De guardia con mi enemigo NUEVE
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NUEVE

Don Mauricio Ibáñez, ochenta y dos años y una artrosis que le dicta el ritmo de los pasos, es paciente mío desde el primer día que colgué el título en la puerta. Hoy llega a las once en punto, pero no trae el semblante de quien viene a una revisión rutinaria. Trae el rosario roto en las manos.

No es, desde luego, parte del procedimiento odontológico habitual.

Don Mauricio tiene una limpieza programada para las once y cuarto, pero sube las escaleras con el alma en un hilo.

En la mano derecha sostiene lo que queda de la estructura del rosario; en la izquierda, las cuentas desensartadas que ha logrado rescatar.

Tiene la expresión desolada de un viudo de setenta años de matrimonio al que se le acaba de quebrar el único puente físico que lo unía a su esposa.

—Doctora —me dice desde el marco de la puerta, con la voz quebrada.

—Don Mauricio, por favor, pase. ¿Qué le ha sucedido?

—Doctora, antes de empezar con los dientes... mire esto.

Levanta ambas manos. El rosario de madera oscura, con las cuentas pulidas y lisas por décadas de uso, cuelga abierto, truncado por la mitad. La cruz, una pieza pequeña de plata antigua, pendula peligrosamente del extremo de un hilo deshilachado que ya no puede sostener nada.

—Don Mauricio, lo siento mucho.

—Doctora... ¿usted cree que...?

—Venga, siéntese aquí un momento.

Lo guío al interior del consultorio, pero no hacia el sillón dental. Le acerco la silla de mi escritorio para que se sienta en un terreno más humano. Se deja caer en ella y deposita los restos del rosario sobre la mesa con una delicadeza extrema. Suspira, un sonido largo que arrastra años de rezos.

—Dulce siempre me lo arregla cuando pasa esto —murmura.

—Pero Dulce está en Santa Clara hasta el lunes, ¿no es así?

—Sí, doctora. Hasta el lunes.

Dulce es su sobrina y la única persona en toda La Habana en la que don Mauricio confía para remendar ese objeto.

Sabe que un hombre de ochenta y dos años, que lleva cuarenta años rezándole a su difunta Mercedes cada noche antes de cerrar los ojos, no puede esperar cinco días con el rosario deshecho.

—Doctora, ¿usted sabría cómo...?

—Don Mauricio, yo no sé coser cuentas —admito con pesar—. Le puedo limpiar la dentadura, puedo ajustarle una prótesis o hacerle una ortodoncia si fuera necesario. Pero un rosario... eso es otra especialidad.

—Ya, doctora. Entiendo.

Don Mauricio baja la vista. El rosario yace mudo sobre la madera.

Yo me siento frente a él, observando su tristeza y el vacío que ha dejado el hilo roto.

Miro la puerta, miro el pasillo y, de pronto, se me enciende una idea que, aunque administrativamente sea una imprudencia, me parece la única salida ética.

—Don Mauricio, espéreme un segundo. No se mueva.

Me levanto y salgo al pasillo. Camino rápido hasta la puerta del estudio de Iván. Está cerrada. Toco dos veces, con una decisión que no suelo tener cuando me dirijo a su lado del local.

—Pasa —responde su voz desde el interior.

Entro. Iván está sentado en su taburete, inclinado con una concentración absoluta sobre un cliente que tiene la espalda descubierta. La máquina zumba rítmicamente en su mano. Al verme, levanta la vista y el motor se queda suspendido en el aire, rompiendo el trance del trabajo.

—Doctora Sotolongo.

—Señor Montoya. Disculpe la interrupción.

—Dígame, ¿ocurre algo?

—¿Sabe usted coser cuentas de rosario? —pregunto sin preámbulos.

Se hace un silencio de dos segundos. El cliente, un hombre de unos cuarenta años llamado Arturo, gira ligeramente la cabeza con curiosidad. Iván le apoya la mano libre en el hombro en un gesto de "quieto". Me mira fijamente.

—¿Cuentas de rosario? —repite, como si estuviera procesando un idioma nuevo.

—Sí. Exactamente eso.

—¿Y de quién es el rosario, si se puede saber?

—De don Mauricio, el del segundo A.

—Ah, el rosario que perteneció a Mercedes —dice él, volviendo a bajar la vista hacia su trabajo.

—¿Cómo sabe usted que era de Mercedes? —pregunto, asombrada.

—Doctora, llevo apenas tres semanas aquí, pero tengo a Teresa como fuente de información.

—Definitivamente, voy a tener que hablar seriamente con ella.

—Todos lo decimos, pero nadie se atreve —responde él con una media sonrisa.

Iván apaga la máquina y se la ofrece a su cliente.

—Aguántame esto un momento, Arturo. Tengo un asunto urgente.

El hombre la coge e Iván se pone de pie. Se limpia las manos concienzudamente con un paño limpio y sale al pasillo detrás de mi bata blanca.

—Lléveme con él —dice.

