VEINTIOCHO
El lunes cinco, cuando llego al edificio a las ocho menos cuarto con la rejilla de los tres cafés de Chuchi, Teresa ya ha ocupado su puesto.
Noto que ha renovado el altar del mostrador con una estampita que no le había visto antes.
La coloco con cuidado al lado de la Virgen de la Caridad. Es San Antonio de Padua.
—Muchacho —me saluda ella con una chispa nueva en los ojos.
—Doña Teresa. Buenos días.
—San Antonio hoy, muchacho. ¿Sabes por qué?
—Dígame usted, que es la que lleva la agenda del cielo.
—Es el patrón de los enamorados y de las cosas perdidas —sentencia con solemnidad—. Hoy toca él porque, por fin, ya no hay cosas perdidas en esta casa. Y eso, desde que se cayó la pared en mayo, es la noticia más grande del año.
—Usted lo sabe todo, doña Teresa. No se le escapa un suspiro.
—Muchacho, la doctora me llamó ayer mismo al terminar el almuerzo en casa de sus padres. Tuvo la elegancia de avisarme a mí primero; antes que a las socias, antes que a las abogadas y antes que al mismísimo Ministerio. Lo ha hecho con una limpieza admirable.
A las ocho y media en punto, la puerta de la calle se abre. Daniela entra y cruza la sala común con su paso firme, pero hoy hay una luz distinta en su rostro. Se detiene un segundo.
—Buenos días, Teresa.
—Buenos días, doctora.
—Señor Montoya... —hace una pausa breve y se corrige con una sonrisa que le ilumina la cara—. Buenos días, Iván.
Teresa sonríe para sus adentros sin levantar la vista de sus papeles.
—Buenos días, Daniela —respondo, saboreando el nombre en voz alta por primera vez en el trabajo.
Ese es el momento exacto en el que el cambio se oficializa. Sin ceremonias innecesarias, como ocurren las cosas que de verdad importan. Teresa pasa una cuenta de su rosario con un gesto que me parece una bendición en miniatura desde el umbral de mi estudio.
El martes seis, a las cuatro de la tarde, Regla y yo llegamos al CIMEQ.
Regla se ha vestido con sus mejores galas: el vestido azul marino de puntitos blancos que guarda para los domingos y un bolso de nácar que llevaba quince años dormido en el armario.
También ha traído un ramo de buganvillas recién cortadas de su patio.
El doctor Sotolongo nos recibe en su despacho privado. Está de pie, esperándonos con una presencia que impone, pero sus ojos parecen haber suavizado el filo. Le tiende la mano a Regla antes que a nadie.
—Señora Peralta, un placer recibirla. Soy Ermenegildo Sotolongo.
—Regla Peralta Calderón, doctor. El gusto es mío.
Regla le entrega las flores y él las recibe con una dignidad de oficial. Las coloca en un jarroncito que, noto con sorpresa, ya tenía agua preparada. Estaba esperando este encuentro.
—Siéntese, por favor. Iván, tú también.
La conversación fluye durante cuarenta y cinco minutos.
Descubren que sus vidas se cruzaron en el año setenta y dos, cuando Regla era auxiliar en el policlínico de Lawton y Ermenegildo un residente de cirugía de veintitrés años.
Ella recuerda un detalle que el doctor había sepultado bajo miles de expedientes: la noche que él operó a Fernando, el marido de Regla, ganándole quince años de vida a una válvula que parecía sentenciada.
—Doctor —dice Regla con voz pausada—, yo no he venido a pasarle factura de gratitud.
He venido a decirle, delante de mi ahijado, que el destino es una cosa muy redonda.
El cirujano que le regaló quince años a mi marido es el padre de la mujer que hoy quiere a este muchacho. No podía dejar de mencionarlo.
El doctor asiente despacio, procesando la información. Luego me mira fijamente.
—Iván, esa conexión entre su madre adoptiva, mi bisturí del setenta y dos y usted, tiene un nombre: se llama "deuda afectiva habanera". Esas deudas suelen terminar uniendo a la gente de formas que nadie sospecha.
Regla ríe por lo bajo.
