De guardia con mi enemigo DIECINUEVE
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DIECINUEVE

El caracol de Playa Larga lo subí al apartamento de Lawton el lunes a las diez de la noche.

No quise dejarlo en cualquier parte, así que le busqué sitio en la repisa de madera, justo al pie de la estampita de Santa Rita, al lado de la Virgen de la Caridad y de la microflor blanca.

Son tres objetos que ahora comparten el mismo polvo y la misma luz.

La repisa tiene un peso específico que no existía el mes pasado; un orden que mi madre, si la viera, entendería sin necesidad de una sola palabra.

Regla, cuando suba a visitarme este sábado, lo va a notar también.

No va a preguntar por qué hay un caracol de mar junto a un santo, porque ella conoce bien los objetos que explican una vida: se limitará a reconocerlos y callará.

Teresa ya ocupa su lugar en el mostrador.

Molar, fiel a su costumbre, duerme bajo la silla.

La doctora entra a las ocho y media en punto, caminando con esa seguridad suya, exactamente como si no hubiera pasado nada importante el fin de semana.

Esa es, precisamente, su forma más alta de reconocer que sí ha pasado algo.

Cruza la sala común, saluda a Teresa y, al llegar al hueco, levanta la voz sin detenerse.

—Señor Montoya.

—Doctora.

—Buenos días.

—Buenos días para usted también, doctora.

Entra al consultorio y cierra la puerta.

Trabajamos los dos durante toda la mañana con la calma de quienes ya tienen claro su terreno.

A la una y media bajo al pasillo. Ella aparece cuatro minutos después con su taza vacía.

Hoy sí repartimos el café de mi termo. Ayer no hubo reparto; hoy sí.

Estas alternancias no necesitan explicación, son parte del lenguaje silencioso en el que vamos poniendo a punto nuestra nueva rutina.

—Doctora.

—Dígame.

—El caracol.

—¿Sí?

—Ya está en mi repisa de Lawton.

—¿Con qué lo puso?

—Con la Virgen que era de mi madre y con una estampita que me dio Teresa.

—Señor Montoya...

—Dígame.

—¿Solo con eso lo puso?

«Tranquilo, Iván. Uno: la doctora quiere saber si la microflor sigue ahí. Dos: sabe perfectamente que está. Tres: me lo pregunta para confirmar el espacio compartido, no para curiosear. Cuatro: responde con la verdad».

—Está con eso y con una microflor blanca cosida a mano.

—Señor Montoya.

—Dígame, doctora.

—Gracias.

—A usted.

Bebemos. No añadimos más palabras. Ella deja su taza en el antepecho de mármol y sube a su lado. Yo me quedo un par de minutos más, me fumo el cigarrillo de rigor y vuelvo al estudio.

La tarde del martes transcurre sin ruidos. La rutina se asienta con una naturalidad que me sorprende, pero solo a medias. Supongo que así son las cosas de verdad: cuando encajan, lo hacen sin esfuerzo, sin necesidad de empujar las piezas.

El miércoles se repite el patrón. Café en el pasillo a la una y media, reparto, una frase pequeña y vuelta al trabajo.

Bajo a Lawton a cenar con Regla. No le cuento nada, lo cual es la mayor confirmación de que todo va bien; con ella no hace falta hablar para ser entendido.

Me dice solamente: «Mijo, hoy se te nota el cuello menos tenso». Yo asiento y sigo comiendo.

El jueves pasa sin incidentes. A las dos y cuarenta tengo sesión con Evelio Carbonell.

Teresa vuelve a instalarse en la butaca de mimbre para rezar el rosario mientras yo trabajo.

Evelio me promete, por la memoria de sus ancestros, que no se va a dormir, pero a los veinticinco minutos ya está roncando otra vez.

Esta vez la sinfonía no es perfecta: Teresa reza otros misterios y Evelio ronca en sol, no en fa sostenido.

Es menos artístico, pero resulta más humano.

Don Gilberto no aparece esa tarde. Viene a ver a la doctora a las cinco para su revisión normal, se despide de Teresa y se marcha sin hacer comentarios. Los clásicos saben cuándo no conviene repetir un chiste.

El viernes, a las doce y diez, me cruzo con Daniela en el pasillo.

Lleva una camisa de manga corta color verde agua que no le conocía, y el moño lo trae un poco más suelto de lo habitual.

No digo nada, ella tampoco. He empezado a aprender que sus cambios de vestuario no son indicadores profesionales, sino señales del ánimo del día.

Hoy es viernes. Hoy hay algo en el aire. No sé qué es, pero lo siento.

A la una y media, en el pasillo, ella me mira con una intención diferente.

—Señor Montoya.

—Dígame, doctora.

—Esta tarde mi última paciente es a las cinco. A las seis y media estaré cerrando.

—Yo también terminaré a esa hora, doctora.

—¿Le molestaría que bajáramos juntos un momento a La Sorbona al terminar?

«Tranquilo, Iván. Uno: te está pidiendo salir del edificio. Dos: no es un café rápido de pasillo, es ir a La Sorbona. Tres: es un paso al exterior. Cuatro: el exterior significa que la gente nos verá caminar juntos por la calle. Cinco: respira. Seis: contesta con claridad».

—No me molesta en absoluto, doctora.

—¿Nos vemos en media hora después del cierre?

—En media hora.

—Bien.

—Bien.

Sube a su consulta. Me quedo un minuto más, apago el cigarrillo contra la suela del zapato y subo yo también.

A las seis y media estoy cerrando el estudio.

Nelson se fue a las seis y Teresa poco después.

