De guardia con mi enemigo VEINTIUNO
78%

VEINTIUNO

Ella llega al banco de piedra a las cuatro y veinticuatro de la tarde caminando por detrás.

La oigo antes de verla porque los tacones que lleva hoy no son los del consultorio; son unos de verano con una suela más ligera, y eso cambia el sonido sobre el pavimento.

Me giro. La veo. Lleva un vestido azul marino con manga corta que yo no conocía, un pañuelo blanco al cuello, el pelo recogido en un moño suelto y la cara de quien acaba de salir de una conversación larga y densa con alguien mayor.

—Iván.

Es la primera vez que me llama así a la cara.

Lo había dicho Teresa en un par de ocasiones, lo había dicho mi madre cuando yo era chico, lo ha dicho medio Vedado a mis espaldas en los últimos dos meses.

Pero ella no. Y lo suelta hoy como si llevara diciéndolo toda la vida.

Ese efecto, creo, es lo que las personas que llaman por su nombre propio a alguien importante no saben que producen: una sensación de anclaje inmediato.

—Daniela.

Me sale también a la primera. Sin pensar. Porque llevo desde el siete de junio llamándola así en la libreta y desde hace dos semanas diciéndoselo a Regla cuando hablamos del asunto en Lawton.

—Siéntate.

Se sienta. A medio metro de mí. Entre los dos cuerpos queda una distancia que no es nueva, pero que hoy pesa distinto porque no nos separa el hueco de una pared ni el antepecho de un mostrador.

Nos separa, sencillamente, el aire del Malecón, que es una cosa que sí admite nombres propios y cercanías sin bata.

El mar está delante. El farol que no funciona a la izquierda. La luz de la tarde cayendo de lado sobre el agua. Hay dos pescadores a treinta metros con sus cañas y un grupo de turistas alemanes más allá haciendo fotos al Morro.

—Iván.

—Daniela.

—Mi padre.

—Dígame.

Se detiene un segundo. Rectifica.

—Dime.

Tranquilo, Iván. La doctora Daniela Sotolongo, en el Malecón, a las cuatro y veinticinco de la tarde de un sábado, ha pasado del usted al tú. Uno. Dos: no lo ha planeado, la has oído corregirse sobre la marcha. Tres: no la fuerces, déjala fluir. Cuatro: cámbiate tú también. Cinco: respira.

—Dime, Daniela.

—Hoy cumplió setenta años y hoy hizo una cosa que no ha hecho en treinta —comienza ella, mirando al horizonte—. Me ofreció tres meses.

—¿Tres meses?

—Tres meses de "silencio digno", con esas palabras exactas. Hasta octubre. Sin escenas, sin preguntas, sin presión externa. A partir de octubre, hablamos él y yo de frente. Antes de eso, él finge no saber nada.

—¿Saber qué, exactamente?

Daniela me mira. Sostiene la mirada con una firmeza que no le conocía. El mar a su espalda se pone de un azul más profundo.

—Saber lo tuyo, Iván. Saber lo nuestro. Lo que todavía no tiene nombre oficial pero que yo, en Zapata, decidí reconocer como una verdad.

—Daniela...

—Iván.

—Tu padre sabe.

—Sabe.

—¿Desde cuándo?

—Desde anoche a las once. Releyó un comentario del doctor Escandón del mes pasado y ató cabos.

Mi madre le había avisado hace tres meses, a su manera.

Manolita Ruisánchez le dio el empujón la semana pasada con la mirada.

Mi hermana Bárbara lo remató hoy durante el almuerzo. Mi padre es terco, pero no es tonto.

—¿Y qué es lo que sabe, exactamente?

—Sabe tu apellido. Sabe que eres el tatuador del local de al lado. Y sabe, porque se lo dije yo sin usar palabras en el trayecto en el coche, que para mí eres mucho más que el vecino de la pared caída.

Silencio. El mar sigue su murmullo rítmico. Los alemanes ya se han marchado y los pescadores han buscado un sitio mejor.

—Daniela... ¿qué te pidió él?

—Dos cosas. Una: no armar ninguna escena hasta octubre. Dos: que cuando decida, decida bien. Con los ojos bien abiertos.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿Has decidido ya?

