De guardia con mi enemigo VEINTICINCO
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VEINTICINCO

La vuelta de Varadero el domingo por la noche la hicimos envueltos en un silencio cómodo.

Daniela se quedó dormida en el asiento del copiloto durante el último tramo desde Matanzas, con la cabeza ladeada y una expresión de paz que yo no le conocía.

Llegamos a la consulta a las diez menos cuarto de la noche; ella había dejado su coche en el garaje del edificio y tenía que recogerlo para volver a su casa.

La despedí con un beso rápido en la mejilla y un apretón de manos formal en plena acera.

Era una precaución necesaria: medio Vedado parecía estar fuera a esa hora y a ninguno de los dos nos apetecía regalarles una primicia antes de tiempo.

El lunes por la mañana retomamos el guion habitual. Entré a las ocho menos cuarto con la rejilla de los tres cafés de Chuchi. La doctora apareció a las ocho y medio en punto. Cruzó la sala común, saludó a Teresa con su cortesía de siempre y alzó la voz al pasar frente al hueco de la pared.

—Señor Montoya.

—Doctora.

—Buenos días.

—Buenos días para usted también, doctora.

Entró en su consultorio y cerró la puerta. Ese fue todo nuestro contacto público del lunes.

Durante las tres semanas siguientes, esa rutina se convirtió en nuestro blindaje.

Por las mañanas volvíamos a ser la doctora Sotolongo y el señor Montoya.

A la una y media compartíamos el pasillo; a veces repartíamos el café de mi termo, otras cada uno llevaba su propia taza.

El vocabulario frente a Teresa, Molar, Nelson o cualquier paciente se mantenía en ese registro profesional que habíamos forjado en mayo.

Se sentía como un pacto tácito, una forma de proteger lo que éramos frente a la mirada inquisitiva del barrio.

Sin embargo, a partir de las siete de la tarde, el mundo cambiaba de color.

Había días en los que ella bajaba a Lawton y otros en los que yo subía al Vedado.

Cenábamos en la intimidad de nuestros apartamentos, lejos de los estetoscopios y las agujas de tatuar.

Caminamos por el Malecón cuando el asfalto dejaba de quemar, fuimos al cine Charles Chaplin a ver una película argentina y una noche visitamos el Karl Marx para ver una obra de teatro.

No hubo fotos, ni etiquetas en redes, ni presentaciones familiares.

Nadie del entorno médico o social de Daniela nos vio juntos en sitios comprometidos.

Lawton resultó ser nuestro refugio más seguro: allí todos me conocen desde niño, pero nadie sabía quién era ella, y los que me quieren bien saben que en mi vida hay silencios que se respetan.

Regla fue la única que empezó a cobrar una importancia real en esta nueva geografía.

El miércoles dieciséis cenamos en su casa por primera vez. Daniela se arregla con un vestido de algodón color marfil y un pañuelo de seda granate que le resalta el cuello. Al entrar, le entrega a Regla un ramo de gerberas amarillas que ha comprado en la calle Veintitrés. El gesto es certero.

—Hija, qué detalle —dice Regla, acariciando los pétalos.

—Mucho gusto, doña Regla.

—Regla, a secas, por favor. Las "doñas" se las dejamos a las que no saben cocinar. Pasa adelante.

Comemos ropa vieja con arroz y plátano verde frito.

Regla, en un gesto que identifico de inmediato como su sello de aprobación definitivo, le sirve el plato a Daniela antes que a nadie.

Hablan durante casi una hora de todo lo que no tiene que ver conmigo: la familia de Daniela, su hermano en Madrid, los sobrinos y la consulta.

Surge incluso el nombre de Manolita Ruisánchez; resulta que Manolita atendió a Regla cuando era joven en el policlínico de Lawton.

Ese dato deja a Daniela asombrada y a mí me recuerda que, en Cuba, todos estamos conectados por un hilo invisible.

A las diez menos veinte, mientras Regla prepara el café, Daniela me busca con la mirada.

—Iván... me cae de maravilla —susurra.

