De guardia con mi enemigo CATORCE
62%

CATORCE

A las tres y dos minutos de la madrugada, el insomnio se ha vuelto una presencia sólida en mi habitación.

Estoy despierta, con los ojos fijos en las sombras del techo mientras las aspas del ventilador del balcón giran con un zumbido monótono en la posición tres.

El aire apenas se mueve, cargado con esa densidad húmeda típica de las noches habaneras de julio.

—Daniela —me digo en un susurro que apenas rompe el silencio—.

Vamos a hacer recuento. Uno: no has pegado ojo en toda la noche.

Dos: no has probado bocado desde el almuerzo.

Tres: llevas seis horas con el móvil pegado al cuerpo sin atreverte a desbloquear la pantalla.

Cuatro: mientes, lo has mirado tres veces con el corazón en la garganta, pero no has sido capaz de iniciar ninguna conversación.

Cinco: no hay mensajes de él, ni los esperes a estas horas. Seis: por el amor de Dios, respira.

Inhalo profundamente. El aire de la estancia trae un rastro dulce de jazmín, probablemente de la maceta que la vecina de arriba cuida con tanto esmero.

Me incorporo lentamente y me siento en el borde de la cama.

Al bajar los pies, el contacto de las plantas con las baldosas me devuelve un frío repentino que me ayuda a aterrizar en la realidad.

Camino a oscuras por el pasillo hasta llegar al salón.

No enciendo la lámpara principal; en su lugar, activo la pequeña bombilla amarilla de veinticinco vatios que descansa sobre el aparador.

Es una luz humilde, casi mortecina, pero cualquier otra cosa me resultaría una agresión violenta para mis ojos cansados.

Me dejo caer en el sofá. Del bolsillo de la bata de casa, esa que me puse mecánicamente sobre el pijama al salir de la ducha, saco el teléfono. Son las tres y siete.

Abro la galería de imágenes. Mis dedos se deslizan por la pantalla, haciendo retroceder el tiempo entre capturas de radiografías y fotos familiares, hasta que me detengo en una del catorce de mayo.

Es una imagen cruda: tres ladrillos fracturados sobre un suelo de baldosa hidráulica, una columna de polvo suspendida en un haz de luz y el borde irregular de un hueco que acababa de abrirse en la pared del consultorio.

Me quedo mirando esa herida en el edificio durante un largo rato.

Luego, cierro la aplicación y deposito el móvil boca abajo sobre la mesa baja, como si fuera un objeto peligroso.

En la cocina, el silencio permite que emerja un sonido que antes me era ajeno: un grifo mal cerrado gotea rítmicamente cada seis o siete segundos.

Es extraño; llevo cuatro años viviendo aquí y juraría que nunca lo había oído.

Me levanto, camino hasta el fregadero y aprieto la llave con fuerza hasta que el silencio vuelve a ser absoluto.

Regreso al sofá y retomo mi diálogo interno.

—Daniela, escúchame bien. Uno: llevas catorce años en esta profesión sin permitirte llamar a las cosas por su nombre.

Dos: hoy, en el silencio de esta madrugada, vas a tener que hacerlo.

Tres: si no lo enfrentas ahora, la cobardía se te va a instalar en el pecho mañana, pasado y el mes que viene.

Cuatro: es mejor ahora, que no hay testigos.

Cinco: nadie te está juzgando. Seis: respira.

Vuelvo a levantarme, impulsada por una inquietud que no me deja estar quieta.

Voy a la cocina, me sirvo un vaso de agua del filtro y bebo de pie, apoyando la espalda contra la encimera fría.

El agua está templada, pesada. Regreso al salón y me hundo de nuevo en el sofá, apoyando la cabeza en el respaldo.

—Vamos otra vez. Uno: lo que ocurrió hoy a las once y treinta no es un incidente que se solucione con una disculpa rápida por la tarde.

Dos: no es algo que se arregle con una charla de cortesía al día siguiente para limpiar la conciencia.

Tres: no se puede solucionar haciendo como si la escena no hubiera existido.

Me obligo a cerrar los ojos para visualizarlo de nuevo.

—Cuatro: lo que ha pasado es grave, Daniela.

Muy grave. Cinco: ese hombre bajó la taza, respiró con una calma que dolía, asintió y cerró la puerta sin dedicarte ni una mirada de reproche.

Seis: un hombre que hace eso es un hombre que lleva toda su puñetera vida bajando tazas y cerrando puertas cada vez que alguien le lanza una frase cargada de prejuicios.

Me detengo. A lo lejos, el rugido de una moto bajando por la calle Línea rompe la quietud durante ocho segundos exactos. Luego, el silencio de la ciudad vuelve a devorarlo todo.

—Siete: y sin embargo, hay más. Ocho: lo que más te escuece no es la injusticia de Manolita.

Nueve: lo que de verdad te está rompiendo por dentro es que, cuando tuviste la oportunidad de hablar, te quedaste paralizada.