Regresamos a mi consultorio. Don Mauricio levanta la cabeza y observa a Iván: un hombre alto, delgado, con un tatuaje visible en el cuello y aspecto de artista. Don Mauricio, con la sabiduría de sus ochenta y dos años, asiente una sola vez, reconociendo la presencia.

—Joven.

—Don Mauricio, buenas mañanas.

—Usted es el tatuador del local de al lado, ¿verdad?

—Iván Montoya, para lo que necesite.

—Mucho gusto, Iván.

—Igualmente, señor.

Don Mauricio mira a Iván, luego mira el rosario esparcido y vuelve a mirar a Iván. Se aclara la garganta con esfuerzo.

—Joven... ¿usted cree que podría hacer algo por esto?

Iván se inclina sobre el escritorio. Examina las piezas sin tocarlas al principio, estudiando el patrón.

Luego lo recoge con ambas manos, tratándolo con una delicadeza que me sorprende y que, si soy sincera, me provoca un pequeño pellizco de admiración en el pecho.

Cuenta las cuentas con el pulgar, revisa el hilo de algodón deshilachado y observa la pequeña cruz de plata.

—Don Mauricio —comienza Iván—. Este hilo es de algodón común.

—Así es, joven.

—El hilo bueno para un rosario debe ser de nylon trenzado. Es el único que resiste el uso diario durante décadas.

—Ya veo.

—Si me permite, se lo voy a rehacer con nylon. Así le durará el resto de su vida sin romperse otra vez.

Don Mauricio levanta la cabeza muy despacio. No sé si Iván se ha dado cuenta del peso de sus palabras, pero yo sí lo he sentido. Es una promesa de eternidad para el tiempo que le queda.

—Joven —dice don Mauricio con una sonrisa triste—, mis años son ya los que son.

—Perdóneme, no quise ser indiscreto.

—No se preocupe. Me ha parecido una oferta muy generosa.

Me quedo quieta en un rincón de mi propio despacho. Iván junta las cuentas en el cuenco de su mano izquierda y las cuenta meticulosamente.

—Don Mauricio, ¿cuántas cuentas debería tener exactamente?

—Sesenta cuentas, joven.

—Aquí solo hay cincuenta y nueve.

—Falta una... —murmura el anciano con angustia.

—Se le tiene que haber caído por el camino —concluye Iván—. ¿Por dónde vino usted hoy?

—Vine caminando desde casa, por la calle 23, hasta llegar aquí.

—Voy a salir a buscarla ahora mismo.

Iván deja el resto del rosario sobre la mesa con la ternura de quien custodia un tesoro ajeno. Don Mauricio lo mira con incredulidad.

—Joven, no se moleste, por favor. No hace falta que vaya.

—Don Mauricio, un rosario al que le falta una cuenta es un rosario que está mal. Y Mercedes no querría eso.

—Ya...

—No se mueva. Ahora vuelvo.

Iván sale del consultorio casi al trote.

Escucho sus pasos alejarse por el pasillo, bajar las escaleras y el sonido del portón de la calle.

Don Mauricio y yo nos quedamos a solas. El silencio se vuelve espeso; el rosario roto parece ocupar todo el espacio entre nosotros.

Yo no sé qué decir para consolarlo y él parece perdido en sus pensamientos.

Durante diez minutos solo se escucha el zumbido del aire acondicionado.

—Doctora —rompe él el silencio.

—Dígame, don Mauricio.

—Ese joven... Iván.

—Sí, dígame.

—Es el que vive en el local de al lado, ¿no? El que hace los dibujos en la piel.

—Así es. Es él.

—Ya veo. Tiene buen alma.

Don Mauricio vuelve a sumirse en su observación del rosario. A los doce minutos exactos, oigo pasos rápidos que suben. Iván entra en el consultorio sin llamar, con la mano derecha cerrada en un puño.

—La encontré —dice, con un brillo de triunfo en los ojos.

Abre la mano. Ahí está: una cuenta de madera oscura, idéntica a las demás, con el mismo desgaste en la superficie. La deposita junto a las otras.

—Sesenta. Estamos completos.

Don Mauricio suelta un suspiro largo, como si le hubieran devuelto el aire a los pulmones. Se le humedecen los ojos. Los hombres de su generación no lloran frente a extraños, pero el brillo en su mirada y el leve temblor de su mano lo dicen todo.

—Joven... ¿dónde pudo encontrarla entre tanto ajetreo?

—Estaba en la acera de 23, casi frente al portón del edificio.

—¿No la habían pisado los transeúntes?

—No. Estaba resguardada junto al bordillo. Brillaba como si quisiera que la vieran.

—Ya... gracias a Dios.

—Ahora, don Mauricio, vamos a ocuparnos del hilo. Se lo cambio por el nylon negro, ¿está de acuerdo?

—Totalmente de acuerdo, joven. Haga lo que deba.

—Tardaré una media hora. ¿Puede esperar?

—Esperaré lo que haga falta.

—Doctora Sotolongo.