—Doctor, yo no he emparejado a nadie, se lo juro. Bastante tengo con mi gato Moncho.
—Lo sé, señora Peralta. Se nota que usted es mujer de criterio.
Salimos de allí a las cinco menos cinco. El doctor nos acompaña hasta la puerta y vuelve a darnos la mano. Invita a Regla a almorzar el domingo a su casa; una invitación real que Marta, su esposa, agradecerá. Regla acepta con la condición de llevar un flan de su madre.
En el Lada de vuelta a Lawton, Regla permanece en silencio diez minutos, asimilando el encuentro. Al minuto once, se gira hacia mí.
—Mijo... ese doctor es un hombre de ley.
—Siempre lo supe, Regla. Aunque Daniela haya tardado media vida en reconciliarse con su sombra.
—Es ley de vida, mijo. Los hijos tardan en ver a los padres y los padres tardan una eternidad en ver a los hijos. A mi edad, uno se conforma con que lleguen a verse a tiempo. Gracias por dejarme acompañarte.
El miércoles catorce, Manolita Ruisánchez acude finalmente al consultorio para extraerse la muela del juicio. Teresa ha sumado a Santa Apolonia, la patrona de los dentistas, al mostrador.
—La saqué hoy porque hoy hace falta —me dice con un guiño.
Daniela realiza la extracción en dieciocho minutos. Un trabajo impecable. Al terminar, mientras Manolita muerde la gasa para hacer presión, le pide a Daniela que escuche con atención.
—Hija, el muchacho y tú no deben tardar con la cadena.
—¿Qué cadena, Manolita? —pregunta Daniela confundida.
—La cadena del compromiso. Nada de anillos ostentosos. Una cadena de oro suave, discreta, de las que se usaban antes. Tu padre tiene una guardada en la caja fuerte desde el cincuenta y cinco; era de su hermano Raimundo. Pídesela hoy mismo. Él está esperando que lo hagas.
—Pero si es pronto...
—Es el momento exacto, hija. Cuando el corazón llega a esa hora, lo sabe por dentro. Y si tú no lo sabes, ya te lo digo yo: la hora llegó.
Daniela la acompaña hasta el taxi. Al regresar, Teresa la observa desde su puesto de mando.
—Doctora... ¿escuchó a la doctora Ruisánchez?
—La oí, Teresa. Lo voy a meditar.
—Piénselo rápido. Manolita tiene un oído finísimo para estas cosas. Si ella dice que es el sábado próximo, es porque el calendario ya está marcado arriba.
El sábado veinticuatro, Daniela y yo damos nuestro primer paseo oficial por el Malecón cogidos de la mano.
No fue algo planeado; simplemente, al llegar a la esquina de L con Línea, ella busca mis dedos y yo entrelazo los míos con los suyos.
Caminamos hasta la calle Maceo. Nos cruzamos con el doctor Escandón, que nos saluda con una inclinación de cabeza solemne.
Pasamos junto a pacientes y desconocidos.
La ciudad sigue su curso y nadie se escandaliza por ver a un tatuador y a una odontóloga compartiendo el mismo aire de octubre.
—Iván... esto es lo que nos estaba esperando hace cinco meses —susurra ella.
—Lo sé.
—Es mucho más sencillo de lo que imaginé.
—Casi siempre lo es cuando se camina paso a paso, Daniela. Sin saltarse ningún ladrillo.
El viernes treinta, el último suspiro del mes, el doctor Sotolongo llama a Daniela al mediodía. Le informa de la existencia de la cadena de Raimundo. No se la da todavía, pero le hace saber que está a su nombre desde el año noventa y seis, esperando un motivo para salir de la caja fuerte.
Daniela cuelga y se queda un momento pensativa en su gabinete.
Teresa pasa las cuentas del rosario, yo trabajo en mi estudio y Molar duerme plácidamente.
El Vedado sigue siendo el Vedado, con sus fachadas desconchadas y su dignidad intacta.
Pero en este edificio de la calle L, la vida se mueve con un ritmo diferente desde el catorce de mayo.
Y ese pequeño cambio, a las doce y catorce minutos de un viernes de otoño cubano, nos parece más que suficiente para ser felices.