De guardia con mi enemigo VEINTISÉIS
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VEINTISÉIS

Salimos del apartamento a las once y dos minutos de la noche.

La calle L, a esa hora y con Celia a cinco horas de distancia, exhala esa atmósfera densa y eléctrica de las horas previas a los huracanes cubanos.

Es un ambiente que conozco bien; no son frecuentes, pero los que llegan se graban en la memoria como una marca de fuego.

El viento, todavía moderado pero silbante, ha empezado a levantar un remolino de hojas secas sobre el asfalto.

La lluvia es gruesa, constante, un martilleo que no admite descanso.

Las farolas de las primeras dos cuadras se apagaron hace diez minutos; más allá, hacia el Malecón, algunas resisten todavía con una luz mortecina.

Iván tiene el Lada de Nelson aparcado a la vuelta. Subimos rápido, esquivando los charcos que ya empiezan a colonizar la calzada.

—Daniela.

—Dime, Iván.

—¿Por dónde empezamos?

—Al policlínico primero. Si no está allí, iremos a la farmacia de Veintitrés y Seis. Si tampoco aparece, probaremos en casa de su prima Marisol, en Diecisiete y Cuatro; a veces se refugia allí cuando hay tormenta. Y si no, a su propia casa, por si regresó por otro camino.

Iván me mira un segundo antes de meter primera.

—¿Y si no está en ninguno de esos sitios?

—Iván, vamos por orden. No pienses en el final todavía. Primero, el primero.

—Está bien.

Arranca el Lada. Subimos por L hacia el norte, sorteando algunas ramas que el viento ya ha empezado a desgajar.

El policlínico, a siete cuadras de distancia, nos recibe con una imagen desoladora: portón echado y luces de emergencia.

Un guardia asoma la cabeza por un postigo tras nuestros golpes.

Nos explica que el doctor de turno fue enviado a casa a las nueve por orden ministerial.

—¿Vio a un señor mayor esta tarde? Guayabera blanca, bastón, pelo gris... buscaba medicinas.

—Mire, aquí han venido muchos así hoy. Pero sí, recuerdo a uno con guayabera. Vino como a las siete y veinte. Se fue hacia Veintitrés.

—¿Iba solo?

—Solo, con una bolsa en la mano. Cuídense, que esto se va a poner feo.

Volvemos al coche. Iván conduce hasta Veintitrés y Seis. La farmacia está, como era de esperar, cerrada a cal y canto. Sin embargo, en la acera de enfrente, una mujer intenta achicar agua de un portal con una escoba, protegida por un paraguas que el viento ya ha doblado.

—Señora, perdone. ¿Vio a un anciano con bastón por aquí?

—¿Don Mauricio? ¿El vecino de la doctora Sotolongo? —pregunta ella, reconociéndome.

—Sí, él mismo.

—Hija, pasó por aquí a las ocho menos cuarto. Estuvo un rato frente a la farmacia, todo mojado. Le dije que se fuera al refugio de la escuela, pero me dijo que no, que tenía que llegar a "su sitio". Se fue a pie por Veintitrés, hacia el este.

—¿Hacia la calle L?

—Sí, hacia allá. Tengan cuidado, que Celia ya está encima.

Daniela, respira. Don Mauricio ha caminado hacia el este, hacia el edificio del consultorio. Es su lugar seguro, su rutina. El local está cerrado desde las cuatro y él no tiene llave, pero conoce ese portal como la palma de su mano. Está allí, esperando.

—Iván, al consultorio. Ahora mismo.

A las once y treinta y cinco de la noche, el edificio aparece ante nosotros. Entre las sombras de las persianas metálicas y la lluvia que arrecia, distinguimos un bulto pequeño sentado en el escalón. Sostiene un paraguas inservible y tiene la mirada perdida.

—¡Don Mauricio!

El anciano levanta la cabeza. Está empapado hasta los huesos; su guayabera blanca se ha vuelto gris y se le pega al cuerpo. Tiene los labios azulados y la respiración entrecortada.

—Danielita... sabía que vendrías.

—Don Mauricio, por Dios... Iván, abre el portal. Tengo las llaves aquí.

Subimos las escaleras cargándolo entre los dos.

Don Mauricio pesa poco, una fragilidad de setenta años acentuada por el agua y el frío.

Al entrar en la consulta, lo acomodamos en el sillón dental.

Le quito la guayabera empapada y le pongo una bata blanca limpia mientras Iván le seca el pelo con una toalla.

Le tomo las constantes: tensión dieciséis con nueve, azúcar en cincuenta y ocho.

