De guardia con mi enemigo DIEZ
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DIEZ

A las once de la mañana, Hortensia Zayas, la vecina del segundo B, irrumpe en el pasillo con tres tazas de café, una bandejita de melcochas y el anuncio oficial de la buena voluntad vecinal. No pide permiso; ella ocupa el espacio con la naturalidad de quien conoce cada grieta del edificio.

—Muchachos —dice, plantándose justo en el hueco que divide nuestras vidas—. He traído café recién colado.

—Doña Hortensia —respondo yo, asomándome desde el estudio.

—Doña Hortensia —dice Daniela, saliendo al marco de su consultorio.

Las dos voces salen al unísono, como si hubieran estado ensayando el saludo. Hortensia se ríe con esa risa contenida, de boca cerrada, que solo tienen las mujeres que ya han cumplido los setenta y ocho años y se saben dueñas de sus propias coreografías.

—Ya —sentencia ella—. Esto lo arreglo yo ahora mismo.

Entra en mi estudio con paso firme y deja una taza sobre mi mesa de dibujo. Luego cruza al consultorio y deposita otra sobre el escritorio de Daniela. La tercera la apoya con cuidado en el mostrador de Teresa, que observa la escena con una ceja levantada.

—Teresa, la tuya —le dice.

—Gracias, doña Hortensia. Usted siempre tan atenta.

—Montoya, doctora... Escuchen bien. Esto es café. No es una negociación, ni una intromisión, ni una fiscalización de sus vidas. Es café. Nos lo tomamos ahora, tenemos tres minutos de conversación vecinal necesaria, y luego cada uno vuelve a lo suyo como si nada.

—Bien —asiento yo.

—Bien —responde Daniela.

—Bien —remata Teresa desde su puesto.

Hortensia se planta en medio del pasillo, cruzando las manos sobre su delantal. Bueno, no es un delantal, es una bata de casa azul celeste con flores pequeñas, pero ella la porta con la autoridad de un general de brigada.

—Salgan al pasillo —ordena.

Obedecemos. Salgo del estudio y Daniela sale del consultorio. Nos quedamos los tres confinados en esos noventa centímetros de ancho. Hortensia en el centro, yo a un lado y Daniela al otro. Teresa permanece tras el mostrador, pegada al cristal y con los brazos cruzados, sin perderse un detalle.

—Muchachos —comienza Hortensia—, llevo tres semanas oyéndolos.

—¿Oyéndonos? —pregunto, con una mezcla de curiosidad y cautela.

—Oyéndolos. Y no me refiero a lo que dicen en voz alta. Me refiero a lo que callan, que es lo que se oye mejor a través de estas paredes viejas.

Miro a Daniela. Ella evita mi contacto visual y clava la vista en el suelo de granito.

—Doña Hortensia... —empieza Daniela—, ¿nos ha oído discutir?

—No, doctora. No se confunda.

—¿Entonces?

—Doctora, llevo setenta y ocho años viviendo en este país. Yo no necesito oír a la gente pelear para saber que dos personas se están conociendo. El silencio de ustedes dos tiene un peso que se siente desde mi sala.

Hortensia levanta una mano pequeña, de venas marcadas y piel curtida por décadas de cocina de gas. Es una mano que impone silencio.

—No vengo a ponerle nombre a nada que no lo tenga todavía. No vengo a dar consejos que no me han pedido. Solo vengo a decirles una cosa importante.

—Dígala —le pido.

—El pasillo es un espacio común.

—Lo es —confirmo.

—Y el pasillo es mío también. Yo paso por aquí tres veces al día: para subir, para bajar y para ir al patio.

—Lo sabemos, doña Hortensia —dice Daniela, alzando un poco la vista.

—Lo que quiero decirles, muchachos, es esto: en este pasillo, si ustedes quieren hablar, hablan.

Si quieren callarse y mirarse, callan. Si quieren tomarse un café a deshora, se lo toman.

Yo no me voy a quejar. Yo no me voy a meter en lo que no me incumbe.

No voy a ir al administrador a decir que aquí se pierde el tiempo.

—Se lo agradecemos mucho —digo yo, relajando los hombros.

—Pero... —Hortensia hace una pausa dramática. Daniela levanta la cabeza del todo.

—Pero —continúa con voz de mando— si ustedes deciden que este pasillo es suyo para algo más que para simplemente pasar de un lado al otro, les voy a exigir una sola condición.

—Usted dirá —respondo.

—Que sea elegante.

Se hace un silencio absoluto en el corredor.

—¿Cómo dice? —pregunta Daniela, parpadeando.

—Elegante. Yo soy vecina del segundo B. Yo vengo del Cerro y he visto cosas en solares que no les voy a contar a ustedes para no escandalizarlos.

Yo lo que quiero es poder subir mi escalera sin sobresaltos.

Elegante significa que yo no tenga que hacer como que no he visto lo que es evidente.

Elegante significa que, hagan lo que hagan, lo hagan de manera que yo pueda seguir siendo su vecina sin tener que bajar la cara. ¿Me explico?

—Doña Hortensia —digo yo, mirándola fijamente.

—Dígame, Montoya.

—Palabra.

—¿Palabra de qué?

—De todo. De elegancia y de respeto.

Hortensia sonríe. Es la primera vez en tres semanas que le veo una sonrisa que le llega a los ojos.

—Eso era exactamente lo que quería oír. Doctora... ¿usted me da su palabra?

—Palabra —responde Daniela con voz suave pero firme.