Levanto la vista, sorprendida por la mención de mi apellido.

—Señor Montoya.

—Me voy a instalar en el mostrador de Teresa para trabajar, ¿le molesta?

—No, en absoluto. Adelante.

—Gracias.

Iván sale con el rosario y se acomoda en la silla de Teresa. Saca de su bolsillo un carretel de nylon trenzado negro —que me pregunto de dónde habrá salido— y una aguja fina. Apoya la mano en el mostrador y comienza a ensartar las cuentas con una concentración monacal.

Don Mauricio y yo regresamos a la rutina.

Le hago la limpieza programada en un silencio respetuoso.

Don Mauricio conserva casi todas sus piezas originales, muy cuidadas.

Trabajo con el raspador, el ultrasonido y el pulido durante cuarenta minutos.

Él aguanta con la paciencia infinita de quien ha vivido mucho.

Cuando termino y le quito el babero, Iván entra de nuevo. Trae el rosario en la mano derecha. Está completo. Las sesenta cuentas lucen firmes sobre el nylon negro y la cruz de plata está perfectamente centrada.

—Don Mauricio, aquí lo tiene.

—Joven... no sé cómo agradecérselo.

Iván se inclina para tendérselo por encima del mostrador.

Don Mauricio estira la mano desde el otro lado para recibirlo.

Y en ese instante, ocurre una de esas coreografías espontáneas de la vida.

Iván no suelta el rosario de inmediato, asegurándose de que el anciano lo tenga bien sujeto.

Durante un par de segundos, el objeto queda sostenido por las manos de ambos.

Yo, desde la puerta del consultorio, me acerco instintivamente y estiro mi mano también, como si quisiera participar en ese momento de restauración, como si el objeto también me importara a mí.

Y sucede. Durante un segundo, los dedos de mi mano derecha rozan los dedos de la mano izquierda de Iván. Es un contacto leve por encima de una de las cuentas de madera, con la mano de don Mauricio justo debajo.

Un segundo.

Lo registro como un contacto frío. Un frío de hombre que acaba de entrar de la calle, que ha caminado rápido bajo el sol de junio y que ha estado manipulando metal y cuentas. Iván suelta el rosario justo a tiempo. Yo retiro mi mano al instante. Don Mauricio se queda con su tesoro recuperado.

—Muchas gracias, joven Iván. Ha hecho usted una obra de misericordia.

—No es nada, don Mauricio. Un placer ayudarle.

El anciano se levanta, guarda el rosario en el bolsillo interior de su saco con un gesto solemne y se despide de nosotros. Escuchamos sus pasos bajando la escalera y el portón cerrándose tras él. Teresa, que parece haber estado observando desde las sombras del pasillo, aparece de pronto.

—Don Mauricio se ha ido muy contento hoy —comenta ella con tono críptico.

—Se ha ido aliviado, Tere —respondo yo.

—Iván —dice Teresa, mirando al tatuador.

—Dime, Tere.

—La cuenta de madera.

—¿Qué pasa con ella?

—Se te cayó del bolsillo esta mañana cuando subías las escaleras, ¿verdad?

Iván se queda inmóvil dos segundos. Yo también me quedo paralizada. Teresa nos mira con esa expresión de superioridad que solo ella sabe manejar.

—Tere... ¿viste que se me cayó? —pregunta Iván finalmente.

—Yo no he dicho que viera nada, Montoya.

—Tere, por favor.

—¿La pusiste tú en la acera a propósito? —insisto yo.

—Yo no toco las pertenencias de los demás, doctora. Me traería mala suerte.

—Tere.

—Montoya, escucha. Yo vi una cuenta en el suelo. Bajé, la recogí y la puse en la acera, junto al bordillo de 23. Luego subí y no dije nada. El rosario de don Mauricio no lo toqué yo; lo tocaste tú. Yo solo hice mi parte del trabajo.

Iván me mira. Yo le devuelvo la mirada. Ambos terminamos mirando a Teresa, que sigue tras el mostrador con una calma absoluta, como si sus santos ya hubieran hecho el resto de la labor.

—Tere —digo yo en voz baja.

—Dígame, doctora.

—Gracias. De verdad.

—No hay de qué, doctora. A mandar.

Me refugio en mi consultorio. Iván se queda un momento más en el pasillo antes de volver a su estudio. Lo oigo disculparse con Arturo, que ha estado esperando pacientemente con la espalda al aire, y retomar el zumbido de su máquina.

Yo, dentro de mi consultorio con la puerta cerrada, no puedo pensar en otra cosa. Siento todavía el contacto de los dedos fríos de Iván Montoya sobre los míos. Un segundo por encima de una cuenta de madera que Teresa había rescatado del asfalto.

Un segundo contado. Pero un segundo que ha quedado registrado.

A la una y media, cuando salgo para el almuerzo, noto que mi mano derecha todavía conserva el eco de ese frío, desafiando el calor sofocante del mediodía de junio. Y, contra todo criterio administrativo, no quiero que se borre.