Molar se ha acomodado ya bajo su silla; se queda conmigo los viernes porque su fin de semana con Teresa empieza los sábados.

La doctora sale de su consultorio a las seis y treinta y cinco. Se anuda al cuello un pañuelo de gasa azul claro, muy tenue. Coge su bolso.

—Señor Montoya.

—Doctora.

—Cuando usted quiera.

—Ya estoy listo.

Cerramos el edificio. Bajamos las escaleras uno detrás del otro, manteniendo un metro de distancia, sin hablar.

Salimos a la calle L. El sol está bajo, tiñendo de naranja la esquina con Línea.

El aire huele a ese calor acumulado del asfalto y a gasolina vieja.

Caminamos hacia La Sorbona hablando de cosas que no tienen importancia: que Ernestina Borges ya tiene treinta y una semanas y los pies hinchados, que Nelson está sacando cuentas para su boda con Yaisa en octubre... Hablamos del calor y de Teresa.

Entramos en La Sorbona. Chuchi nos ve desde la barra. No se sorprende, o al menos finge muy bien no hacerlo; a estas alturas ya lo ha visto todo. Nos saluda con su habitual dignidad.

—Doctora. Iván. ¿Dos cafés?

—Dos, por favor, Chuchi.

—¿Mesa o barra? —pregunta él, mirando el local medio vacío.

Miro a Daniela. Ella levanta una ceja.

—Mesa, Chuchi. La del fondo.

—La del fondo será. Enseguida se los llevo.

Nos sentamos en la mesa redonda del rincón, junto a una ventana que da al patio interior donde vive Chuchi.

Entra una brisa ligera. Chuchi nos trae los cafés en tazas blancas normales, sin adornos.

También nos deja, sin que se lo hayamos pedido, una cestita con dos pasteles de guayaba. Luego se retira.

Nos quedamos a solas.

—Señor Montoya.

—Dígame.

—Tenía ganas de salir del edificio.

—Me lo imagino.

—Llevo dos meses hablando con usted encerrada entre cuatro paredes.

—Tres —la corrijo con una sonrisa—. Con el pasillo son tres sitios distintos.

—Cierto, tres. Perdón.

—No hay nada que perdonar, doctora.

Bebemos el café al mismo tiempo. Chuchi, desde la barra, finge estar muy ocupado con un cliente imaginario para darnos privacidad.

—Señor Montoya... ¿usted sabe qué día es mañana?

—Sábado.

—Sí, pero me refiero a la fecha.

—Veinticinco de julio. No se me viene nada especial a la cabeza, ¿debería?

—A mí sí se me viene. Mi padre cumple setenta años.

«Tranquilo, Iván. Uno: el padre cumple setenta mañana. Dos: eso explica que Manolita viniera a "inspeccionar" la semana pasada. Tres: eso explica la llamada de su madre. Cuatro: me lo cuenta por una razón. Cinco: no preguntes, deja que ella hable».

—Felicidades adelantadas para él, entonces.

—Gracias. Mañana hay un almuerzo familiar grande. Estarán mis hermanos, los sobrinos, mi madre, Manolita, colegas suyos del CIMEQ... Todo el protocolo.

—Entiendo.

—Iré, por supuesto. Pero no pienso quedarme a la siesta ni a la tertulia de la tarde. Iré solo al almuerzo.

—Bien.

—Señor Montoya... ¿está usted libre mañana por la tarde?

«Tranquilo, Iván. Uno: te está citando un sábado. Dos: es la primera vez que se interesa por tu tiempo fuera del trabajo. Tres: si estás libre. Cuatro: sí. Cinco: responde».

—Estoy libre, doctora.

—¿A partir de qué hora?

—Desde las cuatro estaré desocupado.

—¿Podría encontrarse conmigo a las cuatro y media en algún sitio?

—Donde usted me diga.

—No quiero que sea en el edificio. Ni aquí en La Sorbona.

—Entiendo. ¿Dónde entonces?

—¿El Malecón? En la zona del Calixto García. Hay un banco de piedra junto a un farol que nunca funciona.

—Sé perfectamente dónde es.

—A las cuatro y media, entonces. No es una "cita", señor Montoya. Es una conversación. Hay algo que quiero decirle y que no me cabe en el pasillo.

—Lo comprendo perfectamente, doctora.

—Bien.

Terminamos el café. Chuchi nos trae la cuenta, pero se niega a que paguemos. Dice que el primer café en esa mesa del fondo invita la casa, que es un protocolo antiguo del local. No le discutimos. Salimos a la acera. La luz ya es rosada.

—Señor Montoya. Hasta mañana.

—Hasta mañana, doctora.

Ella camina hacia la parada del P11 y yo hacia la del P4.

En la guagua, pienso en esa "triangulación" de palabras: lo que se dice que es, lo que se dice que no es, y lo que realmente termina siendo.

Mañana es el cumpleaños de su padre. Ella irá al almuerzo y luego bajará al Malecón a decirme algo que no cabe entre las paredes del edificio.

Yo, a las cuatro y media, estaré en ese banco de piedra.

Llego a Lawton a las ocho. Ceno con Regla una tortilla con arroz y no le menciono nada del sábado.

Ella no pregunta. Después, en mi apartamento, me siento en el sillón de terciopelo marrón con la luz tenue, mirando la repisa.

Me acuesto a las once, pero el sueño es esquivo.

A las cuatro de la mañana me despierto y miro el techo.

Me pregunto qué será eso que no cabe en el pasillo de noventa centímetros.

No encuentro respuesta. Me vuelvo a dormir.