DOCE
El gato entra al edificio un sábado por la mañana, exactamente a las nueve y diez.
Lo hace a través de una ventana del patio interior que alguien dejó mal cerrada la noche anterior; y ese alguien, con toda probabilidad, fue Nelson.
Nelson tiene una disputa personal con los cerrojos del estudio desde que el mundo es mundo, y el sábado no iba a ser la excepción.
El animal es pequeño, de un tono gris pizarra que parece absorber la luz, con una mancha blanca impecable justo debajo de la barbilla.
Tiene el pelo corto, denso, y un bigote demasiado fino para las gatas robustas y territoriales del Vedado, lo cual me indica que es un macho joven, de apenas un año, que todavía no conoce las cicatrices de una camada de pelea.
Lo veo por primera vez al bajar al patio para cumplir con el ritual del cigarrillo.
Los sábados, al no tener la presión de las citas tempranas, me lo fumo a las diez en lugar de a las once.
El gato está allí, sentado con una solemnidad impropia de su tamaño debajo del árbol de tamarindo.
Mantiene las patas delanteras juntas y me observa con esa mirada cubana, escéptica y profunda, de un gato que no sabe si su destino es quedarse o irse, y que prefiere evaluar primero qué clase de mano tengo yo antes de tomar una decisión.
Nelson no está hoy. Los sábados se los dedica por entero a Yaisa, y a esta hora deben de estar caminando por el Malecón, buscando el salitre que limpia la cabeza.
Teresa tampoco ha venido. Ella se queda en casa los fines de semana con Tito, su caniche, y los nietos de su hija menor si le toca turno de guardia familiar.
La doctora, por su parte, tampoco está. Teresa dice siempre que los sábados descansa, pero yo tengo la sospecha de que Daniela no sabe lo que significa esa palabra.
Me la imagino en su casa, ordenando historias clínicas, releyendo artículos profesionales y analizando radiografías bajo una lámpara de escritorio.
En el corto catálogo que voy armando sobre ella, Daniela es de las que no descansan del todo; de las que siempre tienen un nudo administrativo o profesional que desatar.
Estoy solo en el edificio. Bueno, solo con el gato.
—Buenas —le digo en voz baja, para no romper la quietud del patio.
El animal parpadea. Es un parpadeo lento, deliberado.
En el lenguaje de los felinos, eso es un saludo serio, una muestra de confianza inicial que no se le entrega a cualquiera.
Me agacho con lentitud, respetando su espacio, y le extiendo el dorso de la mano al aire.
Hago exactamente lo mismo que hice con Molar hace seis semanas: dejar que sea él quien acorte la distancia.
El gato estira el cuello, las vibrisas de su hocico tiemblan mientras olfatea el aire cargado de tabaco y tinta.
Aprueba el examen. Se acerca dos pasos, manteniendo la cola en una posición neutral.
—¿Cómo se llama usted, compadre? —le pregunto con una sonrisa.
El gato no contesta, porque es un gato y sabe que el silencio es su mejor herramienta.
Subo al estudio con paso ágil, abro la nevera pequeña que zumba en el rincón y rescato un trozo de jamón que Nelson dejó guardado para su merienda del lunes.
Bajo de nuevo y coloco un trocito sobre una baldosa limpia del patio.
El gato no se lanza sobre la comida como un desesperado.
Primero lo mira, luego observa a su alrededor para asegurarse de que no hay trampas ocultas, y finalmente come.
Lo hace con parsimonia, con la elegancia de los que han pasado hambre, pero han aprendido que demostrarlo es una debilidad.
—Canino —sentencio mientras lo observo.
Me detengo un segundo a analizar mis propios pensamientos.
Uno: le acabo de poner nombre a un gato que no es mío y que acaba de llegar.
Dos: el nombre es Canino. Tres: sigo con la línea de terminología dental que inicié con Molar.
Cuatro: esto ya es un patrón y los patrones, en mi vida, tienden a sostenerse.
Cinco: el gato ha levantado una oreja al oír el nombre, como si le resultara familiar.
Seis: sé perfectamente que a los gatos les da igual cómo los bauticemos; se llaman así si deciden volver y dejan de llamarse así si desaparecen. Siete: Iván, respira.
Canino termina el jamón, se lame los bigotes con una lengua rosada y me dedica una mirada de agradecimiento fugaz.
Se echa sobre la baldosa tibia, justo al lado del tronco rugoso del tamarindo, y cierra los ojos.
No se va, pero tampoco busca más mimos. Simplemente se queda, aceptando mi presencia como parte del mobiliario del sábado.
Subo de nuevo al estudio y me siento en el taburete.
Abro la libreta nueva, esa de hojas blancas y gramaje grueso que reservo para las ideas que aún no tienen dueño.