Baja la vista al suelo de piedra un segundo. Luego vuelve a clavar sus ojos en los míos.

—Decidí en Zapata, el sábado pasado, a las cinco de la tarde, mientras estaba en una hamaca entre dos árboles. Lo que te envié el lunes con Teresa fue el aviso del anuncio.

—Daniela...

—Iván.

—¿Qué decidiste?

—Dos cosas también —dice ella—. La primera, dejar de repetir el calendario de resignación de mi madre. La segunda... si tú quieres, quiero ir a ver qué es esto por mí misma, sin pedirle permiso a nadie. Ni al Vedado, ni al Ministerio, ni al administrador, ni a mi propio apellido.

—¿Si yo quiero? —repito, sintiendo el peso de la pregunta.

—Iván, yo no voy a dar por hecho lo que no me has dicho. Llevamos dos meses hablando por detrás de una pared, en pasillos estrechos y mesas al fondo de cafeterías. Tú no me has dicho nada explícito. Yo tampoco. Hoy te estoy preguntando yo.

Tranquilo, Iván. Uno: ella te está pidiendo que des el paso. Dos: llevas dos meses esperando que ella estuviera lista para preguntar. Tres: si hay una pregunta, la respuesta tiene que estar a la altura. Cuatro: respira este aire de salitre. Cinco: responde limpio, sin adornos.

—Daniela... yo sí quiero.

Ella inhala con fuerza. No es un suspiro estadístico; es aire de verdad entrando en los pulmones.

—¿Desde cuándo? —pregunta en un susurro.

—Desde el diez de junio, a las dos y cuarto de la tarde, en el estudio, justo al lado del frigorífico pequeño donde guardo las tintas.

—¿Dos meses, Iván?

—Dos meses, Daniela.

—¿Y durante esos dos meses no ibas a decir nada?

—No. No me correspondía.

—¿Por qué?

—Porque no era mi turno. Mi parte fueron los detalles: la microflor, el café con Chuchi, la taza del girasol, bajar el volumen de la máquina por tus hombros...

Mis turnos se terminaron en junio. A partir de ahí, el reloj era tuyo.

Me he callado porque si una mujer como tú va a decidir algo así, tiene que hacerlo sin que yo la empuje.

Mi prisa habría sido una trampa para ti, con todo lo que tienes que sopesar: tu familia, tu escala, tu mundo. Tenía que ser una decisión tuya.

—Iván... esa es la frase más larga y más acertada que me has dicho en todo este tiempo.

—Lo intento —respondo con sinceridad.

Silencio. El mar. La luz dorada. Una pareja de ancianos pasa por la acera sin sospechar que nosotros, a dos metros de ellos, acabamos de demoler la última pared que nos quedaba.

—Entonces... tres meses —dice ella.

—Tres meses de silencio digno hacia afuera, Daniela. Pero no entre nosotros.

—¿Eso qué significa?

—Significa que durante este tiempo nos vemos, tomamos café, cenamos, caminamos por aquí...

vamos a donde queramos. Pero sin fotos, sin presentaciones oficiales, sin entrar por la puerta grande de la casa de tus padres todavía.

Tres meses de vida real, pero protegida.

Ni nos escondemos, ni nos exhibimos. Estamos, simplemente.

—Esa descripción es exactamente lo que yo traía pensado y no sabía cómo expresar —admite ella con alivio.

—Me alegro de que coincidamos.

—¿Cómo lo haces, Iván? ¿Cómo sabes siempre lo que estoy pensando?

—Porque te observo, Daniela. Llevo dos meses viéndote decidir cada mañana al entrar al edificio. Lo veo en cómo cuelgas la bata, en cómo bajas al pasillo, en cómo me dices "no se dan". Yo no adivino; yo observo con oficio.

—"Observo con oficio"... esa frase me la apunto —dice ella con una sonrisa.

Se ríe con los hombros. Una risa pequeña, casi imperceptible, que dura tres segundos.

—Iván... ¿a quién le vas a contar esto tú?

—A Regla. Solo a ella.

—¿Tu madrina?

