DIEZ #2
Daniela sirve el café con movimientos pausados.
Yo permanezco al otro lado del escritorio, observando sus manos.
Son manos de médico: precisas, limpias, sin adornos.
Me pasa una de las tazas. La cojo con cuidado.
Sus dedos no rozan los míos; es un movimiento coreografiado para evitar el contacto físico, y ambos lo sabemos.
Damos el primer sorbo. El café está fuerte, dulce, exactamente como le gusta a Teresa.
—Está muy bueno —comento.
—Sí, Teresa tiene buena mano para el café.
Nos quedamos en silencio unos ocho segundos, mirando el vapor que sube de las tazas como si fuera un oráculo.
—Doctora... no he venido a hacerle preguntas difíciles.
—Me parece bien.
—Pero quería que supiera un detalle. Hoy me he venido sin el perro al pasillo.
—Ya me fijé en que Molar no estaba escoltándola.
—Lo dejé en el estudio. Y mañana... mañana voy a traer otras dos tazas.
—¿Otras dos? ¿De dónde?
—De mi casa. Tengo una en el estudio que me regaló una amiga de la infancia, Regla Peralta.
—Regla... —murmura ella.
—Sí. Teresa ya le habrá contado quién es, supongo.
—Supone bien. Teresa es una enciclopedia abierta.
—Y la otra taza que traeré es de mi madre. De Dolores.
Daniela levanta la vista y se encuentra con la mía. Su mano tiembla apenas un milímetro, lo justo para que el café oscile en la superficie.
—¿La taza de su madre? —pregunta con un hilo de voz.
—La de ella. No para que se la quede, claro, sino para que la use mañana cuando nos tomemos el próximo café.
—¿Mañana también?
—Mañana también. Si usted quiere.
Se hace un silencio de nueve segundos. Los cuento mentalmente.
—Bien —dice ella finalmente—. Mañana también.
Bebemos en silencio, compartiendo un espacio que no necesita palabras. De pronto, Daniela deja su taza, rodea el escritorio y camina hacia la puerta del consultorio.
—Voy a cerrar un momento —avisa.
—¿Por qué?
—Por Hortensia. Para que sea elegante, como ella pidió.
Para volver a su sitio, tiene que pasar por mi lado.
El consultorio es estrecho y yo estoy apoyado cerca de la estantería.
Al pasar, el roce es inevitable. La tela de mi camisa negra y el algodón de su bata blanca se encuentran durante medio segundo eterno a la altura de los codos.
No decimos nada. No nos miramos. Ni siquiera cambiamos el ritmo de la respiración.
Pero ambos sabemos que esos noventa centímetros de distancia acaban de romperse por primera vez en veintitrés días.
Ella se sienta de nuevo y yo ocupo la silla de los pacientes. La luz de la tarde entra de lado, iluminando solo una mitad de su rostro. Recuerdo lo que decía Dolores: que a las mujeres hay que mirarlas cuando se olvidan de que el mundo existe.
—Señor Montoya... cuénteme algo que yo no sepa de usted.
—¿Por qué ese interés repentino?
—Porque yo le contaré algo mío a cambio. Un trato justo.
Acepto el reto. Me reclino en la silla y busco en mi memoria algo que no sea demasiado pesado de compartir.
—Tengo un cuaderno —comienzo—. Está en mi mesita de noche en Lawton. Lleva ahí tres semanas.
—¿Y qué dibuja en él?
—Manos. Solo manos. Es lo más difícil de tatuar y de dibujar: las manos y los pies. Llevo quince años practicando el dibujo de manos. No es nada especial, solo una obsesión técnica para no perder el pulso. Se lo digo para que no piense cosas que no son.
Daniela se ríe. Es una risa corta, genuina, que le ilumina la cara por un instante.
—Yo no pienso nada que usted no quiera, señor Montoya. Ahora me toca a mí.
—La escucho.
—Mi padre, el doctor Sotolongo, no me habla desde el mes de enero.
El ambiente se vuelve serio de golpe. Eso sí es una carga pesada.
—¿Cinco meses de silencio? —pregunto.
—Cinco meses. Solo una llamada corta en febrero por el cumpleaños de mi madre. No me perdona que haya abierto esta consulta por mi cuenta, sin su aprobación ni su supervisión. No entiende que tengo treinta años y criterio propio.
—Doctora... él terminará hablando.
—¿Cómo puede estar tan seguro?
—Porque los padres siempre vuelven. El problema es que suelen llegar tarde. Mi madre decía que los padres hablan cuando el hijo ya ha aprendido a no esperar nada de ellos.
Daniela asiente despacio, procesando mis palabras. Me pregunta por Dolores y le cuento que se fue en marzo de 2022. Le explico que el dolor no se pasa, sino que se "coloca" en una estantería de la memoria donde uno aprende a convivir con él sin que estorbe en el camino diario.
Ella me da las gracias por lo del cuaderno y yo se las doy por su confianza. Terminamos el café y ella enjuaga las tazas en el grifo del rincón, de espaldas a mí.
—No las voy a lavar bien ahora. Teresa lo hará mañana —dice.
—Me parece perfecto.
Me despido y salgo al pasillo. Ella me acompaña hasta la puerta.
—Mañana —me recuerda—. Con la taza de Dolores.
—Mañana sin falta.
Bajo las escaleras con Molar. La calle me recibe con un calor más suave.
En la guagua de regreso a Lawton, apoyo la nuca en el asiento y cierro los ojos.
Al llegar a casa, busco la taza blanca con el filo azul y la marca "D" en la base.
La lavo con cuidado, la envuelvo en un paño y la guardo en mi bolsa.
Me acuesto con la misma camisa negra que llevaba puesta.
No quiero quitármela todavía. Siento que el permiso de Hortensia y ese roce de medio segundo en el codo han abierto una puerta que ya no se puede cerrar.
Mañana habrá más café, y mañana seremos un poco menos extraños en esos noventa centímetros de pasillo.