Me pongo a trabajar en un diseño pequeño que me obsesiona: un ancla entrelazada con olas.
Llevo meses con este boceto y nunca termino de cerrarlo; siempre hay algo en la curva del metal o en la fuerza del agua que me parece falso.
Dibujo durante una hora. El pulso me sale tranquilo hoy, sin las interferencias del ruido del pasillo.
La línea es precisa, casi quirúrgica. Termino un boceto nuevo, el quinto de la serie, en el que el ancla gana en simplicidad y las olas pierden trazo, ganando en movimiento.
Lo apruebo con un movimiento de cabeza y lo guardo en la carpeta de trabajos listos.
A la una bajo otra vez al patio. El gato sigue bajo el tamarindo, aunque ha cambiado de postura para seguir la sombra.
Ahora está estirado sobre el costado, con una pata trasera extendida al sol, disfrutando del calor del mediodía.
No ha buscado más comida, pero tampoco ha hecho amago de saltar por la ventana abierta.
Le dejo otro trocito de jamón y, en un plato de cerámica barata que suelo usar para mezclar pigmentos, le pongo agua fresca.
—Canino —vuelvo a llamarlo.
El gato abre un ojo, me reconoce como el proveedor de servicios y vuelve a cerrarlo. Subo a almorzar. Me preparo un sándwich sencillo y un café en la cafetera pequeña que compró Nelson. Es una máquina caprichosa que solo funciona cuando el clima es propicio, pero hoy, por fortuna, decide colaborar.
Paso la tarde sumergido en la contabilidad del mes.
Facturas de insumos, pagos pendientes, la depreciación del material y el cierre de caja.
Aunque prefiero el arte de la aguja a la frialdad de los números, aprendí de Juanca que un estudio se muere si no se lleva al día.
Él solía decirme que un tatuador que no sabe contar, no sabe cobrar, y un tatuador que no sabe cobrar termina muriéndose de hambre con el estudio lleno de gente.
Así que hago los números con el mismo rigor con el que sombreo una espalda.
A las seis y cuarto, un maullido corto y agudo rompe el silencio del edificio. Bajo al patio y encuentro a Canino sentado al lado del plato de agua vacío. Me mira con una paciencia de gato joven que ha aprendido que pedir es un derecho si se hace con propiedad.
—Compadre, usted lo que necesita es agua fresca de verdad —le digo, acariciándole la cabeza por primera vez.
Subo, relleno el plato con agua del filtro del estudio y se la llevo.
Canino bebe con ganas, tres lengüetazos rápidos, y vuelve a echarse.
Me siento en el suelo, a unos dos metros de él, apoyado contra el tronco del tamarindo.
A esta hora, la luz del Vedado se vuelve dorada, una luz de julio que dura apenas cuarenta minutos pero que transforma la realidad.
Hace que las persianas viejas y los aleros desconchados parezcan parte de un cuadro de un gran maestro habanero.
—Canino —comienzo a hablarle, más por romper mi propio silencio que por otra cosa.
El gato ni se inmuta, pero sé que me escucha por el leve movimiento de sus orejas.
—Este edificio ha visto muchas cosas desde mayo, ¿sabes?
—le cuento—. Ha tenido una pared que se vino abajo por pura fatiga de materiales.
Ha tenido un perro que se llama Molar y que cree que es una persona.
Ha tenido a un mecánico roncando en fa sostenido mientras una santa le rezaba el rosario.
Ha tenido rosarios rotos y batas manchadas de tinta.
Y ha tenido a una doctora que lleva ocho semanas acostumbrándose a un tatuador al otro lado de un hueco, y a un tatuador que todavía no sabe muy bien qué hace aquí, pero que lo hace cada día con más ganas.
El gato cierra los ojos, como si la historia le resultara familiar o previsible.
—No te lo cuento porque necesite un testigo —añado, sacando otro cigarrillo sin encenderlo—.
Te lo cuento porque mi madre decía que a los gatos se les puede confiar lo que a las personas no.
Ella tenía un gato, se llamaba Rufino. Vivió veinte años.
Cuando ella murió, Rufino la buscó por cada rincón de la casa durante seis meses.
Al séptimo dejó de buscar, se acostó en el sillón de terciopelo marrón del salón y se dejó morir él también.
A la gente no se le dicen estas cosas, Canino.
A la gente le asustan las historias de lealtad absoluta. Pero a los gatos, sí.
El animal suelta un suspiro pequeño, un soplo de aire que apenas agita el polvo de la baldosa.
Me quedo callado, mirando el tamarindo y mi propia mano apoyada en el suelo frío.
A las siete y media recojo todo. Le dejo una última ración de jamón y relleno el agua.
Le prometo que volveré mañana y salgo del edificio, cerrando la puerta de la calle con doble vuelta de llave.