De guardia con mi enemigo DIECIOCHO
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DIECIOCHO

La Moraleja no es un hotel, al menos no bajo la rigurosa lente con la que el Ministerio de Turismo clasifica los establecimientos en Cuba.

La Moraleja es, en esencia, el refugio que Valeria y Mario levantaron hace ocho años en la costa norte de la Península de Zapata, cerca de Playa Larga.

Es una construcción honesta, hecha con piedra de la zona y madera traída desde Santa Clara, que cuenta con tres habitaciones que Valeria alquila a amigos y conocidos.

Funciona al margen de las burocracias estatales desde el primer día porque nació para ser un respiro, no un negocio.

Tiene un jardín donde conviven plátanos y caimitos, una hamaca que se balancea entre dos troncos, un perro callejero llamado El Nieto que decidió adoptar a Valeria hace tiempo, y un porche con dos mecedoras de pino que nunca han conocido el barniz.

Es rústico, es sencillo y es, por mucho, más que suficiente.

Llego el sábado a las once de la mañana, cargando con el cansancio de una semana que se sintió como un año.

Valeria me recibe descalza, con un vestido amarillo de algodón y el pelo recogido en una trenza lateral que le quita años de encima.

Me da un abrazo largo, de esos que duran diez segundos y que ella reserva exclusivamente para cuando sabe que llego con la cabeza a punto de estallar.

—Dani —murmura contra mi hombro.

—Vale. Qué bueno estar aquí.

—Deja la maleta ahí mismo. Ven al porche ahora mismo.

—Deja que me duche primero, el viaje fue caluroso.

—Vienes del Vedado, no de la zafra. Estás limpia. Ven al porche.

Obedezco. Mario, con esa inteligencia emocional que desarrollan los hombres casados con mujeres tan perceptivas como Valeria, sabe hacerse invisible sin que el gesto resulte dramático. Aparece un momento con una gorra y una caña de pescar, nos saluda con un gesto y se marcha hacia la playa.

Valeria me sirve un vaso de agua fría con menta fresca. Se sienta en una de las mecedoras y me señala la otra. El crujido de la madera al mecernos es el único sonido que compite con la brisa.

—Dani. Cuéntame —dice ella, yendo directo al grano.

Y le cuento. Le suelto todo lo que llevo guardado: lo que pasó el martes a las once y treinta, la intervención de Manolita, mis siete segundos de parálisis y el aguacero que me empapó después.

Le hablo de la madrugada del miércoles, de la llamada de mi madre al teléfono fijo de mi abuela y de la historia de su vida a los treinta y tres años que nunca me había revelado.

Le confieso que pronuncié el nombre de Iván al aire en mi balcón, y que el jueves bajé a La Sorbona por dos cafés para entregarle uno a él, sin ceremonias, devolviéndole su propio "no se dan".

Valeria me escucha durante cuarenta minutos. No me interrumpe ni una sola vez; solo se mece rítmicamente. Cuando termino, bebe un trago largo de su agua y me mira con esa lucidez quirúrgica que tiene para los problemas ajenos.

—Tres cosas, Dani. Primero: tu madre. Ella tiene sesenta y un años y te acaba de entregar algo que llevaba treinta años respirando en silencio.

Eso es un regalo enorme. No le digas "gracias por contarme aquello".

Agradéceselo ocupándote de ella: llámala los martes, almuerza con ella los domingos, mírale a la cara cuando te hable. Esa es la moneda que ella necesita.

Asiento. Me apunto el consejo mentalmente.

—Segundo: Iván —continúa Valeria—. Ese hombre tiene treinta y tres años, ha enterrado a su madre siendo un muchacho, se crió con una vecina, levantó su propio negocio, aceptó tus normas de convivencia sin rechistar y aguantó el desplante de Manolita con una dignidad que ya quisiera mucha gente de apellido.

Pero lo que más me importa es ese "por mí" que te soltó el jueves.

Un hombre que sabe distinguir lo que es suyo de lo que es de los demás, y que no lo usa para manipularte, es una rareza absoluta en este país.

—A veces hablas como una sentencia judicial, Vale —le digo con una media sonrisa.

—Soy jurista, Dani. Es deformación profesional.

—¿Y la tercera?

—La tercera es la que te toca a ti. Vas a tener que decidir una sola cosa este fin de semana.

No te la voy a decir yo; tienes que encontrarla tú sola entre este porche y la playa.

Mario y yo nos vamos ahora, volvemos a la una.

Tienes agua, comida en la nevera, el libro que dejé en la mesita y a El Nieto para que te cuide.

Si quieres llorar, lloras. Si no quieres hacer nada, no hagas nada.

Pero mañana al mediodía, esa cosa tiene que estar resuelta.

—¿Pero al menos dime de qué se trata la "cosa"?