Mal. Le doy tres dedos de zumo de una botella de emergencia y le tomo el pulso. Está irregular.

—Don Mauricio, ¿por qué salió de casa con este tiempo?

—Se me acabó la insulina, hija. Dulce no quería que saliera, discutimos... me porté como un niño terco. Salí igual.

—¿Lleva su medicación encima?

Iván registra el bolsillo de la guayabera y saca un blíster.

—Metformina. Le falta la dosis del mediodía.

—Se la toma ahora mismo —sentencio—. Esta noche se queda aquí con nosotros, en el sofá de la sala de espera. No puede volver a salir hasta que Celia pase.

Llamo a su esposa, Dulce, para darle noticias. Su voz al otro lado del hilo es un puro sollozo de alivio. "Cuídamelo, Danielita, por lo que más quieras", me ruega. Le prometo que así será. Al colgar, veo que Iván le frota las manos a don Mauricio para devolverle el calor.

—Don Mauricio —digo para distraerlo—. A Iván lo voy a presentar a mi padre en tres semanas. En octubre.

Se hace un silencio en la sala. El anciano asiente despacio, con una sabiduría antigua.

—Hija... escúchame bien. Cuando lo lleves, hazlo en casa.

Nada de restaurantes ni oficinas. Que esté tu madre presente.

Y tú, muchacho... no te sientes hasta que el doctor Sotolongo te lo indique.

Camisa de manga larga, que no se vea ni un dibujo.

El tatuaje no se esconde para siempre, pero el primer día es para el respeto.

Después, que él se acostumbre poco a poco.

Iván asiente, interiorizando el protocolo.

A las doce y cuarenta, don Mauricio está estable y seco.

Lo acomodamos en el sofá con una manta y agua.

Antes de cerrar los ojos, nos confiesa que salió no por su insulina, sino por la de Dulce, que se estaba acabando y ella no quería preocuparlo.

"Estaba siendo su marido", susurra antes de quedarse frito.

Iván y yo nos refugiamos en la cocinita. Él prepara café y yo saco las tazas.

—Daniela.

—Dime, Iván.

—Lo que le dijiste a don Mauricio... lo de tu padre.

—Lo he decidido ahora. Mañana llamaré a papá, le pediré que atienda a don Mauricio como un favor personal. En emergencias médicas, mi padre no sabe decirme que no. Y después de eso, le diré que quiero que te conozca el próximo sábado. El tres de octubre. Me adelanto al plazo.

—¿Estás segura?

—Sí. Si me adelanto, la decisión es mía, no una concesión al tiempo que él marcó. Vas a venir con camisa de manga larga y cuello alto, Iván. Las que te regaló Regla.

—Regla te ha contado demasiadas cosas —sonríe él.

A la una y doce, la luz se va de golpe. El Vedado se sumerge en una oscuridad absoluta. Iván enciende la linterna y nos miramos bajo ese haz de luz amarilla.

—Celia ya entró —dice él.

—Entonces nos quedamos aquí.

Nos sentamos en el sillón de orejas verde oliva. Iván me rodea con el brazo y yo apoyo la cabeza en su hombro. Huele a jabón de Regla y a la paz que viene después de la tormenta personal.

—Iván... estoy tranquila.

—Yo también, Daniela. Por primera vez en mucho tiempo.

Celia pasa sobre La Habana a las tres y veinte de la madrugada. El apagón durará días, pero el edificio aguanta. Por la mañana, Teresa aparece con café caliente y pan, un milagro que solo ella sabe realizar tras un huracán.

Llamo a mi padre desde el fijo. Le explico lo de don Mauricio. Accede de inmediato:

—Tráemelo al CIMEQ en una hora.

—Papá... otra cosa. El sábado tres.

—Lo sé, Daniela. Tu madre me avisó. Te esperamos a las tres en punto.

—Gracias.

—Hija... recuérdale lo de las mangas largas. Para que no se me crucen los cables antes de tiempo.

Cuelgo. Iván me pone una mano en el hombro.

—Ya —me dice.

A las diez y media, llevamos a don Mauricio al hospital. Mi padre nos espera en la puerta. Saluda al anciano con respeto profesional. Luego, nos mira. Son tres segundos de una intensidad insoportable. Iván no baja la vista; sostiene el desafío con una dignidad que me infla el pecho.

Mi padre hace una inclinación de cabeza mínima. Iván responde con el mismo gesto exacto que Hortensia le enseñó. Ni un grado más, ni uno menos.

—Nos vemos el sábado a las tres —dice mi padre antes de entrar con el paciente.

La batalla está planteada. Y por primera vez, no tengo miedo de ganarla.