De guardia con mi enemigo VEINTICUATRO
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VEINTICUATRO

La casita de Clotilde Peralta está situada en la calle quince, encajada entre la Primera y la Segunda avenida.

Se encuentra a escasos doscientos metros del mar, lo suficiente para que el salitre sea un vecino más.

Tiene un patio trasero pequeño donde reina una mata de mango generosa, una lavadora que se convirtió en escultura de metal en desuso desde el dos mil diecinueve y una tabla de surf vieja, apoyada contra la pared, que perteneció al marido muerto de Clotilde.

La casa es sencilla: dos habitaciones, un baño con ducha, una cocina americana integrada al salón —donde un ventilador de techo gira imperturbable en el tres— y un porche con dos mecedoras de pino y una hamaca.

Llegamos el sábado a las doce menos cuarto.

Iván maneja un Lada azul, prestado por Nelson, durante las tres horas que separan La Habana de este refugio.

Hacemos las paradas de rigor: agua en Matanzas y una visita obligada en Cárdenas para saludar a Clotilde.

Ella me recibe con esa familiaridad inmediata de la mujer cubana mayor que ya ha procesado toda la información necesaria a través de Regla. No necesita presentaciones formales.

—Danielita —me dice, evaluándome con ojos sabios.

—Doña Clotilde, mucho gusto.

—Pasen dos minutos, que el sol está apretando. Luego se me van a descansar.

Son dos minutos exactos. Nos entrega dos bolsas con la autoridad de quien dicta una sentencia.

La primera contiene víveres básicos: pan, queso, aceite, huevos, una botella de ron y dos limones.

La segunda, un juego de sábanas impecables que, aunque la casa ya tenga las suyas, son obligatorias porque Clotilde no confía en sábanas ajenas para momentos importantes.

—Iván, mijo —le dice, sujetándole el brazo—. Tu madre Dolores fue una mujer de ley. Regla me ha hablado de ella durante cuarenta años. Tú a esta muchacha me la tratas como se merece. Y ella a ti, igual. No me hagan quedar mal.

—Sí, doña. Descuide —responde Iván con una seriedad que me conmueve.

Iván conduce los últimos kilómetros. Yo me dedico a mirar por la ventanilla cómo el cielo se vuelve de un azul sólido, sin una sola nube que distraiga. Al fondo, el mar de Varadero empieza a mostrar sus vetas de verde esmeralda y turquesa. El aire cambia: ahora huele a sal y a pino marítimo.

Una vez instalados, dejamos las maletas en la habitación principal.

Es un cuarto sobrio: cama de matrimonio, mesillas gemelas, cortinas blancas que bailan con la brisa del patio y un armario de madera oscura.

Al salir al salón, Iván comienza a organizar la comida en la cocina mientras yo me despojo de los zapatos.

Me quedo descalza, sintiendo el frío de la baldosa.

Es la primera vez que mis pies están desnudos ante su vista.

Daniela, respira. Uno: estás sola en una casa con Iván. Dos: tienes dos noches por delante. Tres: bebe de este aire, que es el de verdad. Cuatro: no ensayes ninguna pose. Cinco: deja que los minutos dicten su propia sentencia.

—Iván —llamo desde el salón.

—Dime, Daniela.

—Voy a la playa. ¿Vienes conmigo?

—Voy detrás de ti.

Me pongo el bañador bajo un vestido ligero y busco las gafas de sol.

Iván se retira a la otra habitación. Al salir, lleva un pantalón corto y una camiseta blanca.

Noto entonces que ha cerrado la puerta de su cuarto.

Sí, de su cuarto. Porque Iván, sin necesidad de pactos verbales, ha instalado su maleta y sus cosas en la segunda habitación.

Ha puesto el ventilador de ese cuarto al dos y dejado su cepillo de dientes en el baño pequeño.

No en el nuestro. Es su manera silenciosa de darme el espacio que yo no sé cómo reclamar.

Caminamos hacia el mar. La playa de septiembre está moderadamente animada: turistas rusos buscando el sol que no tienen, familias cubanas aprovechando el fin de semana y vendedores de frutas.

Encontramos un hueco bajo un cocotero y extendemos las toallas.

Me quito el vestido y me quedo en mi bañador negro de una pieza, ese que compré en Madrid y que me hace sentir profesional incluso en el agua.

Iván se quita la camiseta. Es la primera vez que lo veo sin ella.

Ya conozco el tatuaje del cuello y el del brazo izquierdo, pero su pecho es un mapa nuevo.

Sobre el esternón, luce una línea de letras pequeñas en un idioma antiguo.

Sobre el hombro derecho, un diseño abstracto de ondas.

La espalda está limpia, o al menos eso me parece desde mi ángulo.

Él se tumba, dándome el perfil, permitiéndome observar sin la presión de su mirada.

—Iván —digo al fin—. Las letras del pecho... ¿qué dicen?

—Están en latín —responde sin moverse.

—¿Y el significado?

— Mater iam non est . Ya no hay madre.

—¿Cuándo te lo hiciste?

—Dos semanas después del entierro. Me lo hizo Juanca. No me dejó pagarle.

—Es la primera vez que me hablas de tus tatuajes.

—Lo sé, Daniela. Pero no todos los dibujos se explican con palabras. Algunos solo se llevan.