—Si te la digo yo, no funciona, Dani. Eres lista, desde los seis años lo eres. La vas a encontrar.

Se marchan. El Nieto decide que yo soy más interesante que la caña de pescar de Mario y se echa a mis pies. Me quedo sola. Son las doce y media y el sol de julio en Zapata es un fuego blanco, pero el toldo y la brisa marina hacen que el porche sea un oasis. Me mezo. Cierro los ojos.

Comemos los tres a la una y media: sopa fría de aguacate, pescado a la brasa y arroz blanco, todo regado con cerveza fría. Mario cuenta anécdotas de cuando se conocieron en 2003 y nos reímos. Valeria tiene una risa de garganta que me resulta familiar y reconfortante.

A las tres y media, me retiro a la hamaca bajo un almendro. El sonido del mar a treinta metros y el sueño del perro me ayudan a dejar de "intentar pensar" para simplemente dejar que la cabeza trabaje. La "cosa" que Valeria mencionó es, en realidad, muy simple si dejas de esquivarla. Es binaria.

O me permito ser una mujer que quiere a un hombre que no encaja en el molde de los Sotolongo, o me paso los próximos veinte años repitiendo el calendario de mi madre, pero sin los hijos que ella tuvo.

No hay una tercera opción. La primera me asusta porque es incierta; la segunda me aterra porque sé exactamente cómo termina.

A las cinco, Valeria baja con café frío. Nos mecemos un rato más en silencio.

—Vale —le digo finalmente—. La encontré.

—Me lo imaginaba. No hace falta que me digas qué es.

—¿Cómo lo supiste?

—Dani, cuando uno toma una decisión así en una hamaca, el cuello cambia de postura. El tuyo se relajó hace veinte minutos.

El domingo transcurre entre café, pan con mantequilla y mermelada de guayaba casera. Pasamos la mañana en la playa hablando de todo menos de Iván: de su hija Sofía, de leyes de propiedad, de libros. Valeria sabe que mi cabeza necesita un descanso de él para que la decisión se asiente.

A las cuatro de la tarde, recojo mi maleta. Mario me lleva a Playa Larga para tomar el autobús. Antes de bajar del coche, Valeria me sujeta del brazo.

—Dani. Mañana cuando entres a las nueve, no le hables de lo que decidiste aquí.

—¿Por qué no?

—Porque ese hombre no procesa las cosas con palabras. Hazlo con un gesto. Uno pequeño que hasta Teresa pueda entender. Si ella lo entiende, él sabrá que el mensaje es para él.

Llego a La Habana a las diez de la noche y duermo como no lo hacía en semanas.

El lunes me despierto a las seis y media.

Me arreglo con un cuidado distinto: camisa crema de manga larga, pantalón gris, el moño bajo y relajado.

Me pongo unos pendientes de oro amarillo que heredé de mi abuela Ofelia y que nunca uso para trabajar.

Hoy quiero llevar algo que signifique "familia" pero bajo mis propios términos.

En la guagua, saco del bolso un caracol blanco con vetas rosas que recogí ayer en la playa. Escribo una nota rápida en un papel en blanco:

"Señor Montoya, pensé. He decidido una cosa. No la voy a decir todavía, pero le dejo este caracol de Playa Larga. Se lo dejo porque allí, ayer, decidí. D. Sotolongo."

Envuelvo el caracol y la nota en un sobre y llego a la consulta a las nueve en punto. La máquina de Iván está apagada; lo oigo hablando con un cliente. Nelson no ha llegado.

—Teresa —le digo, dejando el sobre en el mostrador.

—Dígame, doctora. ¿Para el muchacho?

—Para él. Se lo das cuando termine, por favor. Y si pregunta, solo dile que se lo dejé yo.

Me pongo mi bata del halo gris y me siento a revisar la agenda. A las nueve y siete, oigo que el cliente de Iván se marcha. Oigo a Teresa levantarse, cruzar el pasillo y entregar el sobre con voz profesional.

Se hace un silencio absoluto. A través de la pared, aunque no lo vea, "oigo" cómo abre el sobre, cómo desenvuelve el caracol y cómo este toca la mesa de dibujo con un clic sordo.

Y entonces, escucho su respiración. Es una inhalación profunda, larga, seguida de una exhalación pesada.

Conozco ese sonido: es el de Iván luchando por no decir nada en voz alta.

Teresa regresa a mi puerta. Golpea tres veces.

—Doctora. El muchacho dice que gracias.

—Gracias a ti, Teresa.

Me quedo sola, respirando el olor a desinfectante y el aroma verde del tamarindo que, fuera de todo pronóstico, ha empezado a dar su tercera tanda de flores.

—Iván —susurro al consultorio vacío.

Es la segunda vez que digo su nombre. Sabe a nuevo, pero ya no me asusta. No va a ser la última vez que lo pronuncie.