VEINTITRÉS
La Sorbona, a las once menos cinco de un sábado de agosto, respira una quietud inusual.
El ajetreo típico del Vedado parece haberse detenido en el umbral.
Solo quedan dos clientes en la barra: un hombre mayor que apura un café cortado y un muchacho joven que juguetea con la pajilla de su jugo de guayaba.
Chuchi, con la camisa blanca recién planchada, sin una sola arruga, y los zapatos lustrados hasta el brillo, se ha afeitado esta mañana con un esmero superior al habitual.
Ese detalle, la piel apurada y el olor a loción fresca, me confirma que se ha tomado la ceremonia muy en serio.
Llego a las once menos tres minutos. Nelson me vio salir de Lawton a las nueve y media, pero guardó un silencio cómplice; a estas alturas, ya no hace preguntas cuando me ve cruzar la puerta con una de las camisas blancas que heredé de mi madre.
Esas camisas que huelen a almidón y a ocasiones que merecen respeto.
Chuchi me ve entrar y me dedica una sonrisa que es mitad bienvenida y mitad reconocimiento.
—Iván.
—Chuchi.
—Las señoras... —dice él, mirando hacia la calle.
—Vienen de camino.
—¿Mesa del fondo?
—Mesa del fondo, Chuchi. Como acordamos.
—Hoy, hermano, la mesa del fondo es la mesa grande.
Me quedo un momento descolocado ante su afirmación. Chuchi me hace una señal para que lo siga.
—La he movido esta mañana, Iván. Le he puesto el mantel blanco que me regaló mi mujer la Navidad pasada y que guardaba para algo especial. Y he dispuesto cinco sillas, no cuatro. Una bendición cubana de urgencia se merece que la mesa sea una mesa de verdad, no un rincón de paso.
—Chuchi... gracias. De corazón.
—A ti, Iván. Por confiar en esta casa.
Me siento en una de las sillas. La mesa luce impecable: el mantel blanco tiene un bordado minúsculo en una esquina, una flor de algodón que la mujer de Chuchi debió coser hace años con una paciencia infinita.
En el centro, Chuchi ha colocado un jarroncito con tres flores de tamarindo secas.
Reconozco esas flores; son las que él ha estado guardando en un frasco de vidrio desde junio, cuando cayeron las primeras en el patio.
Tranquilo, Iván. Uno: Chuchi ha guardado flores de tamarindo durante meses. Dos: Chuchi es de esos hombres del Vedado que atesoran fragmentos del tiempo sabiendo que llegará el momento de darles un propósito. Tres: hoy, esas flores muertas cobran una vida nueva. Cuatro: respira.
A las once menos un minuto, el sonido de un bastón contra el suelo anuncia la llegada de doña Hortensia Zayas.
Viene del brazo de su nieta Mayra, vestida con un traje de lino color marfil que parece rescatado de un evento familiar lejano.
Luce un collar de perlas pequeñas que le da un aire de dignidad antigua. Se detiene ante la mesa.
—Joven Iván.
—Doña Hortensia. Buenos días.
—Buenos días, muchacho. Mayra, cariño, tú espérame allá, en esa mesa junto al ventanal. Tu madre me pidió que guardáramos las formas.
—Sí, abuela.
Hortensia se gira hacia mí con una mirada imperiosa pero dulce.
—Joven, ayúdeme usted a acomodarme.
—A sus órdenes, doña Hortensia.
La ayudo a sentarse, ajustando la silla con cuidado. Chuchi aparece de inmediato con una jarra de agua fría con rodajas de limón y le sirve un vaso con una reverencia casi invisible.
—Doña.
—Chuchi, hijo. Antes de que traigas nada más, escucha: hoy no estás aquí para servir agua, estás para servir de testigo. Siéntate con nosotros.
—Pero doña, yo tengo que atender la barra...
—Chuchi, por favor. Son las normas de las bendiciones de urgencia. El que presta el techo es parte del rito. Eres el encargado del lugar sagrado de hoy. Te toca.
Chuchi, con una mezcla de timidez y orgullo herido, se sienta en una de las sillas libres. La mesa queda entonces con dos vacantes: una para Daniela y otra para Teresa.
A las once y dos minutos entra Teresa Benítez.
Lleva su vestido azul oscuro "de los domingos", ese que solo saca para las fotos y las fiestas de guardar.
Trae el rosario reparado enroscado con fuerza en la mano izquierda, el crucifijo de plata asomando entre los dedos y la bolita negra del estudio bien visible.
Carga también una bolsa de tela que parece contener algo con peso propio.
—Doctora, yo también acabo de llegar —dice Teresa, mirando hacia la entrada.
