.
—Iván... ese sábado, ¿dónde quieres estar?
—Donde tú decidas, Daniela.
—Quiero estar aquí. Viendo cómo la ponen. Con Teresa, con Molar... y con Regla, si quiere venir.
—Le preguntaremos. Y a Chuchi también.
—Será la inauguración del ventanuco —dice ella con una sonrisa.
—Ventana, Daniela. Llámalas por su nombre.
—Ventanuco suena mejor.
El domingo almorzamos los tres en mi apartamento de Lawton. Es la primera vez que Daniela entra en mi casa. Le enseño mi repisa de la Virgen. Ella se detiene ante un objeto nuevo: un trozo de yeso del tamaño de una moneda.
—Lo recogí la mañana del catorce de mayo —le explico—. Estaba en el suelo. Lo guardé y lo olvidé hasta hace poco.
—¿Lo vas a quitar el día veintiocho?
—No. Lo voy a dejar ahí. A la pared nueva no le hace falta, pero a mi repisa sí.
—Esa frase me la apunto —murmura ella.
Al despedirse, Regla le entrega un pañuelo granate.
—Póntelo el sábado de la ventana, mija. Es el que usé yo cuando Fernando me propuso matrimonio. Te va a traer suerte.
—Regla... solo es una ventana.
—Lo sé, mija. Es un pañuelo de abrir ventanas. Y a veces, con eso basta.
Daniela se marcha en un taxi. Regla se queda un rato más ayudándome a recoger. Antes de irse, me suelta la última noticia: vendrá el sábado con Chuchi. Se llamaron por teléfono y han quedado en venir juntos.
Cierro la puerta y vuelvo al salón. Miro la repisa.
Ahora son siete objetos: la Virgen, Santa Rita, la microflor, el caracol, el pañuelo, el vaso de agua y el trozo de yeso.
Mi madre amaba el orden de los seis, pero creo que hoy aceptaría el siete.
El siete es el número de los comienzos, y nosotros apenas estamos empezando a abrir la primera ventana.