De guardia con mi enemigo ONCE
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Evelio Carbonell es mecánico de almendrones en un taller ilegal, pero tolerado, de la calle Veintiuno.

Tiene sesenta y dos años, una mujer llamada Berta que le cocina religiosamente todos los días a la una, y una afición declarada por los tatuajes en la espalda; esos que no se ven a simple vista, pero que cuentan su historia personal.

Lo sé porque Evelio llega a la consulta los jueves de tatuaje con Iván a la una menos cuarto.

Se sienta en el sillón de orejas mientras espera que el estudio se libere, y le cuenta a Teresa la mitad de la vida de Berta con la generosidad oral y el ritmo pausado de los mecánicos cubanos veteranos.

Hoy la cita es larga. Iván me lo comentó ayer por la tarde, de refilón, mientras yo cruzaba la sala común en busca de una gasa y él terminaba de higienizar una camilla.

Me dijo: «Doctora, mañana tengo a Evelio tres horas y media.

Si usted tiene paciente pediátrico por la tarde, avíseme y yo paro para que el ruido no moleste».

Le respondí que no tenía niños en la agenda y que podía trabajar tranquilo.

Me dio las gracias. Ya no se dan las gracias por cortesía vacía; la fórmula entre nosotros se ha ido asentando con una naturalidad que casi asusta.

Evelio llega hoy a la una en punto. Teresa, siempre atenta, le ofrece un vaso de agua que él acepta con un gesto de gratitud.

Se acomoda en el sillón. Lleva una camisa azul desteñida, abierta en los dos primeros botones, y un pantalón caqui con manchas de grasa antiguas, de esas que forman parte de la fibra y que llevan meses intentando no marcar ninguna superficie nueva.

Se va a tatuar la última pieza de un diseño que Iván comenzó hace dos años y que ha ido completando en sesiones sueltas, según el presupuesto y el tiempo lo permitían.

A la una y cuarto, Iván asoma la cabeza y lo llama. Evelio cruza al estudio, la puerta se cierra y, poco después, el zumbido constante de la máquina llena el aire.

Yo termino de revisar a mi paciente de las dos, Ernestina Borges.

Ernestina está de veintinueve semanas y carga con una alegría de embarazada tardía que la hace caminar dos centímetros más alta de lo que realmente es.

Le realizo una limpieza suave, evitando el instrumental metálico agresivo, porque las encías en el tercer trimestre no perdonan ni el más mínimo roce.

Ernestina, sin embargo, no está concentrada en su higiene bucal; desde el sillón, hace su intento semanal de obtener información de lo que ocurre al otro lado del hueco.

—Doctora —murmura entre enjuagues.

—Ernestina, por favor, no hable ahora.

—Una pregunta sola, se lo juro.

—Ernestina, no hable que le voy a manchar el vestido.

—Es sobre Berta —insiste ella.

—¿Berta? ¿Qué Berta?

—La mujer del mecánico que está ahora mismo con el tatuador.

—Ernestina, abra la boca —le ordeno con firmeza profesional.

—Doctora, es importante para el barrio.

—Ernestina Borges, abra usted la boca o doy por terminada la sesión ahora mismo.

Ernestina obedece. Cepillo, aspiro, aplico la pasta fluorada, seco y enjuago.

Veinte minutos de trabajo limpio. A las dos menos cinco la ayudo a bajar del sillón y le programo la próxima cita para finales de julio.

Sale del consultorio hablando con Teresa en un susurro que, por supuesto, alcanzo a oír.

—Doña Teresa —dice Ernestina.

—Dígame, mijita, ¿qué le pasa?

—Berta... ¿sabe ella que su marido se tatúa esas cosas?

—Mijita, claro que lo sabe.

—¿Y no le pone objeciones?

—Ay, Ernestina... Berta es mujer de Evelio hace treinta y siete años. Berta sabe lo que hace su marido incluso antes de que él mismo lo decida.

—Pero los tatuajes son pecado, ¿verdad?

—Mire, mijita —sentencia Teresa con autoridad teológica—, las cosas que hace la gente mayor por decisión propia y sin hacerle daño a nadie no son pecado. Son biografía. Salga usted con Dios y cuide a ese muchachito.

Ernestina se marcha y Teresa regresa a su puesto. La máquina sigue zumbando al otro lado del muro. Evelio lleva ya media hora entregando su espalda a la aguja. Iván trabaja en ese silencio sepulcral que lo caracteriza cuando se concentra.

A las dos en punto, Teresa se levanta, camina hacia el estudio y se asoma por la puerta. No lo hace por el hueco de la pared, sino por la entrada principal, guardando el debido respeto al cliente. Pregunta con una voz suave, casi de misa:

—Muchacho.

—Dígame, doña Teresa —responde Iván.

—¿Le molesta si yo rezo el rosario aquí, sentada en un rinconcito, durante la sesión?

—¿Aquí dentro, doña Teresa?

—Aquí mismo, muchacho. En la butaca de mimbre. Le prometo no hacer ni un solo ruido.

—¿Y por qué hoy le ha dado por aquí?

—Porque hoy es jueves, son las dos, y yo rezo todos los jueves a esta hora desde hace veinte años. Y hoy, por lo que sea, me toca hacerlo aquí.

—¿Le toca aquí por qué motivo? —pregunta Iván, con curiosidad.

