De guardia con mi enemigo VEINTISIETE
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VEINTISIETE

La mañana del sábado tres de octubre amanece en La Habana con un cielo limpio, una brisa del norte que entra por el balcón con olor a mar y a jazmín, y una temperatura de veintiséis grados a las ocho y media.

Es una caricia meteorológica que yo, en cualquier otra circunstancia, apreciaría con deleite.

Hoy me da igual. Hoy el clima es un dato irrelevante.

A las tres de la tarde, Iván va a cruzar el umbral de la casa de mis padres en la calle Veintinueve.

Se lo voy a presentar a mi padre con su nombre, su apellido y su oficio, en un salón que huele a barniz antiguo y a ese café que mi madre prepara desde las diez con un nerviosismo inédito.

Mi madre me llamó a las ocho menos cuarto.

—Hija.

—Mamá.

—¿Has dormido algo?

—Poco, la verdad.

—Es lo normal.

—Mamá... ¿usted está bien?

—Yo estoy como se está una madre que a los sesenta y un años recibe por primera vez al hombre que va a entrar en la vida de su hija menor —responde con voz contenida—. Ni bien ni mal. Ocupada.

Me detalla el menú: ropa vieja, plátano maduro, arroz blanco, ensalada de aguacate y flan de coco.

Lo clásico. "Tu padre me ha pedido que no invente", sentencia.

Bárbara vendrá sola para evitar el ruido de los niños.

Manolita estará presente. Arturo se unirá desde Madrid por videollamada a la hora del café.

Cuelgo y me meto en la ducha. Ocho minutos bajo el agua tibia. Al salir, me planto frente al armario.

Daniela, respira. Uno: hoy no es día de experimentos. Dos: piensa despacio. Tres: un vestido parecería un disfraz. Cuatro: un pantalón con camisa es el uniforme de la sensatez. Cinco: elige lo que tu madre valoraría sin necesidad de mirarte dos veces.

Me pongo un pantalón crema de pinzas y una blusa color hueso, cerrada y discreta.

Los pendientes finos, el anillo de oro de la abuela Ofelia y el pelo en un moño bajo, ligeramente suelto.

A las nueve y cuarto, mientras bebo café, miro a la Virgen del aparador.

No rezo, pero le sostengo la mirada como quien busca un testigo silencioso.

A las nueve y cincuenta suena el móvil. Es él.

—Iván.

—Daniela... ¿estás desayunada?

—Sí. ¿Y tú?

—Pan con queso y café con Regla. Vino a las ocho a traerme un huevo duro. Dice que es su forma de dar apoyo moral en situaciones difíciles.

—¿Estás nervioso?

—Llevo tres noches sin pegar ojo. Anoche me dormí a las cuatro.

—Yo igual. ¿Llevas la camisa crema?

—Sí. Y las mangas largas, sin subirlas. Te lo prometo.

Nos citamos a las tres menos cuarto en la esquina de Veintinueve y Seis.

—No te vas a equivocar —le aseguro.

—Mi padre hoy se juega más que tú.

A las dos y treinta y cinco, bajo del taxi en el punto de encuentro.

Iván ya está allí. La camisa de Regla le queda impecable.

El cuello abotonado oculta casi por completo la enredadera; apenas asoma un centímetro de piel, lo justo para que un ojo experto sospeche, pero insuficiente para que un prejuicioso sentencie.

Caminamos las dos cuadras en silencio. Subimos al segundo piso. Toco el timbre: las tres notas de mi abuelo Ermenegildo. Abre mi madre.

—Mamá.

—Pasa, hija.

Le entrego el jazmín. Ella mira a Iván. Se sostienen la mirada tres segundos. Hay un reconocimiento mudo, una evaluación de piel a piel. Mi madre, rompiendo mi pronóstico, le tiende la mano con una calidez genuina.

—Iván... soy Marta Viera, la madre de Daniela.

—Mucho gusto, doña Marta. Iván Montoya Navarrete.

Entramos. El salón es un despliegue de lino blanco y vajilla de gala. Manolita y Bárbara se levantan.

