De guardia con mi enemigo TRECE
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TRECE

Teresa no se ofende. Sabe, como lo sé yo y como lo sabe medio Vedado, que Manolita pertenece a esa categoría de señoras habaneras de la vieja guardia médica que consideran el mostrador de recepción un trámite burocrático destinado a otras personas.

Es, probablemente, el único punto en el que mi madre, Teresa y yo coincidimos sin discutir.

—Daniela. —Manolita, qué gusto oírla. —Hija, ¿tienes un hueco a las once y media?

—preguntó sin preámbulos. —Sí, Manolita.

Para usted siempre hay espacio. —Me da un dolor atroz la muela del juicio superior derecha desde anoche.

Tu padre, que no me acompaña porque tiene consulta en el CIMEQ hasta la una, me ha ordenado que pase por ti.

—La espero a las once y media entonces. —Hija...

—Dígame. —¿Estás sola? —¿Cómo que sola? —¿La consulta sigue como la dejaste cuando fui a verte hace tres años?

Me quedé medio segundo con el auricular suspendido en el aire.

Daniela, respira. Uno: Manolita no sabe lo de la pared. Dos: mi padre no se lo ha dicho, lo cual es raro porque él le cuenta todo a mi madre y ella a Manolita. Tres: a lo mejor mi madre decidió, por una vez, guardar silencio. Cuatro: no importa, lo va a ver ella misma en dos horas. Cinco: avísale.

—Manolita, hay una reforma en el edificio. —¿Reforma? —Estructural. Una pared medianera cayó en mayo. Hay una sala común mientras dure la obra. —¿Sala común con quién? —Con el local de al lado. Un estudio, Manolita. —¿De fisioterapia? —No. De tatuajes.

Se produjo un silencio largo, de esos que en una línea telefónica se vuelven densos, cargados con el sonido del aire estático.

—Hija... tu madre no me ha contado nada de esto. —Probablemente no le pareció un detalle importante. —Me pasaré a las once y media de todas formas. —Allí estaré. —Hija, una cosa más. ¿El señor del estudio va a estar presente? —Manolita, es su horario de trabajo. —Comprendido. Hasta luego.

Cuelgo y me quedo mirando el aparato tres segundos más de lo necesario. El tamarindo del patio sigue soltando sus flores de julio. Molar, bajo la silla de Teresa, cambia de postura con un suspiro sordo. Salgo a la recepción.

—Teresa, a las once y media viene la doctora Ruisánchez.

Teresa levanta la vista y frunce el ceño. —¿La madrina de su hermana Bárbara? ¿La viuda del director? —Esa misma. —¿La amiga íntima de su señora madre? —Esa, Teresa. No me lo repita más.

Teresa cierra su libreta con un golpe seco.

Abre el cajón, saca la estampita de Santa Rita, la mira, la guarda y extrae una nueva: un santo de gesto severo.

—¿Y ese quién es? —San Expedito, doctora.

Abogado de las causas urgentes y de las situaciones difíciles que hay que resolver rápido.

—Es una muela, Teresa, no una crisis de estado.

—Doctora, sí lo es. Manolita viene a ver la pared antes que la muela.

Y ver paredes con cita de muelas es una emergencia que no se deja para mañana.

Daniela, respira. Uno: Teresa tiene razón. Dos: siempre la tiene.

—Avise al señor Montoya. Que a las once y media baje el volumen de la máquina y que no cruce la sala si puede evitarlo. Tenemos una paciente... delicada.

Vuelvo a mi cubículo. Atiendo a un señor con un flemón persistente mientras oigo a Teresa entrar al estudio de al lado. Oigo murmullos. Oigo la voz de Iván. Teresa regresa a su sitio.

A las once y cuarto, la sala común se sumerge en un silencio sepulcral. Ni zumbidos de agujas, ni rosarios, ni ladridos. Iván está trabajando con un cliente joven que me saluda con la cabeza cuando paso. La máquina está en un nivel casi inaudible.

—Doctora —me llama Iván desde su estudio, sin asomarse. —Señor Montoya. —Doña Teresa me avisó. Máquina al mínimo. No cruzaré a recepción hasta la una. Si necesita más silencio, me avisa. —Es suficiente así, gracias.

Me lavo las manos, cambio de guantes y me ajusto el pañuelo. En el espejo veo mi cara de siempre. Eso, por alguna razón, me irrita. A las once y veintinueve, el portón de abajo suena.

Manolita camina como las médicas de la vieja escuela: pasos firmes, tacón medio, apoyo total de la suela. Entra en la sala común con su vestido azul marino y un bolso de piel negro al antebrazo. Está más mayor, pero mantiene esa verticalidad ósea que impone respeto.

—Manolita. —Daniela, hija. ¿Cómo está mi niña? —Bien. Pase, por favor. —Hija, el dolor es terrible. Vamos adentro.

Manolita se gira para entrar al consultorio y entonces sucede.

Iván atraviesa la sala común con una taza de café.

Son las once y treinta; es su rutina de los martes.

Cruzar hacia el pasillo del patio para beber solo.

Lo hemos negociado con el silencio de la costumbre.

Ni él ni yo calculamos que Manolita llegaría con tal puntualidad.