—Lo sé. Se os nota en la cara a las dos.

—¿Tú crees que yo a ella también?

—Mira, si no le hubieras gustado, a los diez minutos me habría hecho una seña y se habría encerrado en la cocina hasta que te fueras. Que lleve una hora hablándote de Madrid y de sus sobrinas es el mayor cumplido que vas a recibir en este barrio.

Daniela se marcha en un taxi a las once de la noche. La acompaño hasta el coche y le doy un beso en la frente, aprovechando la penumbra de la calle. Al subir de nuevo, encuentro a Regla recogiendo los platos con una parsimonia inusual.

—Mijo —me dice sin levantar la vista.

—Dime, Regla.

—Esa muchacha es especial. No la pierdas.

—Regla, no es tan fácil...

—No la pierdas, te lo digo en serio. Ni por el qué dirán, ni por los padres, ni por las jerarquías de esta ciudad.

Las mujeres como ella aparecen una vez en la vida y, si se van, no dejan repuesto.

Yo perdí a mi Aurelio por no saber soltar mi luto y me arrepentí demasiado tarde.

No quiero que tú cargues con una cuenta así.

—Te prometo que no la pierdo.

—Prométetelo a ti mismo, que es lo que importa.

Las dos semanas siguientes de septiembre transcurren con la calma de quien ya ha superado la tormenta inicial.

Teresa, con su rosario recién bendecido, suma a San Lázaro a su rotación de santos.

Molar está más gordo que nunca gracias a las meriendas de la recepción y don Gilberto sigue viniendo a sus revisiones, enterado de todo pero manteniendo un silencio caballeroso.

Sin embargo, el martes veintidós, la paz se rompe en la barra de La Sorbona. Chuchi me pone un informe meteorológico delante mientras me sirve el café.

—Iván, hermano. Celia —dice con gravedad.

—¿Celia? ¿Qué es eso?

—Un huracán. Viene subiendo desde Jamaica. Ahora es categoría dos, pero dicen que puede fortalecerse antes de tocar tierra el jueves por la noche.

—¿Viene hacia aquí?

—Pasará por el centro, pero La Habana va a sentir el coletazo fuerte. Avisa a Regla y asegura el estudio.

Subo al edificio con el corazón un poco más rápido. Teresa ya tiene la radio encendida en la recepción, algo que solo hace en emergencias nacionales. Tiene el rostro tenso de quien ya ha vivido demasiados temporales.

—Muchacho, ¿oíste lo de Celia? —me pregunta nada más verme.

—Sí, doña Teresa. Ya tengo las provisiones listas en Lawton, pero esta tarde compraré algo más de agua y pilas.

En ese momento entra Daniela. Viene con el paso firme, pero se detiene al notar el ambiente cargado de la sala.

—Teresa, acabo de oír las noticias. Celia viene de camino.

—Así es, doctora. Dicen que el jueves por la tarde cerramos todo por orden del Ministerio.

—Entonces cancelamos las citas después de las cuatro. Avise a los pacientes hoy mismo para que no los coja la lluvia por el camino.

—Sí, doctora.

Daniela se gira hacia mí.

—Señor Montoya, ¿usted también va a cerrar temprano?

—A las tres estaré fuera, doctora. Tengo que asegurar las contraventanas en Lawton.

Hubo una pausa. Daniela mira a Teresa y luego vuelve a mirarme a mí. Suelta una frase que, bajo su apariencia de cortesía vecinal, lleva un peso enorme:

—Señor Montoya, si ve que en Lawton la cosa se pone fea, mi apartamento está en un tercer piso y tiene los postigos reforzados. Estaría más seguro allí que en una planta baja.

Tranquilo, Iván. Uno: te acaba de ofrecer refugio oficial delante de Teresa. Dos: es un paso de gigante. Tres: lo ha dicho con una lógica impecable para que no parezca una invitación romántica. Cuatro: responde con el mismo tono.