En ese instante aparece Daniela. Lleva un vestido claro de manga corta y un pañuelo de seda color crudo anudado al cuello. El pelo, recogido en un moño bajo y algo más relajado de lo habitual, le da un aspecto luminoso. Calza zapatos bajos y sostiene un sobre pequeño en la mano.
Nos saluda a todos con una leve inclinación de cabeza, solemne.
—Doña Hortensia. Teresa. Chuchi. Señor Montoya.
Se sienta a mi lado y Chuchi le sirve agua. Los clientes de la barra han desaparecido discretamente. Mayra, al fondo, finge leer una revista Bohemia antigua mientras nos observa de reojo.
Doña Hortensia se aclara la garganta, reclamando la atención del grupo.
—Señoras, joven Iván, Chuchi... Vamos a dar comienzo.
—Doña Hortensia —interviene Teresa con voz trémula—. ¿Usted ha hecho esto antes?
—Teresa, hice tres bendiciones en el sesenta y tres cuando se nos vino abajo el muro del patio, y dos más en los ochenta cuando mi marido enfermó.
Sé perfectamente cómo se maneja esto. Es un protocolo sencillo de mi madre y mi abuela.
Tiene cuatro partes: el reconocimiento, la oración, el silencio y el brindis.
Si lo complicamos, deja de ser cubano y deja de ser de urgencia.
Teresa asiente con devoción y deposita el rosario en el centro del mantel, junto a las flores secas de tamarindo. Hortensia junta sus manos sobre el regazo.
—Primera parte: Reconocimiento. Yo soy Hortensia Zayas Ortega, viuda de Emeterio Valdés, vecina del segundo B, ochenta y un años. Teresa, preséntese.
—Teresa Benítez Arango, viuda de Aramís Beltrán, recepcionista del consultorio de la calle L, sesenta y tres años.
—Joven Iván.
—Iván Montoya Navarrete. Tatuador de Lawton con estudio en la calle L desde el once de mayo. Treinta y tres años.
—Doctora.
—Daniela Sotolongo Viera. Odontóloga. Treinta años. Diez años de profesión en este edificio.
—Chuchi, tú mismo.
—Leandro Pérez Fuentes. Chuchi para los amigos. Encargado de La Sorbona. Sesenta y cinco años. Casado con Mercedes Díaz Noa, la que pintó la taza que ahora tiene la doctora.
Se hace un silencio respetuoso. Hortensia clava la vista en el objeto sobre la mesa.
—Este es el rosario de Teresa Benítez. Cincuenta y nueve cuentas azules originales y una bolita negra de acrílico del estudio del joven Iván. Reparado dos veces por sus manos, en junio y en agosto del presente año. Que conste en la memoria de los aquí presentes.
—Conste —decimos todos al unísono, como una letanía.
—Segunda parte: Oración.
Hortensia y Teresa cierran los ojos. Chuchi baja la cabeza. Daniela y yo nos mantenemos con los ojos abiertos; ella por su pragmatismo de médico y yo porque mi fe es un asunto que todavía no he resuelto. Hortensia lo sabe y no nos lo reprocha.
—Dios, Virgen del Cobre, Santa Rita de los imposibles y San Expedito de las prisas.
Les pedimos esta bendición en conjunto porque a los cubanos hay que atendernos en grupo; no hay santo que se aclare con nosotros en solitario.
Reciban este rosario tal como está: cincuenta y nueve cuentas de fe y una de plástico.
Esa cuenta negra no vale menos; ustedes saben que lo que pasa por manos cubanas se santifica sin mirar el material.
Reciban el cariño que ha puesto el tatuador en arreglarlo, el agradecimiento de Teresa, la presencia de la doctora como testigo y la hospitalidad de Chuchi por prestarnos su casa. Amén.
—Amén —respondemos todos.
—Tercera parte: Silencio.
Hortensia levanta un dedo índice. El silencio cae sobre la mesa con un peso físico.
Afuera, el rumor del Vedado sigue: un motor viejo, el grito lejano de un vendedor de mangos, la campana de una iglesia marcando los cuartos.
Dentro de La Sorbona, nadie se mueve. Chuchi contiene el aliento, Teresa mantiene las manos quietas y yo evito el roce de mi camisa.
El silencio dura treinta y dos segundos exactos.
Hortensia baja el dedo.
—Cuarta parte: Brindis.
—¿Con qué brindamos, doña? —pregunto yo.
—Con lo que haya a mano, joven Iván. El brindis de urgencia se hace con agua cuando el ron no procede, y a las once de la mañana en una cafetería no se sirve alcohol.
Levantamos nuestros vasos de agua con limón.
