De guardia con mi enemigo DIECISIETE
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DIECISIETE

El jueves amanece como un jueves cualquiera, que es la mejor manera en que puede amanecer un día después de una semana en la que dos jornadas se salieron de su órbita.

Me despierto en mi apartamento de Lawton a las seis y cuarto con la pereza de siempre y con la espalda protestando un poco más de lo habitual; dormir en la cama pequeña de Regla hace dos noches me pasó factura.

Su colchón es un superviviente de los años setenta, duro como una tabla, de esos que imagino son excelentes para la postura de un santo, pero no para la columna de un hombre de treinta y tres años.

La guagua va llena, pero no llega a ese punto insoportable de los lunes.

Un hombre joven se levanta para ofrecerme el asiento nada más verme entrar.

Le digo que no con un gesto amable, porque si alguien de veinte me ofrece el sitio a los treinta y tres, es que llevo en la cara una fatiga que yo mismo no he sabido diagnosticar frente al espejo.

Le doy las gracias y me quedo de pie, agarrado a la barra, viendo cómo despierta la ciudad.

A las ocho menos cuarto entro en La Sorbona. Chuchi me ve cruzar el umbral y, por fin, me regala una sonrisa de las suyas.

—Iván.

—Chuchi.

—¿Tres? —pregunta, mientras ya coloca las tazas.

—Tres.

—¿Hoy la cosa va mejor?

—Hoy va normal, Chuchi.

—Normal es mejor que nada, hermano —sentencia él mientras acciona la cafetera—. Lo normal es lo que una buena barra reconoce cuando entra un hombre que lleva dos días con el alma fuera de sitio.

Me sirve el café, le pago y salgo de allí. Subo las escaleras del edificio con un ritmo constante. A las ocho y doce entro en la sala común con los tres cafés perfectamente equilibrados en la rejilla de cartón.

Teresa ya está en su puesto, organizando papeles con una meticulosidad de notaria. Molar duerme bajo la silla, ajeno al mundo. La doctora todavía no ha llegado. Teresa me saluda con esa naturalidad limpia que tanto agradezco.

—Muchacho.

—Doña Teresa, buenos días.

—Buenos días tengas.

Le dejo su café en el mostrador. El tercero lo coloco en el antepecho de la ventana, como hice ayer. Teresa me señala con la barbilla una estampita nueva que ha colocado sobre el calendario de julio. No es San Expedito ni Santa Rita. Esta vez es la Caridad del Cobre.

—Doña Teresa, veo que hoy tenemos cambio de guardia. ¿Hoy toca la Caridad?

—Hoy toca la Caridad, muchacho.

—¿Y eso?

—Porque hoy es jueves, hoy la doctora va a entrar a las ocho y media en punto, y la Caridad es la patrona a la que le he pedido que se ocupe de lo que queda de mes.

San Expedito hizo el milagro el martes, Santa Rita vive conmigo en el bolsillo, pero la Caridad es la que se queda para el largo plazo, para que las aguas no se revuelvan más.

Me quedo un momento mirándola, admirando su capacidad de gestión espiritual.

—Usted lo tiene todo muy bien organizado, doña Teresa.

—Ocho años aquí, muchacho. Ocho años. Vaya para el estudio ahora, que Nelson llega en un rato y hay que ventilar eso.

Cruzo a mi lado. Enciendo el aire acondicionado y abro las dos ventanas para que el aire del patio limpie el ambiente mientras baja la temperatura. Reviso la agenda: a las nueve tengo a Porfirio Anglada, un taxista jubilado que viene a retocarse un diseño que le hice hace un par de años.

A las ocho y veintidós, el sonido del portón abajo me avisa de su llegada. Pasos rítmicos. Tacones. La precisión de siempre, hoy sin pausas ni vacilaciones. La doctora entra.

—Buenos días, Teresa.

—Buenos días, doctora.

—¿Mi café?

—En el antepecho, como le gusta.

—Gracias.

Se hace un silencio de tres segundos. Oigo el roce de la taza al ser recogida. Luego, Daniela cruza la sala común hacia su consultorio. Al pasar por delante del hueco de la pared, no se detiene ni se asoma, pero levanta la voz lo justo para que el saludo me llegue nítido, sin teatro alguno.

—Señor Montoya.

—Doctora.

—Buenos días.

—Buenos días para usted también, doctora.

Sigue su camino. Entra en el consultorio y cierra la puerta.

Eso es todo. No hace falta más. Es exactamente lo que el jueves necesitaba ser: una normalidad de cuatro palabras, un saludo de vecino que comparte techo y rutina. Ella cumple con su parte y yo con la mía: no forzar los tiempos.

A las nueve llega Porfirio con su guayabera blanca y su bastón.

Lo instalo en la camilla y trabajamos durante hora y media retocando los grises de su tatuaje.

Porfirio es de los mejores clientes; a sus sesenta y nueve años tiene historias de los almendrones de los años noventa que darían para escribir un libro entero.

A las diez y media terminamos. Porfirio paga, se despide de Teresa con una galantería de la vieja escuela, le dice a Molar que sea un buen perro y se marcha. Nelson llega poco después, con una cara de tranquilidad que me confirma que Teresa ya le ha dado el parte de "sin novedad".

