De guardia con mi enemigo VEINTIDÓS
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VEINTIDÓS

Doña Hortensia Zayas sube las escaleras del edificio a las once y cuarenta y dos minutos de la mañana de un viernes de agosto con una palidez que reconozco desde el otro lado de la sala común, incluso antes de que alcance el mostrador.

Esa palidez es la marca cubana universal de los mayores cuando el azúcar les baja a una velocidad que su cuerpo, a los ochenta y un años, ya no es capaz de corregir por sí solo.

—Teresa —llamo con urgencia.

—Dígame, doctora.

—Doña Hortensia. Mírela.

—La veo, ya voy.

Cruzo la sala común en cuatro zancadas. Llego a la puerta justo cuando Hortensia, que viene sin bolso, vestida con una bata de casa de flores y calzando unas sandalias que jamás se pondría para salir a la calle, se apoya pesadamente en el marco del umbral.

Su voz suena extraña, despojada de su fuerza habitual:

—Danielita...

—Doña Hortensia, por favor, venga conmigo. Siéntese aquí —le pido, dándole seguridad.

—Es el azúcar, hija. Lo noto.

—Lo sé, doña Hortensia, esté tranquila. Teresa, zumo de naranja, ahora mismo.

—¿Le añado azúcar, doctora? —pregunta Teresa desde la cocina.

—No, sin nada. El zumo ya tiene suficiente fructosa. Sirva tres dedos en un vaso.

Oigo a Teresa moverse con una agilidad sorprendente; abre la nevera, sirve el líquido y cierra el aparato con un golpe seco.

En dieciocho segundos exactos está de vuelta con el vaso.

Sostengo a doña Hortensia por el codo —siempre por el codo, nunca por la mano cuando una persona mayor está mareada, para no restarle estabilidad— y la guío hacia el sillón de orejas verde oliva.

La ayudo a sentarse despacio y le coloco el vaso entre las manos.

—Doña Hortensia, beba despacio.

—Sí, hija, gracias.

—Poco a poco, sin prisas. Respire hondo.

—Respiro, Danielita. Respiro.

Daniela, respira. Uno: es una hipoglucemia leve probable, pero a los ochenta y uno todo debe chequearse por duplicado. Dos: llamaré a su nieta en un momento. Tres: necesito el tensiómetro y el glucómetro del consultorio.

—Teresa, traiga el glucómetro de mi mesa. Y busque el número de la nieta de doña Hortensia en la libreta azul. Llámela ahora.

—Enseguida, doctora.

Teresa cumple las órdenes con eficiencia. Me entrega el aparato, pincho el dedo de doña Hortensia con cuidado, extraigo la gota y la deposito en la tira reactiva. Cuatro segundos de espera.

—Cincuenta y dos —anuncio.

—Hija... ¿es muy grave? —pregunta ella con un hilo de voz.

—Es bajo, doña Hortensia, pero no es una tragedia. Está por debajo del umbral normal, pero lo vamos a solucionar aquí mismo. Descanse y beba.

—¿Pero su consulta trata estas cosas, Danielita?

—Doña Hortensia, yo soy médica antes que odontóloga. Mi título sigue vigente para esto y para más. Beba el zumo, por favor.

Ella obedece. Mientras tanto, Teresa ya está al teléfono marcando el número de la nieta.

Del otro lado del hueco de la pared, oigo que la máquina del señor Montoya se apaga súbitamente.

Sus pasos suenan firmes sobre el suelo. Iván se asoma al umbral de su estudio, pero guarda la distancia.

Me mira y yo le sostengo la mirada durante dos segundos que parecen contener una conversación entera.

—Doctora, ¿necesita que ayude en algo? —pregunta con voz baja.

—Necesito silencio absoluto en este lado de la sala. Si su trabajo es manual, puede seguir, pero si requiere la máquina, por favor, haga una pausa de diez minutos.

—Pausa hecha, doctora. Mi cliente está repasando el boceto ahora mismo. No habrá ruido.

—Gracias, señor Montoya.

—A usted.

Vuelvo mi atención a doña Hortensia. A los tres minutos, realizo una segunda medición: sesenta y siete. Está mejorando. A los seis minutos marcamos setenta y cuatro; a los diez, ochenta y dos. La normalidad regresa a su cuerpo.

—Doña Hortensia, dígame la verdad, ¿qué desayunó esta mañana?

—Café, hija. Solo café.

—¿Y nada más?

—Tenía el estómago algo revuelto desde anoche. No me entraba nada sólido.

—Doña Hortensia, eso es una imprudencia —le riño con cariño—. Ochenta y un años, café solo, el calor sofocante de agosto y subir escaleras... Es la receta perfecta para un síncope.

—Es que me preocupé mucho, Danielita.

—¿Por qué se preocupó tanto?

—Porque Amparito, la del cuarto A, no me contestó el teléfono. Llevo desde las nueve tratando de localizarla. Ella siempre me trae el pesto de los viernes para mi sobrina.