Iván se detiene. No parece sorprendido, pero Manolita sí. Ella procesa la imagen: el hombre joven, la coleta baja, la camisa negra con mangas recogidas, el brazo tatuado y la guirnalda de flores blancas en el cuello. Iván la saluda con un gesto de cabeza mínimo y sigue hacia el pasillo.

Manolita se vuelve hacia mí, petrificada. —Niña... ¿es él? —Es el señor Montoya, Manolita. El vecino. —Pero hija... ¿cómo permites compartir espacio con esta gente? Tu padre, si supiera esto, se moriría de la vergüenza.

El aire se congela. El señor Montoya se detiene a mitad de la sala común, de perfil, escuchando perfectamente.

Primer segundo: Oigo la frase. "Esta gente".

Segundo: Registro que él también la ha oído.

Está a tres metros, con la taza pesando en su mano.

Tercer segundo: Mi cabeza hace cálculos.

Defenderlo significa enfrentar a Manolita.

Significa una guerra telefónica con mi madre.

Significa un almuerzo de domingo insufrible con tres generaciones de Sotolongos chocando.

Cuarto segundo: La cabeza dice: "No puedes".

Quinto segundo: El cuerpo dice: "Deberías".

Sexto segundo: Abro la boca. Tomo aire. Séptimo segundo: El cuerpo pierde.

—Doctora Manolita, pase al consultorio, por favor —mi voz suena profesional, aséptica, como si estuviera llamando a un paciente desconocido.

Manolita me mira, detecta mi capitulación y asiente. Entra al consultorio. Yo me giro un poco hacia Iván. Él me mira. No hay acritud en sus ojos, sino una piedad antigua, la que un joven le dedica a un anciano cuando entiende sus prejuicios, aunque no los comparta.

Iván baja su taza y la deja en el mostrador de Teresa.

Con cuidado. Con el asa hacia mí. El clic del cerámico contra la madera suena como una sentencia definitiva.

Inhala por la nariz, suelta el aire, asiente una vez y da un rodeo por detrás de la butaca para no pasar por el hueco.

Entra a su estudio y cierra la puerta sin dar un golpe.

El chasquido del pestillo es el ruido más fuerte de la mañana.

Durante la revisión, trabajo de forma mecánica. La muela está fracturada, hay una caries pequeña. Le prescribo antiinflamatorios y programo la extracción. Trabajo sin mi propia voz; me siento una extraña en mi propia bata.

Al terminar, Manolita se incorpora y me mira fijamente.

—Daniela. —Dígame. —Lo que acaba de pasar...

no te voy a regañar. Tampoco se lo diré a tu padre.

Soy de la vieja escuela y no cuento lo que pasa en una consulta.

—Gracias. —Pero escucha: eso que acabas de hacer, lo de no corregirme, lo vas a recordar esta noche y no te va a dejar dormir.

He sido una madrina injusta. He entrado, he visto y he disparado.

Pero he visto a ese hombre bajar la taza.

Lo ha hecho con una dignidad que me ha dado una lección.

Manolita sale del consultorio. Yo la sigo. En la sala común, se detiene ante la puerta de Iván. Llama con los nudillos. Tres veces.

La puerta se abre. Iván aparece en el umbral, profesional, distante. —Señora. —Señor, le pido disculpas. Acabo de insultarlo sin motivo. Soy Manolita Ruisánchez y le ofrezco mis disculpas formales. —Aceptadas, señora Ruisánchez. —Gracias.

Manolita se gira hacia la salida. Antes de irse, me habla por encima del hombro. —Daniela, la muela el martes que viene. Y no se lo cuentes a tu madre; lo haré yo. Hay cosas que son de madres, no de hijas.

Sale. La puerta se cierra. Quedamos Iván y yo, separados por tres metros de suelo compartido. Él me mira cuatro segundos. Reconoce mi silencio previo y mi vergüenza actual. Sabe lo que yo sé. No hay palabras que alcancen.

—Señor Montoya... —mi voz se quiebra. —Doctora —me interrumpe él con suavidad—. Hoy no hace falta. Hoy trabajamos. Mañana, si usted quiere, hablamos.

Asiente y se retira a su estudio. Me quedo sola con Teresa y Molar.

—Teresa, cancele las citas de la tarde. Diga que es una emergencia. —Sí, doctora. —Me voy.

Cojo mi bolso, cuelgo la bata y salgo del edificio. En cuanto piso la acera de la calle L, estalla un aguacero de julio. El agua cae tibia y violenta. La gente corre a los portales, pero yo no. Tengo un paraguas en el bolso, pero no lo abro.

Camino hasta la parada del P11. Me mojo hasta los huesos. La ropa se me pega al cuerpo, el pelo gotea y mis zapatos se llenan de agua. La guagua tarda diecisiete minutos en los que permanezco inmóvil bajo la lluvia.

Llego a mi casa, entro en el salón a oscuras y me quedo allí, goteando sobre las baldosas. Me ducho, me pongo ropa seca y me siento en el sofá. Miro el móvil. No lo toco. Me quedo en silencio, viendo cómo la luz de la tarde desaparece, pensando en el sonido de una taza de café golpeando la madera.