Tu boca se abrió, pero el miedo fue más fuerte que la palabra.

Diez: y no te duele porque no defendieras a un vecino.

Once: te duele porque lo que ibas a defender era ese hueco en la pared al que te asomas cada mañana buscando algo que todavía no te atreves a definir.

Me quedo inmóvil, con los ojos apretados. Siento un nudo en el estómago que no tiene nada que ver con el hambre.

—Daniela —me susurro a mí misma—. Abre los ojos y admítelo. Estás en peligro emocional. Peligro real, no una simple posibilidad estadística. Estás cayendo por un hombre al que hace apenas tres meses llamabas extraño.

Al abrir los párpados, la frase parece haber quedado suspendida en el aire del salón, vibrando con una frecuencia propia. La repito en voz alta, usando el mismo tono técnico y aséptico con el que les explico la anatomía del maxilar a mis alumnas de primer año cuando vienen a pedirme refuerzo.

—Peligro emocional. Peligro real, no estadístico.

El salón permanece mudo. Son las tres y dieciocho.

Me ha tomado exactamente dos meses llegar a esta conclusión.

Me levanto y camino hacia la ventana del balcón.

Abro el postigo con cuidado de no hacer ruido.

El aire de la madrugada entra de golpe: es tibio, húmedo y denso, cargado con el olor del asfalto y el salitre cercano.

Un coche cruza Línea en la distancia. Un perro ladra en un patio lejano.

El motor de un refrigerador viejo en el piso de abajo chisporrotea con un ritmo irregular.

Apoyo la frente contra el marco de hierro. El metal está frío, un contraste bendito contra mi piel encendida. Me quedo así durante un tiempo indefinido. Pueden ser cinco minutos o siete, no lo sé. Cuando decido entrar y cerrar de nuevo, el reloj marca las tres y treinta y uno.

—Daniela, razonemos. Uno: hoy a las once y treinta fallaste, simplemente no pudiste reaccionar.

Dos: las circunstancias eran demasiado pesadas para tu estructura habitual.

Tres: la doctora Ruisánchez apareció en tu consulta después de tres años de silencio porque tu madre no le había mencionado nada de la obra.

Cuatro: tu madre no dijo nada porque ella, en algún rincón intuitivo de su mente, sabe o sospecha algo que tú todavía no has querido procesar.

Suspiro y me abrazo a mí misma.

—Cinco: si tu madre lo intuye, tu padre vive en la ignorancia absoluta.

Seis: si él no lo sabe es porque tu madre ha decidido protegerte, creando una zona de silencio.

Siete: ella está cuidando tu hueco. Ocho: Teresa también lo hace.

Nueve: Rosaura, tu socia, también. Diez: Valeria, tu mejor amiga, también.

Once: hasta Hortensia, la vecina, ha entrado en el juego.

Doce: te das cuenta de que el edificio entero ha tejido una red de protección silenciosa alrededor de ese hueco sin pedirte permiso, simplemente porque te quieren.

Me dejo caer de nuevo en el sofá, agotada por el peso de mis propias conclusiones.

—Trece: y hoy, cuando esa red se puso a prueba frente a la vieja guardia del Vedado, la que falló no fue la red.

Catorce: fuiste tú, Daniela. Quince: y vas a tener que buscar la forma de arreglarlo.

Dieciséis: quizás no sea hoy ni mañana. Diecisiete: tal vez tome un mes.

Dieciocho: y puede que, después de todo, no se cure por completo. Diecinueve: respira.

Cojo el móvil con manos temblorosas. Lo enciendo, la luz de la pantalla me deslumbra un momento. Busco la conversación con Valeria. El cursor parpadea.

—"Vale, no puedo dormir. ¿Podemos hablar a las ocho menos cuarto?" —escribo.

Le doy a enviar y vuelvo a dejar el teléfono boca abajo, sintiendo una pequeña liberación al haber soltado el mensaje al vacío. A las cuatro menos diez, la pantalla se ilumina de nuevo. Valeria, que siempre parece estar de guardia para mis crisis, contesta de inmediato.

—"Te llamo yo a esa hora. Intenta descansar un poco, aunque sea cerrando los ojos. Si no puedes dormir, simplemente espera. Aquí estoy".

No le contesto. Apago la pantalla y dejo que la oscuridad vuelva a ganar terreno.

Me deslizo del sofá hasta quedar sentada directamente en el suelo de baldosas.

Apoyo la espalda contra el cojín y estiro las piernas, sintiendo el frío del suelo a través de la tela del pijama.

Inclino la cabeza hacia atrás. La bombilla amarilla del aparador proyecta una mancha redonda en el techo, justo encima de las aspas quietas del ventilador.

Me quedo allí, inmóvil, observando ese círculo de luz mientras espero que el primer rastro del alba decida aparecer por la ventana.