ONCE #2
Don Gilberto me mira de reojo y se señala el oído. Yo asiento. El «Santa María, Madre de Dios» de Teresa encaja con el ronquido de Evelio con la precisión de una orquesta dirigida por un maestro. Don Gilberto cierra los ojos y sonríe con una paz que no le veía desde que enviudó hace cinco años.
—Doctora —dice en voz bajísima—, esto me acaba de quitar seis años de encima.
—¿Seis años, Don Gilberto?
—Seis. Enteritos. Mire, hoy no me cobre la revisión. Hoy me ha devuelto usted algo que ni sabía que me faltaba.
—Don Gilberto, todavía ni lo he examinado.
—No importa. Hoy se cobra en especie: en paz espiritual.
A las tres y siete, Teresa termina el tercer misterio y abre los ojos.
Desde el estudio, a través de la rendija, nos ve a Don Gilberto y a mí sentados en silencio, como si estuviéramos en un teatro.
Don Gilberto le hace un saludo discreto con la mano; Teresa inclina la cabeza, vuelve a cerrar los ojos y comienza el cuarto misterio.
En ese momento, la risa empieza a burbujearme en la garganta. Es una risa de esas que salen por la nariz cuando intentas contener una explosión. Don Gilberto me nota y levanta una ceja con severidad fingida.
—Doctora, contenga —me advierte.
—Lo intento, Don Gilberto.
—No se me ría ahora, que me rompe el momento sagrado. Si se ríe usted, se despierta el mecánico, se asusta el muchacho, se le tuerce la aguja y Teresa pierde la cuenta de los Avemarías. Por el bien de la sala común, aguante.
Me tapo la boca con la mano. Don Gilberto me tiende su pañuelo de tela, blanco y almidonado. Me lo presiono contra los labios y respiro hondo por la nariz. La risa se transforma en un hipido sordo que, por suerte, nadie más escucha.
A las tres y cuarto me levanto con sigilo y le hago una seña. Don Gilberto me sigue al consultorio con la cortesía de los años cincuenta. Cierro la puerta con suavidad litúrgica y, entonces sí, estallamos los dos.
Nos reímos con los hombros temblando y los ojos llenos de lágrimas. Don Gilberto se apoya en la camilla dental para no caerse. Yo me sostengo de la mesa de instrumental. Cuando logramos parar, él se seca una lágrima.
—Doctora, siéntese usted, que yo le hago la revisión a usted de la risa que tiene.
—No me tiente, Don Gilberto.
—Es broma. Vamos al trabajo, que necesito caminar por la calle L para procesar esto.
Le reviso los puentes; están perfectos. Don Gilberto paga —a pesar de mis protestas— y se marcha con una dignidad renovada. Al pasar por la sala, hace un saludo silencioso al estudio donde Teresa sigue en su sexto misterio y Evelio en su quinto sueño.
A las cuatro menos diez, el zumbido se detiene. Oigo la voz de Iván:
—Evelio... compadre, terminamos.
—Mmm... ¿ya? —balbucea Evelio, despertando.
—Se quedó usted frito, hermano.
—¿Yo? Qué va, Iván. Estaba meditando profundamente.
—Meditando con banda sonora, querrá decir.
—Ronquido cubano, muchacho. Es terapéutico.
Oigo los quejidos de Evelio al incorporarse, el roce del film transparente que Iván le coloca sobre la piel y el sonido del rosario de Teresa guardándose tras un beso al crucifijo.
—Doña Teresa —dice Evelio—, gracias por los rezos. Me han sentado de maravilla.
—A usted, Evelio, por la compañía silenciosa.
—Mire, la próxima vez que venga, si usted puede, rece otra vez. Me da mucha paz.
—Yo rezo por vocación, no por contrato, Evelio. Pero si me trae una botellita de ese aceite que reparte su primo de Artemisa, el rosario saldrá con más fuerza.
—Aceite habrá, doña Teresa. Cuente con eso.
Evelio se marcha. Teresa vuelve al mostrador pasando las cuentas entre los dedos, como si atesorara un recuerdo nuevo.
Salgo del consultorio y me acerco al estudio.
Iván está limpiando, de espaldas, recogiendo gasas.
Al notar mi presencia, levanta la vista y me mira con una ceja ligeramente alzada, preguntando en silencio qué me ha parecido la función.
—Señor Montoya —le digo.
—Dígame, doctora.
—¿Puede venir un momento cuando termine?
—Voy ahora mismo.
Me siento en mi silla y espero. Dos golpes suaves suenan en la madera. Iván entra y cierra la puerta. Se queda de pie, con las mangas subidas y las manos limpias.
—Doctora.
—Señor Montoya... usted sabe perfectamente lo que acaba de pasar ahí fuera.
—Una sesión de tres horas con un cliente dormido y una señora rezando, doctora. Nada fuera de lo común en este edificio —responde él con una media sonrisa.
—Yo me reí, Iván. Mucho.
—Le hablo con el corazón en la mano: yo también. Estuve cuarenta minutos con la mandíbula apretada para no fallar el trazo. Evelio no se enteró, pero yo me reía por dentro sin parar.
—¿Se reía de ellos?
—No, doctora. De Teresa uno no se ríe, y de Evelio solo se ríe su mujer. Me reía del fenómeno. De que en este rincón del Vedado, un jueves cualquiera, un rosario y un ronquido coincidan en compás. De eso me reía.
—Don Gilberto dice que le ha quitado seis años de vida.
—Don Gilberto es un sabio, doctora.
—Hoy ha sido un jueves muy raro, Iván.
—Hoy ha sido un jueves de los buenos —me corrige él.
Nos miramos. Ya no necesito recordarme que respire. Después de lo de hoy, los recordatorios sobran.
—Gracias, Iván.
—¿Por qué?
—Por no romper la línea. A pesar de todo.
—A usted, doctora.
Se marcha con la misma suavidad con la que entró.
Me quedo mirando la pared del consultorio, donde una grieta fina parece haber crecido un poco más.
Saco mi bloc y anoto: «Jueves 2. Rosario y ronquido sincronizados.
Ganancia general: mucha. La risa era lo que le faltaba a esta consulta para ser habitable».
Cierro el bloc. Me lavo las manos. Respiro. Estoy lista para el próximo paciente.