—Por el rosario —dice Hortensia.
—Por el rosario —repetimos.
Bebemos. El rito ha terminado, pero el ambiente se ha vuelto tan cálido que nadie hace amago de marcharse. Chuchi, con una timidez que le quita años de encima, saca de debajo del mostrador una bandeja con cinco tacitas de café y platos con pastel de guayaba.
—Lo pongo yo, doña. Por la casa.
—Chuchi, hijo... lo permites tú, que para eso mandas aquí.
Nos tomamos el café en paz. El pastel, hecho por Mercedes, sabe a hogar. Daniela se inclina un poco hacia mí. No me mira, pero su voz me llega nítida, cargada de una confianza nueva.
—Señor Montoya.
—Dígame, doctora.
—Nunca en mi vida había presenciado algo así. Me ha conmovido profundamente.
—A mí también, Daniela. Lo justo y necesario.
—Justo —repite ella con una sonrisa casi invisible.
Hortensia deja su taza vacía y mira a Daniela con fijeza.
—Señora Daniela, una pregunta para cerrar el día. ¿Cuándo piensa presentarle este muchacho a su padre?
Tranquilo, Iván. Uno: Hortensia acaba de dinamitar el pacto de los tres meses. Dos: Daniela tiene que responder ante el "tribunal" de la mesa. Tres: no la mires, no la presiones. Cuatro: termina tu café con calma. Cinco: respira.
—Doña Hortensia... en octubre —responde Daniela con voz firme.
—Octubre es un mes excelente. Tu padre cumple setenta y medio, y en el Vedado eso se celebra como medio cumpleaños si uno es sensato.
—¿Cómo sabe usted lo del medio cumpleaños? —pregunta Daniela, asombrada.
—Hija, conozco a tu padre desde que era un interno en el Calixto García. Era más rígido que una viga de hierro, pero incluso los hombres más tercos ceden cuando llegan a la mitad de un año importante. Es pura ley antropológica.
Nos reímos todos. Es una risa ligera que disuelve la tensión. A las once y cuarenta, Hortensia se pone de pie con ayuda de su nieta. Se despide con un gesto real de la mano.
—No tarde más de octubre, doctora. Y joven Iván... un consejo: cuando conozca al padre, no le tienda la mano primero. Haga una inclinación de cabeza y espere. Si él se la ofrece, usted responde. Es el protocolo de la primera vez. ¿Entendido?
—Entendido y apuntado, doña Hortensia.
—Bien. Pues ya está.
Salen de la cafetería. Poco después se marcha Teresa, no sin antes darme un beso en la mejilla como si fuera un ahijado. Chuchi empieza a recoger la mesa con parsimonia, dándonos espacio.
—Estoy en la barra por si necesitan algo más. No me hagan caso —dice antes de retirarse.
Daniela juguetea con la cucharilla, pensativa.
—Iván... ¿te ha molestado lo que ha dicho Hortensia?
—Para nada. Octubre es el plazo que puso tu padre y ella lo está respetando. Me alivia saber que hay una meta en el calendario.
—Bien. Me alegra que pienses así.
—Daniela... —hago una pausa—. Dentro de dos semanas.
—¿Qué pasa en dos semanas?
—Me gustaría llevarte a Varadero. Regla tiene una prima en Cárdenas que nos presta una casita allí. Estaríamos solos, sin pagar nada. Dos noches, el primer fin de semana de septiembre.
Daniela deja la cucharilla y me mira fijamente.
—¿Varadero? ¿Tú y yo solos?
—Tú y yo. Sin paredes de por medio.
—Acepto, Iván. El sábado cinco y el domingo seis. Yo me encargaré de inventar una excusa convincente para Valeria.
—Yo no tengo que rendir cuentas a nadie. Regla ya lo sabe.
Nos miramos dos segundos. Ni uno más, ni uno menos. Salimos de La Sorbona y caminamos hasta la esquina. Nos despedimos con un apretón de manos breve; hoy no hacen falta los tres segundos de intensidad, porque la decisión ya está tomada y el camino trazado.
—Hasta el lunes, señor Montoya.
—Hasta el lunes, doctora.
Tomo el P4 de vuelta a Lawton. Al llegar a mi apartamento, me dirijo a la repisa de madera.
Añado un sexto objeto detrás del vaso de agua: el pañuelo de papel con el que Chuchi me limpió las manos después del pastel de guayaba.
Lo he doblado con cuidado. Mi madre siempre decía que el orden de los seis objetos trae equilibrio.
Miro la repisa y, por primera vez en mucho tiempo, siento que el equilibrio no es una aspiración, sino una realidad que respira conmigo.