—Hermano.

—Dime, Nelson.

—Hoy la marea está baja, ¿no?

—Hoy todo va rodando, Nelson. Tranquilo.

Preparo el material para mi siguiente cliente. A las doce menos cuarto ya tengo las tintas listas y la aguja comprobada. A las doce y dos minutos, oigo movimiento en el mostrador.

—Doctora —dice Teresa.

—Teresa.

—¿Va a traer dos?

—Dos, Teresa.

—¿Quiere que yo se los alcance?

—No hace falta. Se los llevo yo misma.

Dejo lo que estoy haciendo y me pongo de pie. Ella cruza la sala común y se detiene en el umbral del estudio, sin llegar a entrar. Lleva su bata blanca y sostiene dos vasos de café para llevar, de esos de plástico con tapa de La Sorbona.

—Señor Montoya.

—Doctora.

—He bajado un momento a buscar algo de desayunar y he traído dos cafés. Por si le apetece uno.

—Sí quiero, doctora. Gracias.

Me acerco. Me pasa uno de los vasos con la naturalidad con la que se entrega un informe. Nuestras manos no llegan a tocarse, pero la distancia es tan mínima que un milímetro de error habría provocado el contacto. Ninguno de los dos comete ese error.

—Gracias de nuevo.

—No se dan, señor Montoya.

Es la tercera vez que usa mi frase. Ya no es una coincidencia, es un hábito. Me muerdo las ganas de sonreír. Ella da media vuelta, vuelve a su consultorio y cierra la puerta. Nelson me mira mientras bebe su propio café, pero guarda silencio. Sabe leer el aire.

A la una y media bajo al pasillo del patio. Daniela aparece cuatro minutos después con su taza. Nos apoyamos en las paredes opuestas, respetando los noventa centímetros de ancho.

—Doctora.

—Señor Montoya.

—Hoy no ha habido reparto de café, veo.

—Hoy no ha hecho falta —responde ella antes de dar un sorbo.

Bebemos en silencio. El tamarindo ya no tiene flores, pero el verde de sus hojas es intenso bajo el sol de julio. Molar cruza el pasillo trotando, como si tuviera asuntos urgentes que atender. La paloma del alero ya no está; parece que finalmente desistió de su nido.

—Señor Montoya... el sábado y el domingo no voy a estar en la ciudad.

—¿Algún viaje, doctora?

—Me voy a La Moraleja con Valeria. Ella y su marido tienen un lugar pequeño en la Península de Zapata. Necesito salir un par de noches.

—Me parece una idea excelente. Disfrute.

—Se lo digo porque el lunes llegaré a las nueve en lugar de a las ocho y media. Para que Teresa no se preocupe.

—Queda apuntado.

—Y también se lo digo... porque voy a pensar.

Se hace un silencio largo. Daniela mira su taza y luego me sostiene la mirada.

—Está bien —respondo simplemente.

No pido más detalles y ella no los ofrece. Termina su café, deja la taza en el antepecho de mármol, sobre la grieta que ya conocemos, y sube las escaleras. Me quedo allí un par de minutos más, disfrutando del olor a tierra y hojas.

La tarde transcurre sin sobresaltos. A las seis, Daniela tiene un paciente pediátrico y, como siempre que hay niños de por medio, apago la máquina de tatuar por respeto al silencio.

Me pongo al día con la papelería y las facturas.

Oigo al niño irse, feliz porque Teresa le ha dado una estampita de la Caridad que él guarda como un tesoro.

A las siete menos cinco, la doctora sale. Camina hacia la puerta principal y, antes de cruzarla, se despide sin asomarse al hueco.

—Señor Montoya.

—Diga, doctora.

—Que tenga un buen fin de semana.

—Igualmente para usted. Descanse.

La puerta se cierra. Teresa recoge sus cosas, se despide y se marcha. Molar se queda conmigo, ya que los jueves es su noche de guardia en el edificio según nuestro acuerdo informal. Le pongo comida, agua fresca y le doy una palmadita de despedida.

Bajo a la calle L, tomo el P4 y regreso a Lawton.

Durante el trayecto no hago listas ni planes.

Simplemente pienso que el jueves ha funcionado, recuperando un equilibrio que parecía perdido.

Pienso en Daniela y en su decisión de irse a pensar.

En Cuba, cuando alguien dice que se va a pensar, lo que realmente está diciendo es que se va a decidir.

El lunes ella llegará a las nueve. Yo estaré aquí desde temprano, como siempre.

En esos cuarenta y cinco minutos de diferencia, ella traerá una resolución bajo el brazo.

No creo que me sorprenda lo que decida; Daniela es de esas personas que, aunque a veces lo olviden, saben elegir por voluntad propia.

Solo está volviendo a encontrarse con esa parte de sí misma.

Llego a Lawton a las ocho y veinte. Ceno algo rápido en mi apartamento: un pan con queso y un vaso de leche. Hoy prefiero no ir a ver a Regla; necesito mi propio silencio. A las diez apago la luz y me duermo casi al instante.