—Sí. Nelson ya lo sabe porque me lee los ojos, pero no hace falta decírselo. Y Chuchi tiene un diploma en discreción, así que con él no hay problema.

—Me gustaría conocer a Regla —suelta ella de pronto.

Hago una pausa breve.

—Bien. Cuando tú decidas. Ella está en Lawton, tiene sesenta y ocho años y cocina de maravilla.

Si vienes un miércoles o un sábado, que son nuestros días de cena, avísame.

Y un consejo: vístete con ropa "de respetar".

Regla sigue juzgando por la primera impresión, aunque yo intente convencerla de lo contrario.

—Apuntado —dice ella, y su tono cambia a uno más juguetón—. Iván, ¿tú me vas a tatuar algún día?

Tranquilo, Iván. Uno: la doctora te está tentando. Dos: no se ha tatuado nunca. Tres: no tiene intención real. Cuatro: la pregunta es un indicador de confianza. Cinco: responde como el profesional que eres.

—Daniela, yo a la doctora Sotolongo no la voy a tatuar nunca. Ni aunque me lo pidas de rodillas.

—¿Nunca? ¿Por qué?

—Porque tú trabajas con tus manos y con tu cara.

Tu imagen es tu oficio, y yo no voy a interferir en eso con mi máquina.

Pero... si algún día, dentro de veinte años, me pides algo pequeño que puedas ocultar bajo una manga o un pañuelo...

un dibujo en el omóplato o en el tobillo, algo que sea solo tuyo... entonces sí lo haría.

—¿Y qué dibujo elegirías para mí?

—Eso lo eliges tú, Daniela. Yo solo pongo la mano.

—Yo, si tuviera que elegir hoy... elegiría una flor segunda del tamarindo.

Silencio.

—Esas flores solo sirven para recordarle al patio que sigue vivo —le digo, recordando mis palabras de junio.

—Lo sé. Por eso mismo la elegiría. ¿Se puede tatuar?

—Todo se puede tatuar, Daniela. Incluso lo que no se ve a simple vista.

—No lo apuntes en tu libreta —me pide—, pero no lo olvides.

—Nunca lo olvidaré.

El sol sigue su descenso, tiñendo el Malecón de un rosa encendido. La bicicleta de un vendedor pasa por detrás con un tintineo.

—¿Caminamos un rato? —pregunta ella.

—Caminamos.

Nos levantamos. Ella se ajusta el pañuelo y yo me aliso la camisa gris.

Empezamos a andar hacia el este. Sin tocarnos, sin ir de la mano, manteniendo ese medio metro de cortesía, pero con la diferencia técnica de que ya no hay muros entre nosotros.

Hablamos de Regla, de Moncho, de los santos de Teresa, de Molar y de los girasoles de Chuchi.

A las seis menos cuarto, ella se detiene.

—Me voy a casa, Iván. Mañana descanso. El lunes, consulta como siempre.

—Como siempre.

—En el edificio seguimos con el "usted", ¿verdad?

—Sí. Doctora y señor Montoya. Hasta que decidamos otra cosa.

Me tiende la mano derecha. No es un apretón profesional ni una despedida forzada.

Es solo una mano extendida bajo la luz de julio.

Le pongo la mía encima. Tres segundos. Los contamos los dos.

Son los segundos que cierran aquel ciclo que empezó el veinticinco de mayo, cuando se cayó la pared y la ayudé a levantarse.

—Hasta el lunes, señor Montoya.

—Hasta el lunes, doctora.

Ella cruza hacia la calle 23 y yo espero un minuto antes de caminar hacia mi guagua. Llego a Lawton, subo a mi apartamento y enciendo la luz tenue del salón. Miro la repisa.

La Virgen, Santa Rita, la microflor y el caracol. Cuatro objetos.

Voy a la cocina, lleno un vaso de agua hasta la mitad y lo coloco detrás de los objetos, en segundo plano.

Agua para los cinco. Hoy la repisa se lo merece.

Me siento en mi sillón de terciopelo y me quedo en silencio.

No necesito tele, ni música, ni siquiera llamar a Regla todavía.

Hoy me basta con mi propia compañía y con el aire de verdad que acabo de respirar en el Malecón.

Respiro hondo. Todo está en su sitio.