De guardia con mi enemigo VEINTE
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VEINTE

Iván no me interrumpe. Se queda de perfil, con los codos apoyados en las rodillas y las manos entrelazadas, mirando ese horizonte donde el azul del mar se vuelve más denso. No tiene prisa. Los hombres que trabajan con agujas saben que el tiempo es solo una variable de la precisión.

—Daniela —dice al cabo de un minuto, sin mirarme—. ¿Qué significan tres meses para un hombre como su padre?

—Significan una tregua técnica —respondo, y mi voz suena extrañamente firme frente al salitre—.

Significa que durante noventa días él ha decidido no saber lo que ya sabe.

Ha decidido que en su casa, en mi consulta y en el Vedado, el tiempo se va a detener hasta octubre.

Me ha dado permiso para decidir sin que su sombra me pise los talones cada domingo en el almuerzo.

Iván asiente despacio. La brisa del Malecón le agita unos mechones sueltos de la coleta.

—Es un hombre inteligente —comenta—. Los tres meses no son para él. Son para que usted aprenda a caminar sin mirar hacia atrás a ver si él viene con el ceño fruncido.

—Y para que tú y yo —añado, y la palabra tú me sale con una naturalidad que me recorre la espalda— no tengamos que ser una "escena" antes de ser una certeza.

Iván se gira ahora. Me mira a los ojos. No hay medio metro de distancia en su mirada; hay una proximidad que los noventa centímetros del pasillo nunca se atrevieron a reclamar.

—Daniela —su voz baja un tono, mezclándose con el sonido de las olas rompiendo contra el muro—. Yo no necesito tres meses para decidir. Yo decidí el día que me salvaste la bata con el alcohol, o quizás el día que vi cómo le sostenías la mano a don Mauricio sin que él te lo pidiera.

—Yo también decidí, Iván. Lo decidí en una hamaca en Playa Larga, viendo cómo un perro llamado El Nieto se dormía a mis pies.

—¿Y qué decidió, doctora? —pregunta, y usa el título no como jerarquía, sino como una caricia vieja.

—Decidí que no quiero ser el eco de mi madre. Decidí que prefiero el riesgo de que esto salga mal al asco de saber exactamente cómo saldría si hiciera lo que se supone que debo hacer. Decidí... que el caracol que te di no es un regalo, es un contrato.

Iván estira la mano. No me toca la cara, ni la mano. Simplemente apoya la palma sobre la piedra caliente del banco, justo en el espacio que nos separa. Yo pongo la mía encima.

Es un contacto distinto al del rosario. No es frío.

Está encendido por el sol de julio y por la urgencia de dos meses de contención.

Sus dedos son largos, ásperos en las yemas por el oficio, firmes.

Mi mano, pequeña y acostumbrada al látex, se siente de pronto vulnerable y protegida al mismo tiempo.

—Tres meses —dice él, cerrando los dedos sobre los míos—. Octubre queda lejos, Daniela.

—Octubre está a la vuelta de la esquina, Iván. Pero hoy es veinticinco de julio. Y hoy, por primera vez en mi vida, no tengo que darle explicaciones a nadie de por qué estoy sentada en el Malecón con un hombre que tiene una enredadera en el cuello.

Él sonríe. Es una sonrisa de las suyas, de las que no se ven a menudo, de las que iluminan la mandíbula marcada y le quitan ese aire de guardia permanente que siempre lleva.

—Mi madre decía que el Malecón es el único sitio de La Habana donde la verdad no pesa porque se la lleva el viento —dice—. A lo mejor por eso nos citamos aquí.

—A lo mejor.

Nos quedamos así un rato largo. El sol termina de caer, tiñendo el agua de un color púrpura profundo.

La gente empieza a llegar al muro: parejas, grupos de jóvenes con música, vendedores de maní.

Nosotros seguimos en nuestro banco de piedra, con el farol apagado, tomándonos los primeros minutos de esos noventa días que mi padre nos ha regalado como quien entrega una herencia anticipada.

—Iván —digo, rompiendo el silencio.

—Dígame.

—Dime una cosa que no esté en el cuaderno de las manos.

Él lo piensa un segundo. Mira al cielo, donde ya asoma la primera estrella sobre el edificio del Hotel Nacional.

—Tengo una camisa blanca guardada en el fondo del armario —confiesa—. Es de lino. Me la compré hace tres años para una ocasión que nunca llegó. Anoche la saqué, le quité el polvo y la colgué en el perchero, al lado de la tuya.

—¿Al lado de cuál mía?

—De la que yo me imagino que te vas a poner el día que entremos por la puerta de casa de tus padres en octubre.

Me río. Es una risa limpia, de las que Valeria reconoció en Zapata. Me apoyo en su hombro. Él no se aparta. Me rodea con el brazo y me pega a su costado. Su camisa gris huele a limpio, a sol y a ese aroma de hombre de Lawton que ya no me asusta, que ya no tengo que clasificar administrativamente.

—Noventa días, Iván —susurro.

—Noventa días, Daniela.

El aire del Malecón nos envuelve. La ciudad sigue su ruido, su lucha y su calor, pero aquí, en este banco, el hueco de la pared se ha cerrado para siempre, dejando paso a algo que ya no necesita ladrillos para sostenerse.

Respiro. Del aire de verdad. Del aire nuestro. Del aire de julio que, por fin, ha dejado de quemar para empezar a abrigar.