—Pero Amparito tiene setenta y nueve años y vive sola —le recuerdo—. Usted sabe que su teléfono fijo lleva semanas averiado.

—Lo sé, hija, lo sé... pero hoy era un día especial. Había prometido traerme unos papeles importantes.

Teresa cuelga el teléfono y se acerca a nosotras.

—Doctora, la nieta de doña Hortensia llega en quince minutos para recogerla.

—Bien, Teresa. Gracias.

—Y también he hecho otra gestión —añade Teresa—. Llamé a Amparito al móvil. Dice que está en Marianao con una amiga y que se le olvidó por completo que hoy había quedado con doña Hortensia.

Doña Hortensia, cuya cara ya ha recuperado un tono rosado saludable, suelta un suspiro profundo.

—Me lo figuraba.

—¿Qué pasa con Amparito, doña Hortensia?

—Hija... Amparito lleva tres semanas extraña. Se le olvidan las llamadas de los miércoles, se le pasó el cumpleaños de Rosaura después de tantos años... Y hoy se le olvidó lo más importante: que íbamos a celebrar nuestros cincuenta y cuatro años de amistad.

Daniela, respira. Uno: doña Hortensia ha tenido una crisis de azúcar porque su mejor amiga ha olvidado medio siglo de vida compartida. Dos: esto es desgarrador. Tres: no dejes que note tu tristeza. Cuatro: acompáñala en el silencio.

—Doña Hortensia, Amparito no se ha olvidado de usted —le digo con suavidad—. A su edad, la cabeza a veces decide tomarse un descanso sin avisar. El lunes llamaré a su sobrina para que le hagan un chequeo, pero quédese tranquila: ella no ha dejado de quererla. Solo ha tenido un mal día.

—Lo sé, hija. Tengo que procesar esto con mucha calma.

—Usted tiene cincuenta y cuatro años de recuerdos de reserva. No le va a faltar memoria.

—Eso es verdad.

A las doce en punto, ocurre lo inesperado.

Teresa se levanta de su silla para ir al baño y, al pasar junto al mostrador, su mano roza accidentalmente la libreta de citas.

La libreta resbala y, en su caída, arrastra el rosario de Teresa que descansaba allí desde hacía unos minutos.

El objeto golpea contra la esquina de madera del mostrador y el sonido del impacto es seco, definitivo.

Se rompe. Y esta vez el desastre es doble.

Se ha quebrado por el mismo sitio donde el señor Montoya lo había remendado en junio con hilo de nailon, pero también por un tramo nuevo, justo entre el quinto y el sexto Avemaría del primer misterio. El hilo original, fatigado por décadas de oraciones, ha dicho basta.

Las cuentas ruedan por el suelo. Cincuenta y nueve cuentas azules y una pequeña bolita negra de acrílico se dispersan en todas las direcciones con una terquedad metálica.

Molar, que había estado dormitando, se levanta de un salto y, con una alegría inusitada, empieza a perseguir los abalorios por las baldosas.

—¡Molar, no! —grita Iván desde el umbral.

—¡Molar, suelta eso ahora mismo! —secundo yo.

Teresa, de pie en medio de la sala con el crucifijo colgando de un hilo deshilachado, se queda muda dos segundos. Entonces, rompiendo su habitual compostura de rezo, suelta una frase que nos deja a todos congelados:

—¡Me cago en la mar salada!

Iván apaga la máquina por completo y sale al centro de la sala común.

—Doña Teresa...

—Muchacho, mire qué desastre.

—Se ha roto por completo esta vez —dice Iván, observando el rastro de cuentas.

—Enterito —confirma ella con desolación.

Doña Hortensia, desde su sillón, suelta una carcajada sonora y limpia. Es una risa asombrada, la de alguien que descubre que todavía puede sorprenderse a los ochenta años. Se ríe durante cuatro segundos intensos hasta que se le saltan las lágrimas.

—Danielita... —dice jadeando—. Esto es lo más real que he visto en mucho tiempo. Gracias a Dios que lo he presenciado.

—Doña Hortensia, por favor, no se me agite ahora que le ha subido el azúcar.

—Tranquila, hija. Es una risa de las buenas, de las que curan.

Iván se arrodilla con esa calma cubana de quien ya sabe de qué va la historia.

Empieza a recoger las cuentas una por una.

Molar, al ver que su dueño se toma el asunto en serio, decide colaborar y deposita un par de cuentas que tenía en la boca sobre el cojín de un sillón vacío, recuperando su dignidad perruna.

Yo me agacho también para ayudar. Teresa, aún plantada en el sitio, intenta recomponer su voz profesional.

—Doctora... perdóneme por la expresión de antes. No fue propio de mi cargo.

—Teresa, estamos en familia —le respondo sin levantar la vista del suelo—. Además, yo tampoco le había oído nunca hablar así.

—Es verdad, doctora. Me salió del alma.

—Siéntese un momento, Teresa. Iván y yo nos encargamos de recoger todo.

Teresa obedece y recupera su sitio tras el mostrador.