—Se lo agradezco mucho, doctora, pero mi casa tiene rejas de hierro y estoy acostumbrado. De todas formas, si el jueves por la noche quiere llamar para confirmar que los vecinos estamos bien, estaré atento al teléfono.

—Lo haré, descuide.

Teresa no dice nada. Se limita a pasar las cuentas de su rosario con una lentitud que da miedo.

Saca una estampa de Santa Bárbara, la patrona de los rayos y las tormentas, y la coloca en el lugar de honor del mostrador.

Ella siempre ha sido la única profesional en este edificio con una gestión de riesgos basada en la santoral.

El miércoles veintitrés amanece lluvioso. El pasillo del consultorio huele a humedad vieja y a desinfectante. Coincidimos a la una y media, pero no hay café compartido. Cada uno se refugia en su propia taza, como preparándonos para el aislamiento que viene.

—Iván —me susurra cuando estamos solos—. ¿Cenamos en Lawton mañana como dijimos?

—No, Daniela. Regla se queda con Moncho en su casa. Lo mejor es que yo vaya a la tuya. Celia entrará de madrugada y no quiero que te pille sola. Si me quedo contigo, estaremos más tranquilos.

—¿Sin hacer escena?

—Exacto. Llego a las ocho con una mochila pequeña, como un vecino que viene a prestar ayuda. Si el viernes todo ha pasado, me vuelvo a Lawton. Si no, me quedo hasta que amaine.

—Me parece bien.

El jueves veinticuatro el cielo se vuelve de un color plomizo. A las tres de la tarde cierro el estudio y salgo con mi mochila: un par de mudas, cargadores, una linterna, agua y un sándwich que me dio Regla.

Llego a casa de Daniela a las ocho menos diez.

El viento ya aúlla entre los edificios del Vedado y la lluvia golpea las persianas con una fuerza rítmica.

Ella me abre descalza, vestida con un pantalón gris de algodón y una camiseta blanca.

Es la primera vez que la veo fuera de su uniforme de batalla, despojada de la bata y la jerarquía.

—Pasa, Iván. Bienvenido.

—Gracias, Daniela.

Me da un beso corto y me señala el sofá. El apartamento es tal como la imaginaba: ordenado, blanco, con muebles de madera antigua y un teléfono fijo que parece un ancla al pasado. Sobre un aparador, veo una Virgen de la Caridad pequeña.

—¿La Virgen? —pregunto, sorprendido.

—Regalo de mi madre. Dice que una casa sin testigos es una casa vacía. La dejé ahí por ella, pero después de cinco años ya es parte del mobiliario.

—En Lawton tengo una idéntica. Regla me contó que la tuya la compró tu madre en El Cobre hace tiempo.

—Esa Regla lo sabe todo —sonríe ella, trayéndome un vaso de agua.

Cenamos una sopa de pollo que su madre le envió el domingo. Escuchamos el parte meteorológico en la radio: Celia está a pocas horas de la costa. Daniela tiene un botiquín que más parece una farmacia de campaña: suero, antihistamínicos, paracetamol... todo lo que un médico previsor debe tener.

A las once menos cuarto, el silencio del apartamento es roto por el móvil de Daniela. Es Teresa. Veo cómo a Daniela se le borra la sonrisa y su rostro adopta esa máscara clínica que usa cuando la situación se desborda.

—Teresa, repítame eso... despacio. Sí... entiendo. No pierda la calma, por favor.

Cuelga y me mira con los ojos muy abiertos.

—Don Mauricio.

—¿Qué pasa con él?

—Su sobrina Dulce está desesperada. El viejo salió a las siete a buscar unas medicinas al policlínico y no ha regresado. Celia toca tierra en cinco horas y el hombre está por ahí solo, con su diabetes y su tensión. Dulce llamó a Teresa porque sabe que nosotros tenemos contacto con todo el edificio.

«Tranquilo, Iván. Don Mauricio. Hipertenso. Diabético. Un huracán encima. Cinco horas para el impacto».

—Daniela —le digo, poniéndome en pie—. Coge tu maletín. Yo voy por la chaqueta.

—Vamos —responde ella sin dudar.