DOCE #2
El domingo amanece con un azul de postal y una brisa de veintiocho grados que, para ser julio en el Vedado, es un regalo.
Subo al edificio a las nueve de la mañana.
No es mi costumbre venir los domingos, pero necesito la historia clínica de un cliente nuevo que tengo el lunes a primera hora y que olvidé sobre el escritorio.
Entro, apago la alarma y cruzo la sala común, que se siente inmensa sin el ruido de los pacientes.
El olor a jazmín del patio se cuela por la ventana del consultorio de Daniela, que dejé entornada ayer.
Bajo al patio antes de irme. Canino sigue allí. Ha pasado la noche bajo el tamarindo y su pelo gris tiene un rocío ligero que le da un brillo plateado bajo la luz joven del sol. El plato del jamón está impecable.
—Compadre, usted se ha hecho dueño del lugar —le digo, sonriendo.
El gato parpadea. El mismo saludo de ayer. Subo a buscarle un trozo de queso blanco que trajo Regla el miércoles y, mientras se lo pongo en el plato, oigo pasos en la escalera principal. Son pasos firmes, rítmicos. Tacones finos. Una precisión militar que reconozco al instante.
Es Daniela.
Trato de mantener la calma mientras analizo la situación. Uno: la doctora nunca viene los domingos. Dos: hoy ha decidido romper su propia regla. Tres: tiene llave, obviamente. Cuatro: no me ha oído entrar porque el domingo el edificio absorbe los sonidos. Cinco: Iván, respira.
Oigo cómo se cierra la puerta de entrada.
Daniela cruza la sala común. Se detiene un momento en su consultorio y luego, quizás atraída por el mismo olor a jazmín o por un impulso que no controlo, se dirige hacia el pasillo del patio.
Se asoma a la escalera que baja hacia donde estoy yo.
No me ve a mí primero. Ve al gato. Se queda estática en el último escalón durante un segundo que se estira.
Luego, sus ojos se encuentran con los míos.
Está a unos cinco metros. Lleva unos pantalones vaqueros de corte recto que nunca le había visto, una camiseta blanca de algodón que le queda perfecta, el pelo suelto cayendo sobre sus hombros y unas zapatillas blancas impecables.
Lleva un bolso de lona cruzado. No es la doctora Sotolongo que atiende pacientes; es una mujer de treinta años que se ha permitido, por un domingo, dejar la bata y el moño en el armario.
—Señor Montoya —dice, rompiendo el silencio del patio.
—Doctora, buenos días. Perdone que esté aquí, no quería interrumpir su domingo.
—No hay ninguna intrusión —responde ella, bajando un escalón más—. Es un edificio compartido, después de todo.
—Subí por un papel que necesitaba para mañana.
—Yo he venido por lo mismo —confiesa, y noto un matiz más suave en su voz—. Me acordé de una historia clínica que dejé sin firmar y no quería empezar la semana con tareas pendientes.
Se hace un silencio corto. Canino, que no entiende de jerarquías humanas, sigue concentrado en su trozo de queso. Daniela lo observa con curiosidad.
—¿Y quién es este nuevo inquilino, señor Montoya?
—Es un gato, doctora. Un visitante inesperado.
—Eso lo veo —dice ella con una media sonrisa—. Me refiero a si tiene nombre.
—Se llama Canino.
Daniela me mira fijamente durante un segundo, procesando el nombre.
—Señor Montoya, definitivamente está usted creando un patrón dental en este edificio. Primero Molar, ahora Canino...
—Lo sé, doctora. Es una deformación profesional que se me ha pegado de la vecina.
—¿Y me lo va a explicar en algún momento? —pregunta, acercándose un poco más.
—No, doctora. Estas cosas no tienen explicación. Simplemente son.
Daniela baja los últimos escalones. No me pide permiso, y yo tampoco siento que deba dárselo.
Se acerca al árbol de tamarindo, pero mantiene una distancia prudencial de tres metros con el gato.
Canino levanta la vista, la evalúa con la frialdad de un juez y decide que no representa una amenaza, volviendo a su queso.
—¿Ha pasado la noche aquí? —pregunta ella, mirando el rincón donde el gato ha hecho su nido.
—Desde ayer por la tarde. Entró por la ventana que Nelson dejó abierta.
—Nelson y sus descuidos —suspira ella—. ¿Piensa quedárselo?
—Uno no se queda con los gatos, doctora. Ellos deciden si se quedan con uno. Y de este no estoy muy seguro.
—Puede que tenga razón.
—Señor Montoya... ¿le molesta si me quedo un momento aquí? —pregunta de repente.
La observo. Está ahí, con las manos en los bolsillos de sus vaqueros, bajo la luz dorada del domingo que atraviesa las hojas del tamarindo. Me está pidiendo permiso para estar en su propio patio, y ese gesto de vulnerabilidad me descoloca.
—Doctora, este patio es tan suyo como mío. No tiene que pedir nada.
—Gracias —dice ella, y se sienta.
No lo hace lejos. Se sienta a un metro y medio de mí, directamente sobre las baldosas tibias.
Cruza las piernas y deja el bolso a un lado con una naturalidad que me sorprende.
Parece haber recuperado un gesto de su infancia, algo que hacía cuando jugaba en los patios del Vedado y que la vida adulta le obligó a olvidar.
Yo también me siento, manteniendo la distancia.
Nos quedamos los tres en silencio. Es un silencio cómodo, lleno de los sonidos del domingo: el jazmín del vecino, una paloma que arrulla en el alero, el zumbido lejano de un motor.
Canino termina su queso, se asea con meticulosidad y se tumba de nuevo al sol.
Pasan quince minutos en los que no necesitamos decir nada.
A los dieciséis minutos, Daniela estira la mano con lentitud hacia el gato, ofreciéndole el dorso para que la reconozca. Canino la olfatea, aprueba el aroma a jabón y limpieza, y ella retira la mano sin llegar a tocarlo.
—Canino no se va a quedar, señor Montoya —dice ella con seguridad.
—¿Y cómo puede saberlo con tanta certeza?
—Porque lo acabo de mirar a los ojos. Este gato está de paso. Se quedará un par de días, quizás tres, pero no echará raíces aquí.
—¿Cómo distingue usted a un gato que se queda de uno que se va?
—Los gatos que se quedan miran la casa, las esquinas, el territorio —explica ella, mirándome ahora a mí—. Los que están de paso miran a las personas. Este gato nos mira a nosotros como si estuviera coleccionando un recuerdo. Nos recordará, pero seguirá su camino.
—Esa es una distinción muy fina, doctora.
—Me la enseñó mi abuela paterna. Ella entendía de gatos y de ausencias.
—Los abuelos siempre tienen la razón en estas cosas.
Volvemos al silencio. Un rato largo. Y entonces, sin haberme propuesto hacerlo, empiezo a hablarle al gato. Sé que ella me escucha, pero le hablo al animal porque así las palabras pesan menos, porque así puedo decir cosas que no me atrevería a decirle a ella mirándola a los ojos.