Doña Hortensia observa nuestra labor de rodillas con un interés casi académico.

Iván y yo trabajamos a escasos noventa centímetros de distancia.

Hacía meses, desde aquel incidente con el cable del aire acondicionado en mayo, que no compartíamos una posición tan cercana en el suelo.

—Doctora —murmura Iván—. Tenemos sesenta cuentas aquí.

—Cincuenta y nueve azules y la negra —confirmo yo—. Falta el resto.

—Sumando el crucifijo, la medalla y los tres del cordón del Padrenuestro, deberían ser sesenta y seis piezas en total.

—Yo he recogido cuarenta y tres —digo, mostrándole la palma de la mano.

—Y yo veintiuna. Nos faltan dos, entonces.

—Mire, ahí hay una junto al zapato de doña Hortensia —señala Iván.

—Ya la tengo. ¿Y la última?

—Molar la tiene entre las patas, pero creo que esta vez no la va a morder. Déjeme a mí.

Iván se acerca al perro y, con una suavidad técnica, recupera la última cuenta.

—Sesenta y seis, doña Teresa. El censo está completo.

—Gracias, muchacho. Eres un ángel —dice Teresa con alivio.

—¿Quiere que se las ensarte de nuevo? Me llevará un rato.

—Por favor, Iván. Como la otra vez.

Doña Hortensia levanta la mano pidiendo silencio, como si fuera a dictar una sentencia importante.

—Danielita, escúchame bien. Mañana mismo, cuando ese rosario esté listo, yo misma me encargo de bendecirlo. Pero no vamos a ir a ninguna iglesia. Lo bendeciremos en una cafetería.

—¿En una cafetería? —pregunto, extrañada.

—En La Sorbona, hija. Mañana a las once iré allí con Chuchi, pediré un café bien fuerte y bendeciré ese rosario con una oración que mi madre me enseñó en el año cuarenta y nueve.

Ya estoy vieja para caminar cuarenta minutos hasta la parroquia.

Las bendiciones, si son de verdad, se hacen donde está la gente.

Iván levanta la vista del rosario y mira a doña Hortensia con un respeto genuino.

—¿Usted cree que el padre Evaristo le perdonará esa libertad, doña Teresa? —pregunta él con una sonrisa.

—Si no me la perdona a estas alturas, muchacho, es que me equivoqué de santo —responde Teresa, y por fin se ríe de nuevo, secándose una lágrima de alegría.

—Mañana voy con usted, doña Hortensia —promete Teresa.

—Iremos las tres —sentencio yo, cerrando el trato—. Mañana a las once en La Sorbona.

Iván termina la reparación veinticinco minutos después. El rosario luce firme, con sus tramos de nailon reforzados y la cuenta negra en su lugar. Se lo entrega a Teresa, quien lo recibe con devoción, pasando las cuentas entre sus dedos con los ojos cerrados.

—Muchacho, le has salvado la vida a este rosario dos veces —dice ella.

—Es un objeto resistente, doña Teresa. Lleva cuarenta años de servicio pesado; se le puede permitir un descanso de vez en cuando.

—Desde hoy, Iván, este rosario te pertenece un poquito a ti también.

Doña Hortensia se pone de pie con la ayuda de su nieta, que acaba de entrar. Su nivel de azúcar ya está en ochenta y cuatro. Se despide de todos nosotros con una energía renovada.

—Mañana a las once, Danielita. No falte. Y usted, joven Iván... usted también viene.

—Doña Hortensia, no sé si yo pinto algo en una bendición...

—Usted lo arregló, así que usted tiene que estar presente. Son las normas de la gratitud. Mañana en La Sorbona. No acepto un no por respuesta.

Se marchan y la puerta se cierra. En la sala común quedamos nosotros tres en un silencio cómodo, cargado de una complicidad que no necesita palabras.

—Señor Montoya —le digo cuando se dispone a volver a su estudio.

—Dígame, doctora.

—Gracias por lo de hoy.

—No se dan, doctora. Es lo mínimo.

—Mañana a las once, entonces. En La Sorbona. Para la bendición cubana de urgencia.

—Allí estaré.

Iván regresa a su trabajo y el zumbido de la máquina vuelve a llenar el ambiente, pero esta vez no me molesta. Teresa me mira desde el mostrador mientras acaricia su rosario.

—Doctora... —empieza a decir ella.

—Dígame, Teresa.

—Ese muchacho y usted...

—Teresa, por favor, no empiece.

—Yo no pregunto nada, doctora. Solo afirmo lo que veo.

—Pues afirme en voz baja, se lo ruego.

—Afirmaré lo justo —concluye ella con una sonrisa pícara.

Me quedo un momento en la sala, disfrutando de la paz que ha dejado la tormenta.

Agosto sigue siendo caluroso y el jazmín sigue oliendo a gloria, pero hoy, por fin, el consultorio se siente como un hogar.

Mañana bendeciremos un rosario en una cafetería y, aunque sigamos fingiendo que no sabemos lo que sabemos, el mundo parece un lugar mucho más habitable.