DOCE #3
—Sabes, Canino... a las personas que vienen y no se quedan, uno aprende a no pedirles nada.
Es la regla de oro de donde yo vengo. Si estás de paso, pues adiós y buena suerte.
En Lawton, a los que se quedaban de verdad se les hacía una cena especial, pero solo después de tres años.
Al primer año no celebrábamos nada, porque cualquiera puede irse al primer año.
Daniela no me interrumpe. No se ríe de que le hable a un gato. Solo escucha, con la mirada perdida en las hojas del árbol.
—A los que se quedaban, ya no hacía falta preguntarles si vendrían mañana.
Se daba por hecho. Pero a los que estaban de paso...
a esos nunca se les preguntaba nada, porque la respuesta dolía y nunca era la que uno quería oír.
Eso lo aprendí a la fuerza, Canino. No sé por qué te cuento esto. Se lo contaba a mi gato Rufino.
Se hace un silencio espeso.
—Señor Montoya... cuénteme de su madre —pide ella suavemente.
—Dolores Montoya Navarrete —respondo, y el nombre suena con fuerza en el patio—. Murió a los cincuenta y dos años. Era cajera en una tienda estatal. Me dejó un sillón de terciopelo marrón donde me siento cada noche a pensar. Murió hace nueve años.
—¿Qué le pasó?
—Diabetes. Una complicación que se habría resuelto con un buen médico que tuviera una hora libre un miércoles. Pero ese miércoles el sistema estaba saturado. La atendieron el viernes, y para entonces ya era tarde. El viernes siempre es tarde para algunas cosas.
—Lo siento mucho, Iván. De verdad.
—Gracias, doctora. Mi padre se fue antes de que yo naciera, así que ella lo fue todo. Mi "Teresa" particular se llamaba Regla. Regla Peralta. Sigue en Lawton, tiene sesenta y ocho años y cenamos juntos cada miércoles. Ella tiene un gato que se llama Moncho.
—Los miércoles... —repite ella, como memorizando el dato.
—Los miércoles.
—¿Por qué me cuenta todo esto a través de un gato que sabe que se va a marchar? —pregunta Daniela, girándose hacia mí.
La miro. Sus ojos están llenos de una luz que no tiene nada que ver con la odontología. El pelo le cae sobre el hombro y la camiseta blanca brilla bajo el sol.
—Doctora... usted sabe perfectamente que no se lo estoy contando al gato.
—Lo sé.
—¿Entonces?
—Siga —dice ella—. Por favor.
Le hablo durante quince minutos más. Le cuento cómo el oficio de tatuador me salvó de la deriva tras la muerte de mi madre.
Cómo Juanca me enseñó a ser hombre y artista al mismo tiempo.
Cómo Nelson me empujó a buscar este local en el Vedado, a pesar de que yo sentía que estaba cruzando un río demasiado ancho.
Le confieso que llevo ocho semanas sintiendo que ese río es aún más grande de lo que imaginé el día que se cayó la pared.
Ella escucha sin decir una palabra. Cuando termino, Canino se ha quedado dormido profundamente. El sol ha subido y el patio empieza a calentar de verdad.
—Señor Montoya —dice ella, poniéndose de pie con agilidad.
—Dígame, doctora.
—Gracias por no hacer ruido. Por contarme esto así.
La miro y ella me sostiene la mirada un segundo largo, luego otro, y otro más.
—A usted, doctora.
Daniela se sacude el pantalón, se ajusta el bolso y me dedica una última mirada antes de subir las escaleras. La oigo entrar en su consultorio, firmar el papel y volver a bajar. Cruza la sala común y se detiene en el umbral del edificio.
—Señor Montoya —me llama sin asomarse.
—Dígame.
—Que tenga usted un buen domingo.
—Igualmente, doctora.
Oigo sus pasos alejarse y el sonido de la puerta de la calle.
El silencio regresa al patio, pero es un silencio distinto, cargado de todo lo que acabamos de compartir.
Canino sigue durmiendo. Una flor del tamarindo cae con un giro lento y aterriza sobre mi libreta. La recojo y la guardo entre las hojas.
El gato se va el lunes por la mañana. No lo veo marcharse, pero cuando llego con los cafés de Chuchi, el patio está vacío.
El plato de agua no tiene ni una gota y el trapo que le puse ha quedado frío.
Lo busco por todo el edificio, por la sala común y el pasillo, pero Canino ha cumplido la profecía de Daniela: se ha marchado.
Teresa llega a las ocho y media y, al enterarse, suelta un suspiro de resignación.
—Muchacho, los que no se han de quedar, se van pronto. Es ley de vida. Uno se acostumbra a la compañía y, cuando parpadeas, ya no están. Eso no cambia por mucho que pasen los años.
—Lo sé, doña Teresa.
Daniela llega poco después. No va directa a su consulta como siempre; se detiene junto al mostrador y busca mi mirada a través del hueco.
—¿Canino? —pregunta con voz neutra.
—Se fue, doctora. Tal como usted dijo.
Se hace un silencio cortísimo, apenas un suspiro.
—Gracias por avisarme —dice ella, y entra en su consultorio.
Vuelvo a mi estudio y abro la libreta. Allí, junto al boceto del ancla y las olas, está la flor del tamarindo.
Está seca, amarillenta, pero conserva ese olor verde y fresco de la mañana de ayer.
La miro un segundo, cierro la libreta y me pongo a trabajar.
El domingo ha terminado, pero el río que estoy cruzando hoy parece un poco menos profundo.