—Muchacho, porque sí. Me toca aquí y ya está. No le dé más vueltas.

Desde mi consultorio, oigo a Iván tomarse un segundo largo antes de contestar. Es un segundo de concesión absoluta, de esos que se dan cuando uno entiende que hay fuerzas mayores en juego.

—Doña Teresa, pase usted. Pero siéntese atrás, cerca de la ventana. Y Evelio, ni se le ocurra girar la cabeza, que le rompo la línea del sombreado.

—Muchacho, yo no necesito que Evelio se gire. A él no le rezo. Me rezo a mí —replica ella con lógica aplastante.

—Pase, entonces.

—Muchas gracias.

—A usted.

Cierro los ojos un momento y me digo a mí misma: «Daniela, respira.

Analicemos la situación. Uno: Teresa se ha metido al estudio de Iván a rezar el rosario.

Dos: Iván ha aceptado. Tres: Evelio está siendo tatuado en medio de esta liturgia.

Cuatro: esto es una ceremonia cubana moderna en toda regla. Cinco: respira».

Escucho el arrastre sordo de la butaca de mimbre que Iván reserva para las visitas. Teresa la coloca cerca de la ventana, se sienta, cierra los ojos y comienza el rosario en un susurro rítmico.

—Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo...

La máquina de tatuar zumba en un tono bajo. Teresa reza aún más bajo.

—Bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús...

Iván trabaja sin interrupciones. No contesta, no acompaña el rezo, ni lo corrige. Simplemente trabaja. Teresa solo reza. Y Evelio recibe tinta con la paciencia infinita de los mecánicos que llevan toda la vida cargando pesos sin quejarse.

A las dos y cuarto, Teresa va por el tercer Avemaría del primer misterio.

A las dos y media, transita por el segundo.

Yo permanezco en el consultorio limpiando instrumental que ya está impoluto; no tengo pacientes hasta las cuatro y el rumor combinado del rosario y la máquina es, curiosamente, lo más pacífico que ha ocurrido en este edificio en siete semanas.

A las dos y cuarenta y ocho minutos, un sonido nuevo quiebra la armonía.

Es un ronquido.

Primero es un chistido corto, una interrupción del flujo del aire.

Pero a los veinte segundos se estabiliza.

Es un ronquido grave, acompasado; uno de esos ronquidos de hombre grande que ha almorzado bien, que lleva cuarenta minutos boca abajo y que ha decidido que, si hay un rosario de fondo, el entorno es lo suficientemente seguro como para permitirse una siesta.

El ronquido está en fa sostenido.

Lo identifico de inmediato porque mi madre fue anestesista. Crecí escuchando anécdotas sobre cómo los pacientes postoperatorios roncan según la tensión de su garganta, y terminé aprendiendo qué nota emite cada tipo de laringe. Fa sostenido. Grave, cómodo, estable.

Y lo más increíble: está en cadencia exacta con el rosario de Teresa.

Teresa dice: «Dios te salve María, llena eres de gracia...». Evelio responde: «rrrr ffff rrrr ffff». Teresa continúa: «...bendita tú eres entre todas las mujeres...». Evelio puntúa: «rrrr ffff rrrr ffff».

La coincidencia perfecta dura tres Avemarías completos. Al cuarto, Evelio se adelanta medio tiempo. Teresa, en lugar de ignorarlo, ajusta su rezo al ritmo del ronquido. Llevan casi diez minutos coordinándose de manera inconsciente.

En mi consultorio, me quedo paralizada con una gasa en una mano y una pinza en la otra. «Daniela, respira. Esto es un fenómeno acústico. Está pasando. Es cómico. Pero eres una profesional y no puedes reírte sola como una loca. Contén la risa».

A las tres menos tres minutos, suena la campanilla de la puerta de la calle. Es Don Gilberto Palenzuela.

Viene para una revisión de rutina, impecable con su guayabera blanca y su bastón. Saluda a una Teresa invisible —porque ella sigue en el estudio— y se sienta en el sillón de orejas. De pronto, se detiene. Oye. Oye el rosario. Oye el ronquido. Oye la sinfonía perfecta que forman ambos.

Don Gilberto, que lleva siete décadas viviendo en esta ciudad, se queda inmóvil. Saco la cabeza del consultorio con disimulo y él me levanta una mano pidiéndome silencio. Él a mí. Me pide silencio en mi propia clínica.

—Doctora —susurra.

—Dígame, Don Gilberto.

—Siéntese un momento. Esto que está pasando es puro arte popular.

—Don Gilberto, tengo que atenderlo...

—Doctora, pacientes hay en cada esquina de este país. Lo que usted no tiene todos los días es una sinfonía habanera como esta. Siéntese ahí, se lo pido por favor. Solo cinco minutos.

—Don Gilberto, no van a ser cinco minutos. Van a ser diez.

—Siete —regatea él.

—Siete —acepto.

Me siento en el sillón de enfrente. Ambos miramos hacia la puerta del estudio, abierta a medias.

A través de la rendija vemos la butaca con Teresa y sus ojos cerrados, el rosario pasando entre sus dedos.

Vemos también un trozo de la camilla donde los hombros de Evelio suben y bajan al compás de su sueño.

Iván, oculto a nuestra vista, sigue tatuando con el zumbido de fondo.