—Bien.

Hortensia recoge las tazas vacías con una agilidad sorprendente; los tres hemos bebido el café casi sin darnos cuenta, hipnotizados por su discurso. Apila la loza en la bandeja y se despide con una leve inclinación de cabeza.

—Teresa.

—Dígame, doña Hortensia.

—Usted vigile, que está en el medio.

—Yo estoy donde siempre, doña Hortensia. No se preocupe.

La vecina sale del pasillo, entra en su apartamento y cierra la puerta con un clic definitivo. Teresa, desde detrás del mostrador y sin levantar la vista de sus papeles, sentencia:

—Hortensia acaba de darles el permiso oficial del comité de vecinos. Ya pueden respirar.

—Tere —la llamo.

—Dime, Montoya.

—Calla un poco.

—Yo no he dicho nada que no sea verdad.

—Pues calla más todavía.

—Dale, me callo.

Daniela sigue en el pasillo, justo frente a mí. Tiene la taza vacía entre las manos, el pelo perfectamente recogido y esa bata blanca impecable donde la mancha de tinta es ahora un recuerdo casi invisible. Yo permanezco apoyado en el marco de mi puerta.

—¿Tiene un minuto? —le pregunto.

—Tengo un minuto.

—¿Aquí mismo?

—Aquí mismo está bien.

No nos movemos. El pasillo de noventa centímetros nos obliga a estar cerca, pero cada uno mantiene su espalda pegada a la pared opuesta. Teresa se retira un par de pasos hacia la penumbra del mostrador, fingiendo una búsqueda urgente en el cajón de las citas de años pasados.

—Doctora... le debo un café de verdad.

—Ya me lo acaba de dar doña Hortensia.

—No, ese no cuenta. Le debo uno por la taza del girasol que todavía no ha lavado.

Daniela se queda inmóvil. Sus ojos se clavan en los míos.

—¿Y cómo sabe usted con tanta certeza que no la he lavado?

—Porque la taza está ahí mismo, en la estantería de su consultorio. El post-it amarillo todavía está pegado en el asa y, desde el hueco de la pared, se ve perfectamente cuando entra el sol.

—Desde el hueco no se puede ver tanto —rebate ella, aunque su tono ha perdido fuerza.

—Se ve lo suficiente. Sobre todo cuando uno sabe qué está buscando.

—Voy a tener que tapar ese hueco con una cortina gruesa —murmura.

—No lo haga. No tape nada.

—Señor Montoya...

—Doctora.

El silencio vuelve a instalarse, pero esta vez es distinto. Es el silencio "elegante" que pedía Hortensia.

—El café —insisto—. El que le debo yo.

—¿Cuándo piensa pagarlo?

—Hoy mismo.

—Hoy es imposible. Tengo la agenda llena hasta las seis.

—A las seis, entonces.

—A las seis —acepta ella.

—Aquí.

—Aquí.

—Yo no me tomo el café con cualquiera.

La frase sale sola. No estaba en el guion, o quizás llevaba tres semanas macerándose en mi cabeza. Mi voz suena más profunda de lo habitual. La miro directamente, con las manos hundidas en los bolsillos de mi pantalón negro. Ella no retrocede.

Tarda tres segundos en responder. Tres segundos que se sienten como una eternidad en Lawton.

—Yo tampoco —dice ella finalmente.

Y sin añadir nada más, entra en su consultorio. Me quedo solo en el pasillo con la taza vacía y la sensación de que el aire ha cambiado de densidad. Teresa sigue al fondo, concentrada en una agenda de 2023.

Regreso al estudio y enciendo la máquina. El zumbido me devuelve a la realidad. Nelson llega puntual a las once y media y nos sumergimos en el trabajo, pero una parte de mí ya está contando las horas para que el reloj marque las seis.

A esa hora, después de despedir a mi último cliente, Alejandro, recojo todo con una minuciosidad inusual.

Limpio la mesa, esterilizo el material y me lavo las manos a conciencia.

Me miro en el espejo pequeño del rincón.

Camisa negra, barba de dos días, el tatuaje del cuello asomando apenas por el borde de la tela.

Dolores me decía que yo tenía que decidir qué hacer con mi vida, y hoy siento que estoy decidiendo algo importante.

Salgo al pasillo. Molar intenta seguirme.

—Quieto, campeón. Hoy te quedas vigilando el fuerte.

El perro me mira con desconcierto, pero se tumba en el umbral. La puerta de Daniela está entornada. Oigo el sonido de una silla arrastrándose y un cajón que se cierra. Toco suavemente.

—Doctora.

—Pase, adelante.

Entro. Daniela está tras su escritorio. Ya no hay pacientes, solo nosotros dos. Sobre la madera descansan las dos tazas del girasol. Las tazas hermanas que pintó Mercedes Díaz Noa.

—Dos tazas —observo.

—Le pedí a Teresa que trajera la pareja. Mercedes siempre las hacía así, para que no estuvieran solas.

—Hermanas —repito.

—Exacto. Las iba a traer Teresa antes de irse, pero decidí traerlas yo.

Ahí están. El mismo amarillo vibrante, el mismo girasol, esa cerámica artesanal que tiene pequeñas imperfecciones que la hacen única. La taza del post-it sigue ahí, con mi nota pegada. La otra espera vacía.

—¿Y el café? —pregunto.

—En el termo. Lo hizo Teresa antes de marcharse a las cinco y media, para que estuviera en su punto.

—Parece que Teresa también quiere que esto sea elegante.