Nadamos durante cuarenta minutos. El agua está tibia, perfecta. Iván nada con un estilo fluido, de piscina; yo con la tosquedad de quien aprendió en el arrecife. No importa; la corriente nos lleva despacio hacia el oeste mientras el silencio del agua nos envuelve.

Al volver a la arena, Iván saca un libro de poemas de Dulce María Loynaz. Me sorprende el marcador en una de las páginas.

—¿Tatuadores de Lawton leyendo a Loynaz? —pregunto con una sonrisa.

—Juanca me la puso en las manos hace doce años. Me dijo que un artista que no entiende la poesía no sabe medir la profundidad de una aguja.

—Pásamelo.

Leo el poema marcado. Es una pieza de amor antiguo, cargada de una melancolía que parece encajar perfectamente con el hombre que tengo al lado. Se lo devuelvo con un gesto de aprobación.

Comemos tarde: pan con queso, tortilla de los huevos de Clotilde y aguacate.

Pasamos la tarde en el porche, meciéndonos en silencio hasta que el sol empieza a declinar.

Volvemos a la arena para ver cómo el cielo se incendia en naranjas y morados antes de rendirse al gris de la noche.

Cenamos ligero con un dedo de ron que Clotilde nos ha regalado.

Hablamos de Nelson, de Yaisa y de Rosaura.

No tocamos el tema del Malecón ni de mi padre.

No hace falta desenterrar nada en una casa que huele a madera y mar.

A las diez y cuarto, el cansancio me gana.

—Iván, me voy a acostar ya.

—Bien. Descansa.

—¿Y tú...?

—Ya te lo dije al entrar, Daniela. Esta noche tú duermes en tu cuarto y yo en el mío. Llevamos tres meses construyendo esto y no vamos a arruinar el primer viaje por inercia o por presión del entorno. Si mañana, o cuando sea, tú decides otra cosa, dímelo. Pero hoy, dormimos separados.

Daniela, respira. Uno: Iván acaba de trazar una línea de respeto que yo no tuve el valor de pedir. Dos: no es un rechazo, es una protección. Tres: es exactamente lo que necesito para sentirme segura.

—Gracias, Iván.

—A ti. Buenas noches.

Duermo nueve horas seguidas. Un sueño sin interrupciones, el primero en mucho tiempo.

El domingo despierto con el olor del café recién hecho.

Desayunamos en el porche mermelada de guayaba y regresamos a la playa a las nueve.

El mar está como un plato. Pasamos la mañana leyendo; él a Dulce María y yo una revista médica que parece de otro planeta en este contexto.

A las once y media, mientras el sol nos calienta la piel, lo miro.

—Iván.

—Dime.

—Esta noche... dormiremos en el mismo cuarto.

Él no responde de inmediato. Deja el libro en la arena y me mira fijamente. Sus ojos, bajo la luz del sol, parecen haber perdido todo rastro de sombra.

—¿Estás segura, Daniela? ¿Es una decisión tuya, sin empujes?

—Totalmente mía. Lo supe nada más despertarme. Ya estaba decidido antes de verte en la cocina.

El resto del día transcurre con una calma nueva, una que se asienta cuando las palabras importantes ya se han dicho. Paseamos por la avenida, cenamos riendo y a las diez y media, bajo un cielo cuajado de estrellas que en el Vedado no se ven, entramos en la habitación.

Cerramos la puerta. El ventilador al tres agita el aire húmedo. Iván enciende la lámpara de la mesilla, dejando el cuarto en una penumbra cálida. Nos quedamos de pie, cada uno a un lado de la cama, separados por apenas un metro de sábana blanca.

—¿Estás bien? —pregunta él.

—Estoy bien. Un poco nerviosa, lo justo.

—Yo también.

Nos reímos con los hombros, liberando la tensión acumulada durante meses. Él se acerca y me toma la mano. No es un apretón; es un contacto pausado, dedo a dedo.

—Fuera nos quedan meses de espera, Daniela.

—Pero aquí dentro es hoy, Iván.

Me besa. Es un beso que sabe a verdad, sin el dramatismo de las películas, pero con la contundencia de la realidad.

Es un beso largo que no tiene prisa por llegar a ninguna parte.

Al apagar la luz, la oscuridad se llena de su respiración y de una delicadeza que yo ya había adivinado en el pasillo del consultorio, pero que solo ahora cobra cuerpo.

Lo que pasa después es lento y silencioso. No hay frases hechas ni ruidos innecesarios. Hay tacto, tiempo y la certeza de que este hombre de Lawton tiene una profundidad que ningún prejuicio familiar podría nunca alcanzar.

A la una de la madrugada, Iván duerme profundamente. Yo me levanto con sigilo y salgo al porche. Me siento en la mecedora a mirar las estrellas sobre la mata de mango.

—Daniela —susurro para mí misma.

No necesito listas ni consejos. Solo siento la certeza, por primera vez en mis treinta años, de que el lunes en el consultorio, y en octubre frente a mi padre, y en todos los inviernos que vendrán, estaré viviendo una vida que elijo yo sola.

En esa hamaca de Zapata, sin pedir permiso, decidí dejar de ser un eco para convertirme en voz.

Y eso es lo único que una mujer adulta necesita para empezar a ser libre.

Regreso al cuarto a las dos menos cuarto. Iván no se ha movido. Me deslizo a su lado y cierro los ojos, durmiendo con él hasta que el sol de Varadero inunda la habitación.