Daniela, respira. Manolita ya lo vio aquel catorce de julio. Hoy le toca hacer la pieza fina. Ya lo hizo una vez; confía en ella.

Manolita le tiende la mano primero, en un gesto que es un perdón renovado.

—El honor es mío, hijo —le dice.

Bárbara sonríe con esa dulzura que usa para desarmar a los extraños. Y entonces, la temperatura del salón cambia.

Mi padre entra desde el despacho.

Lleva camisa blanca abotonada hasta los puños, algo que solo hace en eventos oficiales. Su presencia de setenta años recién cumplidos llena el espacio. Se detiene. Iván está a dos metros. El silencio es una campana de cristal a punto de romperse.

Mi padre hace una inclinación de cabeza. Iván responde con el mismo grado exacto de cortesía que le enseñó Hortensia. Entonces, mi padre avanza y le tiende la mano.

Daniela, respira. Se la ha tendido él primero. No tenía por qué. Esto es una medición de terreno, un reconocimiento de dignidad. Iván, dale la mano ya.

El apretón es firme.

—Ermenegildo Sotolongo Arriaga. Bienvenido a esta casa, Iván.

—Gracias, doctor.

Se sientan. Mi padre empieza a enumerar su red de informantes: Roque Escandón, don Gilberto, don Mauricio, Manolita, mi madre...

—Llevo dos meses juntando datos —dice con una media sonrisa—. Tengo una imagen bastante completa de usted.

—Doctor —responde Iván con aplomo—. Ha juntado usted más datos de los que tengo yo de mí mismo.

Mi padre ríe. Es una risa que no le oía desde hace años.

—Esa es la respuesta correcta —sentencia.

Nos sirven cervezas Bucanero. Brindamos "por los que llegan". Mi padre pregunta por su madre, por Dolores. Iván responde con la verdad: la diabetes, la falta de atención a tiempo. El dolor compartido de dos hombres que conocen los policlínicos por razones opuestas.

—Me gustaría conocer a Regla Peralta —dice mi padre de repente—. Invítela al CIMEQ un martes. No como médico, sino como yerno potencial presentándose.

El silencio que sigue es eléctrico. Iván asiente.

—Sería un honor —dice.

Mi padre remata con un "No se dan", usando la misma frase que ha sido nuestro código secreto durante meses. Iván me mira de reojo; sé que está conteniendo la risa.

Almorzamos. El flan de coco es la gloria. Mi madre revela que Mercedes, la mujer de Chuchi, le trajo el coco en una bolsa negra el jueves. Resulta que las mujeres del Vedado tienen una red de inteligencia que deja a la contrainteligencia estatal como un juego de niños.

—Mercedes me lo cuenta todo, yo no le cuento nada a mi hija. Así funcionamos —dice mi madre mientras me guiña un ojo.

Al final, con el último café, mi padre se pone serio. Mira a Iván fijamente.

—¿Usted tiene intención de casarse con mi hija?

Daniela, respira. La pregunta del millón. No hables tú. Deja que Lawton responda al Vedado.

—Doctor —dice Iván, sosteniendo los ocho segundos de mirada—. Esa es una decisión que tomaremos ella y yo cuando decidamos. Hoy la quiero con la intención de construir algo nuevo. Si se llama matrimonio, bien. Si no, también. Pero la respuesta nos corresponde a nosotros dos. En ese orden.

Mi padre asiente lentamente.

—Dos de dos correctas. Va usted bien, yerno potencial.

La tarde termina con besos de Manolita y abrazos de mi madre. Mi padre vuelve a darle la mano a Iván en la puerta.

—Martes que viene. Tráigame a Regla.

Bajamos a la calle. El sol de octubre es un manto de oro sobre la acera.

—Iván.

—Dime.

—Fue mejor de lo que esperaba.

—Mucho mejor, Daniela.

—Te llamó yerno potencial.

—Lo oí. Es un título con fianza, y esos no se regalan. ¿Caminamos?

—Caminamos.

Empezamos a andar hacia el Malecón. Sin paredes, sin plazos, con el aire de verdad dándonos en la cara. Todo ha